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viernes, 29 de junio de 2018

Sí, es amor

Harto de dar explicaciones,
porque sí, es amor.
No entra en tus esquemas,
tenemos la libertad por bandera,
los celos no caben en escena,
porque nos amamos
más allá de la pasión,
más allá de la lujuria,
disfrutamos la conexión,
cuerpo y mente en sintonía
bailando la coreografía
del amor sin posesión,
porque ella no es mía,
ella es solo suya,
porque sí, es amor.

Tu intento de control,
tu chantaje emocional,
o tu violación de la intimidad,
eso no, no es amor.
Tu contrato de exclusividad,
exigiendo permanencia,
tu deseo de poseerla,  
y satisfacer tu voluntad,
no es amor más que por tí mismo,
y ese dolor tras su marcha,
no es más que tu ego herido.

Pero si es amor,
cuando si hay distanciamiento,
no hay rencores,
agradecemos el momento,
y rechazamos el dolor.
Respeto a la voluntad,
culto a la individualidad,
olvida lo que dijo, la santa trinidad,
elimina de tu mente la deidad,
y entiende:

Sí, es amor.



martes, 26 de junio de 2018

SECUESTRO

No tengo palabras
para definir esto.
No tengo palabras,
porque están secuestradas,
tras las barras,
maltratadas por el status quo,
por el poder de uno.

Palabras robadas,
jamás devueltas,
vejadas,
con la intención de callar
al ideario insurrecto,
ver al revolucionario muerto
y modificar el pensamiento
con el perfecto pretexto
del enemigo extranjero.

Soga en tu cuello,
amenazante recordándote,
que no eres tu dueño,
que tu vida no controlas.
No ves a tu enemigo
porque es aquel que dijo
que te daría protección,
pero  nadie predijo,
que sería el mayor peligro.

Te ves entre rejas,
la soga aprieta y recuerdas,
aquello que no vas a decir.
No te atreves a maldecir
y escuchas el silencio,
con profunda amargura.
El rey está satisfecho,

llegó la auto-censura.  


Viñeta de 'Mafalda', del ilustrador y humorista Quino

martes, 4 de abril de 2017

La típica película de amor

 Esto es la típica película de amor en la que chico conoce a chica, chico se enamora, chica le ignora, chica se enamora, un mal entendido le hace pensar que está con otra y se dispone a coger un avión para ir a vivir a otro país, o a otro estado norteamericano, mientras, desolado, chico habla con amigo en común, el típico amigo gracioso, y le hace entender porque chica se va. Entonces chico corre, cruza la ciudad, y tras un par de escenas de tensión, se reúne con chica en la puerta de embarque justo a tiempo, ese lugar en el que en realidad no te dejan pasar en los aeropuertos si no tienes la tarjeta de embarque, y, o bien ella no se va, o bien él se va con ella. Así, sin reserva ni nada. Y viven juntos felices para siempre. Leído esto ya os podéis ahorrar ver la mayoría de las películas de amor de los noventa y principios de del dos mil. Ahora bien, éste es el argumento de las películas americanas, si la misma cosa sucediera en la vida real y en otro lugar geográfico, el asunto sería muy distinto.

