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viernes, 5 de abril de 2024

LA MEJOR HAMBURGUESA QUE HE SERVIDO EN MI VIDA

 Otro día más, otro día de la marmota más. Entro a las 5 de la tarde y ya hace un calor abrasador. Te piden buena presencia e higiene, pero la primera tarea es “engalanar” la terraza para la noche. Entrecomillo engalanar porque básicamente lo que hacemos es colocar más mesas donde durante el día hay hamacas. Al sol de agosto de las cinco de la tarde, como cualquiera puede adivinar, estoy sudando como un cerdo a los cinco minutos. Cinco, cinco, cinco. Soy un genio del neuromárketing. A está hora quedan muy pocos clientes y se puede aprovechar para limpiar las mesas, hacer desaparecer toda cubertería y cristalería de plástico para dar paso a los vasos de verdad. Aquellos que añaden un montón de peso a tu bandeja como las jarras de cerveza de asa. Es un horario muy inglés, comen sobre las doce y para las cinco, pasada su primera borrachera, suben a su habitación en el hotel para ducharse y prepararse para una cena sobre las seis y media y una posterior segunda borrachera. 


 Estoy limpiando las mesas, retirando platos de cartón de aquellos clientes a los que les pilló hambre después de la comida pero antes de la cena. La normativa del hotel lo indica claramente, se puede pedir “comida” en el bar hasta las seis de la tarde. Entrecomillo comida porque esa basura plasticosa que viene en paquetes de plástico congelados y metemos en el hornillo durante 10 minutos antes de servirlo no puede llamarse comida. Aunque lo barnices de ketchup. Voy entrando vasos de plástico reutilizables al ofis, vacío su contenido en la pica y los meto en los racks para el lavavajillas. Que raro, la pica se ha vuelto a atascar y está hasta arriba de un líquido de color marrón en el que flotan infinidad de rodajas de limón y pajitas de plástico. Cuando tengo todas las mesas colocadas y despejadas es el turno de la limpieza. Pasar la bayeta. Una pasadita de bayeta, y mesa limpia. No importa si la mesa está pringosa de cubatas o sangría derramados o incluso helado de chocolate. La bayeta da para todas las mesas, no hay tiempo de volver al ofis a limpiarla después de cada mesa. Dejo las mesas de abajo de los pinos para el final, porque esas no fallan, esas están siempre llenas de mierdas de pájaro. 


  Encargándose de la barra está Iván. Iván es el chaval de la plantilla. Diecinueve años y una educación que sale de lo normal. Algo tímido, siempre sonríe a todos los clientes, nunca alza la voz más de lo necesario, siempre es atento con todo el mundo y jamás le he escuchado rechistar ni quejarse. Deporte habitual entre los que llevamos aquí varios años. Iván es de esas personas de las que absolutamente nadie puede decir una sola cosa mala. No es arrogante, no es cabezón, es buen compañero, no habla demasiado, no molesta. Bueno, a mi si me molesta un poco una cosa de este chaval. Se toma el trabajo demasiado en serio. Aplica las dosis de bebidas solicitadas por la directiva al milímetro, nunca toma una sola cerveza en el trabajo, intenta conseguir la máxima rentabilidad para la empresa. Más o menos lo contrario a lo que hago yo. De hecho, cuando aparece el clásico cliente alcohólico dispuesto a reventar la pulsera del todo incluido, de esos que desayuna cerveza y come con gintonic, yo me lo tomo como un reto personal y durante las noches le sirvo las copas con ochenta por ciento de licor y veinte de refresco. Ese tipo de cliente, a esas horas de la noche, no siente que sepa mal una bebida de estas proporciones, y eso que servimos garrafón. Pero mi reto es conseguir que al día siguiente por la mañana pida agua. Y creedme que más de una vez lo he conseguido.


  Iván está despachando gente en la barra con tranquilidad, no hay gran cosa a esta hora. Pasan cinco minutos de las 6 y saca la que es la última comanda de comida que se había pedido hace unos diez minutos. Entonces el siguiente cliente ve la hamburguesa con aspecto de chancla perdida en la playa y la pide:

  • I want one of this -  Quiero una de esas balbucea

  • Perdón, pero es que ya pasan las seis, y la hora de la comida… - se dispone a explicarle mi compañero

  • ¡Qué te he dicho que me pongas una de esas! -  sobra decir que la conversación entera se sucede en inglés, pero no un inglés británico sofisticado, sino más bien un inglés como el que hablan los de la serie Misfits. O más bien como los de la película Tyrannosaur, de Paddy Considine. No sé de qué parte de Inglaterra viene.  

  • Señor, lo siento mucho pero es que después de las 6 no servimos… -  contesta Iván en un tono educado pero con síntomas de nerviosismo en su voz

  • ¡Qué te jodan! ¡Te he dicho que me sirvas una hamburguesa y me la vas a servir! 


Inmediatamente Iván agacha la cabeza y se dirige al ofis, donde está el congelador de la “comida” y el horno. 

  • No se la irás a poner -  le digo incrédulo tras ver la reacción del cliente. 

 Iván no me contesta y se va directo a encender el horno y mete una hamburguesa a pesar de sus manos temblorosas. Son diez minutos. Mientras yo sigo a lo mío en el ofis, entre tragos de cerveza voy limpiando vasos, cortando limones y preparando el pase de la noche. No pasan ni cinco minutos, que Iván vuelve y mira el horno. 

  • ¿Está la hamburguesa? - me pregunta

  • Todavía no, yo la controlo. Déjame que la saque yo. 

Sigo un poco con mis tareas hasta que suena la campanilla. Saco la hamburguesa y la veo abierta en el plato. Me pregunto ¿Qué le hago?. Mi primera idea es escupirle, pero eso es demasiado poco. Hay que ser justo, y un escupitajo se lo llevó la semana pasada una señora que me pidió que sonriera tres o cuatro veces en una hora, y al rato fue a quejarse a la recepción de que no sonreía. Supongo que el hecho de que el camarero esté pasando un mal día le jode las vacaciones a ella. Un moco se lo puse a un tipo que se me plantaba delante cuando iba con la bandeja cargada hasta los topes y casi me hace perder el equilibrio de esta varias veces. Hay que ser justo, éste hombre se merece más. Éste hombre merece el correctivo más severo de la historia. O al menos de mi historia.  Esta gente que viene aquí y creen que pueden hablarnos como si fuéramos sus esclavos merecen todo el peso de la justicia divina. ¡Ah, ya sé! Llamo a Iván para que lo vea todo. En cuanto asoma, cojo la hamburguesa con la mano y la restriego por el suelo negro de mierda del ofis. 

  • Nooo -  aparta la vista Iván

  • Espera espera - le digo

 Me quedo mirando la hamburguesa. El paseíto por el suelo pisoteado y lleno de líquidos derramados no me parece suficiente. Entonces se me enciende la bombilla. Veo el trozo de tela a cuadros azules y blancos. La bayeta. Esa misma bayeta con la que limpié todas las mesas de la terraza, incluidas las mierdas de pájaro. Bonus, tiene una punta tocando el líquido inmundo de la pica. La agarro con celeridad, y la exprimo encima de la hamburguesa. 


