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domingo, 27 de octubre de 2024

CASA BALSEIRO

 Un suelo de madera con podredumbres por las que se te puede colar el pie. Un falso techo carcomido que te escupe polvo de madera a la cara. Una ventana con el dintel que sujeta las vigas del techo quebrado por las humedades causadas por antiguas goteras. Así encontré la habitación de la casa, una casa que respira historia. Y trabajo por hacer. 


  Parece ser la casa más antigua del pueblo. Rodeada de praderas verdes en la ladera de la montaña desde donde las vacas miran atónitas un paisaje que poco cambia a lo largo de los años. A excepción de la tala de eucaliptos. El crimen al ecosistema por parte de la industria de la celulosa. Eucaliptos que crecen, se talan, se replantan y vuelta a empezar. Un ciclo sin fin en el que poco a poco se va destruyendo la biodiversidad de los suelos a la vez que incrementa el riesgo de incendios forestales. Anchas praderas de pastos verdes, bosques frondosos y ríos y riachuelos. Muchos riachuelos. Recuerda coger calzado adecuado si decides darte una caminata por estos lares pues puedes encontrarte la ruta inundada. En este enclave, una aldea con cuarenta habitantes censados, la casa que fue de profesores y curas espera su colapso, ya sea por el paso natural del tiempo o por la acción humana. Un colapso que espero le tarde en llegar. 


Empezar por sacar el mobiliario. La silla de rezar, me cuesta un poco entenderlo de primeras, pero es una silla de rezar. Los motivos religiosos y la altura de la parte de atrás indican que solo podía servir para arrodillarte e hincar bien fuerte los codos para rezar o confesarse. Alguien que, tiempo ha, fue convertido en abono a través del tracto digestivo de un puñado de gusanos, debió de rezar muy fuerte hincando los codos y las rodillas en esta silla. La conservo para restaurar. El colchón de paja con olor a cuadra, directo a la hoguera del jardín. Hoguera purificadora que acabo todo lo indeseado que ya no se puede salvar. 


Vaciada la habitación, se desmonta el suelo. Tabla a tabla, algunas aprovechables, tras dedicarle unas horas de radial y gasoil, otras requieren ser troceadas en trozos más pequeños para que entren en la cocina de leña, fuente de calor en el frío de la montaña. Más trabajo. Revisar vigas, lijar, tratar, cambiar las que no sirven atornillar tablas… Días, semanas… Cambiar el dintel con las vigas bien apuntaladas no vaya a colapsar el tejado sobre mi cabeza. Reforzar la reconstrucción chapucera del muro de piedra con cemento. Aquí no ha pasado nada. Más trabajo. Estructura del suelo: añadir columnas de refuerzo bajo mis pies, el mallazo, el hierro de anclaje clavado en las paredes, el plástico y el planché de hormigón. ¿Mil quinientos kilos? ¿Tres mil? ¿Quién sabe? Una saca entera de arena, unos treinta sacos de cemento y veinte de arlita subidos a pulso. Subidos a cubos, en un día para que el hormigón quede y fragüe de una pieza. Trabajo, mucho trabajo. Pero ahora hay una superficie plana y transitable donde antes podía hundirse el pie y no hay temor a que colapse el techo porque se acabe de quebrar el dintel.


 Satisfecho, entiendes: el trabajo dignifica. Pero no dejes que te lo digan para convencerte de generar más plusvalía para alguien que ni conoces. Marcarse un objetivo que requiere trabajo duro cuya recompensa es la sensación de haberlo conseguido es lo que dignifica. Y queda mucho trabajo por delante, pero para construir un castillo hay que empezar por colocar una piedra. 

 



viernes, 30 de agosto de 2019

PONTE EL CINTURÓN


En la década de los cuarenta, el industrial norteamericano Preston Tucker, intentó revolucionar la industria del automóvil añadiendo el concepto de seguridad en los coches para usuarios y con ello el cinturón. Invento que heredaba de la industria de la aviación de guerra. Su empresa quebró, pero el concepto de seguridad perduró en la industria automovilística. Más adelante, en 1959, el sueco Nils Bohlin, ingeniero de volvo, retomó el concepto y se comercializó por fin el coche con cinturón de seguridad. Sin embargo, no es hasta 1985 el momento en el que se establece la obligatoriedad el uso del cinturón de seguridad en todos los conductores en el territorio español. Y gracias a esta serie de acontecimientos, estoy vivo. 

 Es verano, han caído cuatro gotas, y voy con unos cuantos kilómetros por hora demás. Soy imbécil. La traicionera película de barro que queda sobre la carretera me atrapa, el coche empieza a culear, se me va en la curva e intento corregir. Piso el freno, error. Doy un volantazo en la dirección opuesta, error. El coche sale disparado a más velocidad que la que llevaba antes de la frenada. O eso me parece a mí. Noto una sacudida, después siento que soy unos gallumbos en el interior de una lavadora durante el centrifugado, pierdo mis gafas y, finalmente, el coche se para.

 Respiro hondo. Compruebo que no me duele nada, y pienso que a lo mejor no ha sido para tanto. Iluso de mí. Salgo del coche y veo que le falta una rueda trasera, un par de cristales rotos, y las chapas dobladas. Se me ocurre intentar arrancarlo y lo único que obtengo es una humareda blanca que sale del motor. Lo apago y salgo rápidamente. Por suerte la humareda cesa en seguida. Aparecen dos personas, me preguntan si estoy bien, y luego si he tomado éxtasis. ¿Qué clase de pregunta es esa en esta situación? No lo he probado en mi vida. Me dicen que me he dado un buen golpe y se van. Como si necesitara que me lo digan. Luego aparece una señora, tiene pinta de alemana, y ella sí que se preocupa seriamente por mi. Va vestida de uniforme de algún hotel o rent a car, y me dice que ha escuchado el estruendo desde su casa mientras se preparaba para ir al trabajo. Le explico que estoy bien, pero que me siento desorientado porque no tengo las gafas y no veo una mierda. Me pregunta que si tengo muchas dioptrías y sin más palabras se va hacia su casa. 

En ese momento me siento un poco desamparado y no sé muy bien qué hacer, la incomodidad de no ver y los nervios no me dejan pensar con claridad. Por un minuto rompo en llanto y tengo pena por el coche, Seat Alhambra del 98, que había comprado hace apenas dos años a una amiga, al que tantas horas le había dedicado otro amigo para dejarlo impecable y con el que tenía buenos planes de viaje. Pero realmente el llanto es más por pensar lo cerca que he estado de la muerte, y lo imbécil que he sido. Si, le temo a la muerte, y mucho. Un poco después aparece un ibicenco simpático en moto y se para para preguntar: 
- ¿Qué ha pasado? 
-  He perdido el control - le digo 
- ¿Perdona? - me dice incrédulo bajándose de la moto - ¿Tú ibas en ese coche? 
-  Si - respondo.
 El chico me señala a mi con el dedo índice, y luego hace lo mismo con el coche, vuelve a señalarme con la mirada fija en aquello que señala, y de nuevo al coche. 
- ¿Tú has salido de ese coche ahora mismo? - dice sin salir de su asombro 
- Si - repito 
- ¡Caray! - exclama - ¡Dios te ama! - dice riendo como si se alegrara de estar en el lugar donde ha acontecido un milagro. 

 Puede ser. Siempre he pensado que un Dios omnisciente y omnipotente no necesita de la adoración, ni siquiera de la creencia en él, para que te ame. Un ser que necesita que le adoren y le muestren reconocimiento constante sin ser cuestionado para reafirmarse en su postura, es un ser inseguro y ególatra. Y la egolatría y la inseguridad son defectos de seres humanos, no de un dios. 

 Le explico al hombre lo de las gafas y se pone a ayudarme a buscarlas por el suelo, cosa que le hace ver los restos del accidente, así que va reconstruyendo los hechos. Tras salir de la carretera golpeo con la rueda de atrás contra un poste de teléfono. Una tirada de suerte hace que golpee en la rueda y no en otro lugar que podría haber dañado más al coche, y por lo tanto a mi mismo. El coche sale disparado dando una vuelta sobre sí mismo de como doscientos grados, otra tirada de suerte ha puesto gran cantidad de matas que deben frenar el movimiento al que está sometido mi vehículo, que acaba metido dentro de un torrente mirando en la dirección opuesta a la que conducía. La robustez y tamaño del coche evitan que me golpee la cabeza. El cinturón me ha salvado de no correr la misma suerte que mis gafas, que deben haber volado por la ventanilla abierta y no las conseguimos encontrar. Lo que sí encontramos es la rueda, con parte del eje, arrancada de cuajo de la estructura del coche. Está tirada unos cuantos metros más allá y el chico me ayuda a meterla en el maletero del coche. En ese momento reaparece la señora alemana con unas gafas que no son las mías. 
- Pruébatelas, a ver si te ayudan - me dice. Me las pongo y veo sorprendentemente bien. Al parecer la mujer es tan miope como yo. Puedo hasta leer el nombre de la chapa que lleva del uniforme. Suzanne. Tal vez sea inglesa. Le digo que cuando se las devuelvo, pero me dice que me las puedo quedar, que ella ya no las usa. Me deben ver mejor cara, y me dejan, con semblante tranquilo. Yo también estoy más tranquilo y llamo a la grúa por fin. 

