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viernes, 23 de agosto de 2013

LOS VENGA-RANGERS IV: SuperForzudo

  A Superforzudo, a pesar de sus superpoderes, también le entran apretones. Especialmente cuando bebe, cosa que sucede casi cada día. Así que deja la copa de whiskey a medias sobre la barra, con prisa y el descontrol de su fuerza, la rompe. Se hace añicos y se derrama el líquido que restaba.
-          ¿¡Otra vez!? – grita el camarero.
  Pregunta totalmente ignorada, pues la necesidad es demasiado grande. Corre al servicio, se sienta, y sale a presión un montón de mierda medio líquida. A veces cuesta creer que eso, antes  era comida. Cuando parece que ha terminado, siente una fuerte puñalada en el interior de su estómago, y le siguen unos gases súper poderosos. Tan poderosos que rajan el retrete y se parte en varios pedazos, derramando el líquido oscuro y mal oliente que contenía. Ahora lo del vaso de whiskey le parecerá una minucia al camarero. Decide que tiene que huir de ahí. Otro bar al que no puede volver a entrar. Cuando va a limpiarse, se da cuenta de que no hay papel, ni siquiera el cartón, por lo que decide limpiarse con los calzoncillos y abandonarlos allí. Se sube sus pantalones, se pone su oscuro pasamontañas y rompe los barrotes de la ventana para salir volando de allí.
  Entre la borrachera, y su vértigo natural, cuando está surcando los cielos, vomita. Alcohol, bilis y nachos con boloñesa se mezclan en su propulsada potada que cae encima de los coches aparcados en el hotel “Royal Luxe” esparcida como si fuera una lluvia ácida. Se para en una azotea para descansar. Su casa todavía está lejos. Desde lo alto del edificio ve cómo pasan un par de coches de policía por la calle, con las sirenas sonando y a toda velocidad. Aunque desea irse a casa y pillar la cama, no se lo puede permitir. El deber de súper héroe le llama. Vuela a toda prisa hacia donde se dirigen los policías y se encuentra el clásico atraco a un banco. Como, en la ficción, los atracadores de bancos todavía son los malos, decide irrumpir con su súper fuerza para detener a los ladrones.
-          Tío, el otro día estaba con una piba en la playa, y claro, no llevábamos condón y tuve que echar el merengue al mar, y lo vi largarse por el mar, sin disolverse, y empecé a pensar… ¿Y si mi semen acaba en la vagina de una ballena y nace un ser especial, medio humano medio balleno? – pregunta uno de los asaltantes.
-          No digas tonterías, eso es imposible – le contesta tajante su compañero mientras ata a uno de los rehenes con una cuerda.
-          ¿Por qué?
-          Pues porque no se puede quedar embarazada una ballena de alguien de distinta especie, ¿es que tú no fuiste al colegio o qué?
-          Sí que se puede, tu padre lo consiguió – dice seguido de una carcajada.
-          ¿Estás llamando gorda a mi madre, hijo de puta? – le responde enojado.
-          No está tan gorda para ser una ballena – y se ríe todavía más
-          ¡Callaos! – grita ahora un tercer asaltante. El típico con una cicatriz y cara de más malo que los demás, una cicatriz causa de una caída sobre un cristal en un momento ebrio, pero que da la impresión de ser un verdadero busca peleas que se enfrenta a cualquiera– Estoy intentando concentrarme en abrir esto y no hacéis más que decir gilipolleces, como no os calléis de una puta vez os meto un tiro a cada uno.
  Los asaltantes llevan veinte minutos intentando abrir la caja fuerte en ese momento, pero no saben cómo conseguirlo. De repente, como caído del cielo, bueno, literalmente caído del cielo, aparece Súperforzudo en un aterrizaje forzoso que, tras atravesar el tejado del banco, choca contra la caja fuerte haciendo saltar la tapa por los aires. Los atracadores llenan sus bolsas con billetes de los grandes. Sus caras son todo felicidad en ese momento. Escapan fácilmente gracias al agujero causado por Súperforzudo al caer. El súper héroe, aturdido, se encuentra solo ante la policía. Le apuntan con sus armas y uno de ellos dice:
-          ¡Alto o disparo!

  SúperForzudo, frustrado, sale volando a toda velocidad. Los impactos de bala en su cuerpo rebotan como si fueran balas de goma. Desearía haber ayudado, pero no lo ha conseguido. Decide irse a su casa y ver la tele en calzoncillos estirado en el sofá. Es su manera de regalarse su merecido descanso. Si es que, a veces, ser un súper héroe puede ser más complicado de lo que parece.

domingo, 28 de octubre de 2012

LOS VENGARANGERS 2: LOS UNIVERSOS PARALELOS


  Son las doce de la noche, y los astrónomos del observatorio internacional de Mothman city se encuentran inmersos un su fatigosa jornada, la búsqueda de posibles vidas mas allá de la tierra es lo que les ocupa esta noche. De repente, el becario del observatorio, que no cobra ni nada, solo saca trabajo gratis, ve algo muy fuera de lo normal.
            - ¡Señor Roger! - Exclama dirigiéndose a su jefe.
            - ¿Qué? - Le responde el doctor después de darle un buen trago a su taza de café.
            - ¡Mira esto! -Le dice el joven cediéndole el telescopio.
  Los ojos de Roger no dan crédito a lo que ven, una masa enorme y luminosa, lo que significa de gran energía destructiva, se dirige directamente hacia ellos. La ciudad entera está en peligro. Avisan al ayuntamiento, se enciende la señal, se necesita urgentemente la ayuda de.... LOS VENGARANGERS.

            - Oye, ¿Me invitáis a otra? - Dice SuperForzudo a PoderosaEscarlata y EstrellaPoderosa
  Se encuentran sentados en una terraza de un céntrico bar de la gran ciudad de Mothman. Están todos vestidos con sus ropas menos llamativas intentando pasar desapercibidos entre la gente normal y corriente que les rodea.
            - ¿Sabes? - Le contesta PoderosaEscarlata - empiezo a pensar que solo acudes a las reuniones para beber de gorra, además, deberías dejar de beber, no querrás acabar como AntMan, ¿No?.
            - Ey, un respeto para AntMan, -se indigna SuperForzudo - él fue un gran superhéroe en solitario consiguió muchas mas cosas que todos nosotros juntos...
            - A parte de lo de la crisis nuclear, ¿Qué hizo? ¿Salvar a un tren?
            - ¿Y que hay de lo del área 51?
            - Bah, eso es mentira - dice escéptico el rojo PoderosaEscarlata - no te creas todo lo que lees por Internet.
            - Eso es lo que quiere el gobierno que creamos...
            - Estamos aquí para debatir sobre nuestra política de identidad secreta, así que dejad de discutir por chorradas, - interrumpe cabreada EstrellaPoderosa - como crew sería interesante que todos nos mantengamos en la misma postura, si decidimos hacernos personajes públicos para evitar las críticas negativas de la prensa y a la vez lucrarnos con exclusivas tenemos que estar todos de acuerdo, pero si uno solo decide mostrarse a través de él pueden llegar a todos nosotros. Y ya sabemos lo poco seguro que es que se conozca nuestra identidad, lo hemos visto en miles de cómics. Por cierto, ¿ y MoscaMan?
            - ¡Camarero, Otro whiskey! - Dice SuperForzudo levantando el brazo.
            - Su móvil estaba inoperativo, para variar, - explica el vengaranger rojo - ya sabes que no le gusta nada salir a la superficie, siempre dice que las alas enrolladas a su espalda, en el interior de la chaqueta, le hacen parecer un jorobado, y también está empezando a pillar complejos por eso de que su piel se ha vuelto verdosa...
            - Así no nos pondremos nunca de acuerdo - dice la chica emitiendo un suspiro de resignación.
  De repente aparece algo en el cielo. La V y la R de los VengaRanges se hace visible en toda la ciudad de MothMan.
            - ¡La señal! - Grita PoderosaEscarlata levantándose sobresaltado. Lo que crea una reacción casi simultanea de EstrellaPoderosa. Salen corriendo y saltando hacia el lugar indicado. Cuando nadie les ve se visten con sus superheroicos atuendos. PoderosaEscarlata se saca unos calzoncillos azules y unas gafas de pasta sin cristal de su bolsillo, y con ello completa su disfraz. La chica se quita su abundante ropa dejando al descubierto un corsé, una minifalda y unas botas, todo en tonos azules, que es el color que la caracteriza. A dicho atuendo le añade un antifaz. Superforzudo, aun en el bar, se acaba el vaso, se pone un pasamontañas y sale volando. Nunca ha sido demasiado cuidadoso con eso de cuidar su identidad.  
  Llegan todos al lugar indicado. PoderosaEscarlata y EstrellaPoderosa por tierra, SuperForzudo aterriza desde el aire, chocándose a toda velocidad contra un contenedor de basura, destrozándolo y esparciendo las bolsas de desperdicios a sus alrededores. Eso de controlar los aterrizajes borracho siempre le ha costado. Se encuentran con Roger, el astrónomo, que les estaba esperando. Les explica que un cuerpo indefinido que emite una poderosa energía está a poco de colisionar en pleno centro de la ciudad, lo cual puede causar una gran catástrofe. Para variar. Los súper héroes tienen que enfrentarse a súper amenazas. Súper.