  • ¡Tío! ¿¡Y si enferma!? - exclama Iván nervioso

Me giro sonriente, le miro a los ojos fijamente y le respondo:

  • Eso sería el mayor éxito posible

  • Voy a hacer como que no he visto nada - acaba diciéndome Iván y abandona el Ofis tras lo que me parece ser una arcada. 

  • Si enferma siempre podemos decir que es de tajarse a muerte a diario -  le digo, aunque creo que ya no me escucha pues ha salido del ofis. 

Agarro el plato con la hamburguesa “aliñada”. Entrecomillo aliñada porque… Bueno, supongo que no hace falta que lo explique. Me planto en la mesa del cliente, sonrío como nunca, y le doy la hamburguesa con los botes de ketchup y mayonesa. Disimuladamente observo todo el proceso. Veo que le echa salsa en abundancia. Una ventaja, extra de disimulo para el aliño extra que le añadí yo. Está a punto de hacerse justicia. Actúo sin pedir nada a cambio y sin que nadie se entere. Soy Batman. Bueno, no, mejor no, que es un multimillonario asqueroso que en lugar de invertir su fortuna en proyectos sociales para bajar los índices de criminalidad de Gotham city se dedica a inventar batcacharros para apalear a los más desfavorecidos de la ciudad. Más bien soy Spiderman. Pobre y perdedor, pero con un gran sentido de la justicia. 


 Se zampa la hamburguesa como si no hubiera comido en días y cuando ha terminado me acerco a la mesa. De nuevo con mi mejor sonrisa y mi inglés formal le pregunto: 

  • ¿Estaba buena la hamburguesa? 

  • Si, muy buena -  me responde con una sonrisa socarrona al creer que le estoy tratando bien para que se le quite el enfado, pobre iluso. 


Fin de la historia. Estoy contento, una vez más se ha hecho justicia. Pero no me puedo despedir sin daros el consejo del día, como en las series de dibujos de los ochenta. Nunca tratéis mal a quien os va a dar de comer. Bueno, no seáis capullos y no tratéis mal a nadie, pero especialmente a quien os da de comer.



sábado, 24 de enero de 2015

PERSIGUIENDO UN SUEÑO


  Johnny era un joven de familia campesina al que siempre le había sabido a poco la vida en el campo. Acabada la educación básica, dejó de estudiar, a pesar de sus buenas notas, porque le suponía un reto económico demasiado grande. Así que se dedicaba a ayudar a sus padres en la granja familiar. Cuando anochecía y podía descansar, se dedicaba a escribir. Afición que se le había despertado en la adolescencia. Desde hacía años, a través de Internet, seguía los pasos de su escritor favorito: Mark Farahniuk. Gracias a la web conocía todo sobre este hombre. En los foros y en las redes sociales, a menudo, el escritor se dedicaba a responder preguntas a sus fans. En twitter, el escritor tecleaba “abajo el sistema”. Tecleaba “el consumismo nos mantiene esclavos”. Escribía “la sociedad del consumo es la decadencia de la humanidad”. Y los ‘favs’ y los ‘rt’ se disparaban. Escribía “Me gusta desayunar en starbucks coffe”. Escribía “mirad el nuevo diseño de la camiseta de mi libro” junto a una foto de una chica luciéndola. Y los números de su cuenta corriente se disparaban.
  Johnny, como buen fan, cogía su libreta, se ponía la camiseta del último libro publicado por Mark Farahniuk y se iba al starbucks a tomar un café mientras trabajaba en la que tenía que ser la novela que le situara en el escenario literario. Su historia iba de alguien que creaba una organización para cambiar el mundo y esta se ponía en su contra. Un argumento ya utilizado con anterioridad por su escritor favorito precisamente, pero al que creía poder darle una vuelta de tuerca que lo hiciera interesante. Llevaba ya más de un año trabajando en ella, y no iba a abandonarla.” Era una idea cojonuda”, se decía a sí mismo.
  Un día, mientras se tomaba una cerveza de la marca que promocionaba el escritor, Johnny vio una noticia que le alegró el día. Su escritor iba a dar una conferencia para promocionar su nueva novela en una ciudad cercana.  Solo cobraba treinta dólares por entrar. Un precio razonable por ver y escuchar a su inspiración máxima en persona. Tal vez, con un poco de suerte, pudiera hasta hablar con él.
  Llegó el gran día. Le dijo a su padre que ese día no iba a poder ayudar en la granja. Cogió el autobús y se fue a la ciudad a ver a su ídolo. Llevaba toda la equipación. La camiseta de la novela, los vaqueros de la marca que el autor afirmaba que eran de muy buena calidad, el perfume de nombre seductor que aseguraba utilizar, y una copia del borrador de su novela, que si tenía la oportunidad, le haría llegar a su querido ídolo. Nada le haría más feliz que el hecho de que su adorado leyera su novela. Pasó por taquilla, pagó la entrada y se sentó. La sala estaba abarrotada de gente con camisetas con las portadas de los libros de Mark Farahniuk, el olor a perfume invadía la sala y abundaban las gafas de pasta negras, como las del autor. Johnny vio a gente que incluso llevaba gafas sin cristal, solo para emular a su idolatrado escritor, y pensó que él haría lo mismo, ya que no tenía problema de visión alguno. Los asistentes, mientras esperaban a que el maestro de ceremonias apareciera, tarde, intercambiaban opiniones sobre los libros del autor, sobre la moda que vestía, sobre lo que comía, sobre la cerveza que bebía y sobre lo de acuerdo que estaban con su opinión acerca del último bombazo informativo de actualidad. Algunos estaban 90% de acuerdo con él, otros 110%.
  Finalmente, media hora más tarde de lo previsto, el afamado escritor hizo presencia. Habló sobre la novela que tanto tiempo le había llevado escribir, lo que había querido retratar en ella y un sinfín de cosas más mientras los fanáticos, todos ateos porque esa era la postura de su ídolo, divinificaban al escritor admirando absolutamente cualquier cosa que dijera o hiciera. Por absurda que fuera. Farahniuk concluyó su habladuría invitando a los asistentes a comprarle el libro allí mismo, puesto que tendrían un pequeño descuento, mucho más pequeño que el precio de la entrada, una vez finalizada la ronda de preguntas.
  Durante la ronda de preguntas, Johnny se pasó todo el rato con la mano levantada. Había tantas preguntas que quería hacerle que no sabía cuál escogería. Pero veía cómo iba pasando el tiempo y el escritor iba señalando y contestando a otras personas. Mayoritariamente a chicas de buen ver. Johnny se enfadaba un poco cada vez que no le preguntaba a él. No podía ser, él era su mejor fan, y le estaba ignorando por completo. Se acabó el tiempo y el chico no pudo intercambiar ni una palabra con su ídolo. Pero le quedaba una esperanza. La firma de libros. Tras pagar veinte dólares por el libro, con el descuento, se puso en la larga cola para que le firmara su ejemplar. Esperó una hora y el autor dijo que se había acabado el tiempo de firmas cuando todavía quedaban tres o cuatros personas antes que él. Pero Johnny no se iba a dar por vencido. Cuando el autor desapareció por detrás del escenario en el que había dado su charla, Johnny burló la seguridad y fue tras él.
-          ¡Ey, Mark, Mark! – Llamó su atención el joven.
-          ¿Pero qué coño…? – dijo el autor dándose la vuelta.
-          Hola, me llamo Johnny, soy tu fan número uno. Tengo todos tus libros, y cuando sale la edición especial un par de meses después de su lanzamiento, me la compro también. Y, bueno, creo que merezco un poco de tu atención.
-          Por favor, déjame tranquilo, el tiempo de la conferencia ya se ha alargado más de lo previsto.
-          Ya, pero de verdad, quería, necesitaba darte esto – dijo Johnny extendiendo sus brazos sujetando el borrador de su novela.
-          ¿Y yo para qué lo quiero? No soy editor – replicó el escritor.
-          Ya, pero te admiro mucho. Solo el hecho de que leyeras mi primera novela sería un gran honor para mí, y si pudieras darme tu opinión, me harías el hombre más feliz del mundo.
-          Paso, no tengo tiempo – contestó el afamado escritor dándose la vuelta.
-          Por favor Mark – dijo el chico arrodillándose – te lo suplico.
Sorprendido, el escritor se dio la vuelta y se acercó a su fan.
-          Levántate – le dijo
  Y al ver que el chico no reaccionaba ¡slap! le dio una bofetada en la cara que casi lo tumba a la vez que los folios de su borrador se saltaron por los aires desperdigándose por toda la sala. Hecho que sucedió a cámara lenta, en plan dramático.
-          ¡Eres un hombre patético! – le gritó el escritor - ¡Los hombres jamás se arrodillan ante otros hombres!... Si divinizas a un semejante, siempre serás un inferior. Vete de aquí, no quiero volver a verte.

