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domingo, 27 de octubre de 2024

CASA BALSEIRO

 Un suelo de madera con podredumbres por las que se te puede colar el pie. Un falso techo carcomido que te escupe polvo de madera a la cara. Una ventana con el dintel que sujeta las vigas del techo quebrado por las humedades causadas por antiguas goteras. Así encontré la habitación de la casa, una casa que respira historia. Y trabajo por hacer. 


  Parece ser la casa más antigua del pueblo. Rodeada de praderas verdes en la ladera de la montaña desde donde las vacas miran atónitas un paisaje que poco cambia a lo largo de los años. A excepción de la tala de eucaliptos. El crimen al ecosistema por parte de la industria de la celulosa. Eucaliptos que crecen, se talan, se replantan y vuelta a empezar. Un ciclo sin fin en el que poco a poco se va destruyendo la biodiversidad de los suelos a la vez que incrementa el riesgo de incendios forestales. Anchas praderas de pastos verdes, bosques frondosos y ríos y riachuelos. Muchos riachuelos. Recuerda coger calzado adecuado si decides darte una caminata por estos lares pues puedes encontrarte la ruta inundada. En este enclave, una aldea con cuarenta habitantes censados, la casa que fue de profesores y curas espera su colapso, ya sea por el paso natural del tiempo o por la acción humana. Un colapso que espero le tarde en llegar. 


Empezar por sacar el mobiliario. La silla de rezar, me cuesta un poco entenderlo de primeras, pero es una silla de rezar. Los motivos religiosos y la altura de la parte de atrás indican que solo podía servir para arrodillarte e hincar bien fuerte los codos para rezar o confesarse. Alguien que, tiempo ha, fue convertido en abono a través del tracto digestivo de un puñado de gusanos, debió de rezar muy fuerte hincando los codos y las rodillas en esta silla. La conservo para restaurar. El colchón de paja con olor a cuadra, directo a la hoguera del jardín. Hoguera purificadora que acabo todo lo indeseado que ya no se puede salvar. 


Vaciada la habitación, se desmonta el suelo. Tabla a tabla, algunas aprovechables, tras dedicarle unas horas de radial y gasoil, otras requieren ser troceadas en trozos más pequeños para que entren en la cocina de leña, fuente de calor en el frío de la montaña. Más trabajo. Revisar vigas, lijar, tratar, cambiar las que no sirven atornillar tablas… Días, semanas… Cambiar el dintel con las vigas bien apuntaladas no vaya a colapsar el tejado sobre mi cabeza. Reforzar la reconstrucción chapucera del muro de piedra con cemento. Aquí no ha pasado nada. Más trabajo. Estructura del suelo: añadir columnas de refuerzo bajo mis pies, el mallazo, el hierro de anclaje clavado en las paredes, el plástico y el planché de hormigón. ¿Mil quinientos kilos? ¿Tres mil? ¿Quién sabe? Una saca entera de arena, unos treinta sacos de cemento y veinte de arlita subidos a pulso. Subidos a cubos, en un día para que el hormigón quede y fragüe de una pieza. Trabajo, mucho trabajo. Pero ahora hay una superficie plana y transitable donde antes podía hundirse el pie y no hay temor a que colapse el techo porque se acabe de quebrar el dintel.


 Satisfecho, entiendes: el trabajo dignifica. Pero no dejes que te lo digan para convencerte de generar más plusvalía para alguien que ni conoces. Marcarse un objetivo que requiere trabajo duro cuya recompensa es la sensación de haberlo conseguido es lo que dignifica. Y queda mucho trabajo por delante, pero para construir un castillo hay que empezar por colocar una piedra. 

 



viernes, 5 de abril de 2024

LA MEJOR HAMBURGUESA QUE HE SERVIDO EN MI VIDA

 Otro día más, otro día de la marmota más. Entro a las 5 de la tarde y ya hace un calor abrasador. Te piden buena presencia e higiene, pero la primera tarea es “engalanar” la terraza para la noche. Entrecomillo engalanar porque básicamente lo que hacemos es colocar más mesas donde durante el día hay hamacas. Al sol de agosto de las cinco de la tarde, como cualquiera puede adivinar, estoy sudando como un cerdo a los cinco minutos. Cinco, cinco, cinco. Soy un genio del neuromárketing. A está hora quedan muy pocos clientes y se puede aprovechar para limpiar las mesas, hacer desaparecer toda cubertería y cristalería de plástico para dar paso a los vasos de verdad. Aquellos que añaden un montón de peso a tu bandeja como las jarras de cerveza de asa. Es un horario muy inglés, comen sobre las doce y para las cinco, pasada su primera borrachera, suben a su habitación en el hotel para ducharse y prepararse para una cena sobre las seis y media y una posterior segunda borrachera. 


 Estoy limpiando las mesas, retirando platos de cartón de aquellos clientes a los que les pilló hambre después de la comida pero antes de la cena. La normativa del hotel lo indica claramente, se puede pedir “comida” en el bar hasta las seis de la tarde. Entrecomillo comida porque esa basura plasticosa que viene en paquetes de plástico congelados y metemos en el hornillo durante 10 minutos antes de servirlo no puede llamarse comida. Aunque lo barnices de ketchup. Voy entrando vasos de plástico reutilizables al ofis, vacío su contenido en la pica y los meto en los racks para el lavavajillas. Que raro, la pica se ha vuelto a atascar y está hasta arriba de un líquido de color marrón en el que flotan infinidad de rodajas de limón y pajitas de plástico. Cuando tengo todas las mesas colocadas y despejadas es el turno de la limpieza. Pasar la bayeta. Una pasadita de bayeta, y mesa limpia. No importa si la mesa está pringosa de cubatas o sangría derramados o incluso helado de chocolate. La bayeta da para todas las mesas, no hay tiempo de volver al ofis a limpiarla después de cada mesa. Dejo las mesas de abajo de los pinos para el final, porque esas no fallan, esas están siempre llenas de mierdas de pájaro. 


  Encargándose de la barra está Iván. Iván es el chaval de la plantilla. Diecinueve años y una educación que sale de lo normal. Algo tímido, siempre sonríe a todos los clientes, nunca alza la voz más de lo necesario, siempre es atento con todo el mundo y jamás le he escuchado rechistar ni quejarse. Deporte habitual entre los que llevamos aquí varios años. Iván es de esas personas de las que absolutamente nadie puede decir una sola cosa mala. No es arrogante, no es cabezón, es buen compañero, no habla demasiado, no molesta. Bueno, a mi si me molesta un poco una cosa de este chaval. Se toma el trabajo demasiado en serio. Aplica las dosis de bebidas solicitadas por la directiva al milímetro, nunca toma una sola cerveza en el trabajo, intenta conseguir la máxima rentabilidad para la empresa. Más o menos lo contrario a lo que hago yo. De hecho, cuando aparece el clásico cliente alcohólico dispuesto a reventar la pulsera del todo incluido, de esos que desayuna cerveza y come con gintonic, yo me lo tomo como un reto personal y durante las noches le sirvo las copas con ochenta por ciento de licor y veinte de refresco. Ese tipo de cliente, a esas horas de la noche, no siente que sepa mal una bebida de estas proporciones, y eso que servimos garrafón. Pero mi reto es conseguir que al día siguiente por la mañana pida agua. Y creedme que más de una vez lo he conseguido.