Hasta el punto en que chica está a punto de coger el avión todo sería mas o menos igual. Solo que con un toque extra de dramatismo sobre actuado digno de los dramas asiáticos. Estamos en Bangkok. Cuando chico se entera de que chica en realidad le quiere y decide largarse a raíz de un malentendido, salta del sofá y echa a correr por las abarrotadas calles de la metrópolis. Esquiva carritos de comida, turistas borrachos que sostienen una cerveza Chang a las diez de la mañana y pesados conductores de tuk tuk, que bien sabe, como buen habitante de la cuidad, que utilizar sus servicios le haría perder más tiempo que ninguna otra cosa. Llega a un taxi, que se niega a poner el taxímetro y le pide una exagerada suma de dinero por el trayecto por lo que para al siguiente que baja la calle, el cual si accede a poner el taxímetro pero sin embargo escoge una ruta mas larga para el trayecto, a pesar de las palabras que chico ha pronunciado al entrar: “Al aeropuerto, lo más rápido que puedas”. Por si fuera poco, el taxista tiene que parar a los pocos metros debido al tráfico. Los coches apenas avanzan por la calle y en la acera ve como los peatones avanzan a más velocidad que él. La chica, por su parte, está a punto de embarcar en el avión que la llevará al otro lado del mundo a iniciar una nueva vida. Consciente de ello, el chico agota su paciencia y decide correr hasta la estación de metro. Exhausto, chico se desespera al ver la cola de gente esperando para comprar el tíquet, y colarse, con los seguratas que vigilan siempre junto a las puertas, no es una opción. Frustrado, se pone a la cola.

Mientras tanto, la chica embarca en el avión, y despega.


Ya en el interior del vagón, chico mira la hora y decide que ya no hay nada que hacer, así que baja del tren y se sube en el siguiente que le lleva de vuelta. El vuelo de su amada ha despegado. Un día, decidirán aclarar el malentendido hablando a través de mensajes de alguna aplicación del teléfono móvil con muchos emoticonos. Pero ella ya está en otro país y la vida sigue. Ambos vivirán sus vidas por separado, vidas normales y corrientes, con sus altos y sus bajos. Fin.

sábado, 24 de septiembre de 2016

BLOQUEO


Sufro un bloqueo,
no sé qué escribir,
sufro un bloqueo.

Cuando no sé qué escribir y escribo, simplemente no escribo nada, sino que solo gasto hojas de papel y tinta por el hecho de escribir. Porque escribo. Porque quiero ser escritor y no me puedo permitir no escribir aunque no sepa sobre qué. Porque me propuse, además de algún que otro proyecto a parte algo más ambicioso, escribir una entrada mensual en el blog, como mínimo. Por eso escribo, aunque no tenga ni idea de el que escribir.
No esperes ninguna reflexión profunda al final de este texto, tampoco ninguna entretenida historia de acción. Esto que tienes en frente es tan interesante como los prospectos en el dorso de los botes de champú. Tal vez llegues al final si lo estás leyendo desde el móvil mientras cagas. Son palabras vacías. Pero escribo.

Escribo preguntándome por qué escribo tras tanto fracaso acumulado a mis espaldas, escribo preguntándome por qué no escribo más o por qué sigo. Y escribo preguntándome por qué no se me ocurre nada sobre lo que escribir. Tal vez la edad acorte la imaginación, tal vez sea la frustración de las cuarenta y ocho horas semanales, tal vez sean lo castigadas que tengo las neuronas, tal vez sea el amor que vuela a mi alrededor y me hace visitas inesperadas que revuelven mi mente. Tal vez sea la sensación de vanidad del existir de todos los que vivimos como si fuéramos lo más importante del universo cuando no somos nada más que simples seres nacidos de una casualidad cósmica.


El caso es que, no sé de lo que escribir, pero escribo.   