Johnny salió de allí derrotado. Se fue en dirección a la parada de autobús para ir a su casa. No podía parar de llorar. Por el camino, tiró su borrador a la basura. Había dejado de admirar a su autor favorito, precisamente, la única vez que éste había hecho algo por él. Su próximo relato sería algo totalmente distinto, alejado de la influencia de Mark Farahniuk. 

domingo, 26 de enero de 2014

PREVIEW: Crónica de una acción desesperada //Inicio provisional//

Me despierto de nuevo en el sofá. La tele está encendida. No sé qué hora es, pero tampoco me importa demasiado, desde que desistí de buscar empleo después de casi un año intentándolo con todo mi empeño. Me levanto del sofá, tropiezo con la botella de cerveza vacía que me bebí anoche. O tal vez es de la noche anterior. Por suerte no se rompe. Voy al baño y, tras una larga e intensa micción, observo mi rostro en el espejo. Debe hacer cuatro o cinco días que no me ducho, más que no me peino, y por lo menos un mes que no me afeito. He dejado mis amistades de lado. Me dedico a dejar pasar los días como si por arte de magia todo fuera a cambiar de repente. Tal vez la revolución estalle de verdad y de un día para otro se redistribuya la riqueza del país, de manera que la falta de trabajo no sea un impedimento para una vida digna. Aunque ya hace meses que no se habla de la supuesta “spanish revolution”. Eso ya se acabó. De vez en cuando reviso mi correo. Esperando encontrar algo allí que cambie mi vida. Una oferta de trabajo en algún periódico o revista, una proposición de publicación de mi novela… pero nada. Obviamente, si no lo conseguí mientras lo intentaba con ímpetu, no va a sucederme ahora de manera milagrosa.
  Me dispongo a prepararme el desayuno. La nevera está bastante vacía. Solo hay unos pocos huevos, una cebolla y un par de cervezas. Cojo un par de huevos y los pongo a freír. Mientras caliento agua para hacerme un té. De esos de sesenta céntimos la caja de veinte bolsitas. Me gusta empezar el día hidratándome, que llegada cierta hora, solo me deshidrato. Alguien golpea la puerta. Sé quiénes son. A parte de ser los únicos que se acercan a mi casa últimamente, son los únicos que jamás utilizan el timbre para llamar. No sé si no lo han visto, o se lo impide alguna de sus creencias raras. Acerco el ojo a la mirilla y, efectivamente, ahí están los dos hombres de edad avanzada que ya han intentado venir varias veces. Van bastante elegantemente vestidos, y sujetan entre sus brazos varios libros y panfletos religiosos. Veo como uno de ellos, el que parece ser más viejo de los dos, levanta el brazo para volver a golpear la puerta, pero abro antes de que pueda hacerlo.
-        ¿Tiene unos minutos para hablar de Dios? Me preguntan al unísono, a coro, como si lo hubieran ensayado.
-        Claro, adelante. – Es la primera vez que hablo con ellos, normalmente, como todo el mundo, fingía no estar en casa hasta que se cansaban de aporrear la puerta.
-        Nos complace encontrarte en casa, – me dice el más viejo – a menudo habíamos pasado por aquí y nunca nadie había respondido a nuestra llamada.
-        Antes trabajaba… - aunque ya hace tiempo que llevo controlando sus movimientos alrededor de mi puerta. Una o dos veces por semana vienen, golpean la robusta madera de mi puerta. Tres golpes cada dos minutos, y a los diez minutos sin respuesta, se van – justo iba a desayunar, siéntense. ¿Quieren un poco de té? – Los dos niegan la oferta.
-        Así que… ¿Ha perdido su trabajo? – me pregunta otra vez el más viejo, que es claramente el líder de los dos.
Asiento con la cabeza mientras mastico un trozo de pan con un poco de huevo, con la yema todavía chorreante.
-        Porque yo quería comentarte una cosa – sigue hablando el viejo – con todo esto que está pasando, la crisis, los desahucios, todo este asunto de Corea, las guerras de oriente medio que empeoran, los tsunamis y terremotos que han ocurrido últimamente en Asia… - hace una pausa, reflexivo - ¿no te da la sensación de que algo grande tiene que pasar?
-        Tal vez – Le digo mientras sigo comiendo.
-        Pues hay una manera de no preocuparse, -  me contesta como si le hubiera dicho un rotundo y desesperado si – te explico cual es. Nosotros hemos encontrado un gran alivio. Hemos hallado todas las respuestas en un libro. Un libro maravilloso que es éste de aquí -  me dice acariciando una pequeña biblia que tiene entre las manos – pues nosotros, los testigos de Jehovah nos dedicamos a estudiar la palabra de Dios directamente tal y como él la ordeno escribir a sus discípulos. Sin intermediarios ni falsos líderes espirituales que predican la palabra de Dios desde un trono. Nosotros vamos directamente a la fuente del saber, la Biblia, - se le llena la boca al pronunciar la palabra biblia – que escribieron los apóstoles, a dictado de Cristo. Y como ésta fuente de sabiduría infinita dice: - Le hace un gesto a su compañero.
-        Como dice el libro de Mateo… – y empieza a leer el de las barbas, que parece un poco más joven – “Ustedes van a oír de guerras e informes de guerras; vean que no se aterroricen. Porque estas cosas tienen que suceder, más todavía no es el fin. Porque se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá escaseces de alimento y terremotos en un lugar tras otro. Todas estas cosas son principio de dolores de angustia.” – Y me mira sonriente, orgulloso de su lectura.
-        ¿No te parece – vuelve a hablar el viejo con su voz pausada – que todo eso que dice la biblia que va a suceder, pueda ser una metáfora de lo que está sucediendo ahora?
-        ¿Tú crees? – Le pregunto yo mientras me limpio con una servilleta un poco de jugo de huevo que se derrama de mis labios.
-        Yo estoy convencido – me contesta. – El apocalipsis es inminente. Pero no hay que tenerle miedo, al contrario, va a ser una bendición para los hombres de Dios. Nosotros ya somos un poco viejos y tal vez no lo veamos, pero estoy seguro que tú sí. En treinta o cuarenta años sucederá, no creo que la tierra aguante mucho más este ritmo. Y entonces, como dice la Biblia, Jesús bajará de los cielos y acabará con los pecadores y devolverá a la vida a los buenos hombres que yacen bajo tierra. Nosotros nos reunimos todos los domingos, no lejos de aquí está nuestra iglesia, y nos alegramos de tener a invitados interesados en la salvación. ¿Qué te parece, te gustaría acompañarnos este domingo?
-        Verán – le respondo mientras sigo comiendo – yo quiero ser un hombre de Dios y ser salvado cuando llegue el momento, pero hay algo que me perturba de todo este asunto. Según la biblia hay que tener fe, y los que tengan fe serán salvados y los que no destruidos. ¿Cierto?
-        Cierto. – Me contesta, como siempre, el más viejo.
-        Entonces, me pregunto yo, ¿Qué pasa con esos pueblos de esquimales que viven ajenos a todo esto de la palabra de Dios, la biblia, o cualquier otra creencia, sin embargo nunca han hecho daño a nadie. No son malas personas, ¿verdad?