  Mientras tanto, MoscaMan se encuentra en algún misterioso punto del complejo y laberíntico entramado de alcantarillas de la ciudad. Con una pajita absorbe los líquidos de los ríos fecales que fluyen a su alrededor. No entiende como ha podido acabar sintiendo placer por el sabor fecal, pero le gusta. De repente oye un ensordecedor estruendo y decide salir a la superficie. Allí solo encuentra destrucción. La ciudad entera ha sido destruida. En el epicentro de la gran ciudad convertida a escombros, allí donde los escombros casi se han pulverizado, encuentra una enorme nave espacial y a sus tres amigos debajo, aplastados, calcinados, muertos. Pero no os preocupéis por ellos, para eso están los universos paralelos. Siempre ahí como recurso infalible para que los malos guionistas puedan matar y revivir una y mil veces a sus superhéroes en decadencia para recobrar algo de su antigua gloria.
   El que tiene problemas ahora es MoscaMan, que ve como se abre la puerta de la nave y aparece un ser azul luminoso que le ataca con rayos de energía cósmica ultra destructora. La batalla es dura, épica, pero finalmente MoscaMan vence gracias a su capacidad de vuelo veloz que le permite esquivar cada uno de los ataques del ser destructor. Éste, al morir, causa una explosión que hace temblar los cimientos del mismo universo y MoscaMan, al encontrarse en el epicentro de ella, se descompone en micro partículas que viajan a millones de veces a la velocidad de la luz, recomponiéndose de nuevo en un universo paralelo en el que hasta el último edificio de Mothman City todavía está en pie. Intacto. La única pista de que allí hubo una batalla se encuentra en los rasguños de su ropa.
            - Bueno verte, Mosquita - Escucha la voz de PoderosaEscarlata a sus espaldas. MoscaMan, se da la vuelta, se sorprende al ver a sus tres amigos.
            - ¿Estáis bién?
            - Eso deberíamos preguntar nosotros - dice SuperForzudo.
            - Si, acudíamos a un aviso y nos encontramos al astrónomo Roger, - explica EstrellaPoderosa - nos contó que la crisis ya había sido solucionada por una hazaña tuya que te había costado la vida, me alegro de ver que se equivocó.
  Y así acaba este episodio de los VengaRangers, en el que MoscaMan se pregunta si debería estar feliz por haber recuperado su vida perdida hace unos instantes, debería preocuparse por haber dejado atrás un universo sin superhéroes, a merced de las amenazas intergalácticas o si algún día se encontrará a su doble del nuevo universo en el que reside y se creará una paradoja espacial destructora. Una extraña sensación recorre el cuerpo de MoscaMan. No es alegría, tristeza ni preocupación. Es una sensación de incomprensión y confusión de las realidades que le acompañará por mucho tiempo. Pues se pregunta si algo que le ha ocurrido a él y solo a él, y solo él mismo es el único testigo del universo, ha ocurrido de verdad. 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

