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domingo, 27 de octubre de 2024

CASA BALSEIRO

 Un suelo de madera con podredumbres por las que se te puede colar el pie. Un falso techo carcomido que te escupe polvo de madera a la cara. Una ventana con el dintel que sujeta las vigas del techo quebrado por las humedades causadas por antiguas goteras. Así encontré la habitación de la casa, una casa que respira historia. Y trabajo por hacer. 


  Parece ser la casa más antigua del pueblo. Rodeada de praderas verdes en la ladera de la montaña desde donde las vacas miran atónitas un paisaje que poco cambia a lo largo de los años. A excepción de la tala de eucaliptos. El crimen al ecosistema por parte de la industria de la celulosa. Eucaliptos que crecen, se talan, se replantan y vuelta a empezar. Un ciclo sin fin en el que poco a poco se va destruyendo la biodiversidad de los suelos a la vez que incrementa el riesgo de incendios forestales. Anchas praderas de pastos verdes, bosques frondosos y ríos y riachuelos. Muchos riachuelos. Recuerda coger calzado adecuado si decides darte una caminata por estos lares pues puedes encontrarte la ruta inundada. En este enclave, una aldea con cuarenta habitantes censados, la casa que fue de profesores y curas espera su colapso, ya sea por el paso natural del tiempo o por la acción humana. Un colapso que espero le tarde en llegar. 


Empezar por sacar el mobiliario. La silla de rezar, me cuesta un poco entenderlo de primeras, pero es una silla de rezar. Los motivos religiosos y la altura de la parte de atrás indican que solo podía servir para arrodillarte e hincar bien fuerte los codos para rezar o confesarse. Alguien que, tiempo ha, fue convertido en abono a través del tracto digestivo de un puñado de gusanos, debió de rezar muy fuerte hincando los codos y las rodillas en esta silla. La conservo para restaurar. El colchón de paja con olor a cuadra, directo a la hoguera del jardín. Hoguera purificadora que acabo todo lo indeseado que ya no se puede salvar. 


Vaciada la habitación, se desmonta el suelo. Tabla a tabla, algunas aprovechables, tras dedicarle unas horas de radial y gasoil, otras requieren ser troceadas en trozos más pequeños para que entren en la cocina de leña, fuente de calor en el frío de la montaña. Más trabajo. Revisar vigas, lijar, tratar, cambiar las que no sirven atornillar tablas… Días, semanas… Cambiar el dintel con las vigas bien apuntaladas no vaya a colapsar el tejado sobre mi cabeza. Reforzar la reconstrucción chapucera del muro de piedra con cemento. Aquí no ha pasado nada. Más trabajo. Estructura del suelo: añadir columnas de refuerzo bajo mis pies, el mallazo, el hierro de anclaje clavado en las paredes, el plástico y el planché de hormigón. ¿Mil quinientos kilos? ¿Tres mil? ¿Quién sabe? Una saca entera de arena, unos treinta sacos de cemento y veinte de arlita subidos a pulso. Subidos a cubos, en un día para que el hormigón quede y fragüe de una pieza. Trabajo, mucho trabajo. Pero ahora hay una superficie plana y transitable donde antes podía hundirse el pie y no hay temor a que colapse el techo porque se acabe de quebrar el dintel.


 Satisfecho, entiendes: el trabajo dignifica. Pero no dejes que te lo digan para convencerte de generar más plusvalía para alguien que ni conoces. Marcarse un objetivo que requiere trabajo duro cuya recompensa es la sensación de haberlo conseguido es lo que dignifica. Y queda mucho trabajo por delante, pero para construir un castillo hay que empezar por colocar una piedra. 

 



viernes, 5 de abril de 2024

LA MEJOR HAMBURGUESA QUE HE SERVIDO EN MI VIDA

 Otro día más, otro día de la marmota más. Entro a las 5 de la tarde y ya hace un calor abrasador. Te piden buena presencia e higiene, pero la primera tarea es “engalanar” la terraza para la noche. Entrecomillo engalanar porque básicamente lo que hacemos es colocar más mesas donde durante el día hay hamacas. Al sol de agosto de las cinco de la tarde, como cualquiera puede adivinar, estoy sudando como un cerdo a los cinco minutos. Cinco, cinco, cinco. Soy un genio del neuromárketing. A está hora quedan muy pocos clientes y se puede aprovechar para limpiar las mesas, hacer desaparecer toda cubertería y cristalería de plástico para dar paso a los vasos de verdad. Aquellos que añaden un montón de peso a tu bandeja como las jarras de cerveza de asa. Es un horario muy inglés, comen sobre las doce y para las cinco, pasada su primera borrachera, suben a su habitación en el hotel para ducharse y prepararse para una cena sobre las seis y media y una posterior segunda borrachera. 


 Estoy limpiando las mesas, retirando platos de cartón de aquellos clientes a los que les pilló hambre después de la comida pero antes de la cena. La normativa del hotel lo indica claramente, se puede pedir “comida” en el bar hasta las seis de la tarde. Entrecomillo comida porque esa basura plasticosa que viene en paquetes de plástico congelados y metemos en el hornillo durante 10 minutos antes de servirlo no puede llamarse comida. Aunque lo barnices de ketchup. Voy entrando vasos de plástico reutilizables al ofis, vacío su contenido en la pica y los meto en los racks para el lavavajillas. Que raro, la pica se ha vuelto a atascar y está hasta arriba de un líquido de color marrón en el que flotan infinidad de rodajas de limón y pajitas de plástico. Cuando tengo todas las mesas colocadas y despejadas es el turno de la limpieza. Pasar la bayeta. Una pasadita de bayeta, y mesa limpia. No importa si la mesa está pringosa de cubatas o sangría derramados o incluso helado de chocolate. La bayeta da para todas las mesas, no hay tiempo de volver al ofis a limpiarla después de cada mesa. Dejo las mesas de abajo de los pinos para el final, porque esas no fallan, esas están siempre llenas de mierdas de pájaro. 


  Encargándose de la barra está Iván. Iván es el chaval de la plantilla. Diecinueve años y una educación que sale de lo normal. Algo tímido, siempre sonríe a todos los clientes, nunca alza la voz más de lo necesario, siempre es atento con todo el mundo y jamás le he escuchado rechistar ni quejarse. Deporte habitual entre los que llevamos aquí varios años. Iván es de esas personas de las que absolutamente nadie puede decir una sola cosa mala. No es arrogante, no es cabezón, es buen compañero, no habla demasiado, no molesta. Bueno, a mi si me molesta un poco una cosa de este chaval. Se toma el trabajo demasiado en serio. Aplica las dosis de bebidas solicitadas por la directiva al milímetro, nunca toma una sola cerveza en el trabajo, intenta conseguir la máxima rentabilidad para la empresa. Más o menos lo contrario a lo que hago yo. De hecho, cuando aparece el clásico cliente alcohólico dispuesto a reventar la pulsera del todo incluido, de esos que desayuna cerveza y come con gintonic, yo me lo tomo como un reto personal y durante las noches le sirvo las copas con ochenta por ciento de licor y veinte de refresco. Ese tipo de cliente, a esas horas de la noche, no siente que sepa mal una bebida de estas proporciones, y eso que servimos garrafón. Pero mi reto es conseguir que al día siguiente por la mañana pida agua. Y creedme que más de una vez lo he conseguido.


  Iván está despachando gente en la barra con tranquilidad, no hay gran cosa a esta hora. Pasan cinco minutos de las 6 y saca la que es la última comanda de comida que se había pedido hace unos diez minutos. Entonces el siguiente cliente ve la hamburguesa con aspecto de chancla perdida en la playa y la pide:

  • I want one of this -  Quiero una de esas balbucea

  • Perdón, pero es que ya pasan las seis, y la hora de la comida… - se dispone a explicarle mi compañero

  • ¡Qué te he dicho que me pongas una de esas! -  sobra decir que la conversación entera se sucede en inglés, pero no un inglés británico sofisticado, sino más bien un inglés como el que hablan los de la serie Misfits. O más bien como los de la película Tyrannosaur, de Paddy Considine. No sé de qué parte de Inglaterra viene.  

