sábado, 14 de noviembre de 2015

LAS AVENTURAS DE LUPITA

En una tarde cualquiera de primavera en la que me encuentro yo recogiendo jalapeños en la huerta de mi abuelita me sorprende repentinamente mi hermano corriendo hacia mí
-          ¡Rosa, Rosa! – me dice mientras se acerca con una carta en la mano - ¡Es para ti!
  Abro el sobre y leo sorprendida como se requiere de mi ayuda en un mundo lejano más allá de los vastos océanos. Me había tocado y no podía rechazar tan importante misión. Así que voy, cruzo el valle de Chiapas a pie, hasta llegar a un lugar dónde mágicos y enormes aves quetzal aterrizan y levantan el vuelo. En los laterales de estás magníficas aves se abren unas puertas que llevan a un extraño compartimento con cómodas butacas reclinables en las que me invitan a sentarme. El quetzal en el interior del cual me encuentro levanta el vuelo, se eleva por encima de las nubes y cruza interminables océanos hasta llegar a una pequeña y mágica isla llamada Ebusus. Allí todo es diferente a lo que yo estoy acostumbrada a ver. Abundan un tipo de criatura extraña, parecida a los hombres, pero con un extraño pecho hinchado al descubierto y unos visores oscuros extraños en lugar de ojos. Además caminan de una forma extraña, como si un palo rígido les atravesara de arriba abajo por su interior. Las hembras de la misma especie tienen unas formas exageradas y poco naturales y cuando caminan parecen estar poseídas por una serpiente, pero por suerte no parecen seres hostiles. Aun no entiendo porque me han llamado.
   Voy al cuartel general donde me proporcionan las ropas de combate. Todas las prendas poseen una pequeña representación de un quetzal en alguna esquina. El uniforme consiste en unos pantalones beige, una camisa negra y un delantal. Me explican que voy a tener que estar colaborando en la guerra contra los bebedores por los próximos tres meses. Me explican también que no me haga ilusiones en cuanto a ganarla. La guerra contra los bebedores es una guerra eterna que representa el equilibrio entre lo sobrio y lo ebrio que jamás terminará. Solo hay que combatir sin cesar reponiendo a los combatientes que abandonan, son baja, o cumplen con su cometido. Se suelen establecer periodos de tres a seis meses para cada uno de los trabajadores llegados desde diferentes partes del mundo, tras los cuales vuelven triunfantes a su casa.
  Acudo por primera vez al campo de batalla. Nuestro lugar es una trinchera metálica que nos protege de los bebedores. Dentro de ella tenemos todo lo necesario para enfrentarnos a ellos. Hay cientos de botellas diferentes que se pueden mezclar entre ellas para crear armas más potentes, también hay unos grifos mágicos que con solo estirar ligeramente una palanca emiten chorros y chorros de un líquido amarillento con espuma capaz de detener por un rato a los bebedores. Se me hace bastante estresante y agobiante el primer día. No sé cómo preparar ninguno de los brebajes utilizados para detener a los bebedores, y temo ser una molestia para los luchadores experimentados que ya llevan un tiempo acudiendo a la trinchera. Pero afortunadamente la mayoría son amables y me enseñan a desarrollar mis técnicas con paciencia. El general al mando del batallón es un pequeño trasgo gruñón que no para de dar órdenes a todos los soldados y se enfada mucho cuando las cosas no suceden como el desea. Pero también me ayuda a desarrollar mis habilidades de combate dándome sabios consejos dignos de un erudito trasgo.
  A veces, por las noches, cuando el ritmo de la batalla disminuye, el general trasgo nos prepara de los brebajes que utilizamos para detener a los bebedores, y aunque al principio temía probarlos, al ver que todos mis compañeros los probaban, un día me animé y bebí un vaso entero de brebaje hecho a base de sandía. Sabía un poco fuerte y mi cabeza empezó a dar vueltas. El colorido de mi entorno se volvió gris y mi percepción de las cosas cambió por completo. Por unas horas sentí que solo éramos personas normales dando de beber a unos borrachos insoportables por una miseria al mes. Pero por suerte antes de ir a dormir le pedí al señor Diosito que eliminara esas horribles visiones de mi cabeza y cumplió.