LOS VENGARANGERS 1: PODEROSA ESCARLATA


Mothman City vuelve a estar amenazada. Ésta vez un monstruo gigante con un cuerpo peludo, parecido al de un koala, pero con la boca donde iría el ojo izquierdo, una enorme trompa de elefante donde la nariz y un solo ojo en el lado derecho de su cara, es la amenaza. Aplasta a cualquier cosa o persona que se le ponga por delante, y las autoridades, tanto locales como nacionales, se ven totalmente impotentes ante un ataque de tal magnitud. Una vez mas. La ciudad recibe mas o menos un ataque de tal calibre cada quince, o veinte días. Pero ni su cuerpo de protección civil, ni su ejército, están preparados. Falta presupuesto en I+D. El alcalde de la ciudad vive en una mansión con piscina, quince sirvientes y la mayor colección de Rols Royces del planeta. Pero nunca hay presupuesto para mejorar el armamento antimonstruosgigantesdestructores. Entonces, las autoridades locales se ven forzadas a pedir ayuda a una organización ilegal de enmascarados misteriosos que arriesgan sus vidas con motivación desconocida. Dicha organización son los VengaRangers.
  Así, el jefe del departamento de Policía de Mothman City da la orden y el gran foco se enciende proyectando en el cielo, como si de una gran luna se tratase, un gran círculo blanco con una V y una R en el centro. Es la Vengaseñal. Se necesita urgentemente su ayuda, se reclama a los VengaRangers, y los VengaRangers acuden. Bueno, no todos. El único que ve la señal es el VengaRanger rojo, conocido como Poderosa Escarlata. Está en pelotas viendo la tele en su casa y observa la señal por la ventana. Entonces decide llamar al móvil de sus compañeros para ver si acuden a ella.
  Superforzudo está tumbado en la acera al borde del coma etílico, sin fuerzas siquiera para volar hasta el lugar de los hechos. La chica EstrellaPoderosa está ahora mismo ocupada manteniendo relaciones sexuales a cambio de dinero con un admirador obsesivo. No es que suela hacerlo, pero al ser un personaje tan popular entre los jóvenes adictos a los cómics, cuya diminuta capacidad social les dificulta perder la virginidad, ha llegado a recibir ofertas de sumas demasiado grandes como para rechazarlas. Por último, Moscaman, que adquirió las habilidades proporcionales de una mosca, fuerza, habilidad de volar, y gusto por la mierda, no puede evitar darse paseos por las alcantarillas por donde fluyen las aguas fecales de la ciudad, es dónde se encuentra ahora mismo y, por supuesto, allí no hay cobertura.
  Así, tras varios intentos de llamada, sin respuesta, el VengaRanger rojo PoderosaEscarlata, decide pasar a la acción en solitario. Le da un poco de miedo, pero desde que salieron a la luz por Internet unos vídeos antiguos en los que se le podía apreciar practicando sexo con otros hombres, al mismo tiempo, no quiere desaprovechar ni una ocasión para hacerse el héroe y lavar su imagen. Mira el montón de ropa sucia del suelo, toda roja a excepción de la ropa interior, agarra lo primero que encuentra y se lo pone. Un pijama rojo y sus gafas de pasta de montura roja. Se dispone a saltar por la ventana al edificio de al lado, pero se da cuenta de que en la entrepierna de su pantalón hay un gran agujero, por lo que decide coger unos calzoncillos y ponérselos por encima. No puede perder ni un segundo y volver a cambiarse. Nadie hubiera dicho por aquel entonces que crearía tendencia en el mundo de los superhéroes y acabaría enfrentado a un tal Clark en los tribunales por el tema de los derechos de imagen. Pero esa ya es otra historia.
  Finalmente se lanza, salta de edificio en edificio en dirección a los estruendos provocados por el gran monstruo koala elefante diabólico. Preguntándose quién estará detrás de él. Pues tiene toda la pinta de ser un ataque del doctor Malvado, o tal vez sea del doctor Chiflado. Siempre son los mismos. Lo que siempre se ha preguntado Escarlata es porque todos los villanos de la ciudad son doctores. Ignora que la mayor academia de villanos del mundo se encuentra en la ciudad, por lo que salen todos con el doctorado. Lo que es incomprensible es que cada dos o tres semanas sean capturados y puestos entre rejas y siempre se escapen. Será que no se hacen cárceles mas seguras por falta de presupuesto, también.
  Pero bueno, dejémonos de historias, lo importante ahora es derrotar al monstruo que está aterrorizando la ciudad entera. De azotea en azotea, Poderosa Escarlata no tarda en llegar a encontrarse cara a cara con el maléfico monstruo. Y empieza el combate. Smack, thud, plas, POW. Una serie de golpes, todos recibidos por PoderosaEscarlata. Es normal que esté en una clara desventaja teniendo en cuenta que el bicharraco es diez veces mayor que él. De no ser por su hiperresistencia, adquirida al exponerse a una radiación cósmico-planetaria cuando era joven, hubiera muerto al segundo manotazo. Pero como siempre, cuando todo está perdido, y Escarlata sumido en sus lágrimas, con su vida pendiendo de un hilo, o la de su novia, o la de un niño que pasaba por ahí, el caso es que haya alguna vida pendiente de un hilo, encuentra milagrosamente el punto débil del bicho gigante. Ve una especie de aparato enganchado a la nuca del monstruo, una especie de máquina con una luz parpadeante roja, siempre luces rojas que parpadean, lo cual no puede ser otra cosa sino un dispositivo de control. Por lo que, esquivando un golpe mortal en el último momento, Escarlata salta y dispara uno de sus rayos destructores que puede disparar con sus manos. Unos rayos con una amplia gama de lucecitas rosas que contaminan la iluminación de todo el entorno. El artefacto es destruido y el monstruo para de romper cosas sin piedad, y se dirige hacía el muelle de la ciudad donde desaparece en las profundas y sucias aguas del Mothsea de Mothman City.
  A Escarlata solo le falta descubrir al doctor Chiflado, qué está chiflado que se encuentra no lejos de allí, aporreando un mando con un enorme joystick y un montón de botones. Exclamando:
- ¡ Por qué has dejado de funcionar! ¡Maldita sea!- Agitando su brazo enfurecido.
En cuanto lo ve, Escarlata se planta delante de él de un salto, y le pega una patada. Lo inmoviliza y lo entrega a las autoridades por décima vez en lo que va de semestre. No lo mata, aún sabiendo a ciencia cierta que se volverá a escapar y sus malévolos planes volverán a destruir la ciudad, PoderosaEscarlata nunca mata. Aun sabiendo que eso salvaría miles de vidas en un futuro cercano. Pero es que los superhéroes son así de buenos, nunca matan, ni siquiera a un demonio. Hay que dar ejemplo a los niños de la ciudad. 

martes, 14 de septiembre de 2010

El borracho inconsolable II

II

  Es jueves y estoy frente al ordenador maquetando la revista. Mañana por la mañana es el día de entrega, o "dead line", como dicen los americanos. Esta semana he estado un poco distraído y, la verdad, no me sobra el tiempo para entregar dentro del tiempo límite. Aun así, de entre todos los clicks de ratón que hago, algunos los dedico a mi entretenimiento personal. La dedicación plena y absoluta al trabajo me crea una sensación de agobio y sin sentido, me hace perder de vista lo que hago y me satura. Es lo que se llama sensación de absurdidad. Así que, de vez en cuando, entro a las redes sociales en las que tengo cuenta. No tengo mensajes. Continúo un rato trabajando y, en un intento desesperado de reclamar atención, cuelgo a la red las fotos que me hicieron durante el "bukake". Ahora todos mis amigos, excompañeros de clase o curros, simples conocidos, mis enemigos e incluso gente que no conozco de nada, ni se porque extraño motivo tengo agregados, ven mis fotos. Allí estoy yo, sin pantalones, ni necesidad de ellos. En un ambiente íntimo, en un momento privado, con otros cuatro tíos y la chica quien, por su puesto, cobró por ello. Así, un material que se mantenía en privado, solo disponible para mí, los otros cuatro tíos y la chica. Y bueno el cámara, y también toda la comunidad de internautas aficionados al porno amateur, y... bueno, vale, no era tan privado. El caso es que ahora está expuesto y publicado como una noticia importante en un lugar donde todos mis conocidos, o casi todos, siempre hay algún reacio a esto de las redes sociales, pueden verlo y comentarlo.
  Allí está la foto en la que salgo tocándole las tetas a la chica a la vez que otros dos tíos. Otra en la que me estoy masturbando frente a ella, otra en la que sale ella bebiendo de una ensaladera llena de semen. Todas ellas, yo, sin quitarme mi sudadera de "Rhapsody". Si me preguntan diré que es por hacerle propaganda al grupo, que se lo merece. Sin embargo, la auténtica verdad de todo esto, es que me avergüenza ligeramente mostrar toda la inmensidad de mi barriga gelatinosa y peluda en una sesión de fotografía pornográfica.
  Sigo trabajando y me viene a la mente una estrella. Una estrella que quiero que sea mi Estrella Polar, para que me guíe por el camino de la vida. Una estrella que no esta en el cielo sino en la tierra, en la calle más concretamente. O, teniendo en cuenta la hora que es, tal vez esté ya en una pensión de mala muerte con algún cliente, el primero de su jornada.
  Cojo una cerveza de la nevera y sigo trabajando. A pesar de pasarme horas delante de los artículos de la revista, nunca me los leo. Pero hoy, no se porque, tal vez por esa necesidad de mantenerte ocupado con lo que sea pero sin entretenerte demasiado porque tienes cosas que hacer, me da por echarle un vistazo al artículo de mi horóscopo. A continuación de la silueta que representa al rey de la selva se explica que esta semana será una semana de suerte. Que un gran cambio en mi vida mejorará notablemente mi situación laboral y, lo mas gracioso de todo, que una persona a la que estoy conociendo será una persona muy importante en mi vida. Y que con toda probabilidad, y remarca esas palabras en negrita, será la chica con la que comparta los próximos años de mi vida. Cojo otra cerveza. Me aseguro de que el logotipo prediseñado esté perfectamente alineado con el número de la página, con el párrafo, con el icono del horóscopo, con todos los elementos de la composición editorial. Cojo otra cerveza.
  Los pies de foto del "bukake" empiezan a llenarse de comentarios. No contesto a ninguno de ellos, pero hay uno que me llama la atención especialmente. Lo ha escrito mi amigo Lluís, y dice:
  "Supongo que no aspiras a ligarte a ninguna mujer que tengas agregada en el facebook, ¿eh cabroncete?"  
  Pues la verdad es que no. No tengo agregadas a muchas chicas, y desde luego no tengo esperanza de conseguir nada con ninguna de ellas. Casi me da hasta gracia el comentario. Sigo maquetando.
  Se hacen las doce, la una, las dos... La papelera de mi cuarto llena de trocitos de papel higiénico manchados con mocos o semen, ahora está rebosante también de latas de cerveza vacías y machacadas.
  De repente suena el timbre. Me pregunto quién será. A estas horas de la madrugada no solemos recibir visitas inesperadas. Sin embargo, voy decidido a abrir. Me sorprende infinitamente encontrarme con Estrella al otro lado de la puerta. No sonríe simpáticamente como solía hacer la otra noche. Ahora su mirada es lasciva y su boquita entreabierta me está pidiendo a gritos que me la coma. Pero estoy tan sorprendido que no puedo actuar. Cada uno de mis músculos se queda totalmente paralizado ante dicha escena. Incluido mi cerebro. Así que es ella quien me coge y me besa salvajemente apasionada. Sin mediar palabra me va empujando suavemente hacia mi habitación, a la vez que me va besando todas las partes de mi cara. Una vez dentro me empuja fuertemente de manera que caigo tendido encima de la cama. Ella se pone encima mío apoyando una de sus rodillas a cada lado de mi cuerpo, noto la calidez de su entrepierna apretada contra la mía. Se inclina poco a poco, y en un momento mágico, sus labios vuelven a tocar los míos.

