Pues esto es lo que sentimos mayoritariamente los que somos de por aquí.
Aunque supongo que es un sentimiento expandido por todo el territorio de este
decadente país llamado España. Los que buscamos trabajo, o tenemos trabajo,
sentimos asco. Asco por la precariedad laboral, cuyo aumento se nota como
empalmarse con el chándal. Una precariedad cada vez mayor alimentada por el
miedo. El miedo de los altos empresarios hoteleros a ganar menos, no sea que no
ganen lo suficiente como para invertir en hoteles que les salgan mas rentables
al otro lado del atlántico. Esas personas cuya ambición monetaria les ha
desplazado su afinidad hacia otros seres humanos a lo más recóndito de su alma,
el bienestar, la felicidad, los intereses, en definitiva, la persona, no
importa. Acepta el trabajo, anula totalmente tu existencia individual y pasa a
formar parte de mi engranaje crea dinero. Y sin rechistar, que hay cientos
detrás de ti esperando encontrar un curro. Ya he mandado a la mierda, de manera
siempre educada, pero a la mierda al fin y al cabo, a un par de estos negreros,
explotadores, esclavistas a quienes solo les falta el látigo. Me los imagino
lanzándose a su piscina de billetes y monedas cual tío Gilito, y atragantándose
con una de ellas hasta quedar sin respiración y acabar su vida de una manera
lenta, agónica y dolorosa. Y una sonrisa se dibuja en mi boca. Es lo que se
merecen. Se lo merecen por importarles una mierda la vida de los demás, por
mirar antes su bolsillo que el bienestar general de la sociedad. Porque con la
excusa de la crisis, en lugar de contratar a dos personas, aun haciéndoles
hacer menos horas y pagándoles un poco menos, le piden a una que haga el
trabajo de 3, y le pagan como media. Y tienes que dar gracias porque tienes trabajo.
Y la ley parece no existir en este salvaje oeste de empresas dispuestas a
sacrificarlo todo por el dinero. Pues hasta lo que yo sé muchas, pero muchas de
las prácticas laborales que se llevan a cabo por estos lares sodomizan a la ley
de manera brutal y salvaje, aunque la ley parezca estar acostumbrándose a ello,
oponiendo cada vez menos resistencia. Esto es la crisis, además de una excusa
perfecta para que el gobierno nos recorte derechos con total impunidad, también
es la excusa perfecta de los empresarios para exprimir hasta la última gota de
sangre de sus empleados sacando un beneficio extra para sus bolsillos. Pues por
mas que haya crisis, hay terrazas de hoteles que no engañan, que están llenas
como cada Julio, y sin embargo la precariedad laboral ha aumentado con creces.
No sé donde vamos a llegar, y me entristece mucho ver como las luchas de
nuestros antepasados por conseguir unas condiciones laborales medio aceptables
se ven ninguneadas y pisoteadas dejando a los empresarios de almas podridas actuar
a su libre albedrío. Si seguimos dejando que esto ocurra, vamos a acabar muy
jodidos, mas aún.
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viernes, 6 de julio de 2012
MIEDO Y ASCO EN IBIZA
Pues esto es lo que sentimos mayoritariamente los que somos de por aquí.
Aunque supongo que es un sentimiento expandido por todo el territorio de este
decadente país llamado España. Los que buscamos trabajo, o tenemos trabajo,
sentimos asco. Asco por la precariedad laboral, cuyo aumento se nota como
empalmarse con el chándal. Una precariedad cada vez mayor alimentada por el
miedo. El miedo de los altos empresarios hoteleros a ganar menos, no sea que no
ganen lo suficiente como para invertir en hoteles que les salgan mas rentables
al otro lado del atlántico. Esas personas cuya ambición monetaria les ha
desplazado su afinidad hacia otros seres humanos a lo más recóndito de su alma,
el bienestar, la felicidad, los intereses, en definitiva, la persona, no
importa. Acepta el trabajo, anula totalmente tu existencia individual y pasa a
formar parte de mi engranaje crea dinero. Y sin rechistar, que hay cientos
detrás de ti esperando encontrar un curro. Ya he mandado a la mierda, de manera
siempre educada, pero a la mierda al fin y al cabo, a un par de estos negreros,
explotadores, esclavistas a quienes solo les falta el látigo. Me los imagino
lanzándose a su piscina de billetes y monedas cual tío Gilito, y atragantándose
con una de ellas hasta quedar sin respiración y acabar su vida de una manera
lenta, agónica y dolorosa. Y una sonrisa se dibuja en mi boca. Es lo que se
merecen. Se lo merecen por importarles una mierda la vida de los demás, por
mirar antes su bolsillo que el bienestar general de la sociedad. Porque con la
excusa de la crisis, en lugar de contratar a dos personas, aun haciéndoles
hacer menos horas y pagándoles un poco menos, le piden a una que haga el
trabajo de 3, y le pagan como media. Y tienes que dar gracias porque tienes trabajo.
Y la ley parece no existir en este salvaje oeste de empresas dispuestas a
sacrificarlo todo por el dinero. Pues hasta lo que yo sé muchas, pero muchas de
las prácticas laborales que se llevan a cabo por estos lares sodomizan a la ley
de manera brutal y salvaje, aunque la ley parezca estar acostumbrándose a ello,
oponiendo cada vez menos resistencia. Esto es la crisis, además de una excusa
perfecta para que el gobierno nos recorte derechos con total impunidad, también
es la excusa perfecta de los empresarios para exprimir hasta la última gota de
sangre de sus empleados sacando un beneficio extra para sus bolsillos. Pues por
mas que haya crisis, hay terrazas de hoteles que no engañan, que están llenas
como cada Julio, y sin embargo la precariedad laboral ha aumentado con creces.
No sé donde vamos a llegar, y me entristece mucho ver como las luchas de
nuestros antepasados por conseguir unas condiciones laborales medio aceptables
se ven ninguneadas y pisoteadas dejando a los empresarios de almas podridas actuar
a su libre albedrío. Si seguimos dejando que esto ocurra, vamos a acabar muy
jodidos, mas aún.
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jueves, 10 de febrero de 2011
EL CICLO DEL PODER
(Un relato de ciencia ficción distópica, antiguo, y publicado en la obra colectiva de Kit-book "10 relatos, 10 autores". Aunque allí me censuraron un par de frases.)