  A la mañana siguiente todo vuelve a ser normal, excepto un ligero dolor de cabeza que me martillea la sien, que parece ser una habitual resaca provocada por los brebajes mágicos. Voy a la trinchera a continuar peleando, cada vez se me da mejor. Entre asalto y asalto me da tiempo de explorar un poco los alrededores del campo de batalla y descubro que es una isla muy bonita en la que hay personas maravillosas que se dedican, como yo, a la eterna lucha contra los bebedores. Agradeceré por siempre a Diosito el haberme brindad la oportunidad de vivir una experiencia tan padre. 

viernes, 30 de octubre de 2015

DIANOCHE

El día. Durante el día el sol brilla, aumenta el tráfico en las carreteras, el fluir de la gente, se llenan los colegios, las oficinas encienden los ordenadores. El día recoge una gran cantidad de vida que parece llevada al punto de ebullición. Todo junto parece un frenesí, pero en el fondo la mayoría de las personas se encuentran en un estado de serenidad causado por la rutina y los convencionalismos sociales. Por el contrario en la noche, el sol no brilla. Reina la oscuridad interrumpida por las farolas de las ciudades y pueblos. La gente no se deja ver demasiado por las calles. Sin embargo, tras las cortinas se suceden cosas que son inimaginables durante el día. Se dan las más desenfrenadas fiestas en las que los asistentes bailan enloquecidos, se suceden las más salvajes muestras de amor, todo a escondidas. Así la que a simple vista parece una apacible noche, esconde las más frenéticas actividades, y lo que luce como un ajetreado día puede ser mucho más pacífico de puertas para adentro. Exactamente igual que ellas dos. 

jueves, 24 de septiembre de 2015

INFIERNO A LA CARTA

Estaba John disfrutando de sus vacaciones de verano en Ibiza, gozando de lo que más le gustaba en este mundo, abusar de la oferta de hotel con todo incluido. Pasaba días llenándose más platos de carne de los que podía comer en el bufet libre, pidiendo rondas de cubatas de tres en tres bebiéndose la mitad y dejando la otra mitad repartida por la terraza de la piscina. Realmente estaba gozando cuando, repentinamente, su corazón dejó de funcionar. Llevóse John la mano al pecho y con una mueca de dolor abandonó la vida. El exceso de grasas, azúcares y alcohol le habían pasado factura. Su alma dejó su cuerpo para descender al mundo de las tinieblas.
  Como despertando de un profundo sueño, lo primero que vio al abrir los ojos fue una criatura bípeda con cabeza de cerdo y un cuerpo de una textura rara, como si estuviera su piel del revés y toda su superficie estuviera en carne viva. Lo que más le sorprendió fue escucharle hablar su idioma perfectamente. Al mirar a su alrededor, John vio que se encontraba en la orilla de un lago del que emanaba un nauseabundo olor. El cerdo le contó que ese era su nuevo hogar, y que allí iba a habitar por el resto de la eternidad. Al acercarse al lago, John observó asqueado al ver que el líquido era marrón y algo más espeso que el agua, para más inri, flotaban en él trozos de limón, de naranja, cacahuetes y servilletas con diferentes logotipos hoteleros. Una especie de versión gigante de la pica de un bar cuando se atasca el desagüe. Por si esto no fuera suficiente para hacer difícil la estancia junto al lago, de sus aguas surgían millones de mosquitos con ganas de picar y absorber la sangre del recién llegado. Según palabras del cerdo, aquel lago se había formado con todas las bebidas pedidas y no consumidas en todos los bares de los hoteles con todo incluido de la tierra. Todo ese líquido que acabó desperdiciado y lanzado a través del desagüe de la pica de la barra por haber sido pedido por borrachos que ya no podían beber más. Informó el cerdo a John que solo él había ampliado el lago aportando mil litros de líquido a lo largo de su vida. 
  El cerdo le explicó a John también la causa de su existencia. Contó que cada vez que alguien se llenaba un plato de carne en un bufet libre y lo tiraba sin siquiera probarlo, esa carne iba a parar a la granja del infierno, dónde cada cien quilos recibidos de carne creaban a una criatura como él. Algunos con cabeza de cerdo, otros de cordero, otros de vaca, pero todos con cuerpos creados con las diferentes carnes desperdiciadas. Le remarcó el hecho de que él mismo había sido creado básicamente por carne desperdiciada por John. La conciencia superior entendía el sacrificio de otros seres por alimentación, pero no toleraba el desprecio a las vidas sacrificadas con tal propósito.