  Me sorprendo a mi mismo eyaculando en solitario, en el interior de los calzoncillos, a la vez que suena mi teléfono móvil. Me llaman del curro y acumulé demasiado esperma durante la noche que pasé con Estrella. Miro la hora en el ordenador, que sigue todavía encendido, y es justo la hora de entrega. Me he pasado toda la noche dormido en la silla de trabajo, fantaseando con una mujer a la que casi ni conozco, pero ha sido de las fantasías mas intensas de mi vida. No he llegado a la entrega, y eso a mi jefe no le va a gustar. Cojo el teléfono, sin quitarme de la cabeza la sensación pegajosa del interior de mi calzoncillo, y contesto como si no me diera cuenta de lo que pasa:
            - ¿Diga?
            - Héctor, tío, ¿Qué demonios estás haciendo? Está pasando el plazo de entrega y tú todavía no has subido los archivos...
            - ¿Cómo? - Le interrumpo en un intento de hacerme el sueco.
            - Coño, que entro en la ftp y no me salen los archivos, te estás columpiando.
            - Pero si los subí hace un rato. -  Interrumpo de nuevo, sorprendido de mi capacidad para improvisar una mentira en un caso tan necesario.
            - ¿Qué? -  Se sorprende mi jefe.
            - Que si, vuelve a mirar.
  He ganado unos minutos antes de que me vuelva a llamar, así que continúo a toda prisa la maquetación. Sin ni siquiera cambiarme los calzoncillos. Por suerte me queda poco para acabar. En veinte minutos mi jefe vuelve a llamar.
            - ¿Lo has podido descargar o no? - Inicio yo la conversación mientras sujeto el teléfono móvil con el hombro a la vez que sigo trabajando en el ordenador con las dos manos.
            - Que no aparece - Me dice un poco extrañado de todo el asunto.
            - Bueno, pues... - Vacilo unos segundos pensando en lo que le voy a decir - Habrá sido un error del servidor. Volveré a subirlo todo, vuelve a mirar dentro de unos veinte minutos.
  Supongo que mi trola colará, teniendo en cuenta que el jefe es un inepto informáticamente hablando. Por suerte prácticamente había acabado antes de dormirme, así que acabo a toda prisa. Dejando de lado el escaso perfeccionismo del que suelo hacer gala cuando trabajo. En veinte minutos estoy subiendo la revista acabada, por primera vez esta semana. Mi jefe no me vuelve a llamar, por lo que calculo que todo le ha llegado correctamente. A estas horas de la mañana tengo todo el cuerpo dolorido de haber dormido en la silla, y la cabeza de haberme hartado de cerveza. Lo único que se me ocurre que puedo hacer ahora mismo es meterme en la cama y perder otro día de clase. El maldito trabajo me desconcentra de los estudios.

  Me despierto horas después. Entre mis piernas noto que una parte de los calzoncillos ha adquirido una dureza desagradable. La masa gelatinosa blanca se ha secado en mi ropa interior, convirtiendo la suave seda, o algodón o lo que se de lo qué estén hechos mis gayumbos, en algo duro e incómodo. Decido que necesito una ducha, y un cambio de ropa interior. Y tras ello me dirijo al instituto. Por supuesto, no llego a tiempo para asistir a ninguna clase, pero es viernes, y después de clase los compañeros suelen ir a tomar unas cervezas a un bar cercano al colegio. A euro y poco la doble malta, y con gente con la que puedo compartir opiniones acerca de muchas cosas, vale la pena ir. El lugar en cuestión es una especie de taberna trasga. Cuando llego, mis compañeros ya están ahí, tomando unas cervezas en la terraza. Una terraza que consta de dos mesas abandonadas en el patio trasero del bar, dónde se guarda todo el material pesado. De este modo, barriles de cerveza, pies de sombrilla amontonados, cajas de cartón apiladas y un retrete sucio son el escenario de nuestra charla. El tabernero, un hombre gordo alto y tuerto, me pide que voy a tomar. Le digo que una doble malta y me guiña el ojo. ¿Habéis visto alguna vez a un tuerto guiñar un ojo? Es de lo mas raro. Debido a esto y mucho mas, y cuando digo mucho quiero decir mucho, no es de extrañar que tan carismático bar sea conocido entre los estudiantes de mi instituto como "Mordor bar", aunque por su puesto, éste no es su verdadero nombre.
  Durante las primeras cervezas me mantengo bastante al margen de la conversación entre Lluís, David y Carlos, que son los que están más cerca de mi en la mesa. Intercambian opiniones sobre cine. "El club de la lucha", "Doce monos" y "Seven" se encuentran entre las películas favoritas de David. Esa fijación por las películas de Brad Pitt me hace dudar de su sexualidad. Lluís prefiere "Trainspotting" y "Réquiem por un sueño". Me pregunto que debe ver en los yonkis para considerar estas películas las mejores que ha visto. Tras un par de cervezas me empiezo a animar y expongo mis preferencias:
            - "28 días después". Eso si que es un peliculón. - Digo
            - Cierto, cierto - Afirma efusivamente David.
            - ¡Pero que dices! Una de zombies, eso es muy poco sofisticado. - Rehúsa Carlos.
            - Pero que va, esa peli trabaja la psicología humana de una manera brutal, ante esas situaciones lo que somos capaces de hacer -  Le discute David.
            - Si, además, no son zombies, son infectados. - Añado yo.
            - Es cualquier cosa - Continúa Carlos - Al final se basa en crear espectáculo a base de sangre, violencia y efectos especiales.
            - Estás muy equivocado, los zombies son solo el contexto, la trama principal es totalmente psicológica, te hace pensar hasta donde puede llegar la bajeza humana y muestra el lado mas oscuro de la mente. - Argumenta David.
            - A ver, ¿Que películas miras tu? - Le pregunto yo a Carlos, ya que se ha mantenido al margen, o ha opinado negativamente de todas las que hemos mencionado hasta ahora.
            - Pues, lo mejor que se ha visto hasta la fecha, es la Nouvelle Vague, la generación de los años cincuenta en Francia. Eso si que es un ejemplo de explicar grandes historias con los medios justos y necesarios. No tenían la necesidad que tienen ahora los americanos de desperdiciar cantidades      industriales de dinero para explicar historias basura.
            - ¡Tío, eres un puto gafapastoso! - Digo gritando a la vez que me levanto de la silla dando un golpe en la mesa. - Además de un ignorante, porque "28 días    después" ni siquiera es americana. - Añado mientras me dirijo al baño sin esperar su respuesta.