  Iván está despachando gente en la barra con tranquilidad, no hay gran cosa a esta hora. Pasan cinco minutos de las 6 y saca la que es la última comanda de comida que se había pedido hace unos diez minutos. Entonces el siguiente cliente ve la hamburguesa con aspecto de chancla perdida en la playa y la pide:

  • I want one of this -  Quiero una de esas balbucea

  • Perdón, pero es que ya pasan las seis, y la hora de la comida… - se dispone a explicarle mi compañero

  • ¡Qué te he dicho que me pongas una de esas! -  sobra decir que la conversación entera se sucede en inglés, pero no un inglés británico sofisticado, sino más bien un inglés como el que hablan los de la serie Misfits. O más bien como los de la película Tyrannosaur, de Paddy Considine. No sé de qué parte de Inglaterra viene.  

  • Señor, lo siento mucho pero es que después de las 6 no servimos… -  contesta Iván en un tono educado pero con síntomas de nerviosismo en su voz

  • ¡Qué te jodan! ¡Te he dicho que me sirvas una hamburguesa y me la vas a servir! 


Inmediatamente Iván agacha la cabeza y se dirige al ofis, donde está el congelador de la “comida” y el horno. 

  • No se la irás a poner -  le digo incrédulo tras ver la reacción del cliente. 

 Iván no me contesta y se va directo a encender el horno y mete una hamburguesa a pesar de sus manos temblorosas. Son diez minutos. Mientras yo sigo a lo mío en el ofis, entre tragos de cerveza voy limpiando vasos, cortando limones y preparando el pase de la noche. No pasan ni cinco minutos, que Iván vuelve y mira el horno. 

  • ¿Está la hamburguesa? - me pregunta

  • Todavía no, yo la controlo. Déjame que la saque yo. 

Sigo un poco con mis tareas hasta que suena la campanilla. Saco la hamburguesa y la veo abierta en el plato. Me pregunto ¿Qué le hago?. Mi primera idea es escupirle, pero eso es demasiado poco. Hay que ser justo, y un escupitajo se lo llevó la semana pasada una señora que me pidió que sonriera tres o cuatro veces en una hora, y al rato fue a quejarse a la recepción de que no sonreía. Supongo que el hecho de que el camarero esté pasando un mal día le jode las vacaciones a ella. Un moco se lo puse a un tipo que se me plantaba delante cuando iba con la bandeja cargada hasta los topes y casi me hace perder el equilibrio de esta varias veces. Hay que ser justo, éste hombre se merece más. Éste hombre merece el correctivo más severo de la historia. O al menos de mi historia.  Esta gente que viene aquí y creen que pueden hablarnos como si fuéramos sus esclavos merecen todo el peso de la justicia divina. ¡Ah, ya sé! Llamo a Iván para que lo vea todo. En cuanto asoma, cojo la hamburguesa con la mano y la restriego por el suelo negro de mierda del ofis. 

  • Nooo -  aparta la vista Iván

  • Espera espera - le digo

 Me quedo mirando la hamburguesa. El paseíto por el suelo pisoteado y lleno de líquidos derramados no me parece suficiente. Entonces se me enciende la bombilla. Veo el trozo de tela a cuadros azules y blancos. La bayeta. Esa misma bayeta con la que limpié todas las mesas de la terraza, incluidas las mierdas de pájaro. Bonus, tiene una punta tocando el líquido inmundo de la pica. La agarro con celeridad, y la exprimo encima de la hamburguesa. 


  • ¡Tío! ¿¡Y si enferma!? - exclama Iván nervioso

Me giro sonriente, le miro a los ojos fijamente y le respondo:

  • Eso sería el mayor éxito posible

  • Voy a hacer como que no he visto nada - acaba diciéndome Iván y abandona el Ofis tras lo que me parece ser una arcada. 

  • Si enferma siempre podemos decir que es de tajarse a muerte a diario -  le digo, aunque creo que ya no me escucha pues ha salido del ofis. 

Agarro el plato con la hamburguesa “aliñada”. Entrecomillo aliñada porque… Bueno, supongo que no hace falta que lo explique. Me planto en la mesa del cliente, sonrío como nunca, y le doy la hamburguesa con los botes de ketchup y mayonesa. Disimuladamente observo todo el proceso. Veo que le echa salsa en abundancia. Una ventaja, extra de disimulo para el aliño extra que le añadí yo. Está a punto de hacerse justicia. Actúo sin pedir nada a cambio y sin que nadie se entere. Soy Batman. Bueno, no, mejor no, que es un multimillonario asqueroso que en lugar de invertir su fortuna en proyectos sociales para bajar los índices de criminalidad de Gotham city se dedica a inventar batcacharros para apalear a los más desfavorecidos de la ciudad. Más bien soy Spiderman. Pobre y perdedor, pero con un gran sentido de la justicia. 


 Se zampa la hamburguesa como si no hubiera comido en días y cuando ha terminado me acerco a la mesa. De nuevo con mi mejor sonrisa y mi inglés formal le pregunto: 

  • ¿Estaba buena la hamburguesa? 

  • Si, muy buena -  me responde con una sonrisa socarrona al creer que le estoy tratando bien para que se le quite el enfado, pobre iluso. 


Fin de la historia. Estoy contento, una vez más se ha hecho justicia. Pero no me puedo despedir sin daros el consejo del día, como en las series de dibujos de los ochenta. Nunca tratéis mal a quien os va a dar de comer. Bueno, no seáis capullos y no tratéis mal a nadie, pero especialmente a quien os da de comer.



miércoles, 27 de marzo de 2024

El Xilófono

 Abro los ojos. Estoy tumbado, boca arriba y el cielo parece ser una hoguera humeante de nubes negras sobre fondo naranja intenso. Pocos segundos pasan hasta que en mi campo de visión penetra una calavera que me mira y sonríe simpáticamente. No me preguntéis cómo sé que sonríe una calavera, pero lo sé. El esqueleto que tengo al lado sonríe. Sostiene en las manos unos mazos de percusión que me enseña y al bajarlos empieza una alegre melodía que contrasta con un dolor insoportable que siento en el pecho. 


 Miro a mi alrededor, el paisaje baila jubiloso al son de la música causada por los golpes de los mazos de percusión. Un sonido semejante a un xilófono de esos metálicos, como el que teníamos en el colegio de primaria, envuelve a los árboles ondulantes, a los animales que parecen estar en periodo de descomposición mientras bailan en parejas y a los esqueletos humanoides que forman una dinámica coreografía. Todo junto parece una divertida fiesta infernal que contrasta con el dolor que siento en mi pecho cada vez que suena una nota. Hago un esfuerzo por levantar la mirada y me hago consciente del horror. Estoy abierto en canal y mis costillas desnudas son lo que causa la alegre melodía al ser golpeadas con los mazos por el esqueleto feliz. Cada una de mis costillas, a modo de teclas de un xilófono generan una nota distinta, y a la vez, un dolor insoportable en mi pecho 


  Sigue. No sé el tiempo que ha pasado. Una eternidad, tal vez dos. Recuerdo que caí en moto, imagino que de la caída acabé aquí. En este infierno. Tal vez cada uno de nosotros tiene un castigo diferente reservado para después de la vida, y el mío es soportar un dolor constante en el pecho mientras seres de ultratumba bailotean a mi alrededor celebrando mi sufrimiento. Solo queda poner en práctica lo aprendido de meditación en mis clases de yoga y resignarme. No hay nada que hacer, el dolor está ahí, lo acepto, lo ignoro, y me entrego. Estoy muerto. Resignación.  


  Abro los ojos, no veo un carajo. Está oscuro. Respiro profundamente y me duelen las costillas. La buena noticia, al menos para mí, es que estoy vivo. Podría no estarlo. Ya hace más de tres meses desde la caída en moto y todavía me duelen las costillas al respirar. Voy a poner en práctica la resignación meditativa, a ver si vuelvo a dormir. Mañana será otro día en el que acudiré al trabajo soportando el dolor y la falta de sueño que éste me provoca. Pero la buena noticia es que estoy vivo.




miércoles, 31 de mayo de 2017

Fried noodle. No meat.