Pequeña muestra de exposición fotográfica 


viernes, 13 de mayo de 2016

Juguete

 Juanito estaba jugando en el parque. Le gustaba pegar patadas y hacer rebotar contra la pared a su corazón. Le ataba una cuerda y lo utilizaba de ancla para subirse a los árboles, hacía malabares con él. Era su juguete favorito. A menudo sufría daños, rasguños e incluso, algunos cortes profundos. Y eso le dolía, le dolía a Juanito. Pero sabía que siempre, con algunos remiendos y tras algún tiempo, el corazón volvía a quedar como nuevo. Además el corazón parecía volverse más duro después de cada recuperación. Juanito solía jugar solo. Era consciente del dolor y los peligros que ese juego conllevaba, pero aun así quería seguir jugando. Le gustaba mucho.
  Un día se le acerco una chica cuyo brillo en los ojos le dejó hipnotizado.
-         -  ¿Puedo jugar contigo? – le pregunto Doremi.
-          - Claro – respondió Juanito feliz.
Y jugaron juntos. Correteaban por el campo pasándose el corazón de Juanito el uno al otro. Parecía que a Doremi no le importaba salpicarse con la sangre que emanaba de las venas cardíacas a cada latido. Desde que Doremi jugaba con Juanito, su cara se había vuelto alegre como otras veces antes. Tener una compañera de juego con quién compartir su corazón le hacía sentir el gozo de la vida en su máximo esplendor.
  Cuando llevaban un tiempo jugando juntos, Doremi se plantó firme frente a Juanito, se metió la mano dentro del pecho penetrando la carne y, ignorando la sangre que se derramaba, se partió dos costillas y se sacó el corazón.
-          - Podríamos jugar con dos corazones – dijo ofreciendo su corazón con el brazo extendido.
-          - Para, no hagas eso – le respondió Juanito cogiendo el corazón de Doremi con sus manos y volviendo a introducirlo en su pecho – es peligroso para tu salud jugar con el corazón. Y duele.
-          - Pero me gustaría que jugáramos con los dos corazones. Sería más divertido.
-          - A mí se me da muy mal jugar con el corazón de otras personas. Prefiero seguir jugando sólo con el mío.
 Ese día acabó con un juego más intenso que ninguno otro. Jugaron con todas sus fuerzas hasta bien entrada la noche, y entonces se separaron para volver a sus respectivas casas.

  Al día siguiente, Juanito volvió al descampado donde solía jugar con su corazón. Deseaba que, como había sucedido todos los días durante los últimos meses, apareciera Doremi para jugar con él. Pero en el fondo sabía que no iba a ser así. Juanito sabía que Doremi quería compartir riesgos, quería compartir el corazón, quería compartir la vida, algo que Juanito no podía asumir. A pesar de poner su propio corazón en peligro casi todos los días, no se sentía capaz de asumir el riesgo de jugar con otro corazón, y Juanito volvió a jugar solo. 

martes, 2 de febrero de 2016

PHA

Pha se mudó a Bangkok hace ya unos cuantos años porque su pueblo natal le ofrecía escasas oportunidades de crecimiento y desarrollo personal. La joven decidió estudiar bellas artes en la capital tailandesa y desde entonces vive allí ganándose la vida como puede. Cómo en cualquier ciudad del mundo, convertirse en un artista exitoso es muy difícil sin los contactos adecuados, y se extrema la dificultad sin un mecenas que quite de la cabeza la preocupación del artista de pagar el alquiler o llenar la nevera. Cuando esos mecenas son los padres, desaparecen cuando decides cambiar de ciudad.
  Pha se levanta todos los días a las 6 de la mañana para ir a trabajar, los lunes a las 4, porque en hora punta y después del fin de semana, el autobús de línea a menudo se queda atascado en el tráfico por un par de horas. Solo si tiene suerte, en una hora llega a su lugar de trabajo, hora que aprovecha para recuperar horas de sueño atrasadas. Allí tiene que lidiar con su estricto jefe japonés y con los estúpidos clientes, en su mayoría extranjeros debido al elevado precio de los cafés y la bollería. Su jefe parece que no se acostumbra al ritmo relajado de los tailandeses, y le exige una disciplina y un rendimiento extremo durante toda la jornada laboral. Los clientes le ponen de los nervios, especialmente los italianos cuando se empiezan a quejar de que el capuchino no se hace así, sino de otra manera. <<Aquí lo hacemos así y a la gente le gusta nuestro capuchino, si lo quiere como en Italia, quédese en Italia>> le contestó una vez a uno, hecho que le hizo ganarse una buena bronca de su jefe, aunque mereció la pena. A menudo se imagina a si misma ejecutando alguno de los golpes de tae kwon do, que aprendió de adolescente, sobre los clientes cansinos, o incluso sobre su jefe cuando le riñe por cualquier minucia. Pero solo fantasea con ello, pues no quisiera perder el trabajo. 
  Tras diez horas de trabajo se dirige de vuelta a casa. Pasa más de una hora dormitando en el lento autobús, por fin llega, saluda a su hermana con quien comparte alquiler, y sube a su habitación esquivando los escalones medio podridos por la carcoma de la escalera para evitar que se rompan y el casero les haga asumir el coste de la reparación.
 Su habitación es su santuario. Cientos de bocetos, lienzos a medio terminar, pinturas, lápices y pinceles habitan los suelos de su habitación. A pesar del cansancio no duda en ponerse manos a la obra, como cada día. Cada día tiene que trabajar un poquito, de lo contrario teme caer en la maldición de la rutina y olvidarse para siempre de su arte, que sería lo mismo que olvidarse para siempre de sí misma. Entra en trance, se olvida de la hora, del tambaleo de la casa que produce el tren al pasar a poca distancia, del ruido de los coches y de que mañana tiene que ir a trabajar. Es su momento y lo disfruta con total intensidad, como si pintar fuera lo único que importa en esta vida. Desarrolla un estilo de arte moderno basado en texturas y formas abstractas, ese tipo de piezas de arte que cuando las ves no te dicen nada, y a la vez te lo dicen todo. Hay noches en las que casi llega hasta el amanecer y se dirige el trabajo sin apenas dormir, pero bueno, el largo autobús le sirve para recuperar algo de energías.
  Los sábados a veces sale con sus amigos aprovechando que no trabaja en la cafetería y que “solo” trabaja unas cuatro horas dando clases de refuerzo a jóvenes que preparan sus pruebas de acceso a la universidad. Los domingos, después de su trabajo complementario, a veces queda con extranjeros, pues le gusta conocer acerca de otros lugares y culturas, y no conoce mejor manera de hacerlo, puesto que su presupuesto no le permite viajar mucho. 