Durante la espera reaparece la señora, ya en coche, dirección a un trabajo al que debe estar llegando tarde. Le doy las gracias por enésima vez. Entonces aparece el tonto de turno, que sin preguntarme ni como estoy, lo único que hace es pillar la matrícula de mi coche y pedirme el número informándome de que no tiene internet porque he roto algo en el poste y que eso lo tendrá que pagar mi seguro. Aparece una grúa, le hago señales con la mano para que pare, puesto que el coche dentro del torrente no se ve desde la carretera. El hombre, cuando se para, ve que no es mi coche al que le han mandado a recoger, y me dice que cien metros más adelante hay alguien en la misma situación que yo. Espero un buen rato más, y finalmente aparece la grúa de mi seguro. De ella bajan dos señores muy amables que sacan sin mucha dificultad el coche del torrente. Me informan de que eso no tiene arreglo y no vale la pena llevarlo al taller. Se lo llevan para desguace, y a mi me dejan en mi casa. Me entero después, de que ese día estuvieron hasta las dos de la madrugada recogiendo vehículos salidos de la carretera. Caen cuatro gotas y los conductores parecemos subnormales ineptos al volante. 

 Quitando el moretón en el brazo y en el estómago causados por el cinturón de seguridad, estoy ileso. Con la sensación de que he bailado un vals con la muerte, que está acechando en cada esquina y hoy ha decidido perdonarme para recordarme que ella está siempre presente. Mirando cada uno de nuestros movimientos. Y hoy le tengo más miedo a la muerte que ayer, pero digo yo que será normal cuando el miedo a la muerte es lo que nos mantiene vivos. Pero estoy ileso y tengo que dar gracias a Dios, Preston Tucker y Nils Bohlin.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Fried noodle. No meat.


 El año pasado, pasé dos meses viviendo en la capital de Cambodia. Phnom Penh. Vivía cerca del “Russian Market” donde, gracias a una amiga, descubrí que preparan unos fideos bastante buenos por poco más de un dólar. Al acercarte a la tienda, la mujer que los prepara te preguntaba si los quieres con pollo o cerdo, y yo se los pedí sin carne. Me preguntó que si comía huevo. Desde ese día fui allí a comer en varias ocasiones, tal vez más de diez, hasta el punto de que la mujer, nada más verme, me sonreía y me preguntaba “ fried noodle no meat egg ok?” Agradecí mucho encontrar aquel puesto de comida, ya que a menudo es difícil entenderte con los locales para comer sin carne en un país donde puedes encontrar como menú cerdo, pollo, saltamontes, castores o perro entre otras cosas que no me quiero ni imaginar. Aquí tenía la oportunidad de disfrutar una experiencia local sin renunciar al mis convicciones y, porque no decirlo, ahorrarme un dinero, puesto que para encontrar comida vegetariana lo mas normal es acudir a restaurantes en los que la comida te sale por unos tres o cuatro dólares. Que aunque pueda parecer barato para nuestro estándar, de verdad os digo que cuando viajáis por mucho tiempo y con presupuesto ajustado, son este tipo de ahorros los que marcan la diferencia.


Este año, de paso en la ciudad, decidí visitar el puesto de fideos. Me lleve una grata sorpresa al ver que habían diseñado un menú que estaba en khmer y en inglés y en el que se incluían dos opciones para vegetarianos. “Vegetarian fried noodle” y “Vegetarian noodle soup”. Además el negocio parecía irle bastante bien a la mujer, pues tenía empleados. Tal vez sean delirios de grandeza, pero me gusta pensar que colaboré a que ello sucediera. Ahora, en el Russian Market de Phnom Penh, donde se junta tradición camboyana y visitantes extranjeros, hay una opción vegetariana visible a todo el mundo y asequible. Y funcionando como funcionan los negocios por estas zonas, no me extrañaría que en breves todos los puesto del mercado sigan su ejemplo. Si en lugar de haberlo pedido, hubiera tenido miedo o vergüenza, por aquello de evitar una situación embarazosa en la que te ofrecen algo que eres incapaz de comer, tal vez ahora todavía sería difícil conseguir un plato vegetariano en el mercado. Eso me hace pensar en que a veces solo hay que mostrar la necesidad para que ocurra un cambio. Y me viene a la cabeza aquella cita de “se el cambio que quieres ver en el mundo”. Aunque todavía tengo que trabajar mucho en mi propia persona para creer que soy el cambio ideal para el mundo. 

viernes, 26 de mayo de 2017

¿Cuántas veces? (Vídeo)


-Acción- Me digo a mi mismo. Estoy solo en mi habitación, la cámara está grabando y soy el único actor. Quiero hacer una lectura de una de mis poesías, que suene profunda, que guste, que alguien se emocione al escucharme. Aquello que se dice, “que llegue”. Sudo, me pongo nervioso, a pesar de ser el único imbécil en la sala, me pongo a sudar como si estuviera a punto de recitar mi poema delante de una audiencia incontable, un estadio tal vez. Maldita inseguridad. Hace frío, es de noche y pleno invierno, así que salgo a refrescarme y a ver si se me seca el sudor. Con suerte no pillo un resfriado. Pienso en dejarlo, estar frente a la cámara no es para mí, yo soy más de estar detrás, de maquinar en las sombras, de escribir las ideas, de contar cosas sin estar presente y así evitar el juicio directo. Que sean olvidadas si fueron malas y que solo me lleguen los “Ey, leí tu relato, está muy bien”, sin que pueda ver las caras atónitas de aquellos que opinaron que el mismo relato era un montón de palabras masticadas, tragadas, bañadas en jugos gástricos y vomitadas. Delante de la cámara me siento expuesto, desnudo, pero lo tengo que hacer, aunque sea solo por romper ese miedo. Entro en mi habitación, y empiezo.

Intento recitar de memoria, pero no me lo sé lo suficientemente bien. Pienso demasiado entre versos, y se escuchan los “eee” y “mmm” que evidencian que estoy pasándolas putas para recordar la mierda que yo mismo he escrito. Aun así llego hasta el final, y pienso que no hay nada que la edición de vídeo no pueda solucionar. Y una mierda. Tras recitarlo un par de veces ante las cámaras veo lo grabado y esta todo mal. Y cuando digo todo mal es todo mal. El tono de voz, la interpretación, los espacios entre palabras, las respiraciones exageradas. A la mierda. Lo borro todo sin pestañear y vuelvo a plantar la cámara en el trípode. Grabo. Pero esta vez leo directamente. Mi interpretación es ridícula de todos modos, así que no se forma ningún sentido en mi cabeza que me diga que es buena idea interpretarlo como intentando transmitir algo mediante mi lenguaje corporal. Así que decido leer recordando los recitales de Bukowski, y dejar la interpretación para las imaginaciones de los que decidan darle al play y mirarme. Lo importante es que lleguen las palabras de forma clara y concisa a los oídos de los posibles espectadores. Así que simplemente adopto un tono de voz claro y alto, y leo pausadamente. Repito el proceso unas cuantas veces y me olvido del sudor frío de mis axilas.


Bueno, ahora esta mejor, aunque aun me da cosa verme, me pone nervioso, me molesta pensar que tal vez se vea ridículo a ojos de terceros, pero me da igual, está decidido. Meto los archivos en el ordenador, limpio la voz y lo visualizo, una vez, y otra... y unos cuantos meses después consigo vencer la inseguridad, al menos un poco, y subirlo a la red dispuesto a recibir los golpes, y los halagos. Aquí lo tienen:

miércoles, 29 de marzo de 2017

BICICLETARIO: LUANG PRABANG

Ya ha pasado la ceremonia de las almas en Luang Prabang, es decir, ya es de día y los negocios abren. Me despierto y me marco un buen desayuno continental. Tengo la intención de que la primera comida del día me dure lo suficiente en el estómago como para dar una buena vuelta en bici. Leí por Internet sobre una ruta a lo largo del río Khan, subiendo por su lado este y bajando por su lado oeste. Así, tras la espera en el lugar de alquiler de bicis, empiezo mi ruta. Luang Prabang va desapareciendo del paisaje conforme avanzo. Los edificios son gradualmente sustituidos por campo y naturaleza. El objetivo es Ban Picknoy, un pueblo donde parece ser que es fácil cruzar el río con la ayuda de los pescadores y sus barcas.

Hago una primera parada en la tumba de un señor francés, que por algún motivo se decidió que descansara para toda la eternidad en medio del bosque, entre nada y ningún sitio. Un tal Henri Mohot, explorador de la época colonial. Para llegar a ella se ha construido un corto pero bonito paseo cruzando un pequeño puente de madera y subiendo unas escaleras formadas a base de moldear el propio terreno de la colina. Al lado de su tumba le han levantado una estatua, de manera que está siempre allí esculpido al lado de la tumba donde descansan sus restos.
Continuo el camino que acaba al lado del río, donde puedo ver a varias recolectoras de algas. Ese alimento conocido como Mekongweed que frito está tan bueno. Me miran y comentan entre ellas algo que incluye la palabra “farang”. Que significa extranjero no asiático. Las saludo y parece que se avergüenzan un poco al ver que me he dado cuenta de que hablaban de mi. Siguiendo en dirección a mi bici por la orilla del río, llego a una pequeña tiendecilla donde compro algo para picar. Me lo como mientras observo como, un poco más allá, unos cuantos laoenses montan una carpa donde celebrarán San Valentín esta noche.