 El año pasado, pasé dos meses viviendo en la capital de Cambodia. Phnom Penh. Vivía cerca del “Russian Market” donde, gracias a una amiga, descubrí que preparan unos fideos bastante buenos por poco más de un dólar. Al acercarte a la tienda, la mujer que los prepara te preguntaba si los quieres con pollo o cerdo, y yo se los pedí sin carne. Me preguntó que si comía huevo. Desde ese día fui allí a comer en varias ocasiones, tal vez más de diez, hasta el punto de que la mujer, nada más verme, me sonreía y me preguntaba “ fried noodle no meat egg ok?” Agradecí mucho encontrar aquel puesto de comida, ya que a menudo es difícil entenderte con los locales para comer sin carne en un país donde puedes encontrar como menú cerdo, pollo, saltamontes, castores o perro entre otras cosas que no me quiero ni imaginar. Aquí tenía la oportunidad de disfrutar una experiencia local sin renunciar al mis convicciones y, porque no decirlo, ahorrarme un dinero, puesto que para encontrar comida vegetariana lo mas normal es acudir a restaurantes en los que la comida te sale por unos tres o cuatro dólares. Que aunque pueda parecer barato para nuestro estándar, de verdad os digo que cuando viajáis por mucho tiempo y con presupuesto ajustado, son este tipo de ahorros los que marcan la diferencia.


Este año, de paso en la ciudad, decidí visitar el puesto de fideos. Me lleve una grata sorpresa al ver que habían diseñado un menú que estaba en khmer y en inglés y en el que se incluían dos opciones para vegetarianos. “Vegetarian fried noodle” y “Vegetarian noodle soup”. Además el negocio parecía irle bastante bien a la mujer, pues tenía empleados. Tal vez sean delirios de grandeza, pero me gusta pensar que colaboré a que ello sucediera. Ahora, en el Russian Market de Phnom Penh, donde se junta tradición camboyana y visitantes extranjeros, hay una opción vegetariana visible a todo el mundo y asequible. Y funcionando como funcionan los negocios por estas zonas, no me extrañaría que en breves todos los puesto del mercado sigan su ejemplo. Si en lugar de haberlo pedido, hubiera tenido miedo o vergüenza, por aquello de evitar una situación embarazosa en la que te ofrecen algo que eres incapaz de comer, tal vez ahora todavía sería difícil conseguir un plato vegetariano en el mercado. Eso me hace pensar en que a veces solo hay que mostrar la necesidad para que ocurra un cambio. Y me viene a la cabeza aquella cita de “se el cambio que quieres ver en el mundo”. Aunque todavía tengo que trabajar mucho en mi propia persona para creer que soy el cambio ideal para el mundo. 

viernes, 26 de mayo de 2017

¿Cuántas veces? (Vídeo)


-Acción- Me digo a mi mismo. Estoy solo en mi habitación, la cámara está grabando y soy el único actor. Quiero hacer una lectura de una de mis poesías, que suene profunda, que guste, que alguien se emocione al escucharme. Aquello que se dice, “que llegue”. Sudo, me pongo nervioso, a pesar de ser el único imbécil en la sala, me pongo a sudar como si estuviera a punto de recitar mi poema delante de una audiencia incontable, un estadio tal vez. Maldita inseguridad. Hace frío, es de noche y pleno invierno, así que salgo a refrescarme y a ver si se me seca el sudor. Con suerte no pillo un resfriado. Pienso en dejarlo, estar frente a la cámara no es para mí, yo soy más de estar detrás, de maquinar en las sombras, de escribir las ideas, de contar cosas sin estar presente y así evitar el juicio directo. Que sean olvidadas si fueron malas y que solo me lleguen los “Ey, leí tu relato, está muy bien”, sin que pueda ver las caras atónitas de aquellos que opinaron que el mismo relato era un montón de palabras masticadas, tragadas, bañadas en jugos gástricos y vomitadas. Delante de la cámara me siento expuesto, desnudo, pero lo tengo que hacer, aunque sea solo por romper ese miedo. Entro en mi habitación, y empiezo.

Intento recitar de memoria, pero no me lo sé lo suficientemente bien. Pienso demasiado entre versos, y se escuchan los “eee” y “mmm” que evidencian que estoy pasándolas putas para recordar la mierda que yo mismo he escrito. Aun así llego hasta el final, y pienso que no hay nada que la edición de vídeo no pueda solucionar. Y una mierda. Tras recitarlo un par de veces ante las cámaras veo lo grabado y esta todo mal. Y cuando digo todo mal es todo mal. El tono de voz, la interpretación, los espacios entre palabras, las respiraciones exageradas. A la mierda. Lo borro todo sin pestañear y vuelvo a plantar la cámara en el trípode. Grabo. Pero esta vez leo directamente. Mi interpretación es ridícula de todos modos, así que no se forma ningún sentido en mi cabeza que me diga que es buena idea interpretarlo como intentando transmitir algo mediante mi lenguaje corporal. Así que decido leer recordando los recitales de Bukowski, y dejar la interpretación para las imaginaciones de los que decidan darle al play y mirarme. Lo importante es que lleguen las palabras de forma clara y concisa a los oídos de los posibles espectadores. Así que simplemente adopto un tono de voz claro y alto, y leo pausadamente. Repito el proceso unas cuantas veces y me olvido del sudor frío de mis axilas.


Bueno, ahora esta mejor, aunque aun me da cosa verme, me pone nervioso, me molesta pensar que tal vez se vea ridículo a ojos de terceros, pero me da igual, está decidido. Meto los archivos en el ordenador, limpio la voz y lo visualizo, una vez, y otra... y unos cuantos meses después consigo vencer la inseguridad, al menos un poco, y subirlo a la red dispuesto a recibir los golpes, y los halagos. Aquí lo tienen:

miércoles, 10 de mayo de 2017

FRONTERAS

 Llego a la frontera. Para abandonar el país me piden dos dólares. Una estafa normalizada que se llevaba a cabo por la policía fronteriza en varios países de este área del mundo. Suelo pagar sin rechistar. Estás en una frontera de un país desconocido tratando con la policía que sabes que a menudo es la ley. Todavía no se cuestiona, por norma general, aquello de ¿Quién vigila a los vigilantes? Y veo a todos los turistas pagar sin si quiera preguntar el por qué de dicha tasa. Pero últimamente he leído varios artículos de personas que han conseguido que les sellen sin pagar. Y un poco harto de que la policía me robe el dinero, decido plantarme, y no pagar.
Empiezo pidiéndole al policía un recibo de lo que pago, recibo que, por supuesto, no existe. Se me acerca una pareja francesa, el chico me pregunta que está sucediendo y deciden unirse a mi causa, con mucho más ímpetu del que tengo yo. Somos los únicos en la frontera puesto que el resto de los turistas han visto el proceso como un mero trámite. La mayoría de la gente, en la que me incluyo, normalmente aceptan estos pequeños robos, por aquello de “Es lo que hay”. Plantar cara a la corrupción no parece ser una opción, no vaya a ser que algún día cambie. Dos dólares para salir del país, dos dólares que se van directos al bolsillo del policía. No van a pagar escuelas ni a mejorar la vida del país. Son dos dólares que no hacen mas que colaborar a la desigualdad y a la mezquindad de la mayoría de los agentes de policía del país, que se nota que se hacen agentes de la ley por avaricia y no por patriotismo o sentido de la justicia. Me piden estos dos dólares por salir de Laos, y luego cinco mas, ya en territorio camboyano. Cinco dólares extra sobre el precio oficial del visado, claro. La cantidad no es muy grande, pero es una cuestión de principios, aceptarlo es aceptar la corrupción sistemática.