  Eres el típico borracho que tiene siempre la razón, la tengas o no. Debería darte vergüenza, pues estás lleno de esa intolerancia que tanto te molesta en los otros. Y tan borracho que tienes que ir a vomitar. Aunque en esta ocasión te viene perfecto para huir de la situación que has provocado. Aunque Lluís y David se hayan reído, lo que has dicho no ha estado bien. Fácilmente hayas ofendido a Carlos, y eres demasiado cobarde para afrontar las consecuencias de tales actos. Así que te levantas, vas al baño, y vomitas. Esta vez en el peor retrete del peor tugurio de la ciudad. O casi. Al poco rato vuelves a la mesa, te sientas y pides otra cerveza, orgulloso como si eso fuera un logro, o una hazaña. Carlos se ha marchado, probablemente por tu culpa, como, tal vez, todo el resto de la gente que había en la mesa hace un par de horas. Ahora solo quedáis tú, David, Lluís y vuestras magnánimas borracheras. ¿Te sientes tan importante como para ser la causa de la marcha de toda esta gente? ¿O puede que tengas delirios de grandeza causados por tu estado ebrio? Tal vez, solo tenían cosas que hacer. Pero por si todo esto fuera poco vergonzoso, tras echar una gran cantidad de líquido por el retrete, vuelves a sentarte en la mesa, victorioso, y, como si fuera el golpe de gracia a tu enemigo, le pides otra cerveza al camarero. Y ese es tu mayor triunfo. Cuán fracasado eres para tener que estar orgulloso de tu capacidad alcohólica.

  Pasan unas horas y el camarero me trae uno bocadillo de salchichas. Ni si quiera recordaba haberlo pedido, pero me viene cojonudo. Me repone. Después de comérmelo vuelvo a tener conciencia de mis actos y de mi ser. Son las seis de la tarde y el tuerto nos dice que ya no va a servirnos mas bebidas, que tiene que cerrar.
  Llevamos un montón de horas aquí bebiendo, de las cuales muchas ni recuerdo. Sacamos nuestros cuerpos tambaleantes del bar y, casi sin darnos cuenta, nos separamos cada uno por su lado. Por un momento me preocupo por Lluís. Había venido a clase en bici, y supongo que en ese estado volverá también en bici. Aunque el peligro no es mucho menor para mi que no consigo ni caminar en línea recta. Vuelvo a casa y voy a dormir un rato. Pero no mucho. Hoy es viernes y estoy desando salir. Y lo deseo más que nunca porque quiero reencontrarme con Estrella. Así, antes de dormirme, programo el despertador del móvil a las diez de la noche.

  Suena el despertador, te despiertas, te duele la cabeza, le das a snooze, te vuelves a dormir. Vuelve a sonar diez minutos mas tarde, casi consciente, le vuelves a dar a snooze. Vuelve a sonar, coges el teléfono y te planteas si darle a stop o a snooze. Tienes montones de cosas que hacer, trabajos atrasados del curso, en el cual deberías ponerte en serio si quieres sacártelo algún día y cambiar de trabajo. Proyectos personales, y ganas de ver un montón de películas que descargaste pero nunca te has mirado. Pero, por otro lado, como en casi todos tus despertares, estas siendo castigado por un terrible dolor de cabeza, tienes sueño y te importa poco la hora que sea. Te ves incapaz de decidir si te levantas o te quedas durmiendo. Así que vuelves a darle a snooze y ya decidirás después. Cuando vuelve a sonar te acuerdas de que son casi las once de la noche, y calculas las veces que has apagado el móvil, y cada cuanto suena, y llegas a la conclusión de que ha sonado unas cuantas veces sin que ni te despiertes. A ese estado de inconsciencia has llegado. Esta vez te empiezas a plantear más en serio la posibilidad de levantarte, o al menos porque pusiste el despertador, ya que, son las once de la noche, por supuesto no es hora de ir a clase. Recapitulas los últimos días de tu vida y te das cuenta de que el despertador no te está avisando de que tengas que currar ni estudiar. Te está avisando de que es viernes por la noche y es el día de ir en busca de una estrella.