  • Señor, lo siento mucho pero es que después de las 6 no servimos… -  contesta Iván en un tono educado pero con síntomas de nerviosismo en su voz

  • ¡Qué te jodan! ¡Te he dicho que me sirvas una hamburguesa y me la vas a servir! 


Inmediatamente Iván agacha la cabeza y se dirige al ofis, donde está el congelador de la “comida” y el horno. 

  • No se la irás a poner -  le digo incrédulo tras ver la reacción del cliente. 

 Iván no me contesta y se va directo a encender el horno y mete una hamburguesa a pesar de sus manos temblorosas. Son diez minutos. Mientras yo sigo a lo mío en el ofis, entre tragos de cerveza voy limpiando vasos, cortando limones y preparando el pase de la noche. No pasan ni cinco minutos, que Iván vuelve y mira el horno. 

  • ¿Está la hamburguesa? - me pregunta

  • Todavía no, yo la controlo. Déjame que la saque yo. 

Sigo un poco con mis tareas hasta que suena la campanilla. Saco la hamburguesa y la veo abierta en el plato. Me pregunto ¿Qué le hago?. Mi primera idea es escupirle, pero eso es demasiado poco. Hay que ser justo, y un escupitajo se lo llevó la semana pasada una señora que me pidió que sonriera tres o cuatro veces en una hora, y al rato fue a quejarse a la recepción de que no sonreía. Supongo que el hecho de que el camarero esté pasando un mal día le jode las vacaciones a ella. Un moco se lo puse a un tipo que se me plantaba delante cuando iba con la bandeja cargada hasta los topes y casi me hace perder el equilibrio de esta varias veces. Hay que ser justo, éste hombre se merece más. Éste hombre merece el correctivo más severo de la historia. O al menos de mi historia.  Esta gente que viene aquí y creen que pueden hablarnos como si fuéramos sus esclavos merecen todo el peso de la justicia divina. ¡Ah, ya sé! Llamo a Iván para que lo vea todo. En cuanto asoma, cojo la hamburguesa con la mano y la restriego por el suelo negro de mierda del ofis. 

  • Nooo -  aparta la vista Iván

  • Espera espera - le digo

 Me quedo mirando la hamburguesa. El paseíto por el suelo pisoteado y lleno de líquidos derramados no me parece suficiente. Entonces se me enciende la bombilla. Veo el trozo de tela a cuadros azules y blancos. La bayeta. Esa misma bayeta con la que limpié todas las mesas de la terraza, incluidas las mierdas de pájaro. Bonus, tiene una punta tocando el líquido inmundo de la pica. La agarro con celeridad, y la exprimo encima de la hamburguesa. 


  • ¡Tío! ¿¡Y si enferma!? - exclama Iván nervioso

Me giro sonriente, le miro a los ojos fijamente y le respondo:

  • Eso sería el mayor éxito posible

  • Voy a hacer como que no he visto nada - acaba diciéndome Iván y abandona el Ofis tras lo que me parece ser una arcada. 

  • Si enferma siempre podemos decir que es de tajarse a muerte a diario -  le digo, aunque creo que ya no me escucha pues ha salido del ofis. 

Agarro el plato con la hamburguesa “aliñada”. Entrecomillo aliñada porque… Bueno, supongo que no hace falta que lo explique. Me planto en la mesa del cliente, sonrío como nunca, y le doy la hamburguesa con los botes de ketchup y mayonesa. Disimuladamente observo todo el proceso. Veo que le echa salsa en abundancia. Una ventaja, extra de disimulo para el aliño extra que le añadí yo. Está a punto de hacerse justicia. Actúo sin pedir nada a cambio y sin que nadie se entere. Soy Batman. Bueno, no, mejor no, que es un multimillonario asqueroso que en lugar de invertir su fortuna en proyectos sociales para bajar los índices de criminalidad de Gotham city se dedica a inventar batcacharros para apalear a los más desfavorecidos de la ciudad. Más bien soy Spiderman. Pobre y perdedor, pero con un gran sentido de la justicia. 


 Se zampa la hamburguesa como si no hubiera comido en días y cuando ha terminado me acerco a la mesa. De nuevo con mi mejor sonrisa y mi inglés formal le pregunto: 

  • ¿Estaba buena la hamburguesa? 

  • Si, muy buena -  me responde con una sonrisa socarrona al creer que le estoy tratando bien para que se le quite el enfado, pobre iluso. 


Fin de la historia. Estoy contento, una vez más se ha hecho justicia. Pero no me puedo despedir sin daros el consejo del día, como en las series de dibujos de los ochenta. Nunca tratéis mal a quien os va a dar de comer. Bueno, no seáis capullos y no tratéis mal a nadie, pero especialmente a quien os da de comer.



viernes, 30 de agosto de 2019

PONTE EL CINTURÓN


En la década de los cuarenta, el industrial norteamericano Preston Tucker, intentó revolucionar la industria del automóvil añadiendo el concepto de seguridad en los coches para usuarios y con ello el cinturón. Invento que heredaba de la industria de la aviación de guerra. Su empresa quebró, pero el concepto de seguridad perduró en la industria automovilística. Más adelante, en 1959, el sueco Nils Bohlin, ingeniero de volvo, retomó el concepto y se comercializó por fin el coche con cinturón de seguridad. Sin embargo, no es hasta 1985 el momento en el que se establece la obligatoriedad el uso del cinturón de seguridad en todos los conductores en el territorio español. Y gracias a esta serie de acontecimientos, estoy vivo. 

 Es verano, han caído cuatro gotas, y voy con unos cuantos kilómetros por hora demás. Soy imbécil. La traicionera película de barro que queda sobre la carretera me atrapa, el coche empieza a culear, se me va en la curva e intento corregir. Piso el freno, error. Doy un volantazo en la dirección opuesta, error. El coche sale disparado a más velocidad que la que llevaba antes de la frenada. O eso me parece a mí. Noto una sacudida, después siento que soy unos gallumbos en el interior de una lavadora durante el centrifugado, pierdo mis gafas y, finalmente, el coche se para.

 Respiro hondo. Compruebo que no me duele nada, y pienso que a lo mejor no ha sido para tanto. Iluso de mí. Salgo del coche y veo que le falta una rueda trasera, un par de cristales rotos, y las chapas dobladas. Se me ocurre intentar arrancarlo y lo único que obtengo es una humareda blanca que sale del motor. Lo apago y salgo rápidamente. Por suerte la humareda cesa en seguida. Aparecen dos personas, me preguntan si estoy bien, y luego si he tomado éxtasis. ¿Qué clase de pregunta es esa en esta situación? No lo he probado en mi vida. Me dicen que me he dado un buen golpe y se van. Como si necesitara que me lo digan. Luego aparece una señora, tiene pinta de alemana, y ella sí que se preocupa seriamente por mi. Va vestida de uniforme de algún hotel o rent a car, y me dice que ha escuchado el estruendo desde su casa mientras se preparaba para ir al trabajo. Le explico que estoy bien, pero que me siento desorientado porque no tengo las gafas y no veo una mierda. Me pregunta que si tengo muchas dioptrías y sin más palabras se va hacia su casa. 

