domingo, 23 de mayo de 2010

Ensayo: GRITA


GRITA

Grita. Tienes motivos para hacerlo. Son las ocho de la mañana de un día cualquiera, de un mes cualquiera, y sabes, con absoluta certeza, que tienes que salir a ganarte el pan. Grita. Las cifras que indican tu poder adquisitivo son rojas. Gritas. Ya no recuerdas cuando fue la última vez que comiste por gusto y no por precio. Te han cortado la luz, el teléfono, y sabes que pronto te echarán a la calle. Pero en el periódico gratuito de hoy la portada viene ocupada por una cifra muy larga de Euros que ha cobrado alguien por hacer algo que le gusta hacer, y todos los que hacen cosas que detestan por llegar a final de mes parecen estar conformes.
Grita porque tu felicidad depende de algo que no te hace feliz. Grita porque te la quita, esté o no esté. Porque no te da la felicidad, pero te da cierta libertad. Pues sí, hoy en día tiene un precio, sino puedes pagarlo es posible que acabes exiliado de esta sociedad, o incluso, entre rejas. Pues duro es el castigo del que no sacrifica su libertad para poder pagársela.
Por eso grita, grita como si quisieras expulsar esa preocupación que te oprime el pecho. Sal y grita con todas tus fuerzas. Y en tu desespero sales y gritas. Tienes la esperanza de que sirva de algo. Porque sabes que mucha gente se encuentra en tu misma situación. Que hay crisis, y cada día son mas los parados y los sin techo. Piensas que una voluntad férrea es contagiosa, sobretodo si es una buena voluntad. Lo piensas porque lo has visto en Braveheart, lo has visto en Saint Seya, lo has leído en Fight Club... Así, mientras tus gritos resuenan en las paredes de los edificios de dieciséis plantas, donde sesenta y cuatro familias están tan desesperadas como tú, esperas ver como se asomarán gritos por las ventanas y balcones. Esperas ver que tu grito sea coralizado por otros tantos que piensan como tú. Formando un único grito de una potencia suprema que romperá todo tipo de muros y fronteras. Un grito que nadie será capaz de ignorar. Y la unidad hará la fuerza y, juntos, provocaréis un cambio que nos lleve a un mundo mejor.
Pero en lugar de eso, te devuelve a la realidad un golpe por la espalda que te tira al suelo. Algún vecino del bloque de edificios te ha tomado por loco y ha llamado a la policía que te esta “neutralizando”. Como si neutralizar implicara únicamente la detención física. Te llevan a un centro mental donde, gente con un poder inexplicablemente legitimado, te examinará y decidirá que harán con tu libertad.