EL CICLO DEL PODER
- Todo el Estado vive amenazado. Un ser indefinido es su líder. Desde su palacio nos dicta las leyes, nos obliga a trabajar catorce horas diarias en pro de su enriquecimiento personal. Después obliga a todos los miembros de nuestra sociedad a tomarse la dosis diaria, para así, conseguir que no pensemos y controlarnos. – Pregonaba yo mi discurso desde lo alto de un improvisado escenario formado por un par de mesas de comedor.- Se que todos los que estáis aquí – eran cinco personas y yo. – os habéis dado cuenta de que la píldora que nos daban después de cada jornada era lo que os mantenía sumisos. Supongo que, como yo, habéis estado vomitando al llegar a casa para expulsar todos los ácidos que la componen antes de que vuestro estómago los filtrara hacia vuestra sangre. Por ello os felicito. Os felicito, a vosotros y a vuestros padres que os lo enseñaron desde pequeños. Os felicito porque, al contrario que el resto de ciudadanos del país, os habéis dado cuenta de que no vivimos en un Estado de auténtica felicidad. La gente lo cree porque las píldoras nos lo hacen creer. Pero no es así. El jefe supremo del Estado nos obliga comprar. Nos esclaviza y después nos da una paga que nos obliga a gastar en cosas que no necesitamos. Ésta es su manera de mantener la economía del país activa, generando una gran cantidad de beneficios que se lleva al bolsillo mientras nosotros trabajamos jornadas inhumanas y sufrimos. Ha destruido toda la cultura ajena al propio Estado, la única música permitida es el himno del Estado, todos los canales de televisión son su propaganda. El Estado, el Estado, el Estado. ¿Hasta cuando vamos a permitir que sus abusos continúen?
Los gritos y vítores de los asistentes a esa reunión me animaban a continuar con el discurso, realmente me hacían sentir un líder.
- ¿Dónde está la libertad? Esto no ha podido ser siempre así. Seguro que antes de la llegada del actual gobernador existía un mundo en el que la gente hacía lo que quería. Compraba si quería y se drogaba si quería. Existen pruebas de que antes la gente podía salir de las fronteras del Estado, ahí donde todo está envuelto por el misterio. Porque, a pesar de que ahora nos parece imposible, mas allá del Estado hay vida. Seguramente una vida salvaje y libre donde no llega la influencia de nuestro gobernador. Se que os parece ciencia ficción porque el Estado destruyó cualquier prueba o documento que lo demuestre. Libros quemados, formatos de vídeo destruidos, fotografías desaparecidas... Pero yo creo, y lo digo con mi mano izquierda en el corazón, que es factible. Hoy os quiero proponer que intentemos volver al pasado, que volvamos a la libertad de nuestro país durante tantas generaciones oprimido. ¡Y os propongo que lo hagamos hoy mismo!
Después de este discurso la sala estalló en una euforia incontrolada. Los gritos de seis personas parecían la fiesta de un centenar. Los seis habíamos decidido cambiar las cosas de una vez por todas.
Salimos de allí decididos. El gobernador era una persona, y nosotros éramos seis. Todos los guardias y policías, así como toda la gente de la ciudad, eran simples marionetas en sus manos. Sin titiritero los títeres no se moverían. Las personas que eran mas cercanas al gobernador eran las que estaban mas anuladas mentalmente. Estaban dispuestas a dar sus vidas por el gobernador, pero sí, y solo sí, el gobernador se lo ordenaba. Sino era así ya podía estar muriéndose delante de sus propios ojos que no harían nada para salvarle. No tenían autoconsciencia, o bien la tenían totalmente dominada por las píldoras del Estado, por ello era conocida como la droga gobernante. Tenía serias sospechas, que con el tiempo se me habían confirmado, de que las dosis de las personas que trabajaban en contacto directo con el gobernador eran dobles para asegurarse de que no actuaran sin permiso ni para ir al lavabo.
Nuestras armas eran bates de baseball, cuchillos, y, incluso, una guitarra eléctrica. La llevaba el Gerard. Cuando estaba contento nos abordaban acordes salvajes que nos llenaban de energía y nos preparaban para la lucha. Sin embargo cuando estaba triste, Gerard nos dedicaba unas melancólicas notas que sonaban como lágrimas chocando contra el suelo. Siempre la llevaba consigo. Siempre recordaré el día en que descubrí porque. No era para poder hacer música en cualquier momento. Gerard había sido de los primeros en actuar en contra del gobernador. Una vez lo vi asaltando el tren que lleva los alimentos a la ciudad. Después repartió el botín entre la gente que el gobernador deja morir a las afueras de la ciudad debido a su inutilidad en su sistema productivo. Si, es así, si alguien tiene un accidente que le deja incapacitado para realizar su tarea productiva se le abandona a las afueras de las ciudades por órdenes directas del gobernador. Una vez allí se le suministra la dosis diaria de droga gobernante para que se muera sin cuestionarse una manera de vivir. Esta maldita píldora elimina incluso los instintos mas básicos de las personas. Bueno, como os contaba, Gerard había estado asaltando los trenes de los alimentos para repartir la comida entre los exiliados, y la vez que lo vi, fue cuando comprendí porque siempre llevaba la guitarra con él. Su guitarra era una contundente herramienta rompecabezas. Literalmente. Cada vez que asestaba un golpe a los guardias que vigilaban el tren dejaba escapar un dulce acorde que, mezclado con los gritos de dolor de los derribados con cráneos fracturados, creaban una música angelical. Para los vigilantes del vehículo sin embargo, debía sonar como el tambor infernal que anunciaba su muerte. Era digno de ver la rabia con la que se desahogaba Gerard con sus oponentes, los convertía en residuos humanos inidentificables, todo, a golpes de guitarra. Es una pena que ya no esté entre nosotros.
Hammad y Juancho eran los especialistas en acercarse silenciosamente a su enemigo, y utilizar el cuchillo con un letal golpe de viento. La primera vez que los vi no caminaban por un jardín de rosas, pero en aquella calle sucia sus navajas eran lo único que relucía. Por aquél entonces no tenían la menor intención de iniciar la revolución, simplemente eran dos individuos que luchaban por su libre existencia al margen de la opresión del Estado. Creían que vivir escondidos era su única opción de vivir libres, libres entre comillas claro. Dormían debajo de las vías del tren donde parecía ser que no llegaban los rastreadores de personas del Estado. Vivían robando y asaltando trenes, establecimientos de comida, o cualquier cosa donde pudieran encontrar algo que les ayudara a subsistir. Eran realmente lo que yo llamaría dos tipos duros. El día que los conocí les hice saber que yo tampoco estaba controlado por el Estado, a pesar de que trabajaba y vivía como uno mas, había estado vomitando la píldora gobernante durante toda mi vida. Me costó un poco convencerles de que se podrían cambiar las cosas, eran realmente escépticos, pero una vez convencidos se mostraron completamente dispuestos a entrar en acción, pues a la acción era a lo que estaban acostumbrados.