  Un domingo cercano a Navidad, temporada alta de turismo en Tailandia, queda para tomar algo con dos amigos que viajan juntos por el Sureste asiático. Les enseña los garitos que ella conoce, apartados de la muchedumbre de turistas enloquecidos de Kao San Rd, y hablan de mil cosas. Comparte con ellos sus inquietudes artísticas, y se comprenden mutuamente. Sus dos nuevos amigos son fotógrafos a un paso de la profesionalidad, pero parece que llevan demasiado tiempo a ese paso de distancia como para que eso vaya a cambiar. Siente cierta envidia de ellos cuando se entera de que los dos trabajan de camareros como ella, pero en Europa, y a pesar de trabajar solo medio año, pueden permitirse viajar a otro continente por unos cuantos meses. Y no solo eso, sino que además los dos llevan unas cámaras de fotos carísimas, que ella no podría permitirse a no ser que ahorrara por un año. A ella le encanta viajar, sin embargo rara vez sale del sureste asiático, y ello ya le supone un gasto importante. Pero decide abandonar esos pensamientos de su cabeza y, a pesar de trabajar mañana por la mañana, disfruta de la compañía y vivencias de sus dos nuevos amigos hasta bien entrada la madrugada. Ya recuperará fuerzas en el autobús de camino al trabajo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