Vuelvo a la carrera. Decido ir hasta Ban Picknoy sin volver a parar. El pueblo donde pretendo cruzar el río antes de iniciar mi camino de regreso. El camino se hace un poco más duro, pero factible, a pesar de sus subidas y bajadas. Llego al pueblo bastante cansado, así que decido aparcar la bici y dar una vuelta caminando. Me paseo por el templo del pueblo y escucho como los locales comentan acerca del “farang” que ha aparecido en el pueblo. Me adentro entre las casas y veo perros, niños y adultos sorprendidos al verme. Los más extrovertidos se atreven a saludarme y dibujan una sonrisa tímida cuando les devuelvo el saludo. Parece ser que el principal motor de la economía del pueblo son las algas del río, puesto que en el patio de cada casa se encuentran cientos de ojas de algas extendidas al sol, secándose, con rodajas de tomate y ajo sobre ellas para darles sabor. Callejeando por el pueblo, si es que a esos polvorientos espacios entre las casas se les pueden llamar calles, acabo de nuevo en la orilla del rio. Allí me encuentro a dos chicas en cuclillas amasando las algas que han recogido del río para convertirlas en una masa homogénea. Cuando me ven les entra una risilla tímida. Les cuesta mantener la mirada conmigo. Le pregunto a una de ellas si le puedo echar una foto, y asiente, pero cuando levanto la cámara, oculta su rostro tras su enorme sombrero. Veo que a su lado descansa una barca y le pregunto si me puede llevar al otro lado del río. Toda la comunicación es a través del lenguaje corporal, porque ni yo entiendo una palabra de laoense ni ella una palabra de inglés. Me dice que no, y me señala un poco más abajo del río donde veo una carpa en la que unos chicos están preparando la celebración de San Valentín.

De camino me cruzo con un hombre si dientes y el logo de SevenUp tatuado en el brazo. Sube corriendo hacia el pueblo y cuando me ve deja al descubierto el agujero negro debajo de su nariz a modo de sonrisa y me saluda efusivamente. Se nota a la legua que va intoxicado por alcohol, o algo peor. Llego a la carpa y de los cuatro chicos que hay allí, uno habla inglés y me dice que el barquero ha ido un momento al pueblo, pero que volverá enseguida. Temo que sea el chico sin dientes. Me pregunta de dónde soy y cuando le contesto me responde que le gusta el fútbol español. “Barcelona, Madrid”. Le sigo un poco el rollo y le digo que si, que tenemos buen fútbol y que soy del Barça, y el es del Madrid. Pero eso no despierta rivalidad en ellos, pues me dice que el Barcelona es su segundo equipo de fútbol favorito. Luego me pregunta que si fumo, que me puede conseguir marihuana y opio. Declino su oferta amablemente y tras unos minutos de conversación superflua, aparece el barquero. El hombre sin dientes al que casi parece que le cuesta mantenerse en pie. El chico que ha hablado conmigo me dice que va borracho, pero que no me preocupe, y cruzamos el río los tres. En medio del río me siento totalmente indefenso y vulnerable. Pienso que he decidido confiar en unos desconocidos que podrían hacerme lo que quisieran impunemente, pues sería muy difícil hallarme si algo me pasara aquí, cuando creo que nadie sabe donde estoy. Luego pienso que he visto demasiadas películas y que son dos chavales contentos de haberme encontrado pues se podrán comprar un par de cervezas más para la celebración de esta noche. Me ayudan a subir la bici por la ladera del río hasta el plano del pueblo. Me despido de mis amigos circunstanciales e inicio el descenso.

Por lógica, debería ser más fácil bajar a lo largo del río que subirlo. Por lógica. Pero no es así. El terreno es una montaña rusa de subidas y bajadas y el asfalto no existe a este lado del rio. Mi bicicleta, de carretera, me ofrece más resistencia en este terreno. De vez en cuando me adelanta un camión y entonces como polvo. Mucho polvo. Lleno mis pulmones de la tierra roja de la cual se compone el camino. Además se me pega a todo el cuerpo por el sudor. La piel se me está poniendo muy roja del sol y entiendo que bajar va a ser lo más duro del recorrido. El cansancio me empieza a apretar, y el hambre también. Entonces veo un resort. Lo había visto anunciado en el pueblo, es uno de esos sitios en los que hacen negocios con los elefantes al que no me gustaría darles dinero. Pero mi supervivencia ahora es una prioridad así que me detengo con la esperanza de poder comer unos buenos fideos y descansar un poco para reponer fuerzas. Me siento y el recepcionista me pregunta que de dónde vengo. Cuando le digo la ruta que estoy haciendo se ríe de mi, y me dice que es mucho. Imagino que suele ver a gente más preparada haciendo dicha ruta. Entonces le pido de comer, pero mala suerte. La cocina está cerrada. Aún así, veo que tienen chocolatinas y recuerdo la energía que me daba de pequeño el snickers, esa con cacahuetes en su interior. Así que cojo un snickers, y de la nevera una beerlao y un agua. Aunque no están frías puesto que durante el día apagan la nevera para ahorrar energía. Y allí estoy, comiéndome un snickers con todo su aceite de palma en un resort que explota a animales salvajes como negocio. El hambre no entiende de principios.


Me largo de allí y sigo mi trayectoria. Muerdo el polvo levantado por los camiones y la montaña rusa sigue siendo igual de irregular. En varias ocasiones incluso tengo que bajar de la bici porque al subida se me hace demasiado empinada para vencerla pedaleando. Llevo ocho horas de trayecto de las seis que me prometía el blog de Internet, pero finalmente diviso el aeropuerto de Luang Prabang, señal de que llego a la ciudad sano y salvo con una experiencia inolvidable a cuestas.



 

lunes, 7 de marzo de 2016

COLONIZACIÓN 2.0

En el libro “Días Birmanos”, Flory, una clara representación de la persona real y autor del libro George Orwell, es un colono inglés destinado en Birmania que tras comparar a sus compatriotas con los locales, llega a odiar a los de su propia raza. Esnobs ingleses que explotan la pobreza de los que les rodean para vivir una vida llena de lujos, siervos y ginebra trabajando lo menos posible. Se pasan la mayor parte del tiempo en el exclusivo club Inglés donde los locales no tienen permitida la entrada a no ser que sean criados del lugar. 

 En el Instituto Francés de Phnom Penh, Cambodia, proyectan un documental sobre George Orwell y las similitudes que tiene la Birmania actual con su profético libro 1984 y que residuos quedan de aquella época colonial en la que vivió. Muestran como los colonos despreciaban a las personas locales tratándoles come poco más que animales, que eran solo útiles en caso de que pudieran ser siervos, prostitutas, en definitiva, esclavos. Cualquier birmano que no fuera siervo de un blanco, era considerado un enemigo. No había término medio. Me gusta que haya esta conciencia y se denuncien tales atrocidades. Demuestra que las personas hemos aprendido y la lucha por la igualdad social en el mundo va adelante. ¿O no?

 Decido ir a ver el documental, y como llego un poco antes y hace mucho calor, me siento a tomarme antes un té helado en la barra montada en la entrada del centro cultural. Me lo prepara una simpática y alegre camboyana. La única del lugar. Me siento como en una versión moderna de los clubs colonos en los que los locales solo servían para servir, solo que en lugar de leyes prohibitivas y policía, ahora hay otro método para retenerlos en la entrada. Unos precios abusivos que el camboyano medio jamás pagaría. La camboyana que sirve en la barra está contenta porque tiene un sueldo y unas condiciones y salario ligeramente por encima de la media Camboyana, unas condiciones que se considerarían ridículas en cualquier país europeo. Igual que los criados de los clubes retratados en la novela de George Orwell, que estaban contentos de servir a los blancos porque representaba alto estatus y ganaban algo más de dinero que trabajando en el campo o en cualquier otro trabajo que no requiriera una formación específica demasiado difícil y costosa. Así que las cosas tampoco han cambiado tanto. El sudeste asiático sigue estando lleno de blancos que explotan la pobreza local para enriquecerse o montar sus lugares de recreo. A lo largo y ancho de Tailandia, Camboya, e imagino que también Laos Indonesia etc… dr pueden ver locales en los que raramente entra un nativo del país si no es un empleado, en su lugar están disfrutando de sus cócteles con precios exagerados hombres y mujeres blancos, hablando de cosas de blancos, conversaciones en las que no tiene cabida un asiático. Colonización 2.0 de la mano de nuestro amigo capitalismo.