Fu Lin se enfrentaba a quien se encontrara por el camino con las manos vacías, haciendo uso de no se cuantos tipos de artes marciales distintos. Me contó una vez que escapó de su casa cuando era una niña con una bolsa llena de libros que encontró debajo de una baldosa. Sus padres, sabios descendientes del oriente lejano habían guardado secretamente un saber prohibido por el gobernador. Eran libros con lecciones de artes marciales. Se refugió en las montañas, alejada de todo tipo de civilización y aprendió los libros de memoria. Después practicó las habilidades con animales salvajes, convirtiéndose en una perfecta máquina de matar. Era el ejemplo mas completo de liberación del control del gobernador.
Tshiminy, igual que yo, utilizaba un bate de baseball como arma, pero con una gran diferencia. Mientras que yo portaba un bate sencillo, el empuñaba uno en cada mano. A cada uno de ellos les había añadido clavos de manera que asestaba golpes brutalmente desgarradores. Yo prefería darle preferencia a la velocidad y a la comodidad. Sería muy incómodo tener que abandonar el arma en plena huída porque se te queda enganchada a la piel del contrincante y no te queda tiempo para estar estirando. Y yo tampoco intentaba matar a los soldados, en el fondo, todos ellos también eran víctimas.
Todos teníamos una cosa en común, éramos gente criada en los suburbios de la ciudad, y no era casualidad pues, el control del gobernador no era tan directo en las periferias de las ciudades. Demasiados intermediarios entre su palabra y nosotros. Gracias a ello habíamos encontrado diferentes vías de escape de su control.
Os preguntareis que prenderíamos hacer con este tipo de armas, pues, como ya he dicho, éramos todos gente de suburbios, era nuestra manera de hacer las cosas. Hay que añadir que hace ya muchos años que el gobernador había destruido todas las armas de fuego pensando que su control era absoluto. Hasta ese momento nos habíamos mantenido en la total oscuridad, ni un asalto al tren, ni un ataque, nada. Escondidos durante varias generaciones esperando este momento, el momento en el que el gobernador se confió.
Era un plan sencillo, tan sencillo que parecía mentira que fuera un plan, parecía más bien una revolución improvisada. Era un plan temerario, tan temerario que parecía imposible que pudiera funcionar. El plan era irrumpir en el palacio del gobernador por la entrada principal, llegar hasta él y matarlo, pasando por encima de cualquier persona que se interpusiera en nuestro camino. Una vez muerto, el gobernador dejaría de dar órdenes, o eso pensábamos, dejando a todo el país en libertad.
Una vez en palacio procedimos. El concierto empezó. Gerard ponía las cuerdas con los movimientos que estas experimentaban al golpear la guitarra con cada uno de los guardias de palacio. Juancho y el Hammad ponían los vientos, casi imperceptible pero presente y agradable sonido de las hojas al cortar. Fu Lin ponía la canción con cada uno de sus potentes gritos al golpear. Tshiminy y yo añadíamos la percusión, metálica en su caso, de madera en el mío. Los gritos de dolor de los guardias actuaban como perfectos coros para la canción. Canción de una siniestra orquesta que anunciaba dolor, pero también la llegada de una nueva esperanza de libertad.
Yo iba con un poco de ojo, no pretendía matar a ninguno de los guardias. Y me hubiera gustado que todos hiciéramos lo mismo. Pero mis compañeros no tenían eso en cuenta para nada. Demasiado tiempo reprimidos como para contener la rabia, entre golpes y sangre iban gritando - ¡Toma esta rata servil! ¡Esto por todo lo que nos has hecho pasar! – El Tshiminy seguía golpeando a los guardias, incluso cuando estos estaban en el suelo sin defenderse, tal vez ya muertos, totalmente enloquecido les asestaba un golpe tras otro, hablando entre gruñidos de venganza justa, y cosas por el estilo. Las púas de su bate desgarraban a sus víctimas. Digamos que las vidas de aquellos soldados era un precio que estaban dispuestos a pagar por conseguir su libertad. Y yo, al fin y al cabo, tampoco hice nada por evitarlo, así que no estaba tan desacuerdo con ellos, ni si quiera les comenté el tema. Hammad y Juancho no hablaban, eran silenciosos como felinos en la oscuridad, pero eso no significa que fueran menos letales, mas bien al contrario, posiblemente eran los mas mortales asesinos de los seis. Se acercaban por detrás a algún soldado que permanecía entretenido peleando con alguno de nosotros y le asestaban un navajazo directo al cuello de manera que moría desangrado en segundos. Fu Lin era la única que tenía un poco de consideración con el enemigo. Los dejaba sin dientes y con graves fracturas óseas, pero vivos. Seguramente era cosa de alguna filosofía oriental heredada de los libros de artes marciales que había devorado durante su infancia. O tal vez, simplemente, sensibilidad femenina.
- Atrapadlos, matadlos, protegedme a mí que os he traído la sociedad más pacífica y justa que os podáis imaginar.
Los guardias respondían a los avisos de megafonía, que sonaban serenos y tranquilos a pesar de la situación. No se debía imaginar el gobernador que aquello que lo había dado el poder, se lo acabaría quitando. Las doble dosis de los soldados del palacio les causaba un estado soporífero que limitaba su capacidad de lucha. No era demasiado difícil ir derribando soldado tras soldado, el único problema es que eran muy numerosos y nuestras fuerzas acabarían disminuyendo por el cansancio.
Cuando llegamos a la entrada del despacho del gobernador nos atacaron por ambos lados del pasillo. Fuerzas de seguridad de toda la ciudad debían haber llegado en furgones blindados y ahora estábamos acorralados.
- ¿Qué os parece si Gerard y yo nos vamos a por el gobernador mientras vosotros os quedáis aquí evitando que todos estos soldados vengan detrás nuestro? – Les pregunté yo, y al instante, todos asintieron.
Una vez tras la puerta mas grande del pasillos, Gerard y yo, la cerramos y atrancamos para que fuera mas difícil entrar y nos diera mas tiempo en el peor de los casos, si nuestros compañeros caían.
Cuando apreciamos lo que nos rodeaba en esa sala quedamos totalmente boquiabiertos. Era una sala gigante que contenía un gran jardín alimentado por un pequeño sol artificial que colgaba del techo. Eran plantas reales. En el centro había un estanque con peces y ranas rodeado de butacas reclinables para descansar. Todo un paraíso en miniatura. Bajamos unas escaleras que indicaban “Salón de noche”, que era la imitación de un pequeño claro en un bosque con una luz que imitaba a la perfección la luz de la luna llena. La sala inferior era el comedor, unas compuertas pequeñas comunicaban con el exterior por donde se le otorgaban platos distintos a cada hora de comer, y se retiraban en la siguiente comida. Los subordinados no se cuestionaban porque no comía o porque sí. Mas abajo había una sala con media docena de camas de matrimonio, en cada una de ellas descansando una hermosa mujer ligera de ropa. Nos acercamos a una de ellas prudentemente y le preguntamos:
- ¿Quién sóis?