GRAND HOTEL IBIZA

Mi mano derecha sujeta la palanca y la izquierda una jarra que se llena del dorado líquido. Justo antes de que rebose la espuma blanca corto el grifo y ofrezco la cerveza al cliente que me la ha pedido desde el otro lado de la barra. Justo cuando cojo el dinero empiezo a escuchar unos gritos que vienen desde la recepción del hotel.
-          ¡Oye! ¡Qué no puedes entrar! – grita el botones intentando detener el paso a un chico fuerte y alto que ha irrumpido
-          ¡María! ¿¡Dónde estás, zorra!? – grita con odio el fortachón escupiendo saliva a cada palabra
-          ¡Tenemos reservado el derecho de admisión! – le dice el botones
-          ¿¡Dónde está esa zorra!? – repite el tipo duro mientras recorre con la mirada todo el bar
-          ¿¡Qué mierdas haces aquí, hijo de puta!? – contesta María, compañera mía, acercándose sin miedo al tipo
-          He venido a que me presentes a tu nuevo novio, ¡pedazo de puta!
-          ¡Pues no creo que él tenga interés en conocer a un montón de escoria como tú! – le señala María con dedo acusador.
 Mientras tanto, se me acerca un cliente y me pregunta sobre lo que está sucediendo, no sin antes pedirme una cerveza. 
-          Un número demasiado elevado de malas decisiones consecutivas- le digo mientras echo cerveza en una copa
-          Entiendo -  me dice antes de darle un trago a su cerveza y quedarse observando el show.
La situación empeora, los gritos que emiten se asemejan a los de una manada de chimpancés peleándose puestos de cocaína. La acalorada discusión está a punto de estallar en llamas en el momento en el que el invasor levanta su mano.
-          Venga, adelante, pégame en una violación de la orden de alejamiento. Te vas de aquí directo a la cárcel y lo sabes – le reta María
-          María, eres malísima – contesta el hombre que baja la mano tras recapacitar unos segundos – No quiero que mi hija se críe contigo -  añade
-          José, cómete una mierda y vete por ahí -  le contesta mi compañera a la vez que le hace un corte de manga.
  Llegan dos guardias civiles y le piden a José que les acompañe a comisaría. Él accede sin rechistar, se ha dado cuenta que ya solo puede empeorar la situación. – Venga, nos vemos pronto -  le dicen al botones cuando se van. Echo otra cerveza en una copa pequeña, esta vez es para mí. Me aseguro de que el encargado del bar no está mirando y entro en el cuarto donde se friegan los vasos a bebérmela. Allí me encuentro al chico que se encarga de ello con la cabeza metida en la pica y vomitando.
-          ¿Te encuentras bien? – estúpida la pregunta que le formulo
-          Algo me sentó mal anoche – me dice – creo que voy a tener que ir para casa.
Abandona la habitación y yo me dispongo a beberme mi cerveza cuando entra un compañero con la bandeja llena de copas sucias. Descargando la bandeja pregunta:
-          ¿Quién va a limpiar ahora todo esto?
-          Nos va a tocar pringar – le digo yo
  De repente se escuchan gritos escandalizados procedentes de la piscina y mi compañero sale corriendo a ver qué pasa empujado por el morbo. Al parecer un niño se ha ahogado y la socorrista está tratando de reanimarlo. Con lágrimas en los ojos y temiéndose lo peor, le da golpes en el pecho hasta que el niño empieza a toser y vomitar agua. Las caras de todos se iluminan, y se funden en un abrazo la socorrista, el niño y sus familiares. Justo detrás cae desde un tercer piso un alemán borracho con su bañador puesto. Pretendía llegar a la piscina. La socorrista no puede hacer por él más que tapar una herida que tiene en la cabeza para que no se desangre. Llega la ambulancia y se lo llevan a urgencias en estado grave. La policía pregunta cosas a los amigos del joven que lloran desconsolados.
-          Estos jóvenes de hoy en día -  me dice un cliente cabizbajo, mientras bebe de una cerveza que le sabe agridulce debido a todo lo sucedido.
-          Tiene razón -  le digo, y, al ver a mi relevo entrar por la puerta me dirijo a él – me alegro de verte.
-          Yo no – me contesta con una sonrisa
-          Nos vemos mañana – le digo saliendo del bar.