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sábado, 22 de mayo de 2010

Las bicicletas son para el invierno

Una agradable brisa primaveral cruza las calles de la bonita ciudad mediterránea. La lubricación natural de los canalillos al descubierto alegran las vistas con su presencia, tras tantos largos meses ocultos. Se respira paz, tranquilidad y polen. Maldito polen. Son las tres de la tarde y tengo que hacer unos recados. Como hace mucho que no cojo la bici decido que me ira bien retomarla. Hacer un poco de ejercicio, ahorrar dinero, y, sobre todo, ahorrar tiempo. Es primavera, y en principio, debería ser un paseo agradable mientras cumplo con los recados. Pero tres factores impiden que así sea.
El primero es la falta de constancia. Hace seis meses que no cojo la bici, y eso se nota. El segundo factor es el calor. El sol aprieta, me empuja contra el asfalto y, a pesar de la brisa primaveral. El tercero es el polen, maldito polen que penetra en mis entrañas sin que lo perciba, pero me corroe el interior del sistema respiratorio. Con todo junto, las subidas son más empinadas y largas de lo que solían ser. Y lo que en invierno podría ser un agradable paseo, se esta convirtiendo en un sofocante ejercicio. Mi cara esta roja y mi corazón bombea a mil por pulsaciones por segundo. O esa es la impresión que me da a mí.
Como ya he dicho, hace seis largos meses que no cojo la bici, y claro, cuando me monto me doy cuenta de que las ruedas están mas deshinchadas que el pene de un adicto a la masturbación después de ver una película porno entera. Por tanto, no me queda otra que ir a la gasolinera y darle aire. Las hincho mucho. Cuando las ruedas de la bici están muy hinchadas da la impresión de que vas más rápido y cuesta menos esfuerzo darle al pedal. Además es divertido saltar y notar el rebote. Así que ignoro el consejo, o más bien la orden, que me daba mi padre cuando era niño “no las hinches tanto que te van a reventar y te vas a meter un hostia”. Y las hincho hasta que alcanzan una dureza similar a la de una piedra.
El camino empieza agradable. La brisa, los canalillos, las ciclistas en mayas que me adelantan. Todo resulta perfecto hasta la primera subida larga y de dura pendiente. Me pongo en pie para pedalear con más fuerza, empiezo a sudar. Los goterones me bajan desde la frente hasta la barbilla, y la piel que recubre mi tríceps es ahora la superficie de un valle que transporta ríos de sudor hasta el codo. Pienso en la impresión que se van a llevar en las agencias de publicidad cuando un tipo sudoroso, con greñas y perilla de heviata, pantalones de rapero destrozados y un metro con noventa y cinco centímetros de altura llame a su puerta, les entregue el paquete y se marche. Me pregunto si no pensarán que puede ser un paquete de Ántrax.
Tras la entrega del primer paquete, atravieso un agradable paseo lleno de árboles a ambos lados. Agradable para quien no sufre de alergia. Cuando llevo unos cien metros en él entra en juego el tercer factor estropea odiseas. Noto como el polen me inunda las entrañas. Me entran ataques de tos, la garganta me raspa, se me acumula flema hasta el punto de no poder evitar soltar el esputo en el primer seto que encuentro. Y los ojos, llorosos todo el camino como si me acabara de abandonar el amor de mi vida. Y es entonces cuando pienso “¡Qué guay! ¡Ya es primavera!”.
A pesar de los mocos consigo esquivar el ataque del polen, más bien resistirlo, y he cruzado el paseo. Ahora voy poco a poco por la acera por donde la sombra me protege ligeramente del calor. Estoy cruzando por debajo de una estructura de andamios de obras de rehabilitación de fachadas, cuando de repente noto una bocanada de fuerte aire caliente que me golpea en la cara acompañada de un estruendo ensordecedor. La siguiente imagen que tengo soy yo en el suelo, la rueda de la bici desencajada, los radios deshilachados y la rueda reventada por la presión del aire. Una barra del andamio está a escasos centímetros de mi cabeza, otra al lado de mis costillas, otra entre mis piernas a punto de tocar aquel instrumento más sensible de los hombres. Pero milagrosamente ninguna me ha tocado. Estoy completamente ileso, aunque parece ser que no lo parece, pues un señor me pregunta preocupado “¿Estás bien chico?” y yo es en ese momento, y no antes, que me doy cuenta de lo que ha pasado. Había un canto de baldosa en la acera, porque otra estaba totalmente hundida, y mi rueda sobreaireada ha reventado por la presión en cuanto lo he pisado. Ha dejado de rodar repentinamente, y mis noventa y cinco quilos se han ido repentinamente y de golpe al suelo. Ha sido de esas caídas en las que te sueles romper algo, al menos hacerte un esguince en la muñeca, o partirte la nariz. Pero yo, tras comprobar que mi dolor de rodilla solo es un pequeño rasguño, me levanto y contesto al señor. “Estoy bien, gracias”. Veo a una señora que se acerca alterada, “¿Qué ha pasado?” me pregunta. Y le digo que nada, que ha reventado la rueda y que estoy bien, que no se preocupe y que siga con su vida, le doy las gracias. Ella me contesta “Pues menos mal que te a pasado aquí, llega a pasarte por allí...” señalando la calzada por donde circulan los coches. Pensad de ella lo que queráis, yo aún no se que pensar.
Asimilo lo que me ha pasado muy alegre, satisfecho. Es casi un milagro que haya tenido esta caída entre una docena de barras de hierro y no me haya hecho nada. La única putada es que la bici no puede continuar, y aún tengo que entregar tres DVD’s. Además me he quedado un poco sucio, aunque eso todavía no me importa.