domingo, 2 de agosto de 2015

CARA B

Ibiza, esa isla conocida por sus fiestas, sus playas y su diversión. Esa isla en la que los garitos presumen de conseguir cualquier cosa que desees, siempre y cuando puedas pagarlo, claro. Ese lugar de caras festivas, alegres, disfrutando de la vida nocturna a tope y relajándose durante el día en sus playas de agua cristalina. A ritmo de música electrónica en su cara A. Pero le damos la vuelta al disco y la música es bien distinta, porque toda esa fiesta y disfrute no se genera sola. En la cara B están los artífices, rostros cansados que salen de sus trabajos de madrugada y con dolor de piernas. Son los rostros que no saldrán en google cuando buscas Ibiza. A las dos de la madrugada los puedes ver en los barrios paseando a sus perros, todavía con sus uniformes de camareros, o limpiadores o pantalones a cuadros de haber salido de una cocina. Con las placas identificativas todavía colgadas de sus camisas. Placas en las que aparece su nombre y el de la empresa a la que entregan su juventud a cambio de un salario al mes. Estos son los rostros de la cara B, pálidos por no haber tenido tiempo ni energía para ir a la playa, a pesar de tenerla a diez minutos, serios, cansados de sonreír hipócritamente a sus clientes por exigencias del contrato. Rostros decepcionados que una vez soñaron ser futbolistas, estrellas de la música, o de la televisión, pero crecieron. Crecieron y soñaron en ser abogados, arquitectos, biólogos o escritores, pero maduraron. Maduraron y se ven atrapados en sus rutinarias jornadas que les absorben el tempo para perseguir sus sueños, y se encuentran con sus semejantes, hay complicidad, se abrazan, pasean al perro por las noches y tienen su pequeña recompensa.  

viernes, 24 de abril de 2015

Airports' things

It happened more than one year ago, I don’t know why, but, it came to my mind recently. I was in Prague’s airport ready to go to Japan and I saw a girl that was also waiting that plane that never took off the day before. It was more than one year ago, but today it popped up into my mind like a yesterdays’ fresh memory.
 I sat in front of the girl and I started talking to her. She was very nice. A Finnish girl, maybe Swedish, I don’t remember, who was going to Japan for work, performing in a circus. I was very surprised, such a young girl. She was twenty-two years old and was going to travel to the most far East to work, with all the visa stuff arranged and a work contract with her. She explained all those things without losing the brightening smile on her face. Not even a second.
 The boarding time arrived and I rushed towards the door to make sure that, that time, it would be possible to take the flight. It was my second try, as I explained back in that day in this blog. Meanwhile she went to the toilet, so many people stood up between us. Every time I looked back and our eyes coincided, she dedicated a cute wink of an eye with here gorgeous smile always turned on. That was one year ago, but, even though I don’t remember her name, I remember her face as if that had happened last night. When she passed across me in the alley of the flight winked an eye and smile. When I went to the plane’s toilet and I saw her, sitting in her seat, winked an eye and smiled. The same some more times.
 Once we landed in Moscow, where our flight had to make scale, she approached me with more winks and smiles, and asked to me:
-          Can we go together to the terminal C? – Which was the terminal where our flight to Tokyo took off from.
 I noticed her a little bit overwhelmed of being alone in such an unknown place and, as I told to her earlier, I had traveled quite a lot before, so she might had thought that I could be helpful. We were walking together, chatting, and I thought about sex. It’s told that the men have an average of eight to ten sexual fantasies a day. I had all of them along the twenty minutes we were walking together. Then, suddenly, she started looking continuously at her phone.
-          I have to meet my friend over here – She said.
I was wandering if her friend was going to be a boy or a girl, until we saw him. There he was, behind the glass of the smokers lounge. And then she told me that she was going to smoke a cigarette too, before continuing the walk until the terminal. And then she went inside the smoker’s lounge and I saw through the glass how she kissed her friend on his lips.
-          Ok - I thought. - I confused her sympathy with something else – I told myself. And I kept walking on my own until the waiting room of the terminal.

 After a while, they appeared, happily speaking to each other. She looked at me, but didn’t wink. They sat in a seat a couple of files ahead of mine. After a boring span time, I decided to wake up and speak to them. He was nice, but she wasn’t. She was trying to get his attention speaking in their language and avoiding talking to me. I got it. She didn’t need me anymore, so she didn’t want to know anything more about me. She used me as a free guide trough the unknown airport and then discarded me as an old useless toy. Suddenly I felt very uncomfortable, but luckily my stomach started hurting and I had to go to the toilet to drop a big shit. As I do in almost all the airports I step on. And I had only seen them once again, while we were waiting for our luggage, but I didn’t bother to say them good bye before I left. 

domingo, 29 de marzo de 2015

SEN

Voy a hablaros de Sen. Una niña de doce años, huérfana, que vive en el orfanato “Sok”, en Siem Reap. Una niña que me sorprendió desde el primer día. Con perfecto inglés me preguntó mi nombre y de dónde soy. Al decirle que era de España, me dijo un par de frases en español, las típicas “¿como estás?” “me llamo Sen”. Después de comer arroz con piña y cebolla, el menú que nos ofrecían en el orfanato, me hizo sentarme en la mesa y apareció con un cuaderno en el que ya tenía algunas frases apuntadas en español, y empezó a preguntarme como se dicen en español cosas como animales, números, frases de uso cotidiano, etc… Cada nueva palabra aprendida era apuntada en inglés, español, y luego con la correcta pronunciación en el alfabeto de la lengua Khmer. Después la leía para asegurarse de que la pronunciación era correcta. La niña aprovechaba todos los voluntarios de diferentes nacionalidades, cada vez que aparecía un voluntario de un país concreto, le preguntaba cosas en su propio idioma, y así aprendía. Me sorprendió mucho cuando me dijo que sabía 7 idiomas. Por supuesto no los sabía a la perfección, pero había adquirido, a sus doce años, conocimientos de chino, japonés, español, italiano y francés. Tenía un nivel de inglés bastante alto, además de, por supuesto, hablar su lengua. Esos son sus conocimientos adquiridos fuera de la escuela oficial, a la que puede acudir gracias a la organización de Mr Sok, el hombre que abrió el orfanato tras haber crecido como huérfano en la localidad. Sen, además de aprender, a sus doce años ya ejerce como profesora de inglés de los niños más pequeños del orfanato. Puesto que en el colegio en Camboya el inglés es una asignatura secundaria que se imparte pocas horas, y en la localidad de Siem Reap la economía se basa prácticamente en el turismo, el que adquiera extra conocimiento de inglés tiene muchas más oportunidades de ganarse la vida. Por lo tanto, a su tierna edad, no creo que sea consciente de la oportunidad que está brindando a unos niños cuyo aprendizaje sería muy difícil de lograr, dados sus escasos medios, si no fuera por la dedicación que Sen dedica a enseñarles.


 Me acuerdo de mí a los doce años. Me debatía entre la Playstation y los GiJoe. Aunque a veces dibujaba, no quería ni oír hablar del colegio, y detestaba estudiar. Los deberes me parecían un castigo e iba a la escuela porque era una obligación. Un castigo. Tampoco quiero caer en la reflexión tópica de que qué malcriados somos en Europa porque lo tenemos todo y sin embargo cuánto aprecian la educación los que tienen difícil acceso a ella. Que sí, seguro es parte de la culpa, también pienso en cómo un sistema consigue hacer que aborrezcamos algo que en principio debería ser emocionante como es la adquisición de conocimiento. Tal vez demasiada presión sobre los niños para que saquen buenas notas, tal un exceso de horas cuando la atención de un niño es limitada, tal vez el hecho de que falten elecciones personalizadas para la diversidad característica de la mayoría de clases en las escuelas de hoy día, también ayuden a aniquilar la motivación de aprendizaje. Así, los niños con difícil acceso a la educación, cuando la tienen la aprovechan al máximo y exprimen las horas todo lo que pueden, sin embargo los que poseemos una educación obligatoria nos pasamos una media de 6 horas diarias en el colegio más actividades extra escolares, deseando que acabe ese tiempo para podernos ir a jugar. Tal vez deberíamos dejar que cada niño evolucione un poco más naturalmente y que dedique más o menos horas al estudio dependiendo de su capacidad de concentración para que el estudio no sea percibido por los niños como una imposición de los adultos contra la cual rebelarse. Tal vez no.