-        No, claro que no.
-        Sin embargo no tienen fe, entonces, ¿irán ellos al infierno?
-        Bueno, en esos casos, el profeta, cuando descienda de los cielos, sabrá juzgar correctamente. – Me dice tras unos segundos de reflexión.
-        Entonces, ustedes hacen lo que dice la biblia, ¿literalmente?
-        Si, esa es nuestra salvación. – Me responde convencido.
-        Verán – les digo yo – es que hay unos versos de la biblia que me tienen a mí un poco preocupado, es lo que dice levítico, en el versículo 18:22, creo. ¿Lo puede mirar?
-        Si, lo busco – dice ahora el más joven de los dos mientras pasa páginas y más páginas de su libro. – “No te echarás con varón como con mujer; es abominación.” – Pone cara un poco como sorprendido, diría que es la primera vez que lo lee.
-        Entonces, ¿es malo ser homosexual? – Pregunto casi fingiendo preocupación.
-        Pues sí – me dice sonriente el viejo – lo dice claramente, es una abominación a los ojos de Dios.
-        ¿Y qué solución me dan? ¿Voy a ir al infierno, a pesar de ser una persona que no hace daño a nadie, y ayuda a los demás en lo que puede, solo porque practico sexo con otros hombres?
-        Verás joven… - mide las palabras que va a decir el viejo del pelo blanco y la coronilla al viento – …te voy a decir una cosa, - se quita las gafas y me mira como si fuera a ofrecerme una solución milagrosa – yo antes fumaba, pero ahora ya no.
Se forma un silencio de unos segundos, solo interrumpido por el sonido del tren que pasa a escasos metros de mi casa. Ambos esperan mi respuesta con sus ojos clavados en mí, sin borrar su sonrisa en ningún momento. Supongo que creen que recibirán unas gracias por tal iluminación. Como si una condición sexual fuera como un mal vicio que hay que dejar. En lugar de eso, les pregunto:
-        ¿Ustedes comen marisco?  - ambos asienten con la cabeza – Pues yo no. – Les digo – entonces estamos igual de expuestos al castigo de Dios, porque como levítico también dice en el 11:9 y 11:10  “Esto comeréis de todos los animales que viven en las aguas: todos los que tienen aletas y escamas en las aguas del mar, y en los ríos, estos comeréis. Pero todos los que no tienen aletas ni escamas en el mar y en los ríos, así de todo lo que se mueve como de toda cosa viviente que está en las aguas, los tendréis en abominación.” Por lo tanto, yo no como marisco, pero practico sexo con otros hombres, sin embargo ustedes comen marisco pero no practican sexo con otros hombres. Nos hace igual de pecadores y dignos de ser castigados por Dios. ¿Estoy en lo cierto?
  Se forma otro largo silencio. No saben que responderme. Los circuitos neuronales de los dos testigos de Jehová parecen haberse frito. Yo les miro satisfecho de mi actuación, y espero con intriga su respuesta. La verdad es que llevo tiempo preparando esto.
-        Verás… - rompe el silencio el viejo de la nuca blanca – Hay normas cuya aplicación ha cambiado con el tiempo.
-        Entonces – respondo - ¿comer marisco está bien, pero practicar sexo con otros hombres está mal, aun cuando lo dice Levítico con unos pocos versículos de diferencia?
-        Exactamente. – Me dice el viejo señalándome con la patilla de sus gafas como si por fin yo hubiera entrado en razón.
  Su mirada está clavada en mí con una sonrisa de gran satisfacción. Se siente victorioso. Su fe ha derrotado mis creencias pecaminosas, el bien ha derrotado al mal, Dios ha derrotado al pecado. Aunque mi punto de vista es totalmente diferente. Me siento impotente ante una credulidad ciega en un libro que ni siquiera conocen al cien por cien. Por un momento se me pasa por la cabeza atacarle aplicando la lógica, debatir el tema. Pero si algo he aprendido de esta conversación es que la lógica no sirve de nada ante la fe, pues la fe está para que las cosas de las que se desconoce la lógica tengan sentido, así la ignorancia de cosas tan relevantes como el sentido de la vida dejan de ser una preocupación, pues está en manos de Dios. La mente de los hombres de fe funciona de otra manera. Y a la vez siento que llevo demasiado rato con esta falsa. Ya he acabado el desayuno. Me levanto a por una cerveza y mientras empiezo a bebérmela les invito a irse de mi casa.
-        Estoy ocupado – les digo – Por favor, déjenme con mis asuntos.
-        De acuerdo, entonces, ¿se pasará el domingo por la iglesia? – me pregunta el viejo – nos encantaría verle por allí, y tal vez podamos ayudarle también con eso. – Me dice señalando mi cerveza.
-        Miren, yo busco el refugio de la realidad en unas cosas, y ustedes en otras. – En el fondo tal vez no seamos tan diferentes.
-        Hijo – me dice ya en la puerta – tienes salvación. Esperamos verte el domingo.
-        Venga, hasta el domingo – les digo en un tono desganado y cerrando la puerta en su cara.
-        Entonces, ¿Vendrá, no? – escucho como hablan al otro lado de la puerta.
-        No lo sé, puede que sí, creo que le hemos sembrado la semilla de la fe.
-        Si, seguro que sí – escucho su voz un poco más débil debido a que ya se están alejando.
  Me vuelvo a acostar en el sofá, el lugar donde paso la mayor parte del día. En una mano sostengo mi cerveza, y en la otra la caña que me hace de mando a distancia desde que éste se quedó sin pilas. Doy una vuelta a todos los canales mientras siento como la cerveza aturde poco a poco mis sentidos. Veo los canales de noticias. El resumen sería paro, corrupción y desahucios. Veo unos instantes de muchas cosas, hienas apareándose, Belén Esteban y su best seller, el inmortal Jordi Hurtado, programas de salud, series… No me detengo en ningún canal por más de quince segundos hasta que veo algo que me llama la atención. Unos dibujos de mi infancia en los que aparecían cinco hippies con unos anillos mágicos que, al juntar sus poderes, invocaban al capitán planeta. Una especie de Superman ecológico con peinado de quinqui que se dedica a patear traseros de los incívicos empresarios y mafiosos que contaminan de manera exagerada la ciudad. Es curioso lo que me gustaban de pequeño, y sin embargo la escasa calidad en la animación que aprecio ahora. La madurez nos hace exigentes, tal vez demasiado. Sigo haciendo zapping por un rato, hasta que caigo dormido otra vez, escasas tres horas desde que me he levantado.
-        Hola chicos – dice el capitán Planeta – como hemos visto en el capítulo de hoy, este país no tiene futuro. Se hunde a una velocidad considerable, pero puedes no hundirte con él, formando la república independiente de tu casa – cuánta televisión en mi cabeza. – El pueblo de Villa Almudena está desierto y rodeado por un fortín. Okupa el fortín y tendrás todo un pueblo entero para ti, al margen del país. Así pues empieza a estudiar las leyes de la okupación de tu país. Y hasta aquí nuestro eco consejo de hoy. ¡Hasta la próxima, amigos del planeta!