- Las prostitutas del gobernador - Respondió totalmente ausente de emociones debido a los efectos de la droga gobernante.
- ¿Dónde está el gobernador? - Preguntó Gerard, que en paz descanse.
- No se – Respondió ella – Las prostitutas no nos movemos de aquí mientras dura nuestro servicio al gobernador, cambia de prostitutas cada dos años para no aburrirse, pero si viene por aquí hacemos nuestro trabajo. Solo nos movemos para ir tres veces al día a comer y hacer nuestras necesidades, esas son las órdenes de nuestro gobernador.
- ¿Cuándo fue la última vez que vino? – Preguntaba ahora yo.
- No lo se, yo nunca lo he visto.
Misterioso, como poco, nos pareció esto. Pero debía ser verdad, una persona bajo el efecto de una gran cantidad de la droga gobernante no era capaz de mentir. Nos decía la verdad, o lo que creía que era la verdad, en ausencia de una verdad absoluta.
Continuamos nuestro camino en la única dirección posible, hacia abajo. Esta vez no había ningún indicador que nos informara de lo que nos encontraríamos abajo. Y lo que nos encontramos fue un paraíso de todo lo que se nos había prohibido. Una gran biblioteca con libros, películas en DVD, fotografías, arte. Todo dispuesto para el disfrute privado del gobernador, disfrute que a nosotros se nos había negado. Al fondo de aquella sala había un gran escritorio con un ordenador conectado a varios monitores y un micrófono. Era por donde se emitían las órdenes de megafonía. En la butaca que le acompañaba había sentado un esqueleto con un uniforme militar que aun conservaba la gorra y todo. Después de teclear el ordenador y curiosear llegamos a la conclusión de que todo estaba controlado por un sistema de seguridad inteligente. Cuando las cámaras detectaban alguna irregularidad en el edificio o alrededores, se activaba la inteligencia artificial del ordenador enviando un mensaje por megafonía. Había cientos de mensajes diferentes grabados en el ordenador para cualquier tipo de situación. Las órdenes, las cadenas de mando, la edad de sustitución de sus generales. Todo había estado planificado al milímetro para conseguir un poder perpetuo. La última modificación en el ordenador databa de unos treinta años atrás, que es el tiempo que debía llevar muerto el gobernador. Entonces pensé en que tal vez si era una sociedad perfecta, nunca antes una sociedad había aguantado tanto tiempo sin líder. Todo había seguido funcionando según sus órdenes. Como el títere que obtiene vida tras la muerte del titiritero. La sociedad estaba tan alineada a esa manera de vivir que lo transmitían generación tras generación. El gobernador lo había tenido todo en cuenta, las órdenes se enviaban periódica y automáticamente a los principales sustentadores de su sociedad. Los controladores de natalidad, los de seguridad y los jefes de las empresas, y ellos obedecían. Con el exceso de trabajo y consumismo al que había sometido a su sociedad había conseguido que su moneda fuera la más poderosa del mundo, podía tomar decisiones con repercusiones a escala mundial. Y todo ese poder estaba ahora en nuestras manos.
- ¡Vamos a destruirlo! – Exclamó Gerard dirigiendo un golpe de guitarra al ordenador central.
- ¡Ni de coña! – le detuve justo a tiempo con mi bate. – Piénsalo un poco, piensa en todo lo que hemos visto. Es un paraíso que se mantiene automáticamente. Un paraíso que nosotros podemos disfrutar a partir de ahora. Tenemos mujeres, comida, naturaleza, cultura... ¿qué mas quieres? Quedémonos a vivir aquí.
- Debes estar bromeando – Nunca había visto una expresión de tal sorpresa en la cara de Gerard.
- No. Podemos vivir aquí como dos reyes, eso sí, solo te pediría que no compartamos las mujeres, la mitad para cada uno, que yo soy un poco celoso - Le propuse yo.
- ¿Pero qué mierdas dices? Vamos a destruir todo esto, que es nuestro objetivo. Liberar a la población ¿Recuerdas?
- Realmente, si lo piensas, esto no está tan mal, incluso nosotros podría ser que seamos los malos en esta sociedad. Los que siendo solo seis queremos escoger el destino de todo el país, un país que, como sabes, acepta su estilo de vida.
- ¿Pero cómo puedes decir una cosa así? ¿Dónde están tus discursos de libertad? ¿En qué momento has perdido tu moral?...
- Piénsalo bien – Le interrumpí antes de que pudiera formular otra pregunta. – La criminalidad se ha reducido a cero...
- Claro- Me interrumpió ahora él. – No hay criminalidad porque todo el mundo vive encerrado en una prisión, y ¿Qué me dices de los heridos en accidentes laborales que son expulsados? ¿Qué me dices de mi hermano que perdió un brazo y fue abandonado a morir de hambre? - Me respondió ahora con lágrimas en los ojos.
- Pero nadie sufre - Le intentaba convencer, a él, y a mi mismo. – ¿Y si realmente es esto la sociedad perfecta? Nosotros podríamos ser los principales beneficiados.
- ¿Cómo puedes estar autoconvenciéndote de las mentiras contra las que tanto has luchado? Una sociedad perfecta debería ser libre. ¡Pero si son tus palabras, hostia! Nosotros podemos dar la libertad a nuestra sociedad...
- Pero...
- No pienso escuchar ni una palabra más.
Gerard levantó de nuevo su guitarra, y yo, de nuevo volví a detenerle justo antes de que destruyera el ordenador central.
- No pienso dejar que lo hagas – Le dije.
- Pues tenemos un problema, porque pienso hacerlo.
El siguiente golpe no iba dirigido al ordenador sino a mi cabeza. En ese momento empezó el dueto cuerda-percusión. Nos enfrascamos en un duelo, sin duda, el más duro que había tenido nunca. Sus golpes me caían encima como contundentes rocas, con una fuerza desmesurada. Las contusiones me aparecieron en la totalidad de la superficie de mi piel. El sabor a sangre en mi boca me daba ganas de vomitar y, mis huesos no aguantarían muchos golpes más antes de empezar a quebrarse. Así que me rendí.
- Me rindo, tu ganas, destruye lo que creas que tienes que destruir.
- Me alegro de que hayas recapacitado compañero. Tienes que ser fuerte contra la capacidad corruptiva del poder. – Me contestó sonriendo.
Acto seguido me dio la espalda, levantando la guitarra con las dos manos, dispuesto a destruir el ordenador central de una vez por todas. Con un esfuerzo inimaginable me levante del suelo, a pesar de mis heridas, y detuve una vez mas a Gerard justo antes de que destruyera el ordenador. Pero en este caso lo detuve otorgándole un fuerte golpe en la cabeza. Cayó al suelo y empezó a perder sangre por la brecha que le abrí. No tardó mucho en morir. De verdad que no quería llegar a este extremo, pero no me quedó otro remedio.