domingo, 22 de febrero de 2015

LA EXPERIENCIA BLABLACAR

Se encuentran un hippie, por decir algo, un judío americano, un militar, un bombero, una estudiante de derecho con su gato en un coche, y dice el militar:
-          ¿Todos preparados?
Parece el inicio de un chiste malo, pero no lo es. Es la reunión de individuos que nos juntamos por un objetivo común. Viajar de Granada a Madrid. El conductor es quien pone el anuncio de que va a hacer tal viaje, y los demás nos apuntamos porque sale más barato y es más cómodo que un autobús.
  Cuando conozco un poco al conductor, ya sé que hay ciertos temas que es mejor no tratar. Es un militar y entre sus complementos, ya sean llaveros o pulseras, ves repetidas veces la bandera española. O sea que es un militar patriota convencido. No de esos que se alistan por hacer algo. Va bien afeitado y la cabeza repelada. Es el típico chico guapo de pueblo. A los que me conozcan entenderán que de buenas a primeras no sienta afinidad con él. A los que no, digamos, que me siento más cercano a un yonqui anarquista okupa que a un militar que jura la bandera todas las mañanas y cree defender “la patria”. Ese fantasma manipulador de mentes que enfrenta a seres de una misma raza por intereses ajenos.
  El conductor y el bombero se hacen afines. Se ve que incluso habían coincidido previamente en algunas oposiciones, sin conocerse. El militar le dice al bombero que le gustaría pasarse a su sector, lo cual me hace pensar que tal vez no todo esté podrido en su cabeza. En el asiento del copiloto se sienta la estudiante, ya que lleva a su gato. Una madrileña con un par de rastas que tiene un ex novio turco y se irá en breves a visitar Estambul y otros países del este europeo. Yo, sin participar, escucho su conversación. A destacar como el militar le comenta a la joven de apenas veinte años que no quiere que le manden a ninguna misión y la muchacha, pobre ingenua, le pregunta:
-          Pero ¿Por qué? ¿Por la peligrosidad que ello supone o por qué no estás de acuerdo con la intervención internacional?
-          Estar de acuerdo o no, no importa, si te llaman tienes que ir y punto – contesta el militar demostrando ser la máxima expresión de borrego en la sociedad actual – no quiero ir porque no quiero estar lejos de mi novia y mi familia – concluye. La chica me cae bien.
  Mientras, yo converso con el hippie judío californiano. Un chico de veinticinco años, clavado a Berto Romero, que toca la guitarra, odia a los Estados Unidos por su incultura y quiere quedarse a vivir en España. Le hablo del Burning Man Festival, y me dice que es una mierda porque se ha vuelto muy comercial. Paramos en una estación de servicio y el tipo empieza a imitar la danza de Borat, demostrando ser un chiste de sí mismo.  

  Cuando nos subimos al coche dispuestos a reanudar la marcha, veo lo que escribe el conductor en su móvil, a la que, supongo, será su novia. Escribe por whatsapp “detrás van como una lata de sardinas” y añade dos carcajadas de esas de los emoticonos. La que tiene las lagrimillas. Tiene toda la razón, vamos como sardinas, todo el viaje tocando hombro con hombro. Se me escapa una risa, pero no digo nada, no sea que se sintiera ofendido por mirar sus conversaciones privadas. Cuando le da a la tecla de inicio de su móvil, veo que su fondo de pantalla es una imagen e Dragon Ball Z y me imagino un universo paralelo en el que somos dos niños que jugamos a intentar fusionarnos para convertirnos en un guerrero definitivo. Y me pregunto cuál es el mecanismo de control mental del poder que, de adultos, nos hace ver a cuasi cualquier persona como un enemigo en potencia. Y recuerdo la canción de John Lennon “imagine”. Imaginaos que no existieran las banderas. Y me imagino en un universo paralelo, pero en la actualidad, compartiendo momentos de la serie de nuestra infancia. Pero solo lo imagino. Llegamos a Madrid sin intercambiar muchas más palabras. El cansancio del viaje se hace notar en todos nosotros. Una vez allí nos disolvemos sin más. Cada uno continúa con su trayectoria sin que, probablemente, nos volvamos a encontrar nunca.

jueves, 25 de diciembre de 2014

MIRADAS

Es hora punta en la ajetreada ciudad de Krung Tep, más conocida como Bangkok. El tráfico apenas avanza y el semáforo se pone en rojo. Mientras camino por la acera, a lo lejos, diviso a una preciosa chica asomando por la ventanilla trasera de un autobús. Sus ojos se dirigen hacia mí, y yo no puedo evitar mantener mi mirada clavada en la suya. Me pierdo en sus pupilas como en una ciudad desconocida, anhelando descubrir todo aquello que esos ojos rasgados han visto, y yo no. Sigo mirando mientras camino, no sé por cuánto rato, ¿veinte segundos? ¿treinta?. Puede parecer poco tiempo, pero es bastante aguantando la mirada con una desconocida. Cuando ya considero que se puede sentir molesta, o acosada, decido mirar al frente. Pero cuando estoy a punto de sobrepasarla, no puedo evitarlo y la vuelvo a mirar, y ella me está mirando todavía, y sonríe, y sonrío, y esa sonrisa nos la llevamos a nuestras casas.

sábado, 16 de agosto de 2014

PRESA DEL CAPITAL

Ya he caído en otra de sus redes, ya me ha enlazado con otra de sus cadenas. El capitalismo me ha lanzado un Smartphone al cuello, y ya no sé cómo desenredarme de él. Empecé con el rollo ese de “este es barato” adquiriendo un Smartphone de procedencia dudosa, de los antiguos, bastante precario, pero eran veinte Euros y funcionaba lo suficiente para escribir por whatsapp a mis amigos que parecían haberme dado esquinazo desde que ellos se habían instalado la aplicación y yo no. Además ahorraría dinero en llamadas y SMS, me decía. “Es de segunda mano y no alimento la demanda en el mercado al adquirirlo” me decía. Me decía tantas cosas que le sonaban coherentes a mi yo anticapitalista que parecía una tontería no coger aquel primer Smartphone a veinte Euros. Y más cuando había perdido mi anterior teléfono, en algún lugar de la India de cuyo nombre no quiero acordarme, un teléfono básico que me había durado unos cuatro años. Así que lo compré, y al señor Capitalismo se le dibujó una sonrisa en la cara.
 Otra víctima del huracán Smartphone. Creía que podía vencerle, jugando a su juego, pero no se puede vencer al diablo. Una persona reacia al consumo, al comprar por comprar, adquiría su primer Smartphone, y quedaría atrapado en la espiral de consumo despiadado que ello implica. El señor Capitalismo lo sabe. Había caído en su trampa, una de ellas, pues ni sería la primera ni la última. Con mi nuevo-viejo Smartphone me di cuenta de que también podía ver el Facebook. “¡Qué bien para los ratos muertos, no vaya a acostumbrarme a llevar un libro encima y leer!”. Y me conformo con ese teléfono por un tiempo. Pero empiezan las molestias. Se tiene que actualizar demasiado a menudo, el software es obsoleto, no consigo hacer que el google maps funcione, y tampoco puedo instalar aplicaciones como line, Instagram, así como ningún juego. Y para más INRI el tetris que viene de serie en ese teléfono no me guarda los récords. Que tragedias. Estoy organizando un viaje a una ciudad desconocida y siento la absurda necesidad de conseguir un Smartphone totalmente funcional. Como si no hubiera estado antes en un lugar desconocido. Decido acudir al mercado de segunda mano, que en Internet es amplio, y así no contribuyo a la fabricación de más teléfonos. “No colaboro a la explotación de mineros que mueren extrayendo coltan en África para fabricar las baterías del teléfono ni colaboro en la explotación de obreros en las fábricas chinas que trabajan bajo condiciones esclavistas” Me digo. Estoy hecho todo un anticapitalista. Seguro que el señor Capitalismo tiembla al verme. Pero el teléfono ya tiene unos años, y unos meses después de adquirirlo cae víctima de la obsolescencia programada. Pero yo ya estoy enganchado al Instagram, utilizo Line para relacionarme con un par o tres de personas, y los niveles del Candy Crush no se van a pasar solos. El señor Capitalismo se ríe en mi cara, y señalándome con el dedo índice, mientras me compro mi tercer teléfono en cuestión de un año. Me gasto un poco más de dinero, y me lo compro nuevo. No quiero volver a ser víctima de la obsolescencia programada. Y este parece ser el teléfono definitivo. “Me va a durar unos años”. Me digo. Aunque no es la hostia, es un Smartphone cien por cien funcional, le funciona todo, la cámara hace fotos más o menos aceptables. Suficiente para el uso que le doy. Pero poco tiempo después ya tengo crujida la pantalla en pedazos y la cámara está tan rayada que enguarra todas las fotos que hago de manera que casi no se entiende nada en las imágenes. Me voy a comprar otro puto teléfono. Será el cuarto teléfono que tengo en mis manos en cuestión de un año, o poco más. Que le den al africano que extrae coltán, o al que vive al lado de un vertedero rodeado de montañas de móviles rotos procedentes de Europa y América que casi tocan el cielo. Que le den al chino explotado en las fábricas que no tiene tiempo para ver a la familia por la que trabaja quince horas al día. No puedo defraudar a mis seguidores de Instagram. Necesito otro móvil.