  John empezó a sentir miedo, se estaba dado cuenta de cuánto mal había hecho en vida al planeta, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse. A su lado observó que había muchos hombres y mujeres con sus cabezas hundidas en las inmundas aguas del lago de los cubatas desperdiciados mientras eran sodomizados por criaturas similares al cerdo que le hablaba. Entre dos víctimas sodomizadas, John vio un espacio, justo frente a él, y entendió estremecido que ese era su lugar. Con los ojos llorosos miró al cerdo, quien respondió con una tétrica sonrisa y asintiendo. A pesar de sus súplicas, John fue empujado violentamente por el cerdo hasta que su cabeza fue hundida con fuerza en las pestilentes aguas. Tragó la mezcla de líquidos pestilentes hasta la asfixia, pero no murió. Ya estaba muerto, así que le quedaba la sensación de estar asfixiándose durante rato y rato sin llegar a morir, un sufrimiento extremo para toda la eternidad. Cuando su cuerpo estaba lleno del líquido vomitaba, aportando bilis al pestilente lago, y se repetía el ciclo de tragar y vomitar continuamente. Por si tal agonía no fuera suficiente, notó como el cerdo le desgarraba los pantalones y seguidamente el ojete. John no lo escuchó puesto que tenía los oídos sumergidos en el agua, pero el gruñido de placer del cerdo al penetrarle retumbó por todo el valle infernal. Y esa iba a ser la situación de John por el resto de la eternidad.

lunes, 17 de agosto de 2015

BYE

 If you want to cry when you say good bye,
 then cry, don’t be shy.
 It is not sadness that causes the tear drop,
 but happiness that you felt before
 so cry, and be thankful for the good days you had.
 And never forget, it is not sadness,
 sad is when the good bye causes relief,
 this tear drop is dropped by the happiness in your memories. 

domingo, 2 de agosto de 2015

CARA B

Ibiza, esa isla conocida por sus fiestas, sus playas y su diversión. Esa isla en la que los garitos presumen de conseguir cualquier cosa que desees, siempre y cuando puedas pagarlo, claro. Ese lugar de caras festivas, alegres, disfrutando de la vida nocturna a tope y relajándose durante el día en sus playas de agua cristalina. A ritmo de música electrónica en su cara A. Pero le damos la vuelta al disco y la música es bien distinta, porque toda esa fiesta y disfrute no se genera sola. En la cara B están los artífices, rostros cansados que salen de sus trabajos de madrugada y con dolor de piernas. Son los rostros que no saldrán en google cuando buscas Ibiza. A las dos de la madrugada los puedes ver en los barrios paseando a sus perros, todavía con sus uniformes de camareros, o limpiadores o pantalones a cuadros de haber salido de una cocina. Con las placas identificativas todavía colgadas de sus camisas. Placas en las que aparece su nombre y el de la empresa a la que entregan su juventud a cambio de un salario al mes. Estos son los rostros de la cara B, pálidos por no haber tenido tiempo ni energía para ir a la playa, a pesar de tenerla a diez minutos, serios, cansados de sonreír hipócritamente a sus clientes por exigencias del contrato. Rostros decepcionados que una vez soñaron ser futbolistas, estrellas de la música, o de la televisión, pero crecieron. Crecieron y soñaron en ser abogados, arquitectos, biólogos o escritores, pero maduraron. Maduraron y se ven atrapados en sus rutinarias jornadas que les absorben el tempo para perseguir sus sueños, y se encuentran con sus semejantes, hay complicidad, se abrazan, pasean al perro por las noches y tienen su pequeña recompensa.  