En ese momento me siento un poco desamparado y no sé muy bien qué hacer, la incomodidad de no ver y los nervios no me dejan pensar con claridad. Por un minuto rompo en llanto y tengo pena por el coche, Seat Alhambra del 98, que había comprado hace apenas dos años a una amiga, al que tantas horas le había dedicado otro amigo para dejarlo impecable y con el que tenía buenos planes de viaje. Pero realmente el llanto es más por pensar lo cerca que he estado de la muerte, y lo imbécil que he sido. Si, le temo a la muerte, y mucho. Un poco después aparece un ibicenco simpático en moto y se para para preguntar: 
- ¿Qué ha pasado? 
-  He perdido el control - le digo 
- ¿Perdona? - me dice incrédulo bajándose de la moto - ¿Tú ibas en ese coche? 
-  Si - respondo.
 El chico me señala a mi con el dedo índice, y luego hace lo mismo con el coche, vuelve a señalarme con la mirada fija en aquello que señala, y de nuevo al coche. 
- ¿Tú has salido de ese coche ahora mismo? - dice sin salir de su asombro 
- Si - repito 
- ¡Caray! - exclama - ¡Dios te ama! - dice riendo como si se alegrara de estar en el lugar donde ha acontecido un milagro. 

 Puede ser. Siempre he pensado que un Dios omnisciente y omnipotente no necesita de la adoración, ni siquiera de la creencia en él, para que te ame. Un ser que necesita que le adoren y le muestren reconocimiento constante sin ser cuestionado para reafirmarse en su postura, es un ser inseguro y ególatra. Y la egolatría y la inseguridad son defectos de seres humanos, no de un dios. 

 Le explico al hombre lo de las gafas y se pone a ayudarme a buscarlas por el suelo, cosa que le hace ver los restos del accidente, así que va reconstruyendo los hechos. Tras salir de la carretera golpeo con la rueda de atrás contra un poste de teléfono. Una tirada de suerte hace que golpee en la rueda y no en otro lugar que podría haber dañado más al coche, y por lo tanto a mi mismo. El coche sale disparado dando una vuelta sobre sí mismo de como doscientos grados, otra tirada de suerte ha puesto gran cantidad de matas que deben frenar el movimiento al que está sometido mi vehículo, que acaba metido dentro de un torrente mirando en la dirección opuesta a la que conducía. La robustez y tamaño del coche evitan que me golpee la cabeza. El cinturón me ha salvado de no correr la misma suerte que mis gafas, que deben haber volado por la ventanilla abierta y no las conseguimos encontrar. Lo que sí encontramos es la rueda, con parte del eje, arrancada de cuajo de la estructura del coche. Está tirada unos cuantos metros más allá y el chico me ayuda a meterla en el maletero del coche. En ese momento reaparece la señora alemana con unas gafas que no son las mías. 
- Pruébatelas, a ver si te ayudan - me dice. Me las pongo y veo sorprendentemente bien. Al parecer la mujer es tan miope como yo. Puedo hasta leer el nombre de la chapa que lleva del uniforme. Suzanne. Tal vez sea inglesa. Le digo que cuando se las devuelvo, pero me dice que me las puedo quedar, que ella ya no las usa. Me deben ver mejor cara, y me dejan, con semblante tranquilo. Yo también estoy más tranquilo y llamo a la grúa por fin. 

Durante la espera reaparece la señora, ya en coche, dirección a un trabajo al que debe estar llegando tarde. Le doy las gracias por enésima vez. Entonces aparece el tonto de turno, que sin preguntarme ni como estoy, lo único que hace es pillar la matrícula de mi coche y pedirme el número informándome de que no tiene internet porque he roto algo en el poste y que eso lo tendrá que pagar mi seguro. Aparece una grúa, le hago señales con la mano para que pare, puesto que el coche dentro del torrente no se ve desde la carretera. El hombre, cuando se para, ve que no es mi coche al que le han mandado a recoger, y me dice que cien metros más adelante hay alguien en la misma situación que yo. Espero un buen rato más, y finalmente aparece la grúa de mi seguro. De ella bajan dos señores muy amables que sacan sin mucha dificultad el coche del torrente. Me informan de que eso no tiene arreglo y no vale la pena llevarlo al taller. Se lo llevan para desguace, y a mi me dejan en mi casa. Me entero después, de que ese día estuvieron hasta las dos de la madrugada recogiendo vehículos salidos de la carretera. Caen cuatro gotas y los conductores parecemos subnormales ineptos al volante. 

 Quitando el moretón en el brazo y en el estómago causados por el cinturón de seguridad, estoy ileso. Con la sensación de que he bailado un vals con la muerte, que está acechando en cada esquina y hoy ha decidido perdonarme para recordarme que ella está siempre presente. Mirando cada uno de nuestros movimientos. Y hoy le tengo más miedo a la muerte que ayer, pero digo yo que será normal cuando el miedo a la muerte es lo que nos mantiene vivos. Pero estoy ileso y tengo que dar gracias a Dios, Preston Tucker y Nils Bohlin.


sábado, 26 de agosto de 2017

EL MECHERO


  • ¡Mierda mierda! - exclamó frustrado.

Lo tenía todo preparado, pero se había olvidado el mechero. El puto mechero. Rememorizó sus últimos pasos tratando de recordar cuando fue la última vez que lo había utilizado. ¿Se lo había dejado en el bar donde había almorzado? No... Allí no lo había usado. Siguió pensando. “¡Mierda, Miguel!” dijo para sus adentros recordando que se lo había dejado a su amigo para que se encendiera un cigarrillo. “Ya podría comprarse sus putos mecheros, siempre hace lo mismo. Te pide fuego y se apalanca el mechero”. Abrumado por el kaos que le rodeaba, corrió a buscar refugio en un callejón cercano. Ahí se enconró a una chica sentada junto a unos contenedores. La primera reacción que tuvo ella fue asustadiza, pero al verle bien, le inspiró confianza. Con sus ojos, la única parte de la cara que se le veía a la chica, le invitó a sentarse a su lado.

  • ¿Joder, vaya movida, no? - le dice ella apartando el palestino que le cubría la boca.
  • Ya ves – contesta él impresionado por la belleza de la joven muchacha – y encima yo me he quedado sin fuego.
  • En eso te puedo ayudar – dice ella tendiéndole un mechero – te lo puedes quedar, yo ya me he quedado sin gasolina.
  • Perfecto, luego corremos hacia el norte y nos vamos de aquí, ¿te parece? - le propone él.
  • Me parece – le contesta la chica asintiendo con una sonrisa enamoradora.


Se apresuró él entonces a encender el trapo y lanzó así un cóctel molotov con su corazón lleno de amor.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Fried noodle. No meat.


 El año pasado, pasé dos meses viviendo en la capital de Cambodia. Phnom Penh. Vivía cerca del “Russian Market” donde, gracias a una amiga, descubrí que preparan unos fideos bastante buenos por poco más de un dólar. Al acercarte a la tienda, la mujer que los prepara te preguntaba si los quieres con pollo o cerdo, y yo se los pedí sin carne. Me preguntó que si comía huevo. Desde ese día fui allí a comer en varias ocasiones, tal vez más de diez, hasta el punto de que la mujer, nada más verme, me sonreía y me preguntaba “ fried noodle no meat egg ok?” Agradecí mucho encontrar aquel puesto de comida, ya que a menudo es difícil entenderte con los locales para comer sin carne en un país donde puedes encontrar como menú cerdo, pollo, saltamontes, castores o perro entre otras cosas que no me quiero ni imaginar. Aquí tenía la oportunidad de disfrutar una experiencia local sin renunciar al mis convicciones y, porque no decirlo, ahorrarme un dinero, puesto que para encontrar comida vegetariana lo mas normal es acudir a restaurantes en los que la comida te sale por unos tres o cuatro dólares. Que aunque pueda parecer barato para nuestro estándar, de verdad os digo que cuando viajáis por mucho tiempo y con presupuesto ajustado, son este tipo de ahorros los que marcan la diferencia.