Ya empezaba a saborear el poder. Pero aun tenía que hacer alguna cosa. Cogí la ropa del gobernador y me la puse, la hice mía. Decoré los restos esqueléticos con mi ropa. Por el micrófono ordené “Qué dos soldados se dirijan a mi despacho” Sonó por megafonía. Tardaron un buen rato en aparecer y recordé que habíamos dejado la puerta de entrada al paraíso atascada. Pero llegaron demostrando que me serían leales, y que nadie se había percatado del cambio de voz.
- ¿Qué quiere señor? – A nivel visual también había funcionado. Tan anulados estaban los soldados de ese edificio que tampoco se dieron cuenta de que yo no era el gobernador.
- Me he deshecho de los dos intrusos, lleváoslos.
- ¡Si señor! – Me contestaron los dos a la vez. Y en seguida procedieron a cumplir mis órdenes, retirando el cadáver de Gerard y el esqueleto del anterior gobernador.
Por una de las pantallas de aquella sala vi como los guardias del pasillo neutralizaban al resto de mis compañeros. A los soldados les costó mucho, pero su grande, casi infinita, superioridad numérica, les acabó dando la ventaja definitiva en el momento en el que los revolucionarios empezaron a sentir menguar sus fuerzas debido al cansancio. Cuando cayeron rendidos, los guardias los esposaron y se los llevaron. Supongo que al campo de fusilamiento, o, tal vez, les administrarían suficiente droga como para convertirlos en una herramienta útil para el funcionamiento de nuestra sociedad. Realmente no se cual de las dos opciones sería un peor castigo para ellos, pero prefería no pensar en ello, ya que, en el fondo, me sabía mal por ellos y por Gerard. Eran grandes defensores de sus ideales y lo admiraba.
Pero todo esto forma parte del pasado. Ahora me toca disfrutar de la vida. Después de tantos años de sufrimiento, el destino me ha recompensado con comida, mujeres y bienestar absoluto hasta el día de mi muerte. Y no pienso desaprovechar este regalo.
(vamos, lo que pasa actualmente en la política actual, se corta una cabeza a base de malas críticas y difundir noticias, y después el depredador pasa a comportarse como su víctima)
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martes, 14 de septiembre de 2010
El borracho inconsolable II
II
Es jueves y estoy frente al ordenador maquetando la revista. Mañana por la mañana es el día de entrega, o "dead line", como dicen los americanos. Esta semana he estado un poco distraído y, la verdad, no me sobra el tiempo para entregar dentro del tiempo límite. Aun así, de entre todos los clicks de ratón que hago, algunos los dedico a mi entretenimiento personal. La dedicación plena y absoluta al trabajo me crea una sensación de agobio y sin sentido, me hace perder de vista lo que hago y me satura. Es lo que se llama sensación de absurdidad. Así que, de vez en cuando, entro a las redes sociales en las que tengo cuenta. No tengo mensajes. Continúo un rato trabajando y, en un intento desesperado de reclamar atención, cuelgo a la red las fotos que me hicieron durante el "bukake". Ahora todos mis amigos, excompañeros de clase o curros, simples conocidos, mis enemigos e incluso gente que no conozco de nada, ni se porque extraño motivo tengo agregados, ven mis fotos. Allí estoy yo, sin pantalones, ni necesidad de ellos. En un ambiente íntimo, en un momento privado, con otros cuatro tíos y la chica quien, por su puesto, cobró por ello. Así, un material que se mantenía en privado, solo disponible para mí, los otros cuatro tíos y la chica. Y bueno el cámara, y también toda la comunidad de internautas aficionados al porno amateur, y... bueno, vale, no era tan privado. El caso es que ahora está expuesto y publicado como una noticia importante en un lugar donde todos mis conocidos, o casi todos, siempre hay algún reacio a esto de las redes sociales, pueden verlo y comentarlo.
Allí está la foto en la que salgo tocándole las tetas a la chica a la vez que otros dos tíos. Otra en la que me estoy masturbando frente a ella, otra en la que sale ella bebiendo de una ensaladera llena de semen. Todas ellas, yo, sin quitarme mi sudadera de "Rhapsody". Si me preguntan diré que es por hacerle propaganda al grupo, que se lo merece. Sin embargo, la auténtica verdad de todo esto, es que me avergüenza ligeramente mostrar toda la inmensidad de mi barriga gelatinosa y peluda en una sesión de fotografía pornográfica.
Sigo trabajando y me viene a la mente una estrella. Una estrella que quiero que sea mi Estrella Polar, para que me guíe por el camino de la vida. Una estrella que no esta en el cielo sino en la tierra, en la calle más concretamente. O, teniendo en cuenta la hora que es, tal vez esté ya en una pensión de mala muerte con algún cliente, el primero de su jornada.
Cojo una cerveza de la nevera y sigo trabajando. A pesar de pasarme horas delante de los artículos de la revista, nunca me los leo. Pero hoy, no se porque, tal vez por esa necesidad de mantenerte ocupado con lo que sea pero sin entretenerte demasiado porque tienes cosas que hacer, me da por echarle un vistazo al artículo de mi horóscopo. A continuación de la silueta que representa al rey de la selva se explica que esta semana será una semana de suerte. Que un gran cambio en mi vida mejorará notablemente mi situación laboral y, lo mas gracioso de todo, que una persona a la que estoy conociendo será una persona muy importante en mi vida. Y que con toda probabilidad, y remarca esas palabras en negrita, será la chica con la que comparta los próximos años de mi vida. Cojo otra cerveza. Me aseguro de que el logotipo prediseñado esté perfectamente alineado con el número de la página, con el párrafo, con el icono del horóscopo, con todos los elementos de la composición editorial. Cojo otra cerveza.
Los pies de foto del "bukake" empiezan a llenarse de comentarios. No contesto a ninguno de ellos, pero hay uno que me llama la atención especialmente. Lo ha escrito mi amigo Lluís, y dice:
"Supongo que no aspiras a ligarte a ninguna mujer que tengas agregada en el facebook, ¿eh cabroncete?"
Pues la verdad es que no. No tengo agregadas a muchas chicas, y desde luego no tengo esperanza de conseguir nada con ninguna de ellas. Casi me da hasta gracia el comentario. Sigo maquetando.
Se hacen las doce, la una, las dos... La papelera de mi cuarto llena de trocitos de papel higiénico manchados con mocos o semen, ahora está rebosante también de latas de cerveza vacías y machacadas.