miércoles, 15 de julio de 2015

EL HECHIZO


Estoy con Susana paseando por Khao San Road, una pequeña calle de Bangkok abarrotada de turistas, negocios y buscavidas poco honestos.
-          Ten cuidado, cariño – me dice Susi mientras me lleva de la mano – por aquí hay seres de mirada hechizadora.
-          Tranquila Susi, todo irá bien mientras no nos soltemos la mano – le contesto con una sonrisa
-          Si, y no te olvides de mantener la mirada al frente, es muy importante, si estableces contacto visual con la medusa puede que te pierdas para siempre.
-          Descuida.
Me sigue llevando de la mano. Tiene más experiencia que yo, ha estado antes aquí. Aunque no es solo aquí. Siempre ha tenido más iniciativa que yo, tiene dotes de liderazgo. Caminamos a través de la multitud ignorando todos los sonidos que tratan de llamar nuestra atención. “tuk tuk” “ping pong” “hello sir” son cantos de sirena claramente dirigidos a nosotros. Pero continuamos con nuestras miradas fijas al frente, con nuestro objetivo fijo, dirección al hotel, donde estamos a salvo del hechizo de la medusa. Un par de calles antes de llegar allí, paramos en un puestecito de fruta para comprar una ración de piña y otra de sandía. Es típico en las calles de esta ciudad encontrarte todo tipo de productos frutales. Exquisitas frutas ya cortadas, zumos, batidos o helados, todo listo para tomar. Una estrategia estupenda para combatir el tremendo calor. Mientras la amable mujer del puesto nos corta la fruta escucho un sonido que me llama la atención. Es como una ventosa, repetidas veces. Miro a mi alrededor tratando de averiguar de dónde procede tal extraño sonido. Mi mirada se cruza con los ojos del causante del sonido. Y entiendo, era el canto de la sirena, y ahora estoy recibiendo la mirada de la medusa. He caído de lleno en el hechizo. Estoy jodido. El hombre de mediana edad que hace el sonido de ventosa con la boca, me mira y se ríe mientras siento su poder penetrar en el interior de mis pupilas. He caído en su trampa. Su energía me atrapa sin que pueda resistir y acabo metido en la cabina de su tuk tuk, una especie de moto de tres ruedas con un compartimento trasero para pasajeros. Usado principalmente como taxi en todo el país. De repente, sin darme cuenta, me encuentro circulando en una desconocida calle y no tengo ni idea de dónde está Susana, supongo que a ella no le atrapó el hechizo.
-          ¿Ping pong show? ¿Hotel? – me pregunta el conductor.
-          No quiero ir a ningún lugar, déjame bajar aquí
-          ¿Español? – pregunta
-          Si, para aquí, quiero bajar
-          ¿Al bar? Barato barato, happy hour mojito, ¿Barselona o Madrid? – me pregunta
-          Eso me la suda, déjame bajar – le digo
-          ¿Melasuda juega Champions? Vamos a bar muy barato y bueno – no sé si no me entiende o no me quiere entender.
Sin darme cuenta estoy en un garito tomando mojitos de garrafón a cien baht. Bebo y bebo y vuelvo a beber. Su estrategia es poderosa, cuánto más bebo más mengua mi resistencia al hechizo. La camarera, una belleza asiática con una simpatía encantadora, no para de traerme copas, y yo cada vez ofrezco menos resistencia. Estoy sentado en un taburete justo al lado de la calle, puedo ver al conductor del tuk tuk vigilándome en todo momento. No me pierde de vista. Y cuánto más bebo mayor es su sonrisa. Se me ocurre intentar escapar. Cuando me levanto tengo al conductor preparado para atraparme otra vez y le digo que solo voy al baño. Allí voy directo a buscar una escapatoria. Una ventanilla o algo por donde me pueda escurrir. Si sigo bebiendo acabaré totalmente dócil bajo el influjo del hechizo. Pero no encuentro nada. Salgo y me meto en el baño de mujeres, que por la orientación del edificio es más probable que tenga una salida a la calle y ¡Bingo! Tiene una ventanilla. Es de éstas que solo se abren un par de centímetros, así que estiro hasta romper los enganches y la atravieso. Caigo en un montón de bolsas de basura y veo como huyen despavoridas por el estruendo un montón de ratas y cucarachas. En la esquina veo a un mendigo occidental con una larga barba y pintas de haber venido del siglo XIX con una máquina del tiempo. Bebe de una de esas botellas sin etiqueta algún tipo de licor de destilación tailandesa. De esos que saben a rayos de excremento y le pegan a tu cerebro con un bate de béisbol.
-          Has caído en el hechizo, lo veo en tus ojos – me dice después de dar un trago
-          ¿quién eres tú?  - pregunto
-          Mi nombre es Cogliostro, yo fui como tú una vez, y lo que haces no es buena idea, te puede llevar ante demonios más malignos que los que te retienen ahora