Este año, de paso en la ciudad, decidí visitar el puesto de fideos. Me lleve una grata sorpresa al ver que habían diseñado un menú que estaba en khmer y en inglés y en el que se incluían dos opciones para vegetarianos. “Vegetarian fried noodle” y “Vegetarian noodle soup”. Además el negocio parecía irle bastante bien a la mujer, pues tenía empleados. Tal vez sean delirios de grandeza, pero me gusta pensar que colaboré a que ello sucediera. Ahora, en el Russian Market de Phnom Penh, donde se junta tradición camboyana y visitantes extranjeros, hay una opción vegetariana visible a todo el mundo y asequible. Y funcionando como funcionan los negocios por estas zonas, no me extrañaría que en breves todos los puesto del mercado sigan su ejemplo. Si en lugar de haberlo pedido, hubiera tenido miedo o vergüenza, por aquello de evitar una situación embarazosa en la que te ofrecen algo que eres incapaz de comer, tal vez ahora todavía sería difícil conseguir un plato vegetariano en el mercado. Eso me hace pensar en que a veces solo hay que mostrar la necesidad para que ocurra un cambio. Y me viene a la cabeza aquella cita de “se el cambio que quieres ver en el mundo”. Aunque todavía tengo que trabajar mucho en mi propia persona para creer que soy el cambio ideal para el mundo. 

miércoles, 10 de mayo de 2017

FRONTERAS

 Llego a la frontera. Para abandonar el país me piden dos dólares. Una estafa normalizada que se llevaba a cabo por la policía fronteriza en varios países de este área del mundo. Suelo pagar sin rechistar. Estás en una frontera de un país desconocido tratando con la policía que sabes que a menudo es la ley. Todavía no se cuestiona, por norma general, aquello de ¿Quién vigila a los vigilantes? Y veo a todos los turistas pagar sin si quiera preguntar el por qué de dicha tasa. Pero últimamente he leído varios artículos de personas que han conseguido que les sellen sin pagar. Y un poco harto de que la policía me robe el dinero, decido plantarme, y no pagar.
Empiezo pidiéndole al policía un recibo de lo que pago, recibo que, por supuesto, no existe. Se me acerca una pareja francesa, el chico me pregunta que está sucediendo y deciden unirse a mi causa, con mucho más ímpetu del que tengo yo. Somos los únicos en la frontera puesto que el resto de los turistas han visto el proceso como un mero trámite. La mayoría de la gente, en la que me incluyo, normalmente aceptan estos pequeños robos, por aquello de “Es lo que hay”. Plantar cara a la corrupción no parece ser una opción, no vaya a ser que algún día cambie. Dos dólares para salir del país, dos dólares que se van directos al bolsillo del policía. No van a pagar escuelas ni a mejorar la vida del país. Son dos dólares que no hacen mas que colaborar a la desigualdad y a la mezquindad de la mayoría de los agentes de policía del país, que se nota que se hacen agentes de la ley por avaricia y no por patriotismo o sentido de la justicia. Me piden estos dos dólares por salir de Laos, y luego cinco mas, ya en territorio camboyano. Cinco dólares extra sobre el precio oficial del visado, claro. La cantidad no es muy grande, pero es una cuestión de principios, aceptarlo es aceptar la corrupción sistemática.

El francés, con fuerte determinación le pide por favor, sin perder la sonrisa, pues sabe que en el sudeste asiático lo peor que puedes hacer es perder las formas si quieres conseguir algo de alguien, que le estampe el sello de salida sin pagar los dos dólares. Que sabe que no tiene que pagarlos porque se ha informado en la embajada. El agente se niega en rotundo. Todos se niegan, todos parecen estar bajo las órdenes del que mas habla con nosotros. Un señor con pelo corto y dientes de rata. De hecho, cuando pregunto a la oficial de la ventanilla de al lado, parece sentirse avergonzada, o culpable, pero nos señala a su compañero, el dientes de rata, como si ella no pudiera decidir. Cuando el chico francés le explica a Dientes de Rata que se ha informado en la embajada de que no tiene que pagar, el agente de policía hace como que no nos entiende, dice no hablar inglés, solo cuando le interesa. Luego nos dice que en Camboya por el sello nos piden cinco dólares, y que él solo nos pide dos. Como si tuviéramos que agradecerle que es corrupto pero menos que la policía del país vecino. Entiendo que la corrupción es contagiosa. Deseamos que venga un autobús lleno de turistas y así nos sellen rápido el pasaporte para no arriesgarse a que se sumen a la resistencia todos los llegados. Pero eso no pasa, parece que nadie mas pretende cruzar la frontera hoy. Nos dicen que todos los transportes para irse de allí se han largado ya. Aunque creemos que es un farol para asustarnos y que soltemos los dos dólares. Finalmente el chico francés y el policía empiezan a regatear. Mierda, eso no es lo que quería. El policía debería entender que no es cuestión de dinero, si no de moral. El francés consigue que nos dejen pasar pagando un dólar cada uno. A mi ver es como si no hubiéramos ganado nada. Pero bueno, un dólar es un dólar. En todo el proceso nos hemos mantenido sonrientes y educados, pues se ve que todos somos conscientes de que así es como funciona la sociedad aquí.

Ya en territorio camboyano, aparece un tipo diciéndonos que hay que pagar la tasa, que es así y que todo el mundo la paga, y que nuestro autobús se ha ido, que no quedan transportes. Nuestra simpatía se ha agotado un poco y el francés le dice que eso está mal, que es corrupción y que cuando sales o entras del país en avión no pagas por esos sellos. En los aeropuertos hay un mayor control. Nos dice que nos tranquilicemos que el solo viene a ser amable con nosotros y que nosotros le estamos contestando mal, y entonces nos remarca que hay que pagar. Me pregunto si tiene algo que ver con la construcción del entramado corrupto.

Yo le ignoro totalmente y me dirijo directamente a la ventanilla para que me den el visado de entrada a Camboya. Dejo sobre el mostrador 30 dólares justos junto a mi documentación. Precio exacto y oficial de lo que vale el visado para entrar a Camboya para un europeo. El agente de policía me pide cinco mas, sin amabilidad ninguna. Protesto un poco y pido recibo, pero claro, todo son negativas, y, agotado, le doy cinco dólares extra. En camboyano veo como le dice al tipo sin uniforme que nos estaba hablando antes, que nosotros somos los hijos de puta que no queremos pagar por el sello del visado por el que se supone que nadie debería pagar. No entiendo ni una palabra de camboyano, o khmer, como se llaman los habitantes de Camboya, pero sé lo que han dicho, entre otras cosas porque ha utilizado la palabra “stamp”, que imagino que no tiene traducción en su idioma. Me despacha a desgana y con mala leche, las sonrisas se han acabado. De algún modo, a sus ojos, nosotros somos los que estamos haciendo algo incorrecto. Los franceses tampoco tienen ganas de pelear más, y también pagan los cinco extra dólares sin intentar evitarlo.

Por fin salgo de allí. Con un espacio en blanco en mi visado dónde debería poner la cantidad pagada por él. Una prueba más de la estafa de la que somos víctimas todos los extranjeros que pasamos por allí. Me alivia alejarme de la presencia policial. Me recibe una muchacha sonriente y me informa de que los autobuses han marchado. No se estaban marcando un farol. Trabaja para una de las empresas con sede allí, por suerte, con la que yo tenía el tíquet de autobús. Ella organiza un transporte privado para mis compañeros de guerra y me despido de ellos con un “Don't give up the fight”. Aunque hubiera sido mas apropiado un “Vive la resistance”. A mi me ofrece alojamiento en la casa que hace de estación de la empresa de autobuses para la que trabaja. También ofrecen un básico menú a base de arroz. La alternativa que me ofrece es subirme al autobús del día siguiente sin pagar nada. Si quisiera irme ahora, tendría que pillar un transporte privado bastante caro. El alojamiento consiste en una cama sin colchón en el trastero de la casa, y me piden seis dólares, lo cual es mucho si comparamos con los precios que se manejan en la zona, pero dadas las alternativas, acepto.