  Y con Estrella en mente no me cuesta trabajo levantarme y prepararme para una nueva noche de fiesta. Una nueva epopeya etílica. Me ducho, me echo una cantidad importante de desodorante por todo el cuerpo, me recorto la barba y me lavo los dientes concienzudamente. Aunque este último paso no se para que, ya que dentro de un par de horas mi aliento olerá tanto a cerveza que olerlo emborrachará. Me voy directo al Raval, allí encontré a Estrella por primera vez, y allí espero volver a encontrármela. Conforme avanzo a través de la ciudad me van entrando los temores, y un intenso temblor en la boca del estómago se hace cada vez mas fuerte. Me estoy poniendo nervioso pensando en que volveré a ver a Estrella. Pensando en que le diré o que haré. A mi mente viene una imagen de mi mismo estilizado, más alto, delgado y fuerte. Con este aspecto, y en un escenario con un fondo de colores luminosos, me acerco a una inocente Estrella y, con una voz seductora, más parecida a la de Constantino Romero en "Terminator" que a la mía propia, digo: "Buenas noches preciosa, eres el ser mas maravilloso que existe, tu belleza es de tal magnitud que roza la divinidad. Se la estrella que me guíe por el mar de la vida y hazme así el hombre más feliz del mundo." Ésas son las palabras que voy a utilizar.
  A una calle de donde me encontré a Estrella por primera vez, un fuerte la latido del corazón me impide seguir avanzando. Los nervios me traicionan y lo único que puedo hacer es entrar en el bar más cercano y pedirme una cerveza. Doble malta, doble alegría. Aunque por esa regla de tres con la segunda la alegría debería multiplicarse por cuatro. Pero no es así. Apoyado en la barra de un bar cualquiera, a una calle de encontrarme con mi amor, no me atrevo a llegar a él. Múltiples temores me invaden. Mi incapacidad social, encontrármela en el momento en el que se va con otro cliente, que me diga que no quiere que me vuelva a acercar a ella ni pagando... Así que voy a seguir bebiendo hasta que se me despeje un poco la cabeza y desaparezcan todas estas ideas de mi mente. O, tal vez, sería más apropiado decir que seguiré bebiendo hasta que se me nuble lo suficiente el juicio como para que todos los dichos temores queden ocultos tras una cortina de humo. En cualquier caso, sigo bebiendo, e inicio una conversación con el tío de la barra. Me abro a él como si fuera mi psicólogo.
            - Tío -  Le digo zarandeando una cerveza - Creo que me he enamorado.
            - Ahá - Asiente tras echarme una mirada, arqueando una de sus espesas cejas a la vez que seca unas copas.
            - ¿Sabes cuando realmente quieres a alguien?¿Cuando no puedes dejar de pensar en ella ni por un minuto?
            - Ahá - Responde mientras continúa con su monótona tarea.
            - Pues así es como me siento.
            - Ahá - Responde.
            - Pero eso no es lo malo - Continúo yo, que me siento escuchado. - Lo malo es que no me atrevo a ir a por ella. Es una mujer tan superior a mí.
            - Ahá - Me dice mientras coge otra copa y se dispone a secarla.
            - Ella es una persona suprema, se acerca a la divinidad y, sin embargo yo... yo...   no puedo estar a la altura ni en un millón de años. Es un amor imposible. Y encima está lo de su trabajo. Nunca podremos llegar a nada...
            - Ahá.
            - Somos como Romeo y Julieta, como Pocahontas y John Smith, como Meier Link y Charlotte Elbourne. Nuestro amor está condenado a un fracaso prematuro. No vale la pena que siga pensando en ella. Más vale que la olvide.
            - Ahá. - Sigue dando vueltas a una copa envuelta en un trapo.
            - Sin embargo, siento que necesito a esa mujer.
            - Ahá.
            - Tengo que luchar por lo que quiero, de lo contrario nunca tendré lo que quiero. ¿Cierto?
            - Ahá.
            - Claro, es mejor salir allí fuera e intentar conquistarla. Convencerla de que otro estilo de vida es posible. Convencerla de que tiene que venirse conmigo.
            - Ahá.
            - Eso voy a hacer, si...
  Tras este intenso diálogo con el camarero me siento un poco mejor. Más seguro de mi mismo. Aún así pasa aproximadamente una hora hasta que me decido a salir ahí fuera a luchar por lo anhelado. Tengo que armarme de valor, y eso lleva un tiempo, y unos tragos. Cuando por fin me siento preparado, me levanto enérgicamente, dando un golpe con las palmas de la mano en la barra, me doy la vuelta, y parto en busca de la felicidad.
            - ¡Eh! ¡Espera! - Es el camarero que, sorprendentemente ha cesado su actividad.
            - ¿Qué? - Me doy la vuelta extrañado.
            - ¡Págame! ¡Me debes treinta pavos!
            - De acuerdo, lo siento, se me olvidaba. - Lo cierto es que se me olvidaba, pero...  ¿¡Treinta pavos!? ¿Tanto he bebido?
            - No pasa nada - Me contesta mientras cuenta el dinero. Aunque su cara reacia no parece decir lo mismo que sus palabras.   
  Después de pagar salgo a la calle Sant Pau. Pero algo menos decidido. El camarero me ha cortado el rollo. Camino un poco y me detengo en la esquina con la calle Robadors. Me dispongo a recorrer la calle del vicio, la calle dónde la vi por primera vez. Pero me falta valor, y pasa un "paki" y me ofrece una lata de valor a un Euro. Me la tomo, parado en la esquina como si esperara algo. Allí me ofrecen de todo, bocadillos, hachís, juguetitos luminosos, cocaína y flores. Eso es una buena idea, flores. Una rosa me cuesta un Euro y creo que puede gustarle a Estrella. Rosa en mano me adentro en la calle Robadors, conocida popularmente como la calle de las putas. La recorro de arriba abajo y de abajo a arriba. Me doy cuenta de que el horizonte este empieza a clarear y me pregunto cuantas horas debí estar en el bar. Pero a pesar de eso sigo pateándome la calle. No pierdo la esperanza de encontrar a Estrella, aquella estrella que quiero que sea mi estrella polar. Mientras voy subiendo y bajando la calle, voy pidiendo cervezas a los vendedores ambulantes. Una tras otra, y mi caminar vuelve a ser un zig zag de acera a acera. Me imagino mi emotivo encuentro con Estrella. Cuando me vea y nos abracemos. Y, tras recibir mi rosa, nos daremos un apasionado beso. Tal vez hasta se nos salte alguna lagrimilla de la emoción. Pero primero tengo que encontrarla. Voy de un extremo a otro de la calle una vez, y otra vez, y otra... Camino ignorando a los yonquis que me piden dinero y a los besos muertos y piropos que lanzan las mujeres de la calle. Aunque hay más de una que tiene muy buen ver, vamos que me la hubiera follado en cualquier otra ocasión, pero ahora mismo mi cabeza, ambas, están totalmente ocupadas por una sola mujer.   
  Después de un par de horas, con la calle ya totalmente iluminada por el sol, me canso de caminar y me siento en una esquina cualquiera. Con mi rosa medio marchita a mi lado. Desde allí sigo vigilando la calle por si ella aparece. Pero voy borracho. Muy borracho. Me pesa la cabeza, me pesan los ojos, y parpadeo lentamente. Muy lentamente. Hasta que cierro los ojos y tardan en volverse a abrir.

  Y en tu intento de buscar una Estrella Polar, solo logras ver una estrella fugaz. ¿Pero de verdad pensabas que iba a ser tan fácil? ¿Qué te estaría esperando, te presentarías ante ella con una rosa medio marchita, y que os iríais a follar sin parar? Deja de intentar vivir tus fantasías, así nunca conseguirás nada de provecho. Tienes ya veinticinco años. Es hora de que toques con los pies en el suelo y evites escenas tan patéticas como ésta en tu vida. Porque, mírate. En plena calle Robadors, en una esquina dormido cual mendigo, mientras caen los pétalos de tu rosa. Uno a uno se van esparciendo y difuminando por el aire sin dejar rastro.

  Me despierto un par de horas después, la estela de una estrella fugaz ya ha desaparecido por completo, asumo que debo olvidar a Estrella. Es una prostituta que me trató bien por dinero. Tengo que convencerme de ello. Cuando me levanto me siento totalmente descolocado. Como fuera de lugar. Y me duele la cabeza de una manera brutal. A mi lado hay un charco de vómito que, por el sabor de boca que siento, puede ser mío. Es hora de ir para casa, y cuando empiezo a caminar me doy cuenta de que me falta algo. Tengo una raja en el bolsillo del pantalón, dónde guardaba la cartera, y ahora allí solo queda aire. Debería ir a efectuar la denuncia de robo para no ir indocumentado. Pero primero tengo que ir a casa a dormir y, puesto que el ticket de metro lo conservaba en el interior de la cartera, tendré que ir caminando. Vaya paliza, a paso normal tardaría unos cuarenta y cinco minutos. A paso resacoso y pesado como el que tengo hoy, me espera mas de una hora de caminata para poder pillar la cama, que tanto ansío en estos momentos. 