-          ¿Quiénes son? ¿Qué puedo hacer?
De repente el hombre se asusta al escuchar unos gritos en tailandés. Al final de la calle veo a unos policías que señalan hacia mí.
-          ¡Corre! ¡Vuelve a meterte en la ventanilla y paga tus deudas! ¡No quieras acabar en la cárcel!
-          ¿Cómo? – No entiendo nada, pero no deja cabida a la conversación
-          ¡¡Coree!! ¡¡Escóndete!! ¡¡ y paga tus cuentas!!
Su intensa mirada al gritar me convence. Me apresuro a volver a meterme en el interior del edificio por la ventanilla del baño de señoras. Cuando salgo de allí, por la misma puerta por la que había entrado, hago como que me había confundido. Pago mi cuenta y antes de poner un pie en la calle tengo al conductor esperándome con una sonrisa, la sonrisa del demonio que me tiene totalmente atrapado.
-          ¿Bar bueno? – Me pregunta mientras me vuelve a hundir en las profundidades del tuk tuk.
-          Si, bar bueno – le contesto – pero quiero …
-          Ping pong show – me interrumpe imponiendo, no preguntando esta vez.
-          Si… ping pong show -  dice mi boca a pesar de que mi mente dice no.
  Después de veinte minutos de trayecto a través de la ciudad llegamos a una calle dónde se junta lo peor de la sociedad de cada uno de los cinco continentes. Me recuerda a Sin City. Un escaparate de mujeres se levanta a ambos lados de la calle y por el suelo se arrastran borrachos y mendigos, difícilmente se puede distinguir entre unos y otros. El taxista me empuja dentro de un garito, me cobran la entrada y empieza el show. Una mujer preciosa se abre de piernas y empieza a disparar pelotas de ping pong hacia el público mientras una camarera no para de servirme bebidas. Empiezo a perder mi conciencia no sin que se me pase por la cabeza volver a intentar escapar. Pero recuerdo a Cogiliostro y decido pagar mi cuenta y salir del garito. Entro en el tuk tuk por mi propio pie.
-          ¿Quieres lady? ¿Marijuana? ¿Opio? – me dice, siempre con su sonrisa
-          No… hotel… - le digo a la vez que se cierran mis ojos.
En mi siguiente recuerdo estoy durmiendo en una cómoda cama. Obviamente estoy en la habitación de un hotel. Un hotel de lujo. Me pregunto cuánto habré pagado por ello. Me duele la cabeza de una manera exagerada, supongo que debido al alcohol barato consumido anoche. O tal vez sea la resaca del hechizo. Me meto en la ducha y allí intento recapitular todo lo ocurrido anoche. No recuerdo nada después de ver el ping pong show, solo espero que no sucediera nada más. Tal vez beber hasta perder la conciencia rompió el hechizo. Miro el contenido de mi cartera que es cercano a cero. Salgo de la habitación y me acuerdo de Cogliostro aconsejándome que pague mis deudas. Tal vez fuera eso lo que me liberó del hechizo, quedarme sin dinero. Paso por recepción para hacer el check out y salgo de las instalaciones con las esperanzas de volver a ser libre. Pero toda mi esperanza se derrumba al ver al pequeño maligno esperándome en la puerta. Debe haber pasado allí toda la noche. Intento esquivarle, darle esquinazo y correr en dirección opuesta a él, pero no sirve de nada. Al doblar la siguiente esquina allí está él, con su mirada fija en mí y su maligna sonrisa. Su hechizo me vuelve a atrapar y las fuerzas invisibles me vuelven a hundir en las profundidades del tuk tuk. Sin darme ni cuenta vuelvo a estar en circulación por el interior de la ciudad.
-          ¿desayuno? ¿restaurante? – me pregunta
-          Pero no tengo dinero – le digo-  no me necesitas para nada
-          ATM – me responde. Se nota que no es la primera vez que le ponen esta excusa.
Paramos la marcha un momento frente a un cajero automático para que pueda sacar dinero. Tengo que esquivar a un borracho para poder llegar a las teclas. El borracho está aparentemente dormido y sujeta una botella de veneno tailandés. Su cara está cubierta por un antiguo sombrero. Al introducir mi contraseña bancaria la maquinaria hace un ruido molesto que le despierta.
-          ¿todavía atrapado? – me pregunta Cogliostro
-          Si – le digo a la vez que rompo a llorar y me abrazo a él – ya no sé qué hacer, quiero volver con Susana ¿qué hago? ¿cómo rompo el hechizo?
-          Gasta todo tu dinero – dice Cogliostro con su profunda voz – si no tienes dinero no tienen poder sobre ti.
-          Pero lo hice, y mírame, aquí me tienes sacando más dinero
-          Pero gástalo todo, hasta que tu cuenta esté a cero.
-          No lo gastaré nunca – digo entre lágrimas y sollozos – soy jodidamente rico.