miércoles, 1 de enero de 2014

UN DÍA DE ROL


A veces, la vida, es como un videojuego de rol, o una aventura gráfica. Te sitúas en un escenario desconocido en el que tienes que realizar unos movimientos determinados que sabes que te llevarán a la siguiente fase. Que también puede ser un nuevo escenario desconocido. O también puedes volver atrás, a lo que ya conoces, y adquirir experiencia muy lentamente.  La fase en la que me sitúo ahora es el aeropuerto de Praga. Debería ser una de esas fases cortas y fáciles. Transitorias. Mi objetivo es la siguiente fase principal: Tokio. Pero hoy hay una dificultad añadida. La espesa niebla ha impedido que aterrice el avión que tenía que llevarme a Moscú, donde estaba prevista la escala. Una cosa que me parece extraña de este aeropuerto es que hay un control de seguridad antes de cada una de las puertas de embarque. Después del control de seguridad no hay nada. Solo los bancos donde esperar. No hay tiendas, ni bares ni lugar donde darse un paseo. Pasamos el control de seguridad, pero parece que algo falla. Ya es casi la hora de embarcar y todavía nadie nos abre la puerta ni parece dispuesto a atendernos. Me fijo en una chica joven muy guapa que escucha música en sus auriculares.  No tengo nada mejor que hacer en aquella sala de mala muerte. Tras esperar un buen rato nos dicen que salgamos por donde hemos entrado que se retrasa el vuelo. A través del arco de seguridad. Nunca antes había cruzado un arco de seguridad de un aeropuerto en dos direcciones. ¡Quién me hubiera dicho en ese momento que iban a ser cuatro! Le explico al empleado del aeropuerto que tengo que pillar un vuelo a Tokio en Moscú, y que solo hay un par de horas entre los dos vuelos, por lo que lo voy a perder, que si tengo que hacer algo. Me dice que esté tranquilo, que lo primero es llegar a Moscú, y allí me dirija a los “transfer desks” que me lo solucionarán. No me da más información. Resignado, salgo de la diminuta sala de espera, y a fuera no me queda otra que esperar. Acudo a la ventanilla de información, me dice que no se sabe nada del vuelo a Moscú todavía. Al lado hay unas ventanillas que pone “transfer”, pero  el empleado del aeropuerto me había dicho claramente que tengo que acudir a las “transfer” una vez en Moscú. Aquellas que veo al lado de la de información deben de ser para la gente que tuviera escala en Praga y pierda el vuelo. Es lo que pienso en ese momento. La mujer de Información no me ayuda en absoluto. Le pregunto una y otra vez, cada diez o quince minutos aproximadamente. Le explico toda la historia, que tengo que coger un vuelo a Tokio en Moscú, que lo voy a perder, que cuando habrá noticias, pero solo dice una y otra vez “todavía no hay noticias  acerca del vuelo a Moscú”.  Como uno de esos personajes de relleno de las ciudades de los juegos de rol, a los que te acercas a hablarles y no hacen más que repetirte una y otra vez la misma frase, normalmente una frase totalmente inútil o con información reiterada.  Es un ser humano, pero en su lugar podrían haber puesto una figura de acción de He-man de esas con un botoncito que al apretarlo dice “por el poder de Grayskull”. El resultado hubiera sido el mismo, y mucho más barato.
  De repente me siento totalmente atascado. Es uno de esos tediosos niveles en los que tienes un espacio de movilidad muy reducido y no sabes dónde tienes que apretar el botón o hacer click.
  Al cabo de unas horas veo algo cambiar en la pantalla, y un rayo de esperanza me ilumina. El vuelo a Moscú, que tenía el campo de partida vacío, ahora marca las 18:30. Son las 12:15, “solo” tengo que esperar seis horas y cuarto. Luego, una vez en Moscú, ya me aclararán como llegar a Tokio. Me lo ha dicho claramente el empleado del aeropuerto. Me lo tomo lo mejor que sé. Me siento al lado de un enchufe, en el suelo, porque no hay asientos al lado delos enchufes, y me pongo a jugar con el móvil. Así consigo que se me pase más o menos rápida una hora, pero los juegos ya me aburren y todavía faltan más de cinco para el vuelo. Compro algo para picar, pero tampoco me excedo, la comida en el aeropuerto es cara y no me quedan muchas coronas checas. Camino de un extremo a otro de la sala. Una vez, otra vez, y otra, y otras cuantas también. La mochila, mi equipaje de mano, pesa bastante y mi espalda se resiente. Decido sentarme en los sillones que hay para masajes que funcionan con una moneda. Aunque lo que recibo dista mucho de un buen masaje, me levanto descansado y camino hasta el extremo opuesto a mi puerta de embarque. Allí veo una tienda cuya entrada te invita a comprar cerveza a un precio aceptable, para ser un aeropuerto. Vuelvo al lado de mi puerta de embarque y me siento de nuevo en el suelo, junto a un enchufe. Me quito los zapatos y bebo la cerveza mientras se carga el móvil. Me lo tomo lo mejor que sé. Podría ser confundido perfectamente con un mendigo.
  Pasan horas, posiblemente las más aburridas que he pasado en mucho tiempo. No recuerdo haber pasado tanto aburrimiento desde niño, tal vez. Pero bueno, finalmente llega la hora, vuelven a abrir el control de seguridad para entrar en la diminuta sala de espera donde se encuentra la puerta de embarque. Pasado el control, en la sala de espera, decido quedarme el último de la fila para entrar en el avión. Estoy emocionado contándoles a mis amigos por el móvil que por fin voy a coger el avión. Que por fin acaba mi suplicio y voy a pasar a la siguiente fase. Nada más alejado de la realidad. Cuando llega mi turno, el empleado, que ya no es el mismo de la vez anterior, supongo que ése debe haber acabado ya su turno, me dice que no puedo coger el avión. Que tendría que haber ido a “transfer desk” desde un primer momento para coger no sé qué otro vuelo, para enganchar en otro lugar con otro vuelo a Tokio. Llaman a la compañía para ver si me lo pueden solucionar, mientras yo, por un momento, pierdo la calma. Tras el largo día perdido en el aeropuerto siento como si me arrebatasen una parte de mí cuando me impiden pillar el vuelo. Deseo saltar sobre el mostrador y arrancarles las cabezas a los empleados, irracionalmente, solo quiero subir a ese avión por el que he estado esperando todo el puto día, aun cuando me dicen que no puedo pillar ningún vuelo a Tokio en Moscú hasta el día siguiente, pues solo hay uno al día. Es uno de esos momentos en los que desearía que la vida fuera un poco más parecida el GTA, y no a los juegos de rol, en los que deseo sacar una recortada de mi bolsillo izquierdo y liarme a tiros hasta llegar a la cabina del avión que, por supuesto, sé pilotar, y conducir yo mismo hasta Tokio el vehículo sin pensar en las consecuencias. Las lágrimas de la desesperación por un momento parece que van a brotar de mis ojos. Pero finalmente me calmo y les escucho. Tampoco me pueden dar mucha información, me dicen que vaya al mostrador de Aeroflot, la compañía con la que compré el vuelo, y que allí me indicarán que hacer.

  Así lo hago, vuelvo a la entrada del aeropuerto, y me dirijo al empleado de Aeroflot, al que le hago todas las preguntas disponibles en el archivo de mi memoria. Me soluciona lo del billete, y me lo cambia para el día siguiente Aunque no me pone menú vegetariano
porque hay que solicitarlo con treinta y seis horas de antelación y no me avisa. Menos mal que siempre viajo con un paquete de cacahuetes en mi inventario. Tengo que recuperar mi equipaje. Me dice que acuda a reclamación de equipajes y voy. Llego a la puerta, nuevo acertijo. Hay un telefonillo con una lista con números y no sé muy bien cual apretar. La lista no es muy clara, y tampoco estoy seguro de si estoy en la terminal uno o dos del aeropuerto. Finalmente me decido por llamar a un número, pero no obtengo respuesta. Como mi paciencia no está al cien por cien ahora mismo, no dudo ni un momento en marcar cualquier otro número. Me lo pillan de la otra terminal y me dice que tengo que llamar al primer número que llamé. Sigo insistiendo hasta que alguien contesta. Me dicen que espere. Al rato me abren la puerta y me dejan pasar tras pedirme que les muestre mi tarjeta de embarque no utilizada. Estoy en las cintas correderas por las que sale el equipaje cuando llegas. Nunca había estado en una sala de estas sin haber pillado previamente un avión. Todo nuevas y “emocionantes” experiencias hoy. Una vez dentro me vuelven a dejar solo sin darme indicaciones de hacia dónde tengo que ir. Acudo al único mostrador en el que veo a alguien, y me dicen que allí no es, que es el mostrador de al lado, donde no hay nadie. Me dicen que espere. No tengo más remedio. Espero. A cualquier persona que pasa por allí con pintas de trabajar en el aeropuerto le pregunto si saben algo sobre quien debería estar en ese mostrador. Pero no obtengo pistas. Más personajes de relleno, de bulto, en el escenario. Tras un rato aparece alguien en el mostrador. Le explico mi situación y llama por teléfono. Me dice que mi equipaje saldrá por la cinta número 12. Que espere. Espero. Espero. La mujer del mostrador desaparece y vuelvo a sentirme abandonado, sin nadie a quien preguntar, esperando a que salga mi equipaje. Pero pasa casi una hora y no sale nada de la cinta doce, ni de ninguna otra. La mujer vuelve a aparecer, le digo que no ha aparecido mi equipaje por la cinta, y vuelve a llamar, me vuelve a decir que espere en la cinta doce, que ya lo subirán. Finalmente aparece. Mi equipaje y otros cuantos más de los que tendrían que haber ido a Moscú,  que me demuestran, por suerte, que no he sido el único tonto en perder el vuelo. Ya saben lo que dicen que es consuelo de tontos. Por fin, con mi equipaje vuelvo a casa de mi amiga Klara, que me acoge con amabilidad, y se sorprende de mi historia. Me voy a dormir, melodía de buenas noches, sonidito de restauración de PH y PM y al día siguiente a intentar la misma fase con la energía a tope. Aunque con la experiencia adquirida seguro que la supero con facilidad y menos frustrantemente, pues hago amistad con la chica checa de los auriculares, a quién le sucedió lo mismo que a mí.