sábado, 22 de mayo de 2010

Las bicicletas son para el invierno

Una agradable brisa primaveral cruza las calles de la bonita ciudad mediterránea. La lubricación natural de los canalillos al descubierto alegran las vistas con su presencia, tras tantos largos meses ocultos. Se respira paz, tranquilidad y polen. Maldito polen. Son las tres de la tarde y tengo que hacer unos recados. Como hace mucho que no cojo la bici decido que me ira bien retomarla. Hacer un poco de ejercicio, ahorrar dinero, y, sobre todo, ahorrar tiempo. Es primavera, y en principio, debería ser un paseo agradable mientras cumplo con los recados. Pero tres factores impiden que así sea.
El primero es la falta de constancia. Hace seis meses que no cojo la bici, y eso se nota. El segundo factor es el calor. El sol aprieta, me empuja contra el asfalto y, a pesar de la brisa primaveral. El tercero es el polen, maldito polen que penetra en mis entrañas sin que lo perciba, pero me corroe el interior del sistema respiratorio. Con todo junto, las subidas son más empinadas y largas de lo que solían ser. Y lo que en invierno podría ser un agradable paseo, se esta convirtiendo en un sofocante ejercicio. Mi cara esta roja y mi corazón bombea a mil por pulsaciones por segundo. O esa es la impresión que me da a mí.
Como ya he dicho, hace seis largos meses que no cojo la bici, y claro, cuando me monto me doy cuenta de que las ruedas están mas deshinchadas que el pene de un adicto a la masturbación después de ver una película porno entera. Por tanto, no me queda otra que ir a la gasolinera y darle aire. Las hincho mucho. Cuando las ruedas de la bici están muy hinchadas da la impresión de que vas más rápido y cuesta menos esfuerzo darle al pedal. Además es divertido saltar y notar el rebote. Así que ignoro el consejo, o más bien la orden, que me daba mi padre cuando era niño “no las hinches tanto que te van a reventar y te vas a meter un hostia”. Y las hincho hasta que alcanzan una dureza similar a la de una piedra.
El camino empieza agradable. La brisa, los canalillos, las ciclistas en mayas que me adelantan. Todo resulta perfecto hasta la primera subida larga y de dura pendiente. Me pongo en pie para pedalear con más fuerza, empiezo a sudar. Los goterones me bajan desde la frente hasta la barbilla, y la piel que recubre mi tríceps es ahora la superficie de un valle que transporta ríos de sudor hasta el codo. Pienso en la impresión que se van a llevar en las agencias de publicidad cuando un tipo sudoroso, con greñas y perilla de heviata, pantalones de rapero destrozados y un metro con noventa y cinco centímetros de altura llame a su puerta, les entregue el paquete y se marche. Me pregunto si no pensarán que puede ser un paquete de Ántrax.
Tras la entrega del primer paquete, atravieso un agradable paseo lleno de árboles a ambos lados. Agradable para quien no sufre de alergia. Cuando llevo unos cien metros en él entra en juego el tercer factor estropea odiseas. Noto como el polen me inunda las entrañas. Me entran ataques de tos, la garganta me raspa, se me acumula flema hasta el punto de no poder evitar soltar el esputo en el primer seto que encuentro. Y los ojos, llorosos todo el camino como si me acabara de abandonar el amor de mi vida. Y es entonces cuando pienso “¡Qué guay! ¡Ya es primavera!”.
A pesar de los mocos consigo esquivar el ataque del polen, más bien resistirlo, y he cruzado el paseo. Ahora voy poco a poco por la acera por donde la sombra me protege ligeramente del calor. Estoy cruzando por debajo de una estructura de andamios de obras de rehabilitación de fachadas, cuando de repente noto una bocanada de fuerte aire caliente que me golpea en la cara acompañada de un estruendo ensordecedor. La siguiente imagen que tengo soy yo en el suelo, la rueda de la bici desencajada, los radios deshilachados y la rueda reventada por la presión del aire. Una barra del andamio está a escasos centímetros de mi cabeza, otra al lado de mis costillas, otra entre mis piernas a punto de tocar aquel instrumento más sensible de los hombres. Pero milagrosamente ninguna me ha tocado. Estoy completamente ileso, aunque parece ser que no lo parece, pues un señor me pregunta preocupado “¿Estás bien chico?” y yo es en ese momento, y no antes, que me doy cuenta de lo que ha pasado. Había un canto de baldosa en la acera, porque otra estaba totalmente hundida, y mi rueda sobreaireada ha reventado por la presión en cuanto lo he pisado. Ha dejado de rodar repentinamente, y mis noventa y cinco quilos se han ido repentinamente y de golpe al suelo. Ha sido de esas caídas en las que te sueles romper algo, al menos hacerte un esguince en la muñeca, o partirte la nariz. Pero yo, tras comprobar que mi dolor de rodilla solo es un pequeño rasguño, me levanto y contesto al señor. “Estoy bien, gracias”. Veo a una señora que se acerca alterada, “¿Qué ha pasado?” me pregunta. Y le digo que nada, que ha reventado la rueda y que estoy bien, que no se preocupe y que siga con su vida, le doy las gracias. Ella me contesta “Pues menos mal que te a pasado aquí, llega a pasarte por allí...” señalando la calzada por donde circulan los coches. Pensad de ella lo que queráis, yo aún no se que pensar.
Asimilo lo que me ha pasado muy alegre, satisfecho. Es casi un milagro que haya tenido esta caída entre una docena de barras de hierro y no me haya hecho nada. La única putada es que la bici no puede continuar, y aún tengo que entregar tres DVD’s. Además me he quedado un poco sucio, aunque eso todavía no me importa.
Me dispongo a buscar una tienda de reparación de bicicletas, entro en una tienda de motos. Como si tuviera algo que ver, y le pregunto al tipo que hay ahí si es posible que me arregle la bici, obviamente no, entonces le pregunto si sabe dónde puedo arreglarla. Parece saberlo a la perfección, pero solo lo parece. Me indica dos direcciones a los que ir, pero ambas están muy lejos, así que encadeno la bici y me dispongo a acabar con los recados a pata. De la bici me preocuparé después.
Caminar a este ritmo resulta ser un esfuerzo físico superior al de ir en bici, bajo el sol primaveral cada vez siento las axilas mas húmedas, y no tengo posibilidad de solucionarlo. Mi sentido de la orientación que normalmente es vago, se ha vuelto nulo. La caída ha liberado en mi mente algún tipo de sustancia que me hace sentir en un estado similar a la embriaguez. Tal vez haya sido un subidón de adrenalina. Tal vez no. El caso es que no encuentro la maldita calle y me siento desorientado en un barrio en el que he estado mil veces. Pregunto a la gente de la zona, pero parece que se les haya contagiado mi estado embriagado. Es como si la calle no existiera. Finalmente la encuentro, gracias principalmente, a mi propia lógica. Si tengo que encontrar una calle llamada iglesia, supongo que estará cerca de la iglesia. Y de repente todo junto me parece muy ridículo y obvio. Me he ganado un gallifante. Subo por el ascensor y mientras me pongo la sudadera que llevo atada a la cintura para disimular el sudor de las axilas, me doy cuenta de lo sucio que voy. Los pantalones manchados, las manos mugrientas, las chaqueta llena de roña. Pero claro, ¿Qué podría esperar tras haberme revolcado por el suelo de la acera? Por bonita que la ciudad sea, el suelo está mugriento. La mugre es una constante que aprendemos a esquivar, pero que siempre esta ahí. Acecha en cada esquina deseando enguarrarte de su esencia. Me abre la puerta una chica simpática, tal vez la secretaria de la agencia, o tal vez una creativa de una agencia pequeña. No lo se. Ni me voy a quedar a averiguarlo. Me limito a decirle que llevo un paquete para ellos y me doy la vuelta mientras me da las gracias, para que no le de tiempo, ni si quiera, a sospechar de mi lamentable presencia.