  Al despedirse, en mi mente, se reproduce la musiquita de los créditos del final de los dibujos. Poco después despierto. En la tele, que nunca se apaga, están dando un reportaje sobre pueblos abandonados en lugares remotos de la España profunda. En ese momento están hablando precisamente de Villa Almudena. Un pueblo abandonado que está rodeado de un fortín medieval, con inusualmente grandes habitaciones en su base. De manera que realmente es un edificio, abandonado, y por lo tanto okupable. No hay tiempo que perder, le hago caso al capitán Planeta, y me pongo a investigar por internet como están las leyes actuales en lo que a okupación de edificios se refiere. Es una idea que suena descabellada, pero, tal y como se me presentan los próximos meses, con el subsidio de desempleo a punto de finalizar, dos meses de retraso en el pago del alquiler y la luz pendiente de un inminente corte por impago, no siento que tenga nada que perder. Pasa por mi cabeza la imagen de un pueblo cuyos habitantes viven en paz y armonía. Al margen del contexto político del momento. Jamás volver a hablar de recortes, de derecha o izquierda, ni de monarquía, de desahucios ni de patriotismos sin sentido. Un pueblo, más que eso, un pequeño país, cuya única restricción sea el respeto por los demás habitantes. Solo de pensarlo se dibuja una sonrisa en mi cara. La primera en muchos meses. 

miércoles, 1 de enero de 2014

UN DÍA DE ROL


A veces, la vida, es como un videojuego de rol, o una aventura gráfica. Te sitúas en un escenario desconocido en el que tienes que realizar unos movimientos determinados que sabes que te llevarán a la siguiente fase. Que también puede ser un nuevo escenario desconocido. O también puedes volver atrás, a lo que ya conoces, y adquirir experiencia muy lentamente.  La fase en la que me sitúo ahora es el aeropuerto de Praga. Debería ser una de esas fases cortas y fáciles. Transitorias. Mi objetivo es la siguiente fase principal: Tokio. Pero hoy hay una dificultad añadida. La espesa niebla ha impedido que aterrice el avión que tenía que llevarme a Moscú, donde estaba prevista la escala. Una cosa que me parece extraña de este aeropuerto es que hay un control de seguridad antes de cada una de las puertas de embarque. Después del control de seguridad no hay nada. Solo los bancos donde esperar. No hay tiendas, ni bares ni lugar donde darse un paseo. Pasamos el control de seguridad, pero parece que algo falla. Ya es casi la hora de embarcar y todavía nadie nos abre la puerta ni parece dispuesto a atendernos. Me fijo en una chica joven muy guapa que escucha música en sus auriculares.  No tengo nada mejor que hacer en aquella sala de mala muerte. Tras esperar un buen rato nos dicen que salgamos por donde hemos entrado que se retrasa el vuelo. A través del arco de seguridad. Nunca antes había cruzado un arco de seguridad de un aeropuerto en dos direcciones. ¡Quién me hubiera dicho en ese momento que iban a ser cuatro! Le explico al empleado del aeropuerto que tengo que pillar un vuelo a Tokio en Moscú, y que solo hay un par de horas entre los dos vuelos, por lo que lo voy a perder, que si tengo que hacer algo. Me dice que esté tranquilo, que lo primero es llegar a Moscú, y allí me dirija a los “transfer desks” que me lo solucionarán. No me da más información. Resignado, salgo de la diminuta sala de espera, y a fuera no me queda otra que esperar. Acudo a la ventanilla de información, me dice que no se sabe nada del vuelo a Moscú todavía. Al lado hay unas ventanillas que pone “transfer”, pero  el empleado del aeropuerto me había dicho claramente que tengo que acudir a las “transfer” una vez en Moscú. Aquellas que veo al lado de la de información deben de ser para la gente que tuviera escala en Praga y pierda el vuelo. Es lo que pienso en ese momento. La mujer de Información no me ayuda en absoluto. Le pregunto una y otra vez, cada diez o quince minutos aproximadamente. Le explico toda la historia, que tengo que coger un vuelo a Tokio en Moscú, que lo voy a perder, que cuando habrá noticias, pero solo dice una y otra vez “todavía no hay noticias  acerca del vuelo a Moscú”.  Como uno de esos personajes de relleno de las ciudades de los juegos de rol, a los que te acercas a hablarles y no hacen más que repetirte una y otra vez la misma frase, normalmente una frase totalmente inútil o con información reiterada.  Es un ser humano, pero en su lugar podrían haber puesto una figura de acción de He-man de esas con un botoncito que al apretarlo dice “por el poder de Grayskull”. El resultado hubiera sido el mismo, y mucho más barato.
  De repente me siento totalmente atascado. Es uno de esos tediosos niveles en los que tienes un espacio de movilidad muy reducido y no sabes dónde tienes que apretar el botón o hacer click.
  Al cabo de unas horas veo algo cambiar en la pantalla, y un rayo de esperanza me ilumina. El vuelo a Moscú, que tenía el campo de partida vacío, ahora marca las 18:30. Son las 12:15, “solo” tengo que esperar seis horas y cuarto. Luego, una vez en Moscú, ya me aclararán como llegar a Tokio. Me lo ha dicho claramente el empleado del aeropuerto. Me lo tomo lo mejor que sé. Me siento al lado de un enchufe, en el suelo, porque no hay asientos al lado delos enchufes, y me pongo a jugar con el móvil. Así consigo que se me pase más o menos rápida una hora, pero los juegos ya me aburren y todavía faltan más de cinco para el vuelo. Compro algo para picar, pero tampoco me excedo, la comida en el aeropuerto es cara y no me quedan muchas coronas checas. Camino de un extremo a otro de la sala. Una vez, otra vez, y otra, y otras cuantas también. La mochila, mi equipaje de mano, pesa bastante y mi espalda se resiente. Decido sentarme en los sillones que hay para masajes que funcionan con una moneda. Aunque lo que recibo dista mucho de un buen masaje, me levanto descansado y camino hasta el extremo opuesto a mi puerta de embarque. Allí veo una tienda cuya entrada te invita a comprar cerveza a un precio aceptable, para ser un aeropuerto. Vuelvo al lado de mi puerta de embarque y me siento de nuevo en el suelo, junto a un enchufe. Me quito los zapatos y bebo la cerveza mientras se carga el móvil. Me lo tomo lo mejor que sé. Podría ser confundido perfectamente con un mendigo.
  Pasan horas, posiblemente las más aburridas que he pasado en mucho tiempo. No recuerdo haber pasado tanto aburrimiento desde niño, tal vez. Pero bueno, finalmente llega la hora, vuelven a abrir el control de seguridad para entrar en la diminuta sala de espera donde se encuentra la puerta de embarque. Pasado el control, en la sala de espera, decido quedarme el último de la fila para entrar en el avión. Estoy emocionado contándoles a mis amigos por el móvil que por fin voy a coger el avión. Que por fin acaba mi suplicio y voy a pasar a la siguiente fase. Nada más alejado de la realidad. Cuando llega mi turno, el empleado, que ya no es el mismo de la vez anterior, supongo que ése debe haber acabado ya su turno, me dice que no puedo coger el avión. Que tendría que haber ido a “transfer desk” desde un primer momento para coger no sé qué otro vuelo, para enganchar en otro lugar con otro vuelo a Tokio. Llaman a la compañía para ver si me lo pueden solucionar, mientras yo, por un momento, pierdo la calma. Tras el largo día perdido en el aeropuerto siento como si me arrebatasen una parte de mí cuando me impiden pillar el vuelo. Deseo saltar sobre el mostrador y arrancarles las cabezas a los empleados, irracionalmente, solo quiero subir a ese avión por el que he estado esperando todo el puto día, aun cuando me dicen que no puedo pillar ningún vuelo a Tokio en Moscú hasta el día siguiente, pues solo hay uno al día. Es uno de esos momentos en los que desearía que la vida fuera un poco más parecida el GTA, y no a los juegos de rol, en los que deseo sacar una recortada de mi bolsillo izquierdo y liarme a tiros hasta llegar a la cabina del avión que, por supuesto, sé pilotar, y conducir yo mismo hasta Tokio el vehículo sin pensar en las consecuencias. Las lágrimas de la desesperación por un momento parece que van a brotar de mis ojos. Pero finalmente me calmo y les escucho. Tampoco me pueden dar mucha información, me dicen que vaya al mostrador de Aeroflot, la compañía con la que compré el vuelo, y que allí me indicarán que hacer.