De repente suena el timbre. Me pregunto quién será. A estas horas de la madrugada no solemos recibir visitas inesperadas. Sin embargo, voy decidido a abrir. Me sorprende infinitamente encontrarme con Estrella al otro lado de la puerta. No sonríe simpáticamente como solía hacer la otra noche. Ahora su mirada es lasciva y su boquita entreabierta me está pidiendo a gritos que me la coma. Pero estoy tan sorprendido que no puedo actuar. Cada uno de mis músculos se queda totalmente paralizado ante dicha escena. Incluido mi cerebro. Así que es ella quien me coge y me besa salvajemente apasionada. Sin mediar palabra me va empujando suavemente hacia mi habitación, a la vez que me va besando todas las partes de mi cara. Una vez dentro me empuja fuertemente de manera que caigo tendido encima de la cama. Ella se pone encima mío apoyando una de sus rodillas a cada lado de mi cuerpo, noto la calidez de su entrepierna apretada contra la mía. Se inclina poco a poco, y en un momento mágico, sus labios vuelven a tocar los míos.
Me sorprendo a mi mismo eyaculando en solitario, en el interior de los calzoncillos, a la vez que suena mi teléfono móvil. Me llaman del curro y acumulé demasiado esperma durante la noche que pasé con Estrella. Miro la hora en el ordenador, que sigue todavía encendido, y es justo la hora de entrega. Me he pasado toda la noche dormido en la silla de trabajo, fantaseando con una mujer a la que casi ni conozco, pero ha sido de las fantasías mas intensas de mi vida. No he llegado a la entrega, y eso a mi jefe no le va a gustar. Cojo el teléfono, sin quitarme de la cabeza la sensación pegajosa del interior de mi calzoncillo, y contesto como si no me diera cuenta de lo que pasa:
- ¿Diga?
- Héctor, tío, ¿Qué demonios estás haciendo? Está pasando el plazo de entrega y tú todavía no has subido los archivos...
- ¿Cómo? - Le interrumpo en un intento de hacerme el sueco.
- Coño, que entro en la ftp y no me salen los archivos, te estás columpiando.
- Pero si los subí hace un rato. - Interrumpo de nuevo, sorprendido de mi capacidad para improvisar una mentira en un caso tan necesario.
- ¿Qué? - Se sorprende mi jefe.
- Que si, vuelve a mirar.
He ganado unos minutos antes de que me vuelva a llamar, así que continúo a toda prisa la maquetación. Sin ni siquiera cambiarme los calzoncillos. Por suerte me queda poco para acabar. En veinte minutos mi jefe vuelve a llamar.
- ¿Lo has podido descargar o no? - Inicio yo la conversación mientras sujeto el teléfono móvil con el hombro a la vez que sigo trabajando en el ordenador con las dos manos.
- Que no aparece - Me dice un poco extrañado de todo el asunto.
- Bueno, pues... - Vacilo unos segundos pensando en lo que le voy a decir - Habrá sido un error del servidor. Volveré a subirlo todo, vuelve a mirar dentro de unos veinte minutos.
Supongo que mi trola colará, teniendo en cuenta que el jefe es un inepto informáticamente hablando. Por suerte prácticamente había acabado antes de dormirme, así que acabo a toda prisa. Dejando de lado el escaso perfeccionismo del que suelo hacer gala cuando trabajo. En veinte minutos estoy subiendo la revista acabada, por primera vez esta semana. Mi jefe no me vuelve a llamar, por lo que calculo que todo le ha llegado correctamente. A estas horas de la mañana tengo todo el cuerpo dolorido de haber dormido en la silla, y la cabeza de haberme hartado de cerveza. Lo único que se me ocurre que puedo hacer ahora mismo es meterme en la cama y perder otro día de clase. El maldito trabajo me desconcentra de los estudios.
Me despierto horas después. Entre mis piernas noto que una parte de los calzoncillos ha adquirido una dureza desagradable. La masa gelatinosa blanca se ha secado en mi ropa interior, convirtiendo la suave seda, o algodón o lo que se de lo qué estén hechos mis gayumbos, en algo duro e incómodo. Decido que necesito una ducha, y un cambio de ropa interior. Y tras ello me dirijo al instituto. Por supuesto, no llego a tiempo para asistir a ninguna clase, pero es viernes, y después de clase los compañeros suelen ir a tomar unas cervezas a un bar cercano al colegio. A euro y poco la doble malta, y con gente con la que puedo compartir opiniones acerca de muchas cosas, vale la pena ir. El lugar en cuestión es una especie de taberna trasga. Cuando llego, mis compañeros ya están ahí, tomando unas cervezas en la terraza. Una terraza que consta de dos mesas abandonadas en el patio trasero del bar, dónde se guarda todo el material pesado. De este modo, barriles de cerveza, pies de sombrilla amontonados, cajas de cartón apiladas y un retrete sucio son el escenario de nuestra charla. El tabernero, un hombre gordo alto y tuerto, me pide que voy a tomar. Le digo que una doble malta y me guiña el ojo. ¿Habéis visto alguna vez a un tuerto guiñar un ojo? Es de lo mas raro. Debido a esto y mucho mas, y cuando digo mucho quiero decir mucho, no es de extrañar que tan carismático bar sea conocido entre los estudiantes de mi instituto como "Mordor bar", aunque por su puesto, éste no es su verdadero nombre.
Durante las primeras cervezas me mantengo bastante al margen de la conversación entre Lluís, David y Carlos, que son los que están más cerca de mi en la mesa. Intercambian opiniones sobre cine. "El club de la lucha", "Doce monos" y "Seven" se encuentran entre las películas favoritas de David. Esa fijación por las películas de Brad Pitt me hace dudar de su sexualidad. Lluís prefiere "Trainspotting" y "Réquiem por un sueño". Me pregunto que debe ver en los yonkis para considerar estas películas las mejores que ha visto. Tras un par de cervezas me empiezo a animar y expongo mis preferencias:
- "28 días después". Eso si que es un peliculón. - Digo
- Cierto, cierto - Afirma efusivamente David.
- ¡Pero que dices! Una de zombies, eso es muy poco sofisticado. - Rehúsa Carlos.
- Pero que va, esa peli trabaja la psicología humana de una manera brutal, ante esas situaciones lo que somos capaces de hacer - Le discute David.
- Si, además, no son zombies, son infectados. - Añado yo.
- Es cualquier cosa - Continúa Carlos - Al final se basa en crear espectáculo a base de sangre, violencia y efectos especiales.
- Estás muy equivocado, los zombies son solo el contexto, la trama principal es totalmente psicológica, te hace pensar hasta donde puede llegar la bajeza humana y muestra el lado mas oscuro de la mente. - Argumenta David.
- A ver, ¿Que películas miras tu? - Le pregunto yo a Carlos, ya que se ha mantenido al margen, o ha opinado negativamente de todas las que hemos mencionado hasta ahora.
- Pues, lo mejor que se ha visto hasta la fecha, es la Nouvelle Vague , la generación de los años cincuenta en Francia. Eso si que es un ejemplo de explicar grandes historias con los medios justos y necesarios. No tenían la necesidad que tienen ahora los americanos de desperdiciar cantidades industriales de dinero para explicar historias basura.