El francés, con fuerte determinación le pide por favor, sin perder la sonrisa, pues sabe que en el sudeste asiático lo peor que puedes hacer es perder las formas si quieres conseguir algo de alguien, que le estampe el sello de salida sin pagar los dos dólares. Que sabe que no tiene que pagarlos porque se ha informado en la embajada. El agente se niega en rotundo. Todos se niegan, todos parecen estar bajo las órdenes del que mas habla con nosotros. Un señor con pelo corto y dientes de rata. De hecho, cuando pregunto a la oficial de la ventanilla de al lado, parece sentirse avergonzada, o culpable, pero nos señala a su compañero, el dientes de rata, como si ella no pudiera decidir. Cuando el chico francés le explica a Dientes de Rata que se ha informado en la embajada de que no tiene que pagar, el agente de policía hace como que no nos entiende, dice no hablar inglés, solo cuando le interesa. Luego nos dice que en Camboya por el sello nos piden cinco dólares, y que él solo nos pide dos. Como si tuviéramos que agradecerle que es corrupto pero menos que la policía del país vecino. Entiendo que la corrupción es contagiosa. Deseamos que venga un autobús lleno de turistas y así nos sellen rápido el pasaporte para no arriesgarse a que se sumen a la resistencia todos los llegados. Pero eso no pasa, parece que nadie mas pretende cruzar la frontera hoy. Nos dicen que todos los transportes para irse de allí se han largado ya. Aunque creemos que es un farol para asustarnos y que soltemos los dos dólares. Finalmente el chico francés y el policía empiezan a regatear. Mierda, eso no es lo que quería. El policía debería entender que no es cuestión de dinero, si no de moral. El francés consigue que nos dejen pasar pagando un dólar cada uno. A mi ver es como si no hubiéramos ganado nada. Pero bueno, un dólar es un dólar. En todo el proceso nos hemos mantenido sonrientes y educados, pues se ve que todos somos conscientes de que así es como funciona la sociedad aquí.

Ya en territorio camboyano, aparece un tipo diciéndonos que hay que pagar la tasa, que es así y que todo el mundo la paga, y que nuestro autobús se ha ido, que no quedan transportes. Nuestra simpatía se ha agotado un poco y el francés le dice que eso está mal, que es corrupción y que cuando sales o entras del país en avión no pagas por esos sellos. En los aeropuertos hay un mayor control. Nos dice que nos tranquilicemos que el solo viene a ser amable con nosotros y que nosotros le estamos contestando mal, y entonces nos remarca que hay que pagar. Me pregunto si tiene algo que ver con la construcción del entramado corrupto.

Yo le ignoro totalmente y me dirijo directamente a la ventanilla para que me den el visado de entrada a Camboya. Dejo sobre el mostrador 30 dólares justos junto a mi documentación. Precio exacto y oficial de lo que vale el visado para entrar a Camboya para un europeo. El agente de policía me pide cinco mas, sin amabilidad ninguna. Protesto un poco y pido recibo, pero claro, todo son negativas, y, agotado, le doy cinco dólares extra. En camboyano veo como le dice al tipo sin uniforme que nos estaba hablando antes, que nosotros somos los hijos de puta que no queremos pagar por el sello del visado por el que se supone que nadie debería pagar. No entiendo ni una palabra de camboyano, o khmer, como se llaman los habitantes de Camboya, pero sé lo que han dicho, entre otras cosas porque ha utilizado la palabra “stamp”, que imagino que no tiene traducción en su idioma. Me despacha a desgana y con mala leche, las sonrisas se han acabado. De algún modo, a sus ojos, nosotros somos los que estamos haciendo algo incorrecto. Los franceses tampoco tienen ganas de pelear más, y también pagan los cinco extra dólares sin intentar evitarlo.

Por fin salgo de allí. Con un espacio en blanco en mi visado dónde debería poner la cantidad pagada por él. Una prueba más de la estafa de la que somos víctimas todos los extranjeros que pasamos por allí. Me alivia alejarme de la presencia policial. Me recibe una muchacha sonriente y me informa de que los autobuses han marchado. No se estaban marcando un farol. Trabaja para una de las empresas con sede allí, por suerte, con la que yo tenía el tíquet de autobús. Ella organiza un transporte privado para mis compañeros de guerra y me despido de ellos con un “Don't give up the fight”. Aunque hubiera sido mas apropiado un “Vive la resistance”. A mi me ofrece alojamiento en la casa que hace de estación de la empresa de autobuses para la que trabaja. También ofrecen un básico menú a base de arroz. La alternativa que me ofrece es subirme al autobús del día siguiente sin pagar nada. Si quisiera irme ahora, tendría que pillar un transporte privado bastante caro. El alojamiento consiste en una cama sin colchón en el trastero de la casa, y me piden seis dólares, lo cual es mucho si comparamos con los precios que se manejan en la zona, pero dadas las alternativas, acepto.

Paso el resto del día conversando con la chica que me recibió. Su nombre es Kun. Lo primero que tengo que hacer es pedirle disculpas, pues me cuenta que me han estado esperando y que los demás clientes que iban en el autobús se han enfadado con ella. Le explico el motivo de mi retraso y me dice que si la policía lo dice, es así. En su mente de provinciana camboyana no entra el hecho de que la policía pueda ser mala. Y entiendo porque la policía es tan corrupta en este país. Debe ser tremendamente fácil si la mayoría de la población no te cuestiona solo por llevar uniforme.

Comparto con Kun mi paquete de anacardos, y se sorprende, me dice que son muy caros. Estoy de acuerdo, realmente son bastante caros. Acepta con gusto, pero no a cambio de nada, así que desaparece unos minutos y vuelve con unos mangos verdes con su ácido aliño y los comparte conmigo. Seguimos conversando, dice que le gusta hablar con extranjeros, y que por ello buscó trabajo en la frontera. Me admira su capacidad de aprendizaje, pues habiendo estudiado muy poco en el deficiente sistema educativo camboyano, la chica habla inglés y chino, además de khmer, claro. Solo fue a la escuela hasta los doce años, y a una escuela pública, lo que en Camboya quiere decir no tan cara como las buenas, en la que no daban ningún idioma extranjero. Con ocho hermanos, si ella seguía estudiando, sus padres no podían permitirse llevar al pequeño a la escuela. Así que empezó a trabajar y a cuidar de sus hermanos. Cuando tenía tiempo, me cuenta que iba a alguna escuela gratuita de su pueblo a aprender idiomas. Una de esas escuelas probablemente llevadas a cabo por una ONG, ya sea nacional o internacional, en las que los profesores son voluntarios que están de paso, a menudo sin experiencia ninguna como educadores y que desaparecen sin motivo alguno en cualquier momento. Allí aprendía inglés, pero me cuenta que como más aprendió fue agregando a desconocidos en facebook y hablando con ellos. Me cuenta muchas cosas, como que estuvo deprimida mucho tiempo porque su cyber novio se casó con otra sin decirle a ella nada y se tuvo que enterar por las fotos de su boda que colgó el en Internet, o como que no bebe ni fuma porque eso da la impresión de ser una chica fácil y un poco guarra, y ella no es así. Le digo que una cosa no tiene que ver con la otra, y ella me dice que sabe que en mi país no es así, pero que en el suyo si. Cosa que contrasta mucho con el logo del conejito de playboy de su camiseta, pero claro, entiendo que ella no tiene ni idea de dónde sale, y que lo viste porque se les ha vendido como un logo de moda. Fashionable.