  Así lo hago, vuelvo a la entrada del aeropuerto, y me dirijo al empleado de Aeroflot, al que le hago todas las preguntas disponibles en el archivo de mi memoria. Me soluciona lo del billete, y me lo cambia para el día siguiente Aunque no me pone menú vegetariano
porque hay que solicitarlo con treinta y seis horas de antelación y no me avisa. Menos mal que siempre viajo con un paquete de cacahuetes en mi inventario. Tengo que recuperar mi equipaje. Me dice que acuda a reclamación de equipajes y voy. Llego a la puerta, nuevo acertijo. Hay un telefonillo con una lista con números y no sé muy bien cual apretar. La lista no es muy clara, y tampoco estoy seguro de si estoy en la terminal uno o dos del aeropuerto. Finalmente me decido por llamar a un número, pero no obtengo respuesta. Como mi paciencia no está al cien por cien ahora mismo, no dudo ni un momento en marcar cualquier otro número. Me lo pillan de la otra terminal y me dice que tengo que llamar al primer número que llamé. Sigo insistiendo hasta que alguien contesta. Me dicen que espere. Al rato me abren la puerta y me dejan pasar tras pedirme que les muestre mi tarjeta de embarque no utilizada. Estoy en las cintas correderas por las que sale el equipaje cuando llegas. Nunca había estado en una sala de estas sin haber pillado previamente un avión. Todo nuevas y “emocionantes” experiencias hoy. Una vez dentro me vuelven a dejar solo sin darme indicaciones de hacia dónde tengo que ir. Acudo al único mostrador en el que veo a alguien, y me dicen que allí no es, que es el mostrador de al lado, donde no hay nadie. Me dicen que espere. No tengo más remedio. Espero. A cualquier persona que pasa por allí con pintas de trabajar en el aeropuerto le pregunto si saben algo sobre quien debería estar en ese mostrador. Pero no obtengo pistas. Más personajes de relleno, de bulto, en el escenario. Tras un rato aparece alguien en el mostrador. Le explico mi situación y llama por teléfono. Me dice que mi equipaje saldrá por la cinta número 12. Que espere. Espero. Espero. La mujer del mostrador desaparece y vuelvo a sentirme abandonado, sin nadie a quien preguntar, esperando a que salga mi equipaje. Pero pasa casi una hora y no sale nada de la cinta doce, ni de ninguna otra. La mujer vuelve a aparecer, le digo que no ha aparecido mi equipaje por la cinta, y vuelve a llamar, me vuelve a decir que espere en la cinta doce, que ya lo subirán. Finalmente aparece. Mi equipaje y otros cuantos más de los que tendrían que haber ido a Moscú,  que me demuestran, por suerte, que no he sido el único tonto en perder el vuelo. Ya saben lo que dicen que es consuelo de tontos. Por fin, con mi equipaje vuelvo a casa de mi amiga Klara, que me acoge con amabilidad, y se sorprende de mi historia. Me voy a dormir, melodía de buenas noches, sonidito de restauración de PH y PM y al día siguiente a intentar la misma fase con la energía a tope. Aunque con la experiencia adquirida seguro que la supero con facilidad y menos frustrantemente, pues hago amistad con la chica checa de los auriculares, a quién le sucedió lo mismo que a mí.