Paso el resto del día conversando con la chica que me recibió. Su nombre es Kun. Lo primero que tengo que hacer es pedirle disculpas, pues me cuenta que me han estado esperando y que los demás clientes que iban en el autobús se han enfadado con ella. Le explico el motivo de mi retraso y me dice que si la policía lo dice, es así. En su mente de provinciana camboyana no entra el hecho de que la policía pueda ser mala. Y entiendo porque la policía es tan corrupta en este país. Debe ser tremendamente fácil si la mayoría de la población no te cuestiona solo por llevar uniforme.

Comparto con Kun mi paquete de anacardos, y se sorprende, me dice que son muy caros. Estoy de acuerdo, realmente son bastante caros. Acepta con gusto, pero no a cambio de nada, así que desaparece unos minutos y vuelve con unos mangos verdes con su ácido aliño y los comparte conmigo. Seguimos conversando, dice que le gusta hablar con extranjeros, y que por ello buscó trabajo en la frontera. Me admira su capacidad de aprendizaje, pues habiendo estudiado muy poco en el deficiente sistema educativo camboyano, la chica habla inglés y chino, además de khmer, claro. Solo fue a la escuela hasta los doce años, y a una escuela pública, lo que en Camboya quiere decir no tan cara como las buenas, en la que no daban ningún idioma extranjero. Con ocho hermanos, si ella seguía estudiando, sus padres no podían permitirse llevar al pequeño a la escuela. Así que empezó a trabajar y a cuidar de sus hermanos. Cuando tenía tiempo, me cuenta que iba a alguna escuela gratuita de su pueblo a aprender idiomas. Una de esas escuelas probablemente llevadas a cabo por una ONG, ya sea nacional o internacional, en las que los profesores son voluntarios que están de paso, a menudo sin experiencia ninguna como educadores y que desaparecen sin motivo alguno en cualquier momento. Allí aprendía inglés, pero me cuenta que como más aprendió fue agregando a desconocidos en facebook y hablando con ellos. Me cuenta muchas cosas, como que estuvo deprimida mucho tiempo porque su cyber novio se casó con otra sin decirle a ella nada y se tuvo que enterar por las fotos de su boda que colgó el en Internet, o como que no bebe ni fuma porque eso da la impresión de ser una chica fácil y un poco guarra, y ella no es así. Le digo que una cosa no tiene que ver con la otra, y ella me dice que sabe que en mi país no es así, pero que en el suyo si. Cosa que contrasta mucho con el logo del conejito de playboy de su camiseta, pero claro, entiendo que ella no tiene ni idea de dónde sale, y que lo viste porque se les ha vendido como un logo de moda. Fashionable.

La conversación se interrumpe cada vez que alguien cruza la frontera, pues el hecho de estar charlando conmigo no la aleja de sus obligaciones. Recibe cordialmente a todos los viajeros y los acompaña a cualquiera que sea el vehículo o la oficina a la que deben llegar. Sea o no de su epresa. Le pregunto si hay plaza en alguno, y me dice que no, que solo quedan coches privados ahora, pero que si quiero intentar hablar con algún turista y acoplarme a su destino igual tengo suerte. Paso. En un momento en el que ella se sienta en la mesa de al lado y yo me pongo a leer, veo como uno de los conductores de autobús se sienta a su lado. Ella le habla cordialmente, como habla con todo el mundo, y veo que él se le acerca mucho. Le da golpes, en plan broma, en el lado de la pierna, mientras veo como se toca la polla por encima del pantalón de chándal roñoso. Ella le grita, y luego me mira y me dice que le está diciendo que es muy feo, lo cual es una realidad objetiva, pero aún así el chico no se rinde y sigue dándole cachetes en el muslo mientras le dice algo que no comprendo. El chico me mira, parece buscar complicidad, sin embargo a mi me despierta desprecio, en el mejor de los casos. Se levanta y se larga. No sé si se habrá sentido incómodo bajo mi mirada, o más probable, está ya lo suficiente cachondo como para ir a pelársela. Kun vuelve a sentarse a mi lado y me dice que al chico ese se nota que ella le gusta mucho, pero que él está casado, y por lo tanto está mal lo que hace. Le digo que aunque esté casado tampoco está actuando muy educadamente con ella, y me dice que son cosas de chicos. Que los chicos en su país son así. “Violadores potenciales”, pienso para mí, y se me ocurren mil cosas que decirle sobre el respeto que se merece y como no debería tolerar que la toquen así, pero entiendo su educación. Lo he visto muchas veces, las chicas son educadas para ser siempre amables y sonreír ante cualquier situación, igual que en la España de los 60. Seguramente si montara un escándalo a causa del acoso, la culparían a ella y perdería su trabajo. Así que no sé que contestarle a ello, por lo que solo se me ocurre decirle que se merece más respeto, y que lo que hace el hombre está mal esté casado o no. Solo me contesta un “maybe”. Quizás.

Cae la noche, es la hora de pago. Kun recibe unos billetes de la mano de su jefe y tras contarlos, se borra su sonrisa por primera vez en todo el día. “Dos dólares” me dice, “todo el día aquí metida y me pagan dos dólares”. Le pregunto si sus jefes son un poco tacaños, recupera su sonrisa para mirarme y me dice que nos veremos por la mañana del día siguiente. Agradecido, le doy las buenas noches.


Paso el resto de la noche leyendo y ceno un plato de arroz frito con verduras. Me meto en mi habitación cuando veo que los propietarios de la casa están preparando las camas en el lugar que es el restaurante, o la oficina, o básicamente todo el uso que le puedan dar a cuatro paredes. Cuando estoy en la cama veo que en un lado de la habitación tienen un montón de herramientas y ropas viejas acumuladas. Realmente esto es el maldito trastero de la casa. Pero bueno, no es grave, puedo dormir perfectamente sobre una tabla de madera rodeado por trastos viejos. Cierro los ojos, el sueño me invade, y entonces lo escucho. El roer y correr por entre los trastos. Hay ratas. Me levanto, las busco, no las veo. Supongo que la luz las hace estar mas alerta, sus sonidos se hacen menos frecuentes, así que decido volver a la cama con la luz encendida, cierro los ojos, y pienso para mi mismo. “ Joder, que cabrones. Me cobran seis dólares por un trastero lleno de ratas y a Kun le pagan dos míseros dólares por todo un día de trabajo”. Me duermo.


   

martes, 4 de abril de 2017

La típica película de amor

 Esto es la típica película de amor en la que chico conoce a chica, chico se enamora, chica le ignora, chica se enamora, un mal entendido le hace pensar que está con otra y se dispone a coger un avión para ir a vivir a otro país, o a otro estado norteamericano, mientras, desolado, chico habla con amigo en común, el típico amigo gracioso, y le hace entender porque chica se va. Entonces chico corre, cruza la ciudad, y tras un par de escenas de tensión, se reúne con chica en la puerta de embarque justo a tiempo, ese lugar en el que en realidad no te dejan pasar en los aeropuertos si no tienes la tarjeta de embarque, y, o bien ella no se va, o bien él se va con ella. Así, sin reserva ni nada. Y viven juntos felices para siempre. Leído esto ya os podéis ahorrar ver la mayoría de las películas de amor de los noventa y principios de del dos mil. Ahora bien, éste es el argumento de las películas americanas, si la misma cosa sucediera en la vida real y en otro lugar geográfico, el asunto sería muy distinto.