La conversación se interrumpe cada vez que alguien cruza la frontera, pues el hecho de estar charlando conmigo no la aleja de sus obligaciones. Recibe cordialmente a todos los viajeros y los acompaña a cualquiera que sea el vehículo o la oficina a la que deben llegar. Sea o no de su epresa. Le pregunto si hay plaza en alguno, y me dice que no, que solo quedan coches privados ahora, pero que si quiero intentar hablar con algún turista y acoplarme a su destino igual tengo suerte. Paso. En un momento en el que ella se sienta en la mesa de al lado y yo me pongo a leer, veo como uno de los conductores de autobús se sienta a su lado. Ella le habla cordialmente, como habla con todo el mundo, y veo que él se le acerca mucho. Le da golpes, en plan broma, en el lado de la pierna, mientras veo como se toca la polla por encima del pantalón de chándal roñoso. Ella le grita, y luego me mira y me dice que le está diciendo que es muy feo, lo cual es una realidad objetiva, pero aún así el chico no se rinde y sigue dándole cachetes en el muslo mientras le dice algo que no comprendo. El chico me mira, parece buscar complicidad, sin embargo a mi me despierta desprecio, en el mejor de los casos. Se levanta y se larga. No sé si se habrá sentido incómodo bajo mi mirada, o más probable, está ya lo suficiente cachondo como para ir a pelársela. Kun vuelve a sentarse a mi lado y me dice que al chico ese se nota que ella le gusta mucho, pero que él está casado, y por lo tanto está mal lo que hace. Le digo que aunque esté casado tampoco está actuando muy educadamente con ella, y me dice que son cosas de chicos. Que los chicos en su país son así. “Violadores potenciales”, pienso para mí, y se me ocurren mil cosas que decirle sobre el respeto que se merece y como no debería tolerar que la toquen así, pero entiendo su educación. Lo he visto muchas veces, las chicas son educadas para ser siempre amables y sonreír ante cualquier situación, igual que en la España de los 60. Seguramente si montara un escándalo a causa del acoso, la culparían a ella y perdería su trabajo. Así que no sé que contestarle a ello, por lo que solo se me ocurre decirle que se merece más respeto, y que lo que hace el hombre está mal esté casado o no. Solo me contesta un “maybe”. Quizás.

Cae la noche, es la hora de pago. Kun recibe unos billetes de la mano de su jefe y tras contarlos, se borra su sonrisa por primera vez en todo el día. “Dos dólares” me dice, “todo el día aquí metida y me pagan dos dólares”. Le pregunto si sus jefes son un poco tacaños, recupera su sonrisa para mirarme y me dice que nos veremos por la mañana del día siguiente. Agradecido, le doy las buenas noches.


Paso el resto de la noche leyendo y ceno un plato de arroz frito con verduras. Me meto en mi habitación cuando veo que los propietarios de la casa están preparando las camas en el lugar que es el restaurante, o la oficina, o básicamente todo el uso que le puedan dar a cuatro paredes. Cuando estoy en la cama veo que en un lado de la habitación tienen un montón de herramientas y ropas viejas acumuladas. Realmente esto es el maldito trastero de la casa. Pero bueno, no es grave, puedo dormir perfectamente sobre una tabla de madera rodeado por trastos viejos. Cierro los ojos, el sueño me invade, y entonces lo escucho. El roer y correr por entre los trastos. Hay ratas. Me levanto, las busco, no las veo. Supongo que la luz las hace estar mas alerta, sus sonidos se hacen menos frecuentes, así que decido volver a la cama con la luz encendida, cierro los ojos, y pienso para mi mismo. “ Joder, que cabrones. Me cobran seis dólares por un trastero lleno de ratas y a Kun le pagan dos míseros dólares por todo un día de trabajo”. Me duermo.


   

miércoles, 29 de marzo de 2017

BICICLETARIO: LUANG PRABANG

Ya ha pasado la ceremonia de las almas en Luang Prabang, es decir, ya es de día y los negocios abren. Me despierto y me marco un buen desayuno continental. Tengo la intención de que la primera comida del día me dure lo suficiente en el estómago como para dar una buena vuelta en bici. Leí por Internet sobre una ruta a lo largo del río Khan, subiendo por su lado este y bajando por su lado oeste. Así, tras la espera en el lugar de alquiler de bicis, empiezo mi ruta. Luang Prabang va desapareciendo del paisaje conforme avanzo. Los edificios son gradualmente sustituidos por campo y naturaleza. El objetivo es Ban Picknoy, un pueblo donde parece ser que es fácil cruzar el río con la ayuda de los pescadores y sus barcas.

Hago una primera parada en la tumba de un señor francés, que por algún motivo se decidió que descansara para toda la eternidad en medio del bosque, entre nada y ningún sitio. Un tal Henri Mohot, explorador de la época colonial. Para llegar a ella se ha construido un corto pero bonito paseo cruzando un pequeño puente de madera y subiendo unas escaleras formadas a base de moldear el propio terreno de la colina. Al lado de su tumba le han levantado una estatua, de manera que está siempre allí esculpido al lado de la tumba donde descansan sus restos.
Continuo el camino que acaba al lado del río, donde puedo ver a varias recolectoras de algas. Ese alimento conocido como Mekongweed que frito está tan bueno. Me miran y comentan entre ellas algo que incluye la palabra “farang”. Que significa extranjero no asiático. Las saludo y parece que se avergüenzan un poco al ver que me he dado cuenta de que hablaban de mi. Siguiendo en dirección a mi bici por la orilla del río, llego a una pequeña tiendecilla donde compro algo para picar. Me lo como mientras observo como, un poco más allá, unos cuantos laoenses montan una carpa donde celebrarán San Valentín esta noche.

Vuelvo a la carrera. Decido ir hasta Ban Picknoy sin volver a parar. El pueblo donde pretendo cruzar el río antes de iniciar mi camino de regreso. El camino se hace un poco más duro, pero factible, a pesar de sus subidas y bajadas. Llego al pueblo bastante cansado, así que decido aparcar la bici y dar una vuelta caminando. Me paseo por el templo del pueblo y escucho como los locales comentan acerca del “farang” que ha aparecido en el pueblo. Me adentro entre las casas y veo perros, niños y adultos sorprendidos al verme. Los más extrovertidos se atreven a saludarme y dibujan una sonrisa tímida cuando les devuelvo el saludo. Parece ser que el principal motor de la economía del pueblo son las algas del río, puesto que en el patio de cada casa se encuentran cientos de ojas de algas extendidas al sol, secándose, con rodajas de tomate y ajo sobre ellas para darles sabor. Callejeando por el pueblo, si es que a esos polvorientos espacios entre las casas se les pueden llamar calles, acabo de nuevo en la orilla del rio. Allí me encuentro a dos chicas en cuclillas amasando las algas que han recogido del río para convertirlas en una masa homogénea. Cuando me ven les entra una risilla tímida. Les cuesta mantener la mirada conmigo. Le pregunto a una de ellas si le puedo echar una foto, y asiente, pero cuando levanto la cámara, oculta su rostro tras su enorme sombrero. Veo que a su lado descansa una barca y le pregunto si me puede llevar al otro lado del río. Toda la comunicación es a través del lenguaje corporal, porque ni yo entiendo una palabra de laoense ni ella una palabra de inglés. Me dice que no, y me señala un poco más abajo del río donde veo una carpa en la que unos chicos están preparando la celebración de San Valentín.