-          Puedes conseguirlo, bebe más, come más, dile al conductor que te lleve a los sitios más caros y buenos que conozca, tienes que gastar todo tu dinero.
-          Pero tengo rentas, cobro cada mes sin que haga nada.
Cogliostro me abraza y su aliento a alcohol junto con el hedor que emana de su cuerpo crean una atmósfera fatídica, ideal para lo que me va a decir:
-          Lo siento mucho, no hay esperanza para ti.
Lloro abrazado al pestilente Cogliostro durante un buen rato. Al final se me secan los ojos. No me quedan lágrimas. Entonces decido levantarme y enfrentarme a mi fatal destino de infinitas comidas en restaurantes caros y borracheras.
-          Antes de irte – me retiene Cogliostro - ¿Me das cien bahts?
-          Claro, toma, te doy más, todos los que quieras….
-          No no no, no me líes. A mi dame solo cien baht para una botella, si adquiero más dinero corro el riesgo de volver a caer bajo el hechizo de la sirenomedusa.
Le doy los cien baht, y me subo al tuk tuk con la cabeza gacha. El conductor sigue con su imborrable sonrisa del diablo.
-          ¿Breakfast?- me pregunta
-          Sí, quiero el mejor desayuno que me puedas conseguir.
Desayuno como un rey, me traen de todo. Desayuno continental, lo llaman. Tiene huevos, pan, queso, fruta con yogurt y muesli, y café. Desayuno dos veces. Puedo hacerlo. Tengo que gastar más de lo que gano. Acudo a los centros de masaje más caros y me pido el masaje con aceite. Ceno en un buffet libre japonés y luego de vuelta al bar. A beber hasta que mi cuerpo aguante para evitar el riesgo de que me lleve a un burdel. Jamás podría perdonarme el serle infiel a mi amada Susana. Y nada de garrafón, todo primeras marcas para gastar más dinero. Acabo por los suelos, vomitando.
  En mi siguiente recuerdo estoy en un hospital. La cama no es tan cómoda como la de la noche anterior. Salgo de allí y me hacen pasar por recepción para pagar la factura. Una factura bastante más alta que la de un hotel. Es lo que tiene viajar sin seguro. En ese momento algo se ilumina en mi mente. Si acabo en el hospital todas las noches, tal vez consiga gastar bastante más dinero del que gano. Abandono el hospital, y allí, en la puerta misma de éste está el pequeño diabólico conductor del tuk tuk. Entro decidido a iniciar lo que se convertirá en mi salvación. Ignoro el dolor de cabeza y tras un copioso desayuno decido empezar a beber para perder pronto mi consciencia. Y así un día y otro.  A veces pierdo algo más que la consciencia. Un día me levanto con una muela menos y dolor por todo el cuerpo, otro día me levanto y tengo varios puntos de sutura en la ceja. Es estupendo, cuanto más trabajan conmigo en el hospital más me cobran, y siento más cerca el final, la ruptura del hechizo.
  No sé cuánto tiempo ha pasado, pero mi aspecto se asemeja ya al de Cogliostro. “ATM” le digo al tailandés que me tiene recluso en su tuk tuk. Me lleva, y cuando intento sacar dinero me invade la felicidad al leer en la pantallita “su crédito es insuficiente”.
-          ¡Eh! – le digo al conductor- ¡Eh! ¡Me he quedado en bancarrota, no tienes poder sobre mí! – Y seguidamente suelto una carcajada digna de villano de película de serie B.
-          ¿Cómo? ¡Me tienes que pagar mis servicios!- Me dice, sin sonreír por primera vez desde que le conozco.
-          Cóbrate las comisiones del bar, a mí no me queda ni un baht – ahora es mi sonrisa la que no se borra
-          Pero yo tu taxi dos semanas, me tienes que pagar cuarenta mil baht.
-          No tengo nada – y le doy la espalda.
Estoy cerca de la libertad, pero todo tiene un precio. El conductor no me va a dejar irme sin pagar así como así. Me agarra por el hombro y al girarme me pega un potente puñetazo en la cara. Jamás hubiera dicho que ese hombre tan pequeño fuera capaz de pegar con tal fuerza. Luego recuerdo que el deporte nacional es el Muay Thai. Mientras yo corría detrás de un balón, este pequeño hombre se partía la cara con sus compañeros de clase por diversión. Y eso se nota. El pequeño hombre que ya no sonríe me pega con las rodillas, con los codos, me parte la boca, la nariz, y alguna costilla. Me deja en el suelo al borde de la inconsciencia.
  Mi siguiente recuerdo es una voz que reconozco.
-          ¡Marc! ¡Marc! ¿Estás bién?
Abro los ojos y veo a mi querida Susi. Su cara muestra una gran preocupación.
-          He roto el hechizo- le digo sonriendo
-          Oh, Marc, pensaba que te había perdido para siempre – me dice abrazándome
-          Pero nos he arruinado
-          Tranquilo, no pasa nada, lo importante es que estás a salvo. Vamos para casa.