Las otras dos entregas transcurren de una manera más o menos similar. Y a pesar de todos los contratiempos cumplo con las entregas dentro del plazo previsto.
Ahora voy a preocuparme por mi bici. La primera dificultad que tengo que superar es encontrarla. Hubiera sido bastante más fácil si hubiera apuntado la calle en la que la he dejado, pero no lo he hecho. Solo se con certeza la zona. Pero, con la malditamente regular cuadrícula que forman las cales del ensanche de la ciudad, necesito rodear unas cuantas manzanas antes de encontrarla. Pues todo me parece igual, y me da la impresión que la he dejado en cualquiera de las calles que piso. Pero la encuentro justo cuando estoy empezando a emparanoiarme acerca de la posibilidad de que me la hayan robado. Recuerdo una vez en la que, para recuperarla, tuve que perseguir a un moro que se la llevaba al hombro. Y eso alimenta mi paranoia. Pero esta vez la bici sigue ahí. Quien se va a molestar en robar una bici decathlon, la mas barata de ellas, y con la rueda totalmente destrozada. La pieza que normalmente ajusta la cámara esta reventada y los hierros se separan dirigidos a todos lados. Nunca sospeché que el aire pudiera ser tan poderoso.
Mantengo la rueda que no rueda elevada. Empujo a la de atrás dirigiéndola. Los peatones temen acercarse demasiado a mí, temen la posibilidad de que les eche la bicicleta encima, o eso me parece que comunican sus miradas. Tras una larga y dura caminata llego a la calle donde el tipo de la tienda de motos me había dicho que había un taller de bicicletas. No veo nada, como era de esperar vista mi suerte. Al final decido entrar en cualquier tienda y preguntar. Si hay una tienda de bicis cerca, alguien que trabaje en la misma calle, que se la recorre a diario, debería saber donde se encuentra. Y mis suposiciones son acertadas. Una señora, que esta sentada detrás de una mesa de oficina, no recuerdo de que, me dice con toda seguridad: “la tienda que buscas estaba en esta esquina, pero quebró hace unos meses”.
Salgo, respiro profundamente para mantener la calma, y me cuesta. Por un momento mi mayor deseo es patear la bicicleta y las caras de todos los que están a mí alrededor hasta quedar exhausto. Pero en lugar de eso respiro hondo. Hace que el cerebro funcione mejor.
Llamo por teléfono a mi compañero de piso, tengo suerte, esta en casa. Le digo que mire en google dónde está la tienda de bicis mas cercana a mí y me indica una dirección que me pone de mal humor, más. No por su lejanía, sino porque está un poco más allá de donde vengo. Y yo, odio deshacer lo que hago. Odio el esfuerzo en vano. Y odio las pérdidas de tiempo. Y lo he hecho todo a la vez. Me dirijo hacia allí, temeroso de que esté cerrada, o ya no exista. Dada la suerte que llevo sería lo más normal. Pero cuando llego y veo la tienda de bicis doy gracias a mi compañero de piso, a mi móvil, a Internet, y a la tecnología que han estado allí cuando los he necesitado.
Dentro me atiende un hippie molón, aunque simpático. Es una tienda de bicis para gafapastosos modernillos del borne. Y me imagino que me sablearán. Pero es un momento en el que pagaría cualquier cosa por una rueda. Y no se burlen, no en vano es el invento más importante de la historia. Me dice amablemente “Un momento, voy a buscar tu rueda”. Repentinamente me siento más ligero. Voy quitando la rueda de mi bici, la separo de la cubierta que me ha dicho que es lo único que se puede aprovechar. El hippie vuelve con las manos vacías. “Se me han acabado las ruedas”. Esto es el colmo. Pero me ofrece una solución que evita que mi esperanza se desvanezca completamente. A dos calles hay una tienda de bicis. Y es una tienda normal. No una tienda de bicis que se decora de manera molona para atrapar a clientela subnormal que quiere ir de moderna por la vida por llevar una bici estilo retro, cuanto más cara mejor, aunque no esté equipada. Aunque no me lo explica con esas palabras por supuesto, y, aunque pueda parecer lo contrario, agradezco mucho la amabilidad del hippie molón.
Salgo con la bici en una mano, la rueda destrozada en otra, y la cubierta colgada cual collar, aumentando el porcentaje de mugre que hay en mi ropa. Suelto la rueda en el primer contenedor y llego a la siguiente tienda con mi bici colgada del hombro, y mi bonito collar de caucho. Eso si que es una tienda de bicis normal, me atiende un Manolo con mono de mecánico y una gorra amarilla con un logo publicitario de whisky. Le digo si me puede vender una rueda, accede. Me dispongo a colocarla en la bici, pero me doy cuenta de que el mecanismo es diferente a la que tenía antes. No se quita con la mano, sino que necesitas dos llaves inglesas, o alicates, o cualquier cosa que pueda sujetar los pequeños pernos y permitirme hacer fuerza sobre ellos. Cualquier cosa que por supuesto no llevo encima. Me giro, veo un cartel que pone “mano de obra: 50 Euros/hora” y le pido prestadas las herramientas. Me tiro un buen rato, no es que sea muy mañoso, pero cambio la rueda. Y es en ese momento en el que caigo que la rueda de una bici no se puede hinchar a pulmón. Miro al dependiente. Le he estado ocupando gran parte del vestíbulo de la tienda para cambiar la rueda, le he pedido prestadas herramientas para ahorrarme la mano de obra, y ni he hecho el gesto de pagar todavía por la rueda que me ha entregado. Pero vuelvo a mirar el cartel que pone “50 Euros hora” y le pido si me deja entrar a su taller a hinchar la bici para no irme arrastrándola hasta la próxima gasolinera. Supongo que le he dado pena, porque le dice al mecánico del interior que me la hinche. ¡Perfecto, ya tengo bici! Le pago veinticinco Euros y salgo de la tienda ansioso por poder volver a pedalear y desplazarme a una velocidad decente. A pesar del cansancio causado por todo el ajetreo, me siento feliz, y como una pluma. Ahora si que me he quitado un gran peso de encima. Me queda casi una hora de pedal para llegar a casa, pero al menos ya pedaleo. Pero, por supuesto, no todo va a ir bien antes de llegar a casa. Es primavera, y los ataques de tos y estornudos causados por el polen solo cesan cuando cae una lluvia torrencial digna del clima tropical. Paradójicamente, ahora que estoy empapado, ya no estornudo ni toso. Pero estoy empapado, como si me hubiera caído a una piscina con ropa y todo. Y estoy justo en el punto intermedio entre dos paradas de tren. Las dos están no muy cerca. Y la lluvia es tan abundante que en ese tramo consigue que me sienta mojado hasta los huesos. Pretendo ir veloz para llegar pronto a la siguiente estación, pero no es buena idea. La bici ignora los frenos, que dejan resbalar las ruedas debido al agua. La calle esta inundada y la gente camina sin mirar a su alrededor, prestando gran atención a sus pasos para no caer. Una señora. Se me tira delante, voy rápido, los frenos me ignoran, mis pies se deslizan a toda velocidad arrastrándose por la acera aguada. Curvo y paro justo a tiempo para no golpearla. La señora ni se ha enterado de que por unos pocos centímetros no ha sido arrollada por mis casi cien quilos de peso, y sigue su paso, concentrada en no caer. Sigo, casi me caigo, casi me choco, casi me atropellan, y todo ello numerosas veces. Pero cuando llego hasta la estación, la lluvia no ha cesado, pero casi. Y ya estoy tan empapado que un par de gotas mas que me caigan encima no me van a afectar para nada. Decido llegar a casa en la bici. Por supuesto, cuando llego, para de llover. Entro en casa, y cuando veo a mi compañera de piso le saludo, “¡Ya es primavera!” Y si yo creyera en Dios pensaría que me ha mandado una advertencia para que no vuelva a coger la bici, pero como creo que más en mí que en él, y como el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y seis veces con la misma piedra, mañana volveré a coger la bici.
Mayo 2010


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