lunes, 25 de noviembre de 2013

UNA NIT DE JACK & DANIELS

  El següent és, potser, el episodi de la meva vida del que més m’hauria d’avergonyir. Potser a la majoria de gent els sembli una bogeria. Potser, a moments, a mi també m’ho sembla. Però, en el moment dels fets, tot semblava molt lògic. Potser la causa de tot va ser el conjunt de perfils psicològics, bastant peculiars, que ens vam reunir. Potser un fanatisme comú per Fight club. Potser els Jack & Daniels. Potser tot plegat. No ho sé. També vull advertir de que no puc garantir l’exactitud del transcórrer dels fets. A la meva ment habiten seqüencies inconnexes sobre tot el que va passar aquella nit.
  Crec recordar que tot va començar a Ca’n Eusebio, al paral·lel de la ciutat de Barcelona. Allí havia quedat amb els meus amics, els hi direm en Mikailov i en Llorenç ja que volen mantindre l’anonimat. Haviem quedat  per sopar i, per suposat, fer unes quantes cerveses per un Euro. Una estratègia de màrqueting que des d’allí es va estendre per tota la ciutat comtal. El trobar cerveses per un Euro als bars és, possiblement, l’única cosa bona que ens ha portat el malèfic pla dels que escriuen les regles del capitalisme que anomenen crisi. Recordo també, que mentre érem allà, a la terrassa del bar, va aparèixer la Rebeca. La meva ex professora de comunicació audiovisual a qui li vaig mostrar orgullós la meva càmera comprada un de dies abans a Madrid. Una càmera que em va costar uns mil dos-cents Euros. Normalment no m’agrada portar coses de valor quan surto, de fet mai he gastat diners en un telèfon mòbil per la propensió que tinc a perdre`ls o trencar-los de manera estúpida. Però aquell dia venia de casa d’un grup de gent amb qui vaig col.laborar en el rodatge d’una websèrie.
  Després de sopar, els tres ens vam endinsar en les profunditats del Raval, fins a un bar de la Rambla que fa cantonada. Allí vam començar a beure Jack & Daniels “on the rocks” mentre xerràvem de les nostres coses. Òbviament no recordo la conversa. Ja han passat uns quants anys des de llavors. Suposo que parlaríem d’algun dels desamors de les nostres col·leccions, o potser de lo fotut que estava ja per llavors aquest putu, amb perdó, país. Potser de les nostres frustracions, que no eren poques. Curiosament, tots tres, teníem o havíem tingut inquietuds literàries, si es que es pot dir així. Allà, en aquell bar del final de la Rambla del Raval, vam estar fent Jack & Daniels amb gel fins que van tancar i vam haver de sortir. Després vam començar a ravaletjar, com diuen. A caminar sense destí pel barri bevent cerveses que ens venien els “pakis” pel carrer. Aquelles persones procedents del Nepal, o l’India, si, el Pakistan també, però que son anomenats genèricament i amb carinyo, els pakis. Els autèntics superherois nocturns. Quan ja t’han xapat els bars i no pots, o no vols, permetre’t les consumicions de les discoteques de preus desorbitats, allà estan els “pakis” amb les seves cerveses amb olor a clavegueram per un Euro.
  Mentre passejàvem i bevíem, no sé perquè, en Llorenç va començar a repetir un cop i un altre que ens podria pegar una pallissa. “Vos podria guanyar a tots dos”, “vos pegaria una pallissa”... En principi l’ignoràvem. Vacil·lades d’un borratxo, vaig pensar jo. Però el fet de que no parés de repetir-ho, en un moment donat, va acabar amb la meva paciència.  “Aguanta això” li vaig dir al Mikailov donant-li la càmera, però amb la meva atenció concentrada amb el Llorenç. I quan vaig tenir les mans buides el vaig atacar.   
  Vam forcejar un poc, ens vaig tirar a tots dos a terra i el vaig neutralitzar, no amb facilitat, però si sense massa violència. No es pot dir el mateix de la seva actitud, doncs, de la mossegada que em va pegar al polze de la mà en la que li aguantava el cap contra el terra, vaig veure les estrelles. Va ser realment dolorós. Em vaig aixecar pensant que allò acabaria amb les ganes de brega del meu amic, però mes aviat al contrari, es va aixecar i em va atacar per l’esquena. En Mikailov, que fins a aquell moment s’havia mantingut al marge, va intervenir. Com em va contar després, li va fer molta ràbia que el Llorenç m’ataqués a traïció i va haver d’actuar. En pocs segons ens vam trobar tots tres engrescats en una baralla amistosa, però immediatament me’n vaig separar en veure una cosa. La meva càmera de 1200 euros, dins la seva bossa, tirada pel terra abandonada a la seva sort. Com si fos una llosca depreciada. Un moment de sobrietat em va inundar de cop i vaig anar corrent a recuperar el meu apreciat objecte i me la vaig enganxar al cinturó per assegurar-me de que allò no tornava a passar. Vaig tornar a dirigir la meva atenció als meus amics que encara forcejaven pel terra, i un individu se`ls va apropar.
-          ¿Pero què hacéis, chacho? -  va dir amb un marcat accent gitano mentre es disposava a separar-los.
-          Tranquilo, no pasa nada, somos amigos – va dir en Mikailov mentre s’aixecava
-          Si, no passa nada – Afegí en Llorenç
-          Pues dejad de hacer eso, que viene la poli y os lleva presos – advertí el gitano amb tota la seva bona intenció.
  Després d’això tinc una llacuna mental, que no sé com emplenar, ni tant sols usant la imaginació. Calculo que en Llorenç va continuar amb la seva cançoneta que deia que ens pegaria una pallissa, fins i tot a tots dos alhora, o alguna cosa per l’estil. Va ser la banda sonora provinent de la seva boca durant tota la nit. El cas es què, en la següent imatge que em ve al cap, estem tots tres engrescats en una nova baralla. En Mikailov i en Llorenç pel terra, donant-se cops de puny, o alguna cosa així, i jo posant-li un peu a la cara a en Llorenç, apretant-li contra el terra un poc, però no massa. Pot semblar una situació injusta per al nostre amic, que a més es el més menut, però vos asseguro que al menys en Mikailov i jo teníem compte a fer poc mal. Ens barallàvem però amb compte de provocar-nos repercussions. En Llorenç no. En Llorenç tenia una actitud exageradament violenta. Semblava que realment creies que estava barallant-se amb els seus enemics. En aquell moment, com havia profetitzat el gitano, va aparèixer un cotxe de la guàrdia urbana i va parar al nostre costat.
-          Què passa aquí?! – ens digueren des del cotxe, no sigui que es cansessin al baixar
-          No passa res, som amics – diguérem nosaltres.
-          Si, som amics -  afegí en Llorenç mentre s’aixecava del terra.
  Quan se’l miraren a ell, que semblava clarament el mes perjudicat en la baralla, i dic semblava perquè al dia següent es va demostrar que no va esser així, es van tranquil·litzar.
-          Pues deixeu de fer això – digueren, i van marxar.
  En aquell moment, en Llorenç es va adonar de que li faltava la cartera. I els tres vam recordar, molt convençuts, com un paio se’ns havia apropat molt feia un moment, mentre barallàvem, i l’havíem vist girar la cantonada. Fins a aquell moment no li havíem donat importància però, com per art d’una revelació de Sant Jack Daniels, vam estar segurs de que era ell el que ens havia agafat la cartera. Vam anar a la seva recerca. Ens vam ficar per un carrer on mai havíem anat i vam trobar al paio. Allà assegut a una plaça, rodejat del seu gueto. Tots tres, decidits, vam anar a reclamar-li la cartera d’en Llorenç. Semblàvem una parodia dels Dalton, però sense el tercer membre, col·locats amb ordre de estatura, amb cares serioses i reclamant el que ens havien robat. Si haguéssim anat sobris, mai hauríem fet allò, possiblement ni tant sols hauríem entrat en la plaça. Hauríem perdut la cartera, i punt. Tenia la pinta de ser un lloc mes aviat perillós. I si em pregunteu ara, no vos sabria dir on es troba la plaça. Al que li reclamarem la cartera i els seus amics es miraren entre ells i després ens contestà.
-          ¿Cartera? ¿Qué cartera?
-          Tu, te hemos visto, nos has robado la cartera – digué un de nosaltres
-          Yo no, vosotros peleando, habéis perdido – ens contestà
-          No, perdido no, alguien la ha pillado – afegirem – de lo contrario la habríamos encontrado, y tu eres el único que se ha acercado a nosotros en toda la noche así que devuélvenos la cartera.
Sense el poder de Jack & Daniels mai hauríem estat tant valents, o inconscients, el cas es que, potser perquè després de veure com ens barallàvem entre nosaltres sent amics, va pensar que estàvem perillosament penjats o potser perquè, simplement, es volia estalviar problemes, al que li reclamàvem la cartera, finalment, va cedir.
-          Seguro que habéis perdido, - digué – esperaros aquí y yo voy a buscar.
  Va marxar, i va girar la cantonada oposada de la que veníem. De seguida va tornar amb la cartera d’en Llorenç a la ma.
-          Ves, aquí està tu cartera. Tu me has llamado ladrón, y yo te he ayudado. Ahora dame dinero.
-          No tengo – digué en Llorenç, qui ja s’havia quedat amb la cartera buida abans de perdre-la.
-          Allí hay un cajero, me has llamado ladrón, dame dinero.
  En Llorenç, que sembla ser que no se’n havia donat compte de la jugada del carterista, va accedir, tirant pel terra tota la nostra valenta actuació de pel·lícula barata. Es va apropar al caixer i li va donar diners al que prèviament li havia robat. 5 Euros ens digué, però els caixers no tenen bitllets de cinc. Potser n’hi va donar vint i el seu orgull li impedia admetre-ho. Potser realment encara li quedaven cinc Euros per allí, i se’n adonà en aquell moment. No ho sabem, ni ho sabrem mai. Ell per suposat, no ho recorda.
  No sé en quin moment va passar, però tinc guardat un vídeo d’aquell dia, gravat amb la meva càmera, en el que surt en Llorenç admetent que tant jo com en Mikailov el vam guanyar, i tot seguit fa uns crits un poc bojos. Tot i així, recordo que aquell dia vam marxar cap a casa quan ja es feia de dia, deixant en Llorenç sol. En Mikailov i jo, que començàvem a agafar consciència de tot que havia passat aquella nit, ens vam cansar de escoltar la seva cançoneta, que encara després de tot, no parava. Seguia reptant-nos a un combat, i dient que ens guanyaria. Com si desitgéssim que  s’acabés d’una vegada aquella nit, vam agafar el metro i vam suggerir a es nostre amic que fes el mateix. Però semblava que no volia. Ens va quedar un punt de preocupació per ell, però estàvem molt cansats i cap de nosaltres estava tampoc en condicions de tenir cura de ningú altre. Vam anar cadascú a ca seva i jo vaig caure rodó a sobre del llit.