Hasta el punto en que chica está a punto de coger el avión todo sería mas o menos igual. Solo que con un toque extra de dramatismo sobre actuado digno de los dramas asiáticos. Estamos en Bangkok. Cuando chico se entera de que chica en realidad le quiere y decide largarse a raíz de un malentendido, salta del sofá y echa a correr por las abarrotadas calles de la metrópolis. Esquiva carritos de comida, turistas borrachos que sostienen una cerveza Chang a las diez de la mañana y pesados conductores de tuk tuk, que bien sabe, como buen habitante de la cuidad, que utilizar sus servicios le haría perder más tiempo que ninguna otra cosa. Llega a un taxi, que se niega a poner el taxímetro y le pide una exagerada suma de dinero por el trayecto por lo que para al siguiente que baja la calle, el cual si accede a poner el taxímetro pero sin embargo escoge una ruta mas larga para el trayecto, a pesar de las palabras que chico ha pronunciado al entrar: “Al aeropuerto, lo más rápido que puedas”. Por si fuera poco, el taxista tiene que parar a los pocos metros debido al tráfico. Los coches apenas avanzan por la calle y en la acera ve como los peatones avanzan a más velocidad que él. La chica, por su parte, está a punto de embarcar en el avión que la llevará al otro lado del mundo a iniciar una nueva vida. Consciente de ello, el chico agota su paciencia y decide correr hasta la estación de metro. Exhausto, chico se desespera al ver la cola de gente esperando para comprar el tíquet, y colarse, con los seguratas que vigilan siempre junto a las puertas, no es una opción. Frustrado, se pone a la cola.

Mientras tanto, la chica embarca en el avión, y despega.


Ya en el interior del vagón, chico mira la hora y decide que ya no hay nada que hacer, así que baja del tren y se sube en el siguiente que le lleva de vuelta. El vuelo de su amada ha despegado. Un día, decidirán aclarar el malentendido hablando a través de mensajes de alguna aplicación del teléfono móvil con muchos emoticonos. Pero ella ya está en otro país y la vida sigue. Ambos vivirán sus vidas por separado, vidas normales y corrientes, con sus altos y sus bajos. Fin.

miércoles, 29 de marzo de 2017

BICICLETARIO: LUANG PRABANG

Ya ha pasado la ceremonia de las almas en Luang Prabang, es decir, ya es de día y los negocios abren. Me despierto y me marco un buen desayuno continental. Tengo la intención de que la primera comida del día me dure lo suficiente en el estómago como para dar una buena vuelta en bici. Leí por Internet sobre una ruta a lo largo del río Khan, subiendo por su lado este y bajando por su lado oeste. Así, tras la espera en el lugar de alquiler de bicis, empiezo mi ruta. Luang Prabang va desapareciendo del paisaje conforme avanzo. Los edificios son gradualmente sustituidos por campo y naturaleza. El objetivo es Ban Picknoy, un pueblo donde parece ser que es fácil cruzar el río con la ayuda de los pescadores y sus barcas.

Hago una primera parada en la tumba de un señor francés, que por algún motivo se decidió que descansara para toda la eternidad en medio del bosque, entre nada y ningún sitio. Un tal Henri Mohot, explorador de la época colonial. Para llegar a ella se ha construido un corto pero bonito paseo cruzando un pequeño puente de madera y subiendo unas escaleras formadas a base de moldear el propio terreno de la colina. Al lado de su tumba le han levantado una estatua, de manera que está siempre allí esculpido al lado de la tumba donde descansan sus restos.
Continuo el camino que acaba al lado del río, donde puedo ver a varias recolectoras de algas. Ese alimento conocido como Mekongweed que frito está tan bueno. Me miran y comentan entre ellas algo que incluye la palabra “farang”. Que significa extranjero no asiático. Las saludo y parece que se avergüenzan un poco al ver que me he dado cuenta de que hablaban de mi. Siguiendo en dirección a mi bici por la orilla del río, llego a una pequeña tiendecilla donde compro algo para picar. Me lo como mientras observo como, un poco más allá, unos cuantos laoenses montan una carpa donde celebrarán San Valentín esta noche.

Vuelvo a la carrera. Decido ir hasta Ban Picknoy sin volver a parar. El pueblo donde pretendo cruzar el río antes de iniciar mi camino de regreso. El camino se hace un poco más duro, pero factible, a pesar de sus subidas y bajadas. Llego al pueblo bastante cansado, así que decido aparcar la bici y dar una vuelta caminando. Me paseo por el templo del pueblo y escucho como los locales comentan acerca del “farang” que ha aparecido en el pueblo. Me adentro entre las casas y veo perros, niños y adultos sorprendidos al verme. Los más extrovertidos se atreven a saludarme y dibujan una sonrisa tímida cuando les devuelvo el saludo. Parece ser que el principal motor de la economía del pueblo son las algas del río, puesto que en el patio de cada casa se encuentran cientos de ojas de algas extendidas al sol, secándose, con rodajas de tomate y ajo sobre ellas para darles sabor. Callejeando por el pueblo, si es que a esos polvorientos espacios entre las casas se les pueden llamar calles, acabo de nuevo en la orilla del rio. Allí me encuentro a dos chicas en cuclillas amasando las algas que han recogido del río para convertirlas en una masa homogénea. Cuando me ven les entra una risilla tímida. Les cuesta mantener la mirada conmigo. Le pregunto a una de ellas si le puedo echar una foto, y asiente, pero cuando levanto la cámara, oculta su rostro tras su enorme sombrero. Veo que a su lado descansa una barca y le pregunto si me puede llevar al otro lado del río. Toda la comunicación es a través del lenguaje corporal, porque ni yo entiendo una palabra de laoense ni ella una palabra de inglés. Me dice que no, y me señala un poco más abajo del río donde veo una carpa en la que unos chicos están preparando la celebración de San Valentín.

De camino me cruzo con un hombre si dientes y el logo de SevenUp tatuado en el brazo. Sube corriendo hacia el pueblo y cuando me ve deja al descubierto el agujero negro debajo de su nariz a modo de sonrisa y me saluda efusivamente. Se nota a la legua que va intoxicado por alcohol, o algo peor. Llego a la carpa y de los cuatro chicos que hay allí, uno habla inglés y me dice que el barquero ha ido un momento al pueblo, pero que volverá enseguida. Temo que sea el chico sin dientes. Me pregunta de dónde soy y cuando le contesto me responde que le gusta el fútbol español. “Barcelona, Madrid”. Le sigo un poco el rollo y le digo que si, que tenemos buen fútbol y que soy del Barça, y el es del Madrid. Pero eso no despierta rivalidad en ellos, pues me dice que el Barcelona es su segundo equipo de fútbol favorito. Luego me pregunta que si fumo, que me puede conseguir marihuana y opio. Declino su oferta amablemente y tras unos minutos de conversación superflua, aparece el barquero. El hombre sin dientes al que casi parece que le cuesta mantenerse en pie. El chico que ha hablado conmigo me dice que va borracho, pero que no me preocupe, y cruzamos el río los tres. En medio del río me siento totalmente indefenso y vulnerable. Pienso que he decidido confiar en unos desconocidos que podrían hacerme lo que quisieran impunemente, pues sería muy difícil hallarme si algo me pasara aquí, cuando creo que nadie sabe donde estoy. Luego pienso que he visto demasiadas películas y que son dos chavales contentos de haberme encontrado pues se podrán comprar un par de cervezas más para la celebración de esta noche. Me ayudan a subir la bici por la ladera del río hasta el plano del pueblo. Me despido de mis amigos circunstanciales e inicio el descenso.

Por lógica, debería ser más fácil bajar a lo largo del río que subirlo. Por lógica. Pero no es así. El terreno es una montaña rusa de subidas y bajadas y el asfalto no existe a este lado del rio. Mi bicicleta, de carretera, me ofrece más resistencia en este terreno. De vez en cuando me adelanta un camión y entonces como polvo. Mucho polvo. Lleno mis pulmones de la tierra roja de la cual se compone el camino. Además se me pega a todo el cuerpo por el sudor. La piel se me está poniendo muy roja del sol y entiendo que bajar va a ser lo más duro del recorrido. El cansancio me empieza a apretar, y el hambre también. Entonces veo un resort. Lo había visto anunciado en el pueblo, es uno de esos sitios en los que hacen negocios con los elefantes al que no me gustaría darles dinero. Pero mi supervivencia ahora es una prioridad así que me detengo con la esperanza de poder comer unos buenos fideos y descansar un poco para reponer fuerzas. Me siento y el recepcionista me pregunta que de dónde vengo. Cuando le digo la ruta que estoy haciendo se ríe de mi, y me dice que es mucho. Imagino que suele ver a gente más preparada haciendo dicha ruta. Entonces le pido de comer, pero mala suerte. La cocina está cerrada. Aún así, veo que tienen chocolatinas y recuerdo la energía que me daba de pequeño el snickers, esa con cacahuetes en su interior. Así que cojo un snickers, y de la nevera una beerlao y un agua. Aunque no están frías puesto que durante el día apagan la nevera para ahorrar energía. Y allí estoy, comiéndome un snickers con todo su aceite de palma en un resort que explota a animales salvajes como negocio. El hambre no entiende de principios.