Y así transcurre una jornada normal en el  “Grand hotel Ibiza”

jueves, 24 de septiembre de 2015

INFIERNO A LA CARTA

Estaba John disfrutando de sus vacaciones de verano en Ibiza, gozando de lo que más le gustaba en este mundo, abusar de la oferta de hotel con todo incluido. Pasaba días llenándose más platos de carne de los que podía comer en el bufet libre, pidiendo rondas de cubatas de tres en tres bebiéndose la mitad y dejando la otra mitad repartida por la terraza de la piscina. Realmente estaba gozando cuando, repentinamente, su corazón dejó de funcionar. Llevóse John la mano al pecho y con una mueca de dolor abandonó la vida. El exceso de grasas, azúcares y alcohol le habían pasado factura. Su alma dejó su cuerpo para descender al mundo de las tinieblas.
  Como despertando de un profundo sueño, lo primero que vio al abrir los ojos fue una criatura bípeda con cabeza de cerdo y un cuerpo de una textura rara, como si estuviera su piel del revés y toda su superficie estuviera en carne viva. Lo que más le sorprendió fue escucharle hablar su idioma perfectamente. Al mirar a su alrededor, John vio que se encontraba en la orilla de un lago del que emanaba un nauseabundo olor. El cerdo le contó que ese era su nuevo hogar, y que allí iba a habitar por el resto de la eternidad. Al acercarse al lago, John observó asqueado al ver que el líquido era marrón y algo más espeso que el agua, para más inri, flotaban en él trozos de limón, de naranja, cacahuetes y servilletas con diferentes logotipos hoteleros. Una especie de versión gigante de la pica de un bar cuando se atasca el desagüe. Por si esto no fuera suficiente para hacer difícil la estancia junto al lago, de sus aguas surgían millones de mosquitos con ganas de picar y absorber la sangre del recién llegado. Según palabras del cerdo, aquel lago se había formado con todas las bebidas pedidas y no consumidas en todos los bares de los hoteles con todo incluido de la tierra. Todo ese líquido que acabó desperdiciado y lanzado a través del desagüe de la pica de la barra por haber sido pedido por borrachos que ya no podían beber más. Informó el cerdo a John que solo él había ampliado el lago aportando mil litros de líquido a lo largo de su vida. 
  El cerdo le explicó a John también la causa de su existencia. Contó que cada vez que alguien se llenaba un plato de carne en un bufet libre y lo tiraba sin siquiera probarlo, esa carne iba a parar a la granja del infierno, dónde cada cien quilos recibidos de carne creaban a una criatura como él. Algunos con cabeza de cerdo, otros de cordero, otros de vaca, pero todos con cuerpos creados con las diferentes carnes desperdiciadas. Le remarcó el hecho de que él mismo había sido creado básicamente por carne desperdiciada por John. La conciencia superior entendía el sacrificio de otros seres por alimentación, pero no toleraba el desprecio a las vidas sacrificadas con tal propósito.

  John empezó a sentir miedo, se estaba dado cuenta de cuánto mal había hecho en vida al planeta, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse. A su lado observó que había muchos hombres y mujeres con sus cabezas hundidas en las inmundas aguas del lago de los cubatas desperdiciados mientras eran sodomizados por criaturas similares al cerdo que le hablaba. Entre dos víctimas sodomizadas, John vio un espacio, justo frente a él, y entendió estremecido que ese era su lugar. Con los ojos llorosos miró al cerdo, quien respondió con una tétrica sonrisa y asintiendo. A pesar de sus súplicas, John fue empujado violentamente por el cerdo hasta que su cabeza fue hundida con fuerza en las pestilentes aguas. Tragó la mezcla de líquidos pestilentes hasta la asfixia, pero no murió. Ya estaba muerto, así que le quedaba la sensación de estar asfixiándose durante rato y rato sin llegar a morir, un sufrimiento extremo para toda la eternidad. Cuando su cuerpo estaba lleno del líquido vomitaba, aportando bilis al pestilente lago, y se repetía el ciclo de tragar y vomitar continuamente. Por si tal agonía no fuera suficiente, notó como el cerdo le desgarraba los pantalones y seguidamente el ojete. John no lo escuchó puesto que tenía los oídos sumergidos en el agua, pero el gruñido de placer del cerdo al penetrarle retumbó por todo el valle infernal. Y esa iba a ser la situación de John por el resto de la eternidad.