- ¡Tío, eres un puto gafapastoso! - Digo gritando a la vez que me levanto de la silla dando un golpe en la mesa. - Además de un ignorante, porque "28 días después" ni siquiera es americana. - Añado mientras me dirijo al baño sin esperar su respuesta.
Eres el típico borracho que tiene siempre la razón, la tengas o no. Debería darte vergüenza, pues estás lleno de esa intolerancia que tanto te molesta en los otros. Y tan borracho que tienes que ir a vomitar. Aunque en esta ocasión te viene perfecto para huir de la situación que has provocado. Aunque Lluís y David se hayan reído, lo que has dicho no ha estado bien. Fácilmente hayas ofendido a Carlos, y eres demasiado cobarde para afrontar las consecuencias de tales actos. Así que te levantas, vas al baño, y vomitas. Esta vez en el peor retrete del peor tugurio de la ciudad. O casi. Al poco rato vuelves a la mesa, te sientas y pides otra cerveza, orgulloso como si eso fuera un logro, o una hazaña. Carlos se ha marchado, probablemente por tu culpa, como, tal vez, todo el resto de la gente que había en la mesa hace un par de horas. Ahora solo quedáis tú, David, Lluís y vuestras magnánimas borracheras. ¿Te sientes tan importante como para ser la causa de la marcha de toda esta gente? ¿O puede que tengas delirios de grandeza causados por tu estado ebrio? Tal vez, solo tenían cosas que hacer. Pero por si todo esto fuera poco vergonzoso, tras echar una gran cantidad de líquido por el retrete, vuelves a sentarte en la mesa, victorioso, y, como si fuera el golpe de gracia a tu enemigo, le pides otra cerveza al camarero. Y ese es tu mayor triunfo. Cuán fracasado eres para tener que estar orgulloso de tu capacidad alcohólica.
Pasan unas horas y el camarero me trae uno bocadillo de salchichas. Ni si quiera recordaba haberlo pedido, pero me viene cojonudo. Me repone. Después de comérmelo vuelvo a tener conciencia de mis actos y de mi ser. Son las seis de la tarde y el tuerto nos dice que ya no va a servirnos mas bebidas, que tiene que cerrar.
Llevamos un montón de horas aquí bebiendo, de las cuales muchas ni recuerdo. Sacamos nuestros cuerpos tambaleantes del bar y, casi sin darnos cuenta, nos separamos cada uno por su lado. Por un momento me preocupo por Lluís. Había venido a clase en bici, y supongo que en ese estado volverá también en bici. Aunque el peligro no es mucho menor para mi que no consigo ni caminar en línea recta. Vuelvo a casa y voy a dormir un rato. Pero no mucho. Hoy es viernes y estoy desando salir. Y lo deseo más que nunca porque quiero reencontrarme con Estrella. Así, antes de dormirme, programo el despertador del móvil a las diez de la noche.
Suena el despertador, te despiertas, te duele la cabeza, le das a snooze, te vuelves a dormir. Vuelve a sonar diez minutos mas tarde, casi consciente, le vuelves a dar a snooze. Vuelve a sonar, coges el teléfono y te planteas si darle a stop o a snooze. Tienes montones de cosas que hacer, trabajos atrasados del curso, en el cual deberías ponerte en serio si quieres sacártelo algún día y cambiar de trabajo. Proyectos personales, y ganas de ver un montón de películas que descargaste pero nunca te has mirado. Pero, por otro lado, como en casi todos tus despertares, estas siendo castigado por un terrible dolor de cabeza, tienes sueño y te importa poco la hora que sea. Te ves incapaz de decidir si te levantas o te quedas durmiendo. Así que vuelves a darle a snooze y ya decidirás después. Cuando vuelve a sonar te acuerdas de que son casi las once de la noche, y calculas las veces que has apagado el móvil, y cada cuanto suena, y llegas a la conclusión de que ha sonado unas cuantas veces sin que ni te despiertes. A ese estado de inconsciencia has llegado. Esta vez te empiezas a plantear más en serio la posibilidad de levantarte, o al menos porque pusiste el despertador, ya que, son las once de la noche, por supuesto no es hora de ir a clase. Recapitulas los últimos días de tu vida y te das cuenta de que el despertador no te está avisando de que tengas que currar ni estudiar. Te está avisando de que es viernes por la noche y es el día de ir en busca de una estrella.
Y con Estrella en mente no me cuesta trabajo levantarme y prepararme para una nueva noche de fiesta. Una nueva epopeya etílica. Me ducho, me echo una cantidad importante de desodorante por todo el cuerpo, me recorto la barba y me lavo los dientes concienzudamente. Aunque este último paso no se para que, ya que dentro de un par de horas mi aliento olerá tanto a cerveza que olerlo emborrachará. Me voy directo al Raval, allí encontré a Estrella por primera vez, y allí espero volver a encontrármela. Conforme avanzo a través de la ciudad me van entrando los temores, y un intenso temblor en la boca del estómago se hace cada vez mas fuerte. Me estoy poniendo nervioso pensando en que volveré a ver a Estrella. Pensando en que le diré o que haré. A mi mente viene una imagen de mi mismo estilizado, más alto, delgado y fuerte. Con este aspecto, y en un escenario con un fondo de colores luminosos, me acerco a una inocente Estrella y, con una voz seductora, más parecida a la de Constantino Romero en "Terminator" que a la mía propia, digo: "Buenas noches preciosa, eres el ser mas maravilloso que existe, tu belleza es de tal magnitud que roza la divinidad. Se la estrella que me guíe por el mar de la vida y hazme así el hombre más feliz del mundo." Ésas son las palabras que voy a utilizar.
A una calle de donde me encontré a Estrella por primera vez, un fuerte la latido del corazón me impide seguir avanzando. Los nervios me traicionan y lo único que puedo hacer es entrar en el bar más cercano y pedirme una cerveza. Doble malta, doble alegría. Aunque por esa regla de tres con la segunda la alegría debería multiplicarse por cuatro. Pero no es así. Apoyado en la barra de un bar cualquiera, a una calle de encontrarme con mi amor, no me atrevo a llegar a él. Múltiples temores me invaden. Mi incapacidad social, encontrármela en el momento en el que se va con otro cliente, que me diga que no quiere que me vuelva a acercar a ella ni pagando... Así que voy a seguir bebiendo hasta que se me despeje un poco la cabeza y desaparezcan todas estas ideas de mi mente. O, tal vez, sería más apropiado decir que seguiré bebiendo hasta que se me nuble lo suficiente el juicio como para que todos los dichos temores queden ocultos tras una cortina de humo. En cualquier caso, sigo bebiendo, e inicio una conversación con el tío de la barra. Me abro a él como si fuera mi psicólogo.