  Al dia següent, despertant passada l’hora de dinar, vaig trucar tant a en Llorenç com a en Mikailov. Al agafar el telèfon vaig veure la meva ungla negre, que posteriorment vaig perdre. En Mikailov es va apropar al hospital i li van posar venes al braç perquè de poc no se’l fractura, o no li fracturen. Jo, a més de l’ungla, sentia dolor per tot el cos. En Llorenç, en canvi, va dir que no recordava res, però que es sentia millor que mai. 

viernes, 23 de agosto de 2013

LOS VENGA-RANGERS IV: SuperForzudo

  A Superforzudo, a pesar de sus superpoderes, también le entran apretones. Especialmente cuando bebe, cosa que sucede casi cada día. Así que deja la copa de whiskey a medias sobre la barra, con prisa y el descontrol de su fuerza, la rompe. Se hace añicos y se derrama el líquido que restaba.
-          ¿¡Otra vez!? – grita el camarero.
  Pregunta totalmente ignorada, pues la necesidad es demasiado grande. Corre al servicio, se sienta, y sale a presión un montón de mierda medio líquida. A veces cuesta creer que eso, antes  era comida. Cuando parece que ha terminado, siente una fuerte puñalada en el interior de su estómago, y le siguen unos gases súper poderosos. Tan poderosos que rajan el retrete y se parte en varios pedazos, derramando el líquido oscuro y mal oliente que contenía. Ahora lo del vaso de whiskey le parecerá una minucia al camarero. Decide que tiene que huir de ahí. Otro bar al que no puede volver a entrar. Cuando va a limpiarse, se da cuenta de que no hay papel, ni siquiera el cartón, por lo que decide limpiarse con los calzoncillos y abandonarlos allí. Se sube sus pantalones, se pone su oscuro pasamontañas y rompe los barrotes de la ventana para salir volando de allí.
  Entre la borrachera, y su vértigo natural, cuando está surcando los cielos, vomita. Alcohol, bilis y nachos con boloñesa se mezclan en su propulsada potada que cae encima de los coches aparcados en el hotel “Royal Luxe” esparcida como si fuera una lluvia ácida. Se para en una azotea para descansar. Su casa todavía está lejos. Desde lo alto del edificio ve cómo pasan un par de coches de policía por la calle, con las sirenas sonando y a toda velocidad. Aunque desea irse a casa y pillar la cama, no se lo puede permitir. El deber de súper héroe le llama. Vuela a toda prisa hacia donde se dirigen los policías y se encuentra el clásico atraco a un banco. Como, en la ficción, los atracadores de bancos todavía son los malos, decide irrumpir con su súper fuerza para detener a los ladrones.
-          Tío, el otro día estaba con una piba en la playa, y claro, no llevábamos condón y tuve que echar el merengue al mar, y lo vi largarse por el mar, sin disolverse, y empecé a pensar… ¿Y si mi semen acaba en la vagina de una ballena y nace un ser especial, medio humano medio balleno? – pregunta uno de los asaltantes.
-          No digas tonterías, eso es imposible – le contesta tajante su compañero mientras ata a uno de los rehenes con una cuerda.
-          ¿Por qué?
-          Pues porque no se puede quedar embarazada una ballena de alguien de distinta especie, ¿es que tú no fuiste al colegio o qué?
-          Sí que se puede, tu padre lo consiguió – dice seguido de una carcajada.
-          ¿Estás llamando gorda a mi madre, hijo de puta? – le responde enojado.
-          No está tan gorda para ser una ballena – y se ríe todavía más
-          ¡Callaos! – grita ahora un tercer asaltante. El típico con una cicatriz y cara de más malo que los demás, una cicatriz causa de una caída sobre un cristal en un momento ebrio, pero que da la impresión de ser un verdadero busca peleas que se enfrenta a cualquiera– Estoy intentando concentrarme en abrir esto y no hacéis más que decir gilipolleces, como no os calléis de una puta vez os meto un tiro a cada uno.
  Los asaltantes llevan veinte minutos intentando abrir la caja fuerte en ese momento, pero no saben cómo conseguirlo. De repente, como caído del cielo, bueno, literalmente caído del cielo, aparece Súperforzudo en un aterrizaje forzoso que, tras atravesar el tejado del banco, choca contra la caja fuerte haciendo saltar la tapa por los aires. Los atracadores llenan sus bolsas con billetes de los grandes. Sus caras son todo felicidad en ese momento. Escapan fácilmente gracias al agujero causado por Súperforzudo al caer. El súper héroe, aturdido, se encuentra solo ante la policía. Le apuntan con sus armas y uno de ellos dice:
-          ¡Alto o disparo!

  SúperForzudo, frustrado, sale volando a toda velocidad. Los impactos de bala en su cuerpo rebotan como si fueran balas de goma. Desearía haber ayudado, pero no lo ha conseguido. Decide irse a su casa y ver la tele en calzoncillos estirado en el sofá. Es su manera de regalarse su merecido descanso. Si es que, a veces, ser un súper héroe puede ser más complicado de lo que parece.