De camino me cruzo con un hombre si dientes y el logo de SevenUp tatuado en el brazo. Sube corriendo hacia el pueblo y cuando me ve deja al descubierto el agujero negro debajo de su nariz a modo de sonrisa y me saluda efusivamente. Se nota a la legua que va intoxicado por alcohol, o algo peor. Llego a la carpa y de los cuatro chicos que hay allí, uno habla inglés y me dice que el barquero ha ido un momento al pueblo, pero que volverá enseguida. Temo que sea el chico sin dientes. Me pregunta de dónde soy y cuando le contesto me responde que le gusta el fútbol español. “Barcelona, Madrid”. Le sigo un poco el rollo y le digo que si, que tenemos buen fútbol y que soy del Barça, y el es del Madrid. Pero eso no despierta rivalidad en ellos, pues me dice que el Barcelona es su segundo equipo de fútbol favorito. Luego me pregunta que si fumo, que me puede conseguir marihuana y opio. Declino su oferta amablemente y tras unos minutos de conversación superflua, aparece el barquero. El hombre sin dientes al que casi parece que le cuesta mantenerse en pie. El chico que ha hablado conmigo me dice que va borracho, pero que no me preocupe, y cruzamos el río los tres. En medio del río me siento totalmente indefenso y vulnerable. Pienso que he decidido confiar en unos desconocidos que podrían hacerme lo que quisieran impunemente, pues sería muy difícil hallarme si algo me pasara aquí, cuando creo que nadie sabe donde estoy. Luego pienso que he visto demasiadas películas y que son dos chavales contentos de haberme encontrado pues se podrán comprar un par de cervezas más para la celebración de esta noche. Me ayudan a subir la bici por la ladera del río hasta el plano del pueblo. Me despido de mis amigos circunstanciales e inicio el descenso.

Por lógica, debería ser más fácil bajar a lo largo del río que subirlo. Por lógica. Pero no es así. El terreno es una montaña rusa de subidas y bajadas y el asfalto no existe a este lado del rio. Mi bicicleta, de carretera, me ofrece más resistencia en este terreno. De vez en cuando me adelanta un camión y entonces como polvo. Mucho polvo. Lleno mis pulmones de la tierra roja de la cual se compone el camino. Además se me pega a todo el cuerpo por el sudor. La piel se me está poniendo muy roja del sol y entiendo que bajar va a ser lo más duro del recorrido. El cansancio me empieza a apretar, y el hambre también. Entonces veo un resort. Lo había visto anunciado en el pueblo, es uno de esos sitios en los que hacen negocios con los elefantes al que no me gustaría darles dinero. Pero mi supervivencia ahora es una prioridad así que me detengo con la esperanza de poder comer unos buenos fideos y descansar un poco para reponer fuerzas. Me siento y el recepcionista me pregunta que de dónde vengo. Cuando le digo la ruta que estoy haciendo se ríe de mi, y me dice que es mucho. Imagino que suele ver a gente más preparada haciendo dicha ruta. Entonces le pido de comer, pero mala suerte. La cocina está cerrada. Aún así, veo que tienen chocolatinas y recuerdo la energía que me daba de pequeño el snickers, esa con cacahuetes en su interior. Así que cojo un snickers, y de la nevera una beerlao y un agua. Aunque no están frías puesto que durante el día apagan la nevera para ahorrar energía. Y allí estoy, comiéndome un snickers con todo su aceite de palma en un resort que explota a animales salvajes como negocio. El hambre no entiende de principios.


Me largo de allí y sigo mi trayectoria. Muerdo el polvo levantado por los camiones y la montaña rusa sigue siendo igual de irregular. En varias ocasiones incluso tengo que bajar de la bici porque al subida se me hace demasiado empinada para vencerla pedaleando. Llevo ocho horas de trayecto de las seis que me prometía el blog de Internet, pero finalmente diviso el aeropuerto de Luang Prabang, señal de que llego a la ciudad sano y salvo con una experiencia inolvidable a cuestas.



 

lunes, 14 de noviembre de 2016

CIRCULAR RAILWAY (YANGON, MYANMAR)


Inside any public transportation in the world you can see a pretty accurate portrait of the society where it belongs. A trip on the metro of any city in the world gives you a brush of how middle class, which means most of the people, of that city behaves and interacts with their siblings. In Yangon city, at the south of Myanmar, there is a very special example of it. A circular train makes laps from the very deepest heart of the city, place for young people’s hang outs, studies and businesses, to the countryside bordering the city, where the salary men and women carry all the collected grain and vegetables along the day.

  From my first step in the car of the train, I felt truly welcomed by all the passengers. They kept smiling at me and greeting, apparently curious for seeing such a tall man and with those strange clothes. I took my camera and I was a kind of fun for some of the Burmese people, no matter young or old, male or female, many of them offered themselves to be the protagonists of one of my pictures. When the train got full, some people woke up from their seats to offer them to me. They were kind like that, even the elder ones. I gently declined they offer, I thought they need it more than me, plus I was enjoying walking around the cars of the train. Sometimes, food from the homemade meals, either with noodles or rice, some people were eating was offered to me. I wonder why, maybe is because Myanmar opened their borders to the tourist recently and seeing foreigner visitors is exciting for locals, or maybe is just their nature, but Burmese people are extremely kind and friendly.




 I looked around and I saw kids, mothers, elder people, young fashionable students, Buddhist monks dressed in garnet, nuns in pink, and I see a girl with an extremely exotic beauty staring at me with her deep intense black eyes. After a few seconds staring each other, I ask her to be in one of my pictures. She assents with a shy smile and I still get seduced every time I look at the picture taken. The train makes many stops along the way, but there is one special stop because the loud noise of voices yelling heard coming from outside. It iwas the first stop in the limit of the city, a train station surrounded by corn and wheat fields. The scandal outside were the peasants rushing and organizing the way they had to carry all the foods collected along the day. Sacks full of different vegetables were thrown inside through the windows and then the field workers jumped in too. There was a big contrast between the people coming in now, with all the dust on their clothes and their big hats to get protection from the sun, and the young modern and fashionable students that came in the train at the stops nearby the University of Yangon. No doubt that was an interesting mosaic of faces.
 I’ve spent about three and half hours inside the train to make the whole lap. And every single minute was worth it thanks to the amazing inhabitants of Yangon.




sábado, 24 de septiembre de 2016

BLOQUEO


Sufro un bloqueo,
no sé qué escribir,
sufro un bloqueo.

Cuando no sé qué escribir y escribo, simplemente no escribo nada, sino que solo gasto hojas de papel y tinta por el hecho de escribir. Porque escribo. Porque quiero ser escritor y no me puedo permitir no escribir aunque no sepa sobre qué. Porque me propuse, además de algún que otro proyecto a parte algo más ambicioso, escribir una entrada mensual en el blog, como mínimo. Por eso escribo, aunque no tenga ni idea de el que escribir.
No esperes ninguna reflexión profunda al final de este texto, tampoco ninguna entretenida historia de acción. Esto que tienes en frente es tan interesante como los prospectos en el dorso de los botes de champú. Tal vez llegues al final si lo estás leyendo desde el móvil mientras cagas. Son palabras vacías. Pero escribo.

Escribo preguntándome por qué escribo tras tanto fracaso acumulado a mis espaldas, escribo preguntándome por qué no escribo más o por qué sigo. Y escribo preguntándome por qué no se me ocurre nada sobre lo que escribir. Tal vez la edad acorte la imaginación, tal vez sea la frustración de las cuarenta y ocho horas semanales, tal vez sean lo castigadas que tengo las neuronas, tal vez sea el amor que vuela a mi alrededor y me hace visitas inesperadas que revuelven mi mente. Tal vez sea la sensación de vanidad del existir de todos los que vivimos como si fuéramos lo más importante del universo cuando no somos nada más que simples seres nacidos de una casualidad cósmica.


El caso es que, no sé de lo que escribir, pero escribo.   