FIN

viernes, 26 de junio de 2015

Reporting from Cambodia: A Project Mayhem Tale.

Sir, as you can check on the newspapers, the project Mayhem in Spain is a complete success. The Euro is going to collapse and the country soon will see its borders blurred by the rise of the all dancing all singing crap of the country. I buried the seed and took care of the tree until it was independent enough to keep growing up by itself. Now is about to bloom. The project doesn’t need me there anymore. So I moved on.
Now I’m in Cambodia and after a deep analysis of the society I decided to move into the community, the country side, which is a mine of cheap labourers for the expensive business in town. Young men and women who are lied, they are promised to have the chance to promote in their jobs and get as rich as their employers are, but that is not gonna happen, and they realized, what makes them very pissed off. Meanwhile, the middle class tourists can get a luxury style of life that they can’t afford in their countries, and the owners of the lands get more expensive cars than the whole houses of their workers. Everything at the expenses of the health of the modern slaves called employees. The countryside folks have no formation or knowledge, so they accept any kind of humiliation from their bosses in order to get a couple of dollars at the end of the day. They feel the frustration, they feel the anger, but they don’t know how to drive it… yet.

Since I’m here, many young boys and girls showed interest for the project. They are good learners and they understand the purpose of the actions. The seed has been buried, and the first sprout is showing up. Project Mayhem keeps expanding overseas.