- Tío - Le digo zarandeando una cerveza - Creo que me he enamorado.
- Ahá - Asiente tras echarme una mirada, arqueando una de sus espesas cejas a la vez que seca unas copas.
- ¿Sabes cuando realmente quieres a alguien?¿Cuando no puedes dejar de pensar en ella ni por un minuto?
- Ahá - Responde mientras continúa con su monótona tarea.
- Pues así es como me siento.
- Ahá - Responde.
- Pero eso no es lo malo - Continúo yo, que me siento escuchado. - Lo malo es que no me atrevo a ir a por ella. Es una mujer tan superior a mí.
- Ahá - Me dice mientras coge otra copa y se dispone a secarla.
- Ella es una persona suprema, se acerca a la divinidad y, sin embargo yo... yo... no puedo estar a la altura ni en un millón de años. Es un amor imposible. Y encima está lo de su trabajo. Nunca podremos llegar a nada...
- Ahá.
- Somos como Romeo y Julieta, como Pocahontas y John Smith, como Meier Link y Charlotte Elbourne. Nuestro amor está condenado a un fracaso prematuro. No vale la pena que siga pensando en ella. Más vale que la olvide.
- Ahá. - Sigue dando vueltas a una copa envuelta en un trapo.
- Sin embargo, siento que necesito a esa mujer.
- Ahá.
- Tengo que luchar por lo que quiero, de lo contrario nunca tendré lo que quiero. ¿Cierto?
- Ahá.
- Claro, es mejor salir allí fuera e intentar conquistarla. Convencerla de que otro estilo de vida es posible. Convencerla de que tiene que venirse conmigo.
- Ahá.
- Eso voy a hacer, si...
Tras este intenso diálogo con el camarero me siento un poco mejor. Más seguro de mi mismo. Aún así pasa aproximadamente una hora hasta que me decido a salir ahí fuera a luchar por lo anhelado. Tengo que armarme de valor, y eso lleva un tiempo, y unos tragos. Cuando por fin me siento preparado, me levanto enérgicamente, dando un golpe con las palmas de la mano en la barra, me doy la vuelta, y parto en busca de la felicidad.
- ¡Eh! ¡Espera! - Es el camarero que, sorprendentemente ha cesado su actividad.
- ¿Qué? - Me doy la vuelta extrañado.
- ¡Págame! ¡Me debes treinta pavos!
- De acuerdo, lo siento, se me olvidaba. - Lo cierto es que se me olvidaba, pero... ¿¡Treinta pavos!? ¿Tanto he bebido?
- No pasa nada - Me contesta mientras cuenta el dinero. Aunque su cara reacia no parece decir lo mismo que sus palabras.
Después de pagar salgo a la calle Sant Pau. Pero algo menos decidido. El camarero me ha cortado el rollo. Camino un poco y me detengo en la esquina con la calle Robadors. Me dispongo a recorrer la calle del vicio, la calle dónde la vi por primera vez. Pero me falta valor, y pasa un "paki" y me ofrece una lata de valor a un Euro. Me la tomo, parado en la esquina como si esperara algo. Allí me ofrecen de todo, bocadillos, hachís, juguetitos luminosos, cocaína y flores. Eso es una buena idea, flores. Una rosa me cuesta un Euro y creo que puede gustarle a Estrella. Rosa en mano me adentro en la calle Robadors, conocida popularmente como la calle de las putas. La recorro de arriba abajo y de abajo a arriba. Me doy cuenta de que el horizonte este empieza a clarear y me pregunto cuantas horas debí estar en el bar. Pero a pesar de eso sigo pateándome la calle. No pierdo la esperanza de encontrar a Estrella, aquella estrella que quiero que sea mi estrella polar. Mientras voy subiendo y bajando la calle, voy pidiendo cervezas a los vendedores ambulantes. Una tras otra, y mi caminar vuelve a ser un zig zag de acera a acera. Me imagino mi emotivo encuentro con Estrella. Cuando me vea y nos abracemos. Y, tras recibir mi rosa, nos daremos un apasionado beso. Tal vez hasta se nos salte alguna lagrimilla de la emoción. Pero primero tengo que encontrarla. Voy de un extremo a otro de la calle una vez, y otra vez, y otra... Camino ignorando a los yonquis que me piden dinero y a los besos muertos y piropos que lanzan las mujeres de la calle. Aunque hay más de una que tiene muy buen ver, vamos que me la hubiera follado en cualquier otra ocasión, pero ahora mismo mi cabeza, ambas, están totalmente ocupadas por una sola mujer.
Después de un par de horas, con la calle ya totalmente iluminada por el sol, me canso de caminar y me siento en una esquina cualquiera. Con mi rosa medio marchita a mi lado. Desde allí sigo vigilando la calle por si ella aparece. Pero voy borracho. Muy borracho. Me pesa la cabeza, me pesan los ojos, y parpadeo lentamente. Muy lentamente. Hasta que cierro los ojos y tardan en volverse a abrir.
Y en tu intento de buscar una Estrella Polar, solo logras ver una estrella fugaz. ¿Pero de verdad pensabas que iba a ser tan fácil? ¿Qué te estaría esperando, te presentarías ante ella con una rosa medio marchita, y que os iríais a follar sin parar? Deja de intentar vivir tus fantasías, así nunca conseguirás nada de provecho. Tienes ya veinticinco años. Es hora de que toques con los pies en el suelo y evites escenas tan patéticas como ésta en tu vida. Porque, mírate. En plena calle Robadors, en una esquina dormido cual mendigo, mientras caen los pétalos de tu rosa. Uno a uno se van esparciendo y difuminando por el aire sin dejar rastro.
Me despierto un par de horas después, la estela de una estrella fugaz ya ha desaparecido por completo, asumo que debo olvidar a Estrella. Es una prostituta que me trató bien por dinero. Tengo que convencerme de ello. Cuando me levanto me siento totalmente descolocado. Como fuera de lugar. Y me duele la cabeza de una manera brutal. A mi lado hay un charco de vómito que, por el sabor de boca que siento, puede ser mío. Es hora de ir para casa, y cuando empiezo a caminar me doy cuenta de que me falta algo. Tengo una raja en el bolsillo del pantalón, dónde guardaba la cartera, y ahora allí solo queda aire. Debería ir a efectuar la denuncia de robo para no ir indocumentado. Pero primero tengo que ir a casa a dormir y, puesto que el ticket de metro lo conservaba en el interior de la cartera, tendré que ir caminando. Vaya paliza, a paso normal tardaría unos cuarenta y cinco minutos. A paso resacoso y pesado como el que tengo hoy, me espera mas de una hora de caminata para poder pillar la cama, que tanto ansío en estos momentos.
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