Pequeña muestra de exposición fotográfica 


lunes, 7 de marzo de 2016

COLONIZACIÓN 2.0

En el libro “Días Birmanos”, Flory, una clara representación de la persona real y autor del libro George Orwell, es un colono inglés destinado en Birmania que tras comparar a sus compatriotas con los locales, llega a odiar a los de su propia raza. Esnobs ingleses que explotan la pobreza de los que les rodean para vivir una vida llena de lujos, siervos y ginebra trabajando lo menos posible. Se pasan la mayor parte del tiempo en el exclusivo club Inglés donde los locales no tienen permitida la entrada a no ser que sean criados del lugar. 

 En el Instituto Francés de Phnom Penh, Cambodia, proyectan un documental sobre George Orwell y las similitudes que tiene la Birmania actual con su profético libro 1984 y que residuos quedan de aquella época colonial en la que vivió. Muestran como los colonos despreciaban a las personas locales tratándoles come poco más que animales, que eran solo útiles en caso de que pudieran ser siervos, prostitutas, en definitiva, esclavos. Cualquier birmano que no fuera siervo de un blanco, era considerado un enemigo. No había término medio. Me gusta que haya esta conciencia y se denuncien tales atrocidades. Demuestra que las personas hemos aprendido y la lucha por la igualdad social en el mundo va adelante. ¿O no?

 Decido ir a ver el documental, y como llego un poco antes y hace mucho calor, me siento a tomarme antes un té helado en la barra montada en la entrada del centro cultural. Me lo prepara una simpática y alegre camboyana. La única del lugar. Me siento como en una versión moderna de los clubs colonos en los que los locales solo servían para servir, solo que en lugar de leyes prohibitivas y policía, ahora hay otro método para retenerlos en la entrada. Unos precios abusivos que el camboyano medio jamás pagaría. La camboyana que sirve en la barra está contenta porque tiene un sueldo y unas condiciones y salario ligeramente por encima de la media Camboyana, unas condiciones que se considerarían ridículas en cualquier país europeo. Igual que los criados de los clubes retratados en la novela de George Orwell, que estaban contentos de servir a los blancos porque representaba alto estatus y ganaban algo más de dinero que trabajando en el campo o en cualquier otro trabajo que no requiriera una formación específica demasiado difícil y costosa. Así que las cosas tampoco han cambiado tanto. El sudeste asiático sigue estando lleno de blancos que explotan la pobreza local para enriquecerse o montar sus lugares de recreo. A lo largo y ancho de Tailandia, Camboya, e imagino que también Laos Indonesia etc… dr pueden ver locales en los que raramente entra un nativo del país si no es un empleado, en su lugar están disfrutando de sus cócteles con precios exagerados hombres y mujeres blancos, hablando de cosas de blancos, conversaciones en las que no tiene cabida un asiático. Colonización 2.0 de la mano de nuestro amigo capitalismo.



domingo, 2 de agosto de 2015

CARA B

Ibiza, esa isla conocida por sus fiestas, sus playas y su diversión. Esa isla en la que los garitos presumen de conseguir cualquier cosa que desees, siempre y cuando puedas pagarlo, claro. Ese lugar de caras festivas, alegres, disfrutando de la vida nocturna a tope y relajándose durante el día en sus playas de agua cristalina. A ritmo de música electrónica en su cara A. Pero le damos la vuelta al disco y la música es bien distinta, porque toda esa fiesta y disfrute no se genera sola. En la cara B están los artífices, rostros cansados que salen de sus trabajos de madrugada y con dolor de piernas. Son los rostros que no saldrán en google cuando buscas Ibiza. A las dos de la madrugada los puedes ver en los barrios paseando a sus perros, todavía con sus uniformes de camareros, o limpiadores o pantalones a cuadros de haber salido de una cocina. Con las placas identificativas todavía colgadas de sus camisas. Placas en las que aparece su nombre y el de la empresa a la que entregan su juventud a cambio de un salario al mes. Estos son los rostros de la cara B, pálidos por no haber tenido tiempo ni energía para ir a la playa, a pesar de tenerla a diez minutos, serios, cansados de sonreír hipócritamente a sus clientes por exigencias del contrato. Rostros decepcionados que una vez soñaron ser futbolistas, estrellas de la música, o de la televisión, pero crecieron. Crecieron y soñaron en ser abogados, arquitectos, biólogos o escritores, pero maduraron. Maduraron y se ven atrapados en sus rutinarias jornadas que les absorben el tempo para perseguir sus sueños, y se encuentran con sus semejantes, hay complicidad, se abrazan, pasean al perro por las noches y tienen su pequeña recompensa.  

viernes, 24 de abril de 2015

Airports' things

It happened more than one year ago, I don’t know why, but, it came to my mind recently. I was in Prague’s airport ready to go to Japan and I saw a girl that was also waiting that plane that never took off the day before. It was more than one year ago, but today it popped up into my mind like a yesterdays’ fresh memory.
 I sat in front of the girl and I started talking to her. She was very nice. A Finnish girl, maybe Swedish, I don’t remember, who was going to Japan for work, performing in a circus. I was very surprised, such a young girl. She was twenty-two years old and was going to travel to the most far East to work, with all the visa stuff arranged and a work contract with her. She explained all those things without losing the brightening smile on her face. Not even a second.
 The boarding time arrived and I rushed towards the door to make sure that, that time, it would be possible to take the flight. It was my second try, as I explained back in that day in this blog. Meanwhile she went to the toilet, so many people stood up between us. Every time I looked back and our eyes coincided, she dedicated a cute wink of an eye with here gorgeous smile always turned on. That was one year ago, but, even though I don’t remember her name, I remember her face as if that had happened last night. When she passed across me in the alley of the flight winked an eye and smile. When I went to the plane’s toilet and I saw her, sitting in her seat, winked an eye and smiled. The same some more times.
 Once we landed in Moscow, where our flight had to make scale, she approached me with more winks and smiles, and asked to me:
-          Can we go together to the terminal C? – Which was the terminal where our flight to Tokyo took off from.
 I noticed her a little bit overwhelmed of being alone in such an unknown place and, as I told to her earlier, I had traveled quite a lot before, so she might had thought that I could be helpful. We were walking together, chatting, and I thought about sex. It’s told that the men have an average of eight to ten sexual fantasies a day. I had all of them along the twenty minutes we were walking together. Then, suddenly, she started looking continuously at her phone.
-          I have to meet my friend over here – She said.
I was wandering if her friend was going to be a boy or a girl, until we saw him. There he was, behind the glass of the smokers lounge. And then she told me that she was going to smoke a cigarette too, before continuing the walk until the terminal. And then she went inside the smoker’s lounge and I saw through the glass how she kissed her friend on his lips.
-          Ok - I thought. - I confused her sympathy with something else – I told myself. And I kept walking on my own until the waiting room of the terminal.