Me largo de allí y sigo mi trayectoria. Muerdo el polvo levantado por los camiones y la montaña rusa sigue siendo igual de irregular. En varias ocasiones incluso tengo que bajar de la bici porque al subida se me hace demasiado empinada para vencerla pedaleando. Llevo ocho horas de trayecto de las seis que me prometía el blog de Internet, pero finalmente diviso el aeropuerto de Luang Prabang, señal de que llego a la ciudad sano y salvo con una experiencia inolvidable a cuestas.



 

miércoles, 4 de enero de 2017

CRISTINA PEDROCHE Y EL VESTIDO DE LA DISCORDIA

Otra vez, a un a riesgo de evidenciar borreguismo, uno de los principales temas de los que debatir durante los primeros días del año es el vestido de la Pedroche. Si, un puto vestido. Me cuesta creer que, a día 3 de enero, todavía haya cantidad de gente comentando y compartiendo artículos sobre si el vestido de Cristina Pedroche en la gala de noche vieja de Antena3 era demasiado provocativo, machista, hortera... Sobre ella, una presentadora de la tele, una asalariada, que si es una zorra, una víctima del patriarcado, una cómplice... Y no lo entiendo. Estamos hablando de A3. Se suponía que estábamos entrando en la era de Internet. Se suponía que íbamos a bajar a los oligarcas de las antenas de televisión y a remarcar su patetismo quitándoles el poder que les otorga el monopolio de la información. Se suponía que a estas alturas las televisiones ya debieran estar rogando likes favs y subs como cualquier idiota con conexión a Internet y verían su poder totalmente mermado ante la capacidad del usuario de seleccionar la vía informativa que consumir. Se suponía que íbamos a derrocar a los demonios de la torre que emite ondas radiofónicas cargadas de manipulación e intenciones oscuras. Pero aquí estamos, día tres y todavía hablando del vestido que llevaba una señora en una fiesta a la que no fui. Yo que no tengo tele y trato de seleccionar la información que consumo de entre diversas y variadas fuentes, veo mis fuentes inundadas por la discordia del momento causada por la televisión, Antena3 para más inri.

Si os importa mi opinión, y si habéis leído hasta aquí es que supongo que si, mi opinión es que me la pela el vestido de la Pedroche, me la pela todo lo que haga una cadena fascista como Antena3, por favor dejad de hablar de lo que en la tele hacen mal, que si tienen a un cantante misógino en un programa de música, que si hacen programas para retrasados, etc, porque les estáis dando poder. A3 suelta el anzuelo de la provocación y vosotros mordéis, dejando que se apoderen así de gran parte de la fuente que se suponía iba a ser su destrucción. Porque os aseguro que la decisión de ponerle a Cristina Pedroche un vestido más pequeño cada año no está alimentada por un principio machista, ni de objetización de la mujer, aunque tal vez si fuera así en primera instancia, ahora solo responde a una única necesidad, conseguir audiencia, y con ella poder, es decir, dinero de las empresas que se publicitan en su canal. Porque les habéis demostrado por tercera vez consecutiva que su idea es un éxito, porque cada año se despierta la polémica y se engancha a una cantidad considerable de espectadores a las campanadas del año siguiente solo para ver el vestido de la Pedroche y poder ser los primeros en twittear que Antena3 es machista o que es una vergüenza que todavía pasen esas cosas. Al ver los resultados a la mañana siguiente, el equipo directivo de la cadena se frotará las manos sabiendo que pueden seguir explotando un año más la simple provocación sin causa que les da tanta audiencia, pidiendo más dinero si cabe a quien quiera ser el primer anunciado del año cuando tanta gente hay delante de las pantallas. Así es la guerra de las audiencias. Es algo que me parece evidente ya desde que empecé a tener conciencia de la voluntad tras el informador: Ganar dinero. 


Pero lo que a mí me parece una vergüenza de verdad, y de la grande, es que le deis tanta cuerda a una cadena rancio-facha como Antena3. Aquellos que supuestamente la despreciáis por vulgar, machista, mediocre, por no ofrecer contenidos de calidad y todas esas cosas que se dice sobre la cadena de televisión en la red, sois una fuente de alimentación necesaria, si no la principal de dicha cadena. Es una obviedad pero parece que todavía hay que decirlo. Antena 3 se aferra al principio de conseguir que hablen de ellos, aunque sea mal. Dijo Oscar Wilde “Qué hablen mal de uno es espantoso, pero hay algo peor, que no hablen”, así que ya sabéis, si queréis dejar a Antena3 y sus mierdas en el siglo pasado, que es al que corresponden, el año que viene simplemente no pongáis la cadena e ignorar el hecho de que el vestido de la presentadora sea más provocativo aún. No dejéis que salten de las antenas de televisión a las redes. Que quienes hayamos tenido la tele apagada el 31 de diciembre no sepamos si quiera el vestido que llevaba tal o cual presentadora, que Antena3 se hunda en la oscuridad que se merece.

  

domingo, 18 de diciembre de 2016

MICRO RELATOS

TEMÁTICA: ROMÁNTICA 
RELATO: ELLA

Ella brillaba con fuerza y tú apagaste su luz. Ella se puso a tus pies, y en lugar de alzarla de la mano, la usaste de felpudo. Ella creía que podías cambiar, y te dio mil oportunidades que desaprovechaste. Pero ahora ya no está a tu lado, te arrastras buscando sus pies pero no los encuentras porque vuela alto, y doy gracias por volar junto a ella.


TEMÁTICA: LIBROS
RELATO: RUTINA

La vida se hace rutinaria. Cada día es la copia de una copia de una copia… No encuentro sentido al hecho de estar secando copas durante horas con el fin de sacarles brillo, y me importan una mierda las necesidades de los clientes. Malditos esnobs capaces de poner una queja por una mota de polvo en su copa. Llego a pensar que la vida apesta, pero entonces, abro un libro.


sábado, 24 de septiembre de 2016

BLOQUEO


Sufro un bloqueo,
no sé qué escribir,
sufro un bloqueo.

Cuando no sé qué escribir y escribo, simplemente no escribo nada, sino que solo gasto hojas de papel y tinta por el hecho de escribir. Porque escribo. Porque quiero ser escritor y no me puedo permitir no escribir aunque no sepa sobre qué. Porque me propuse, además de algún que otro proyecto a parte algo más ambicioso, escribir una entrada mensual en el blog, como mínimo. Por eso escribo, aunque no tenga ni idea de el que escribir.
No esperes ninguna reflexión profunda al final de este texto, tampoco ninguna entretenida historia de acción. Esto que tienes en frente es tan interesante como los prospectos en el dorso de los botes de champú. Tal vez llegues al final si lo estás leyendo desde el móvil mientras cagas. Son palabras vacías. Pero escribo.