lunes, 25 de noviembre de 2013

UNA NIT DE JACK & DANIELS

  El següent és, potser, el episodi de la meva vida del que més m’hauria d’avergonyir. Potser a la majoria de gent els sembli una bogeria. Potser, a moments, a mi també m’ho sembla. Però, en el moment dels fets, tot semblava molt lògic. Potser la causa de tot va ser el conjunt de perfils psicològics, bastant peculiars, que ens vam reunir. Potser un fanatisme comú per Fight club. Potser els Jack & Daniels. Potser tot plegat. No ho sé. També vull advertir de que no puc garantir l’exactitud del transcórrer dels fets. A la meva ment habiten seqüencies inconnexes sobre tot el que va passar aquella nit.
  Crec recordar que tot va començar a Ca’n Eusebio, al paral·lel de la ciutat de Barcelona. Allí havia quedat amb els meus amics, els hi direm en Mikailov i en Llorenç ja que volen mantindre l’anonimat. Haviem quedat  per sopar i, per suposat, fer unes quantes cerveses per un Euro. Una estratègia de màrqueting que des d’allí es va estendre per tota la ciutat comtal. El trobar cerveses per un Euro als bars és, possiblement, l’única cosa bona que ens ha portat el malèfic pla dels que escriuen les regles del capitalisme que anomenen crisi. Recordo també, que mentre érem allà, a la terrassa del bar, va aparèixer la Rebeca. La meva ex professora de comunicació audiovisual a qui li vaig mostrar orgullós la meva càmera comprada un de dies abans a Madrid. Una càmera que em va costar uns mil dos-cents Euros. Normalment no m’agrada portar coses de valor quan surto, de fet mai he gastat diners en un telèfon mòbil per la propensió que tinc a perdre`ls o trencar-los de manera estúpida. Però aquell dia venia de casa d’un grup de gent amb qui vaig col.laborar en el rodatge d’una websèrie.
  Després de sopar, els tres ens vam endinsar en les profunditats del Raval, fins a un bar de la Rambla que fa cantonada. Allí vam començar a beure Jack & Daniels “on the rocks” mentre xerràvem de les nostres coses. Òbviament no recordo la conversa. Ja han passat uns quants anys des de llavors. Suposo que parlaríem d’algun dels desamors de les nostres col·leccions, o potser de lo fotut que estava ja per llavors aquest putu, amb perdó, país. Potser de les nostres frustracions, que no eren poques. Curiosament, tots tres, teníem o havíem tingut inquietuds literàries, si es que es pot dir així. Allà, en aquell bar del final de la Rambla del Raval, vam estar fent Jack & Daniels amb gel fins que van tancar i vam haver de sortir. Després vam començar a ravaletjar, com diuen. A caminar sense destí pel barri bevent cerveses que ens venien els “pakis” pel carrer. Aquelles persones procedents del Nepal, o l’India, si, el Pakistan també, però que son anomenats genèricament i amb carinyo, els pakis. Els autèntics superherois nocturns. Quan ja t’han xapat els bars i no pots, o no vols, permetre’t les consumicions de les discoteques de preus desorbitats, allà estan els “pakis” amb les seves cerveses amb olor a clavegueram per un Euro.
  Mentre passejàvem i bevíem, no sé perquè, en Llorenç va començar a repetir un cop i un altre que ens podria pegar una pallissa. “Vos podria guanyar a tots dos”, “vos pegaria una pallissa”... En principi l’ignoràvem. Vacil·lades d’un borratxo, vaig pensar jo. Però el fet de que no parés de repetir-ho, en un moment donat, va acabar amb la meva paciència.  “Aguanta això” li vaig dir al Mikailov donant-li la càmera, però amb la meva atenció concentrada amb el Llorenç. I quan vaig tenir les mans buides el vaig atacar.   
  Vam forcejar un poc, ens vaig tirar a tots dos a terra i el vaig neutralitzar, no amb facilitat, però si sense massa violència. No es pot dir el mateix de la seva actitud, doncs, de la mossegada que em va pegar al polze de la mà en la que li aguantava el cap contra el terra, vaig veure les estrelles. Va ser realment dolorós. Em vaig aixecar pensant que allò acabaria amb les ganes de brega del meu amic, però mes aviat al contrari, es va aixecar i em va atacar per l’esquena. En Mikailov, que fins a aquell moment s’havia mantingut al marge, va intervenir. Com em va contar després, li va fer molta ràbia que el Llorenç m’ataqués a traïció i va haver d’actuar. En pocs segons ens vam trobar tots tres engrescats en una baralla amistosa, però immediatament me’n vaig separar en veure una cosa. La meva càmera de 1200 euros, dins la seva bossa, tirada pel terra abandonada a la seva sort. Com si fos una llosca depreciada. Un moment de sobrietat em va inundar de cop i vaig anar corrent a recuperar el meu apreciat objecte i me la vaig enganxar al cinturó per assegurar-me de que allò no tornava a passar. Vaig tornar a dirigir la meva atenció als meus amics que encara forcejaven pel terra, i un individu se`ls va apropar.
-          ¿Pero què hacéis, chacho? -  va dir amb un marcat accent gitano mentre es disposava a separar-los.
-          Tranquilo, no pasa nada, somos amigos – va dir en Mikailov mentre s’aixecava
-          Si, no passa nada – Afegí en Llorenç
-          Pues dejad de hacer eso, que viene la poli y os lleva presos – advertí el gitano amb tota la seva bona intenció.
  Després d’això tinc una llacuna mental, que no sé com emplenar, ni tant sols usant la imaginació. Calculo que en Llorenç va continuar amb la seva cançoneta que deia que ens pegaria una pallissa, fins i tot a tots dos alhora, o alguna cosa per l’estil. Va ser la banda sonora provinent de la seva boca durant tota la nit. El cas es què, en la següent imatge que em ve al cap, estem tots tres engrescats en una nova baralla. En Mikailov i en Llorenç pel terra, donant-se cops de puny, o alguna cosa així, i jo posant-li un peu a la cara a en Llorenç, apretant-li contra el terra un poc, però no massa. Pot semblar una situació injusta per al nostre amic, que a més es el més menut, però vos asseguro que al menys en Mikailov i jo teníem compte a fer poc mal. Ens barallàvem però amb compte de provocar-nos repercussions. En Llorenç no. En Llorenç tenia una actitud exageradament violenta. Semblava que realment creies que estava barallant-se amb els seus enemics. En aquell moment, com havia profetitzat el gitano, va aparèixer un cotxe de la guàrdia urbana i va parar al nostre costat.
-          Què passa aquí?! – ens digueren des del cotxe, no sigui que es cansessin al baixar
-          No passa res, som amics – diguérem nosaltres.
-          Si, som amics -  afegí en Llorenç mentre s’aixecava del terra.
  Quan se’l miraren a ell, que semblava clarament el mes perjudicat en la baralla, i dic semblava perquè al dia següent es va demostrar que no va esser així, es van tranquil·litzar.
-          Pues deixeu de fer això – digueren, i van marxar.
  En aquell moment, en Llorenç es va adonar de que li faltava la cartera. I els tres vam recordar, molt convençuts, com un paio se’ns havia apropat molt feia un moment, mentre barallàvem, i l’havíem vist girar la cantonada. Fins a aquell moment no li havíem donat importància però, com per art d’una revelació de Sant Jack Daniels, vam estar segurs de que era ell el que ens havia agafat la cartera. Vam anar a la seva recerca. Ens vam ficar per un carrer on mai havíem anat i vam trobar al paio. Allà assegut a una plaça, rodejat del seu gueto. Tots tres, decidits, vam anar a reclamar-li la cartera d’en Llorenç. Semblàvem una parodia dels Dalton, però sense el tercer membre, col·locats amb ordre de estatura, amb cares serioses i reclamant el que ens havien robat. Si haguéssim anat sobris, mai hauríem fet allò, possiblement ni tant sols hauríem entrat en la plaça. Hauríem perdut la cartera, i punt. Tenia la pinta de ser un lloc mes aviat perillós. I si em pregunteu ara, no vos sabria dir on es troba la plaça. Al que li reclamarem la cartera i els seus amics es miraren entre ells i després ens contestà.
-          ¿Cartera? ¿Qué cartera?
-          Tu, te hemos visto, nos has robado la cartera – digué un de nosaltres
-          Yo no, vosotros peleando, habéis perdido – ens contestà
-          No, perdido no, alguien la ha pillado – afegirem – de lo contrario la habríamos encontrado, y tu eres el único que se ha acercado a nosotros en toda la noche así que devuélvenos la cartera.
Sense el poder de Jack & Daniels mai hauríem estat tant valents, o inconscients, el cas es que, potser perquè després de veure com ens barallàvem entre nosaltres sent amics, va pensar que estàvem perillosament penjats o potser perquè, simplement, es volia estalviar problemes, al que li reclamàvem la cartera, finalment, va cedir.
-          Seguro que habéis perdido, - digué – esperaros aquí y yo voy a buscar.
  Va marxar, i va girar la cantonada oposada de la que veníem. De seguida va tornar amb la cartera d’en Llorenç a la ma.
-          Ves, aquí està tu cartera. Tu me has llamado ladrón, y yo te he ayudado. Ahora dame dinero.
-          No tengo – digué en Llorenç, qui ja s’havia quedat amb la cartera buida abans de perdre-la.
-          Allí hay un cajero, me has llamado ladrón, dame dinero.
  En Llorenç, que sembla ser que no se’n havia donat compte de la jugada del carterista, va accedir, tirant pel terra tota la nostra valenta actuació de pel·lícula barata. Es va apropar al caixer i li va donar diners al que prèviament li havia robat. 5 Euros ens digué, però els caixers no tenen bitllets de cinc. Potser n’hi va donar vint i el seu orgull li impedia admetre-ho. Potser realment encara li quedaven cinc Euros per allí, i se’n adonà en aquell moment. No ho sabem, ni ho sabrem mai. Ell per suposat, no ho recorda.
  No sé en quin moment va passar, però tinc guardat un vídeo d’aquell dia, gravat amb la meva càmera, en el que surt en Llorenç admetent que tant jo com en Mikailov el vam guanyar, i tot seguit fa uns crits un poc bojos. Tot i així, recordo que aquell dia vam marxar cap a casa quan ja es feia de dia, deixant en Llorenç sol. En Mikailov i jo, que començàvem a agafar consciència de tot que havia passat aquella nit, ens vam cansar de escoltar la seva cançoneta, que encara després de tot, no parava. Seguia reptant-nos a un combat, i dient que ens guanyaria. Com si desitgéssim que  s’acabés d’una vegada aquella nit, vam agafar el metro i vam suggerir a es nostre amic que fes el mateix. Però semblava que no volia. Ens va quedar un punt de preocupació per ell, però estàvem molt cansats i cap de nosaltres estava tampoc en condicions de tenir cura de ningú altre. Vam anar cadascú a ca seva i jo vaig caure rodó a sobre del llit.