 After a while, they appeared, happily speaking to each other. She looked at me, but didn’t wink. They sat in a seat a couple of files ahead of mine. After a boring span time, I decided to wake up and speak to them. He was nice, but she wasn’t. She was trying to get his attention speaking in their language and avoiding talking to me. I got it. She didn’t need me anymore, so she didn’t want to know anything more about me. She used me as a free guide trough the unknown airport and then discarded me as an old useless toy. Suddenly I felt very uncomfortable, but luckily my stomach started hurting and I had to go to the toilet to drop a big shit. As I do in almost all the airports I step on. And I had only seen them once again, while we were waiting for our luggage, but I didn’t bother to say them good bye before I left. 

domingo, 29 de marzo de 2015

SEN

Voy a hablaros de Sen. Una niña de doce años, huérfana, que vive en el orfanato “Sok”, en Siem Reap. Una niña que me sorprendió desde el primer día. Con perfecto inglés me preguntó mi nombre y de dónde soy. Al decirle que era de España, me dijo un par de frases en español, las típicas “¿como estás?” “me llamo Sen”. Después de comer arroz con piña y cebolla, el menú que nos ofrecían en el orfanato, me hizo sentarme en la mesa y apareció con un cuaderno en el que ya tenía algunas frases apuntadas en español, y empezó a preguntarme como se dicen en español cosas como animales, números, frases de uso cotidiano, etc… Cada nueva palabra aprendida era apuntada en inglés, español, y luego con la correcta pronunciación en el alfabeto de la lengua Khmer. Después la leía para asegurarse de que la pronunciación era correcta. La niña aprovechaba todos los voluntarios de diferentes nacionalidades, cada vez que aparecía un voluntario de un país concreto, le preguntaba cosas en su propio idioma, y así aprendía. Me sorprendió mucho cuando me dijo que sabía 7 idiomas. Por supuesto no los sabía a la perfección, pero había adquirido, a sus doce años, conocimientos de chino, japonés, español, italiano y francés. Tenía un nivel de inglés bastante alto, además de, por supuesto, hablar su lengua. Esos son sus conocimientos adquiridos fuera de la escuela oficial, a la que puede acudir gracias a la organización de Mr Sok, el hombre que abrió el orfanato tras haber crecido como huérfano en la localidad. Sen, además de aprender, a sus doce años ya ejerce como profesora de inglés de los niños más pequeños del orfanato. Puesto que en el colegio en Camboya el inglés es una asignatura secundaria que se imparte pocas horas, y en la localidad de Siem Reap la economía se basa prácticamente en el turismo, el que adquiera extra conocimiento de inglés tiene muchas más oportunidades de ganarse la vida. Por lo tanto, a su tierna edad, no creo que sea consciente de la oportunidad que está brindando a unos niños cuyo aprendizaje sería muy difícil de lograr, dados sus escasos medios, si no fuera por la dedicación que Sen dedica a enseñarles.


 Me acuerdo de mí a los doce años. Me debatía entre la Playstation y los GiJoe. Aunque a veces dibujaba, no quería ni oír hablar del colegio, y detestaba estudiar. Los deberes me parecían un castigo e iba a la escuela porque era una obligación. Un castigo. Tampoco quiero caer en la reflexión tópica de que qué malcriados somos en Europa porque lo tenemos todo y sin embargo cuánto aprecian la educación los que tienen difícil acceso a ella. Que sí, seguro es parte de la culpa, también pienso en cómo un sistema consigue hacer que aborrezcamos algo que en principio debería ser emocionante como es la adquisición de conocimiento. Tal vez demasiada presión sobre los niños para que saquen buenas notas, tal un exceso de horas cuando la atención de un niño es limitada, tal vez el hecho de que falten elecciones personalizadas para la diversidad característica de la mayoría de clases en las escuelas de hoy día, también ayuden a aniquilar la motivación de aprendizaje. Así, los niños con difícil acceso a la educación, cuando la tienen la aprovechan al máximo y exprimen las horas todo lo que pueden, sin embargo los que poseemos una educación obligatoria nos pasamos una media de 6 horas diarias en el colegio más actividades extra escolares, deseando que acabe ese tiempo para podernos ir a jugar. Tal vez deberíamos dejar que cada niño evolucione un poco más naturalmente y que dedique más o menos horas al estudio dependiendo de su capacidad de concentración para que el estudio no sea percibido por los niños como una imposición de los adultos contra la cual rebelarse. Tal vez no.

domingo, 22 de febrero de 2015

LA EXPERIENCIA BLABLACAR

Se encuentran un hippie, por decir algo, un judío americano, un militar, un bombero, una estudiante de derecho con su gato en un coche, y dice el militar:
-          ¿Todos preparados?
Parece el inicio de un chiste malo, pero no lo es. Es la reunión de individuos que nos juntamos por un objetivo común. Viajar de Granada a Madrid. El conductor es quien pone el anuncio de que va a hacer tal viaje, y los demás nos apuntamos porque sale más barato y es más cómodo que un autobús.
  Cuando conozco un poco al conductor, ya sé que hay ciertos temas que es mejor no tratar. Es un militar y entre sus complementos, ya sean llaveros o pulseras, ves repetidas veces la bandera española. O sea que es un militar patriota convencido. No de esos que se alistan por hacer algo. Va bien afeitado y la cabeza repelada. Es el típico chico guapo de pueblo. A los que me conozcan entenderán que de buenas a primeras no sienta afinidad con él. A los que no, digamos, que me siento más cercano a un yonqui anarquista okupa que a un militar que jura la bandera todas las mañanas y cree defender “la patria”. Ese fantasma manipulador de mentes que enfrenta a seres de una misma raza por intereses ajenos.
  El conductor y el bombero se hacen afines. Se ve que incluso habían coincidido previamente en algunas oposiciones, sin conocerse. El militar le dice al bombero que le gustaría pasarse a su sector, lo cual me hace pensar que tal vez no todo esté podrido en su cabeza. En el asiento del copiloto se sienta la estudiante, ya que lleva a su gato. Una madrileña con un par de rastas que tiene un ex novio turco y se irá en breves a visitar Estambul y otros países del este europeo. Yo, sin participar, escucho su conversación. A destacar como el militar le comenta a la joven de apenas veinte años que no quiere que le manden a ninguna misión y la muchacha, pobre ingenua, le pregunta:
-          Pero ¿Por qué? ¿Por la peligrosidad que ello supone o por qué no estás de acuerdo con la intervención internacional?
-          Estar de acuerdo o no, no importa, si te llaman tienes que ir y punto – contesta el militar demostrando ser la máxima expresión de borrego en la sociedad actual – no quiero ir porque no quiero estar lejos de mi novia y mi familia – concluye. La chica me cae bien.
  Mientras, yo converso con el hippie judío californiano. Un chico de veinticinco años, clavado a Berto Romero, que toca la guitarra, odia a los Estados Unidos por su incultura y quiere quedarse a vivir en España. Le hablo del Burning Man Festival, y me dice que es una mierda porque se ha vuelto muy comercial. Paramos en una estación de servicio y el tipo empieza a imitar la danza de Borat, demostrando ser un chiste de sí mismo.  

  Cuando nos subimos al coche dispuestos a reanudar la marcha, veo lo que escribe el conductor en su móvil, a la que, supongo, será su novia. Escribe por whatsapp “detrás van como una lata de sardinas” y añade dos carcajadas de esas de los emoticonos. La que tiene las lagrimillas. Tiene toda la razón, vamos como sardinas, todo el viaje tocando hombro con hombro. Se me escapa una risa, pero no digo nada, no sea que se sintiera ofendido por mirar sus conversaciones privadas. Cuando le da a la tecla de inicio de su móvil, veo que su fondo de pantalla es una imagen e Dragon Ball Z y me imagino un universo paralelo en el que somos dos niños que jugamos a intentar fusionarnos para convertirnos en un guerrero definitivo. Y me pregunto cuál es el mecanismo de control mental del poder que, de adultos, nos hace ver a cuasi cualquier persona como un enemigo en potencia. Y recuerdo la canción de John Lennon “imagine”. Imaginaos que no existieran las banderas. Y me imagino en un universo paralelo, pero en la actualidad, compartiendo momentos de la serie de nuestra infancia. Pero solo lo imagino. Llegamos a Madrid sin intercambiar muchas más palabras. El cansancio del viaje se hace notar en todos nosotros. Una vez allí nos disolvemos sin más. Cada uno continúa con su trayectoria sin que, probablemente, nos volvamos a encontrar nunca.