Escribo preguntándome por qué escribo tras tanto fracaso acumulado a mis espaldas, escribo preguntándome por qué no escribo más o por qué sigo. Y escribo preguntándome por qué no se me ocurre nada sobre lo que escribir. Tal vez la edad acorte la imaginación, tal vez sea la frustración de las cuarenta y ocho horas semanales, tal vez sean lo castigadas que tengo las neuronas, tal vez sea el amor que vuela a mi alrededor y me hace visitas inesperadas que revuelven mi mente. Tal vez sea la sensación de vanidad del existir de todos los que vivimos como si fuéramos lo más importante del universo cuando no somos nada más que simples seres nacidos de una casualidad cósmica.


El caso es que, no sé de lo que escribir, pero escribo.   



Pequeña muestra de exposición fotográfica 


domingo, 10 de julio de 2016

SOY UN ASESINO

  Me encuentro los dos cadáveres frente a mí. Uno más grande, otro más pequeño. Tal vez fueran madre e hijo. Los veo allí, estirados, inertes, con una mueca de dolor permanente en su cara a causa del rigor mortis. Imagino que, conscientes de que su vida llegaba a su fin, han intentado buscar desesperadamente un poco de consuelo en el contacto físico de un semejante. Pero no han llegado a tiempo. Han muerto a un mísero paso el uno del otro. El veneno que les dejé ha sido letal, y, con sus pulmones encharcados en sangre, no han vivido lo suficiente como para abrazarse una última vez. He segado sus vidas cruel y dolorosamente, sin piedad, solo porque me molestaban y no quiero compartir mi espacio con ellos. Pero no imaginé el dolor que me provocaría ver los cuerpos. Una lágrima intenta asomar, pero resisto. Imagino que no habría guerras si los que las crean tuvieran que ver su horror en primera persona.

  Voy a deshacerme de los cuerpos. Hago una señal de respeto que le pide a un Dios en el que no creo que las lleve con ellas, que acoja a mis víctimas en su seno y acepte a sus almas en su reino. No conozco otra manera de mostrar respeto a los muertos. Cavo un pequeño agujero con la azada y empujo a los dos roedores a su interior, tocándose, como hubieran querido morir y no pudieron.

viernes, 13 de mayo de 2016

Juguete

 Juanito estaba jugando en el parque. Le gustaba pegar patadas y hacer rebotar contra la pared a su corazón. Le ataba una cuerda y lo utilizaba de ancla para subirse a los árboles, hacía malabares con él. Era su juguete favorito. A menudo sufría daños, rasguños e incluso, algunos cortes profundos. Y eso le dolía, le dolía a Juanito. Pero sabía que siempre, con algunos remiendos y tras algún tiempo, el corazón volvía a quedar como nuevo. Además el corazón parecía volverse más duro después de cada recuperación. Juanito solía jugar solo. Era consciente del dolor y los peligros que ese juego conllevaba, pero aun así quería seguir jugando. Le gustaba mucho.
  Un día se le acerco una chica cuyo brillo en los ojos le dejó hipnotizado.
-         -  ¿Puedo jugar contigo? – le pregunto Doremi.
-          - Claro – respondió Juanito feliz.
Y jugaron juntos. Correteaban por el campo pasándose el corazón de Juanito el uno al otro. Parecía que a Doremi no le importaba salpicarse con la sangre que emanaba de las venas cardíacas a cada latido. Desde que Doremi jugaba con Juanito, su cara se había vuelto alegre como otras veces antes. Tener una compañera de juego con quién compartir su corazón le hacía sentir el gozo de la vida en su máximo esplendor.
  Cuando llevaban un tiempo jugando juntos, Doremi se plantó firme frente a Juanito, se metió la mano dentro del pecho penetrando la carne y, ignorando la sangre que se derramaba, se partió dos costillas y se sacó el corazón.
-          - Podríamos jugar con dos corazones – dijo ofreciendo su corazón con el brazo extendido.
-          - Para, no hagas eso – le respondió Juanito cogiendo el corazón de Doremi con sus manos y volviendo a introducirlo en su pecho – es peligroso para tu salud jugar con el corazón. Y duele.
-          - Pero me gustaría que jugáramos con los dos corazones. Sería más divertido.
-          - A mí se me da muy mal jugar con el corazón de otras personas. Prefiero seguir jugando sólo con el mío.
 Ese día acabó con un juego más intenso que ninguno otro. Jugaron con todas sus fuerzas hasta bien entrada la noche, y entonces se separaron para volver a sus respectivas casas.

  Al día siguiente, Juanito volvió al descampado donde solía jugar con su corazón. Deseaba que, como había sucedido todos los días durante los últimos meses, apareciera Doremi para jugar con él. Pero en el fondo sabía que no iba a ser así. Juanito sabía que Doremi quería compartir riesgos, quería compartir el corazón, quería compartir la vida, algo que Juanito no podía asumir. A pesar de poner su propio corazón en peligro casi todos los días, no se sentía capaz de asumir el riesgo de jugar con otro corazón, y Juanito volvió a jugar solo. 

viernes, 22 de abril de 2016

PROJECT MAYHEM REJECTED FILES II: Singing Birds Of The Ultimate Suffocation

Sir:
  Peak season arrived to Ibiza Island, famous to be the place where money can get you whatever you wish. And with it, all the tourists who thought nothing changed here, and everything is still about parties, beaches and bitches. And we gave them a big surprise.
  At the ‘Sea Beach Club’ a highly overpriced bar at the shore which can be only reached by boat, big parties with Arabian sheiks, top models, soccer stars and big business men happen along the summer season all the time. But this time is going to be different. The party is going to be enjoyed by the ones who used to be at the bottom: the service workers, the no ones, us, the space monkeys.
  First, let me tell you about the attendants of the day of the ultimate suffocation. Among others I will tell you about Abdullah, who last year bought a 3000 bucks champagne bottle, shook it, and poured all the content over the beautiful dancer of the bar, just for fun. I will tell you about Leo Renaldo, a soccer star considered a kind of human god by a lot of people who still think they are their fucking khakis. He used to get high on cocaine and alcohol, and have fun dropping bills to the floor so he could laugh at the humiliated waiter who got to his knees for those useless papers. Humiliating the staff used to be his favorite hobby. Then Doris Hilton, international top model who used to throw the glasses against the waiter if she considered that her gin tonic had too much gin, or not enough lemon. They are a kind of money built gods who are worshiped by many people, whose icons are not in churches, but on television, which is more popular and convincing nowadays. Those three are just a small example of the kind of arrogance and disrespect shown by the customers of the ‘Sea Beach Club’, and the staff used to accept for money. All those three individuals, among others, showed up the day of the ultimate suffocation.
  All the staff one day agreed to don’t work once the bar was opened. The arrogant rich clients were shocked to see that there was only one thing on the menu: Rize or die. When Abdullah asked for his champagne bottle, the dancer who was humiliated herself brought it, shook it and shot all the expensive liquid over the sheik. The soccer star started to cry when no one accepted to serve him, tried offering big tips, but his money was not valuable for us anymore. The scared top model, Doris, ran in to the boat and tried bribing the captain of the boat to bring her out of the island, but the captain showed his hand, and there was a lips shaped burn signal there. He was one of us, the Singing Birds Of The Ultimate Suffocation. At this point, and for first time in their lives, the gods fell to the ground, then they realized that they are nothing more than us but with money. So now we don’t want their money, we are over them, and the fallen gods asked us what we want to let them go out, what if isn’t money? Money, money money. Everything is about money for them, so boring. Then I said:
-          We want a fight
-          A fight? – Asked Leo Renaldo incredulous
-          Yes, a fight – I confirmed
-          So, if we win, you will allow us to go away, won’t you?
-          Win? Is not about winning or losing, that doesn’t matter, in a fight we all win, and the rules are the following. The first rule of fight club is…

And you all know how it continues. The fights were awesome, intense. The ungodded TV gods and the waiters fighting each other, showing that we are all the same, that we all bleed. Sometimes we won, sometimes we lose, but it didn’t matter. At the end of the day we let them leave, and they were gone with the feeling that they are no more than anybody else. May any of them join the project mayhem? Only time will say.