  Al dia següent, despertant passada l’hora de dinar, vaig trucar tant a en Llorenç com a en Mikailov. Al agafar el telèfon vaig veure la meva ungla negre, que posteriorment vaig perdre. En Mikailov es va apropar al hospital i li van posar venes al braç perquè de poc no se’l fractura, o no li fracturen. Jo, a més de l’ungla, sentia dolor per tot el cos. En Llorenç, en canvi, va dir que no recordava res, però que es sentia millor que mai. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Un día de suerte


Me levanto fresco, bajo las escaleras de la cabaña de bambú dónde me hospedo, me acerco al bar y pido una apetitosa ensalada de fruta con yogurt y cereales muesli. Mi desayuno favorito cuando no lo preparo yo, y además me sale barato. Acto seguido vuelvo a la cabaña, y me encierro en el retrete. Me siento y, sin molestia ninguna, suelto un mojón grande y duro. Uno de esos que ni siquiera te ensucia el ojete. Lo que yo llamo un “perfect”. Sé que tal vez parezca una información irrelevante, pero cuando llevas tres o cuatro días con molestias estomacales y giñando en plan aspersor con grumos, el hecho de echar una cagada dura y sana, creedme, se vuelve relevante. Tanto que me hace pensar que hoy va a ser mi día de suerte.
  Al rato llegan tres camboyanos con pinta de campesinos, desdentados y con las ropas sucias. Traen las dos motos de alquiler que hemos solicitado en recepción para viajar los tres, yo y mis dos amigos con quienes me he encontrado hace unos días aquí, en Kampot. La parte de mi cerebro dedicada a las frustraciones y sensación de impotencia al leer noticias sobre España es pequeña. A penas un eco al fondo de mi córtex cerebral.  
  ¿Había dicho mi día de suerte? Sería la suerte de otro. Nada más subirme a la moto, con mi amigo Estefan montado atrás, engancho una piedra con la rueda, pierdo el control, y caigo al suelo. Estefan, víctima de mi torpe movimiento, cae encima de mí intensificando el golpe que me he dado en el pecho al chocar contra una dura roca. Pero bueno, todo está bien. Tras comprobar que no tenemos más que algún rasguño, nos limpiamos las heridas y decidimos ejecutar nuestro plan de subir la montaña con las motos. Aunque claro, Estefan decide ir montado atrás en la moto que conduce Tomas, el tercer elemento. En este momento entiendo que inspira mucha más confianza que yo.
  Nos vamos los tres montaña arriba, notamos como la agobiante temperatura propia del clima tropical va descendiendo conforme vamos ascendiendo en altitud. Pasamos de un caluroso verano a una agradable y fresca primavera en cuestión de aproximadamente una hora. Paramos en un mirador desde dónde podemos apreciar cómo se extienden vastos bosques tropicales a nuestros pies. A nuestras espaldas vemos a un equipo de trabajo pintando una escultura de Buda gigante. Tras tomar un par de fotos, continuamos con nuestro trayecto montaña arriba. La carretera está en especialmente buen estado considerando que nos encontramos en Camboya. Cuando llegamos a la cima entendemos el por qué. A kilómetros de cualquier población, en medio de algo parecido a nada, nos encontramos un gran hotel de lujo, claramente proyectado por inversiones chinas para el disfrute de las clases más apoderadas. Y decidimos entrar nosotros. Con nuestras pintas de hippies, sucios, y con nuestras heridas todavía frescas no pasamos desapercibidos al entrar. Y, teniendo en cuenta que somos de los pocos blancos que se dejan ver por el lugar, pasaríamos más desapercibidos en una escena de “The walking dead” que en el interior de ese hotel. Vemos que hay un casino y decidimos entrar. Cambiamos diez dólares cada uno para jugarlos en la ruleta. Decido ir a por una apuesta relativamente bastante probable, que aunque vaya a ganar poco, intento incrementar al máximo la posibilidad de no perder con mis fichas. Por eso de jugar más rato. Apuesto todo entre los dos primeros tercios y los números pares. La ruleta nos tiene en tensión unos segundos hasta que la pelotita se detiene en el número treinta y uno. Pierdo todas mis fichas. Como había dicho, hoy no es mi día de suerte. Pero observo el número treinta y uno en la mesa y veo que tiene una ficha, Estefan es el afortunado que convierte sus diez dólares en setenta. Salimos al bar restaurante del hotel y nuestro amigo ganador nos invita a los otros dos a comer Sushi.
  Cae la tarde y decidimos volver a nuestros bungalós. Bajar la montaña de vuelta. De repente me siento especialmente cómodo en la moto, ya he perdido totalmente el miedo que había adquirido al caer, he recuperado la confianza en mi conducción. Justo en ese momento en el que parece que todo va a ir sobre ruedas, noto el reventar de la trasera de mi moto. ¿He dicho ya que no era mi día de suerte? Tras debatir durante unos minutos que hacemos al respecto, y descartar, por suerte, la opción de que Tomás baje con la moto y vuelva con un mecánico puesto que ya está anocheciendo, decidimos parar a alguien a ver si nos puede ayudar. Aunque no es que la carretera esté muy transitada. Pero por suerte parece la hora de finalizar la jornada para los obreros de la zona, y se para un camión con de carga enorme en la que viajan unos diez trabajadores camboyanos, pero vacío de material. Por señas, pues ninguno allí tiene ni idea de inglés, les explicamos nuestro problema. Comprensivos, agarran la moto y la suben a la carga amablemente. Estefan, víctima de mis infortunios, decide subirse al camión y acompañarme en la odisea. Tomás nos sigue con su moto durante un buen rato, hasta que le perdemos de vista. No sabemos si nos ha adelantado o se ha quedado atrás. Más tarde nos cuenta que se quedó sin gasolina y tuvo que empujar la moto durante largo rato hasta encontrar a alguien que le vendiese un poco. Tampoco fue su día de suerte.
  Tras más de una hora subido a la moto subida a la carga del camión, llegamos al pueblo. Nos dejan al lado del mecánico y nos ayudan a bajar la moto. Da gusto encontrase a gente así. Les damos un par de dólares a cada uno, una cantidad que a nosotros nos suena a miseria, pero que a ellos les cuestan unas cuantas horas de trabajo ganar, y se separan de nosotros con una sonrisa. Arreglamos la moto y nos reunimos de con Tomás de vuelta a los bungalós dónde nos hospedamos. Cenamos, cerveceamos, comentamos la jugada y nos vamos a dormir al final de un día de suerte… de otro.