Me dispongo a buscar una tienda de reparación de bicicletas, entro en una tienda de motos. Como si tuviera algo que ver, y le pregunto al tipo que hay ahí si es posible que me arregle la bici, obviamente no, entonces le pregunto si sabe dónde puedo arreglarla. Parece saberlo a la perfección, pero solo lo parece. Me indica dos direcciones a los que ir, pero ambas están muy lejos, así que encadeno la bici y me dispongo a acabar con los recados a pata. De la bici me preocuparé después.
Caminar a este ritmo resulta ser un esfuerzo físico superior al de ir en bici, bajo el sol primaveral cada vez siento las axilas mas húmedas, y no tengo posibilidad de solucionarlo. Mi sentido de la orientación que normalmente es vago, se ha vuelto nulo. La caída ha liberado en mi mente algún tipo de sustancia que me hace sentir en un estado similar a la embriaguez. Tal vez haya sido un subidón de adrenalina. Tal vez no. El caso es que no encuentro la maldita calle y me siento desorientado en un barrio en el que he estado mil veces. Pregunto a la gente de la zona, pero parece que se les haya contagiado mi estado embriagado. Es como si la calle no existiera. Finalmente la encuentro, gracias principalmente, a mi propia lógica. Si tengo que encontrar una calle llamada iglesia, supongo que estará cerca de la iglesia. Y de repente todo junto me parece muy ridículo y obvio. Me he ganado un gallifante. Subo por el ascensor y mientras me pongo la sudadera que llevo atada a la cintura para disimular el sudor de las axilas, me doy cuenta de lo sucio que voy. Los pantalones manchados, las manos mugrientas, las chaqueta llena de roña. Pero claro, ¿Qué podría esperar tras haberme revolcado por el suelo de la acera? Por bonita que la ciudad sea, el suelo está mugriento. La mugre es una constante que aprendemos a esquivar, pero que siempre esta ahí. Acecha en cada esquina deseando enguarrarte de su esencia. Me abre la puerta una chica simpática, tal vez la secretaria de la agencia, o tal vez una creativa de una agencia pequeña. No lo se. Ni me voy a quedar a averiguarlo. Me limito a decirle que llevo un paquete para ellos y me doy la vuelta mientras me da las gracias, para que no le de tiempo, ni si quiera, a sospechar de mi lamentable presencia.
Las otras dos entregas transcurren de una manera más o menos similar. Y a pesar de todos los contratiempos cumplo con las entregas dentro del plazo previsto.
Ahora voy a preocuparme por mi bici. La primera dificultad que tengo que superar es encontrarla. Hubiera sido bastante más fácil si hubiera apuntado la calle en la que la he dejado, pero no lo he hecho. Solo se con certeza la zona. Pero, con la malditamente regular cuadrícula que forman las cales del ensanche de la ciudad, necesito rodear unas cuantas manzanas antes de encontrarla. Pues todo me parece igual, y me da la impresión que la he dejado en cualquiera de las calles que piso. Pero la encuentro justo cuando estoy empezando a emparanoiarme acerca de la posibilidad de que me la hayan robado. Recuerdo una vez en la que, para recuperarla, tuve que perseguir a un moro que se la llevaba al hombro. Y eso alimenta mi paranoia. Pero esta vez la bici sigue ahí. Quien se va a molestar en robar una bici decathlon, la mas barata de ellas, y con la rueda totalmente destrozada. La pieza que normalmente ajusta la cámara esta reventada y los hierros se separan dirigidos a todos lados. Nunca sospeché que el aire pudiera ser tan poderoso.
Mantengo la rueda que no rueda elevada. Empujo a la de atrás dirigiéndola. Los peatones temen acercarse demasiado a mí, temen la posibilidad de que les eche la bicicleta encima, o eso me parece que comunican sus miradas. Tras una larga y dura caminata llego a la calle donde el tipo de la tienda de motos me había dicho que había un taller de bicicletas. No veo nada, como era de esperar vista mi suerte. Al final decido entrar en cualquier tienda y preguntar. Si hay una tienda de bicis cerca, alguien que trabaje en la misma calle, que se la recorre a diario, debería saber donde se encuentra. Y mis suposiciones son acertadas. Una señora, que esta sentada detrás de una mesa de oficina, no recuerdo de que, me dice con toda seguridad: “la tienda que buscas estaba en esta esquina, pero quebró hace unos meses”.
Salgo, respiro profundamente para mantener la calma, y me cuesta. Por un momento mi mayor deseo es patear la bicicleta y las caras de todos los que están a mí alrededor hasta quedar exhausto. Pero en lugar de eso respiro hondo. Hace que el cerebro funcione mejor.
Llamo por teléfono a mi compañero de piso, tengo suerte, esta en casa. Le digo que mire en google dónde está la tienda de bicis mas cercana a mí y me indica una dirección que me pone de mal humor, más. No por su lejanía, sino porque está un poco más allá de donde vengo. Y yo, odio deshacer lo que hago. Odio el esfuerzo en vano. Y odio las pérdidas de tiempo. Y lo he hecho todo a la vez. Me dirijo hacia allí, temeroso de que esté cerrada, o ya no exista. Dada la suerte que llevo sería lo más normal. Pero cuando llego y veo la tienda de bicis doy gracias a mi compañero de piso, a mi móvil, a Internet, y a la tecnología que han estado allí cuando los he necesitado.
Dentro me atiende un hippie molón, aunque simpático. Es una tienda de bicis para gafapastosos modernillos del borne. Y me imagino que me sablearán. Pero es un momento en el que pagaría cualquier cosa por una rueda. Y no se burlen, no en vano es el invento más importante de la historia. Me dice amablemente “Un momento, voy a buscar tu rueda”. Repentinamente me siento más ligero. Voy quitando la rueda de mi bici, la separo de la cubierta que me ha dicho que es lo único que se puede aprovechar. El hippie vuelve con las manos vacías. “Se me han acabado las ruedas”. Esto es el colmo. Pero me ofrece una solución que evita que mi esperanza se desvanezca completamente. A dos calles hay una tienda de bicis. Y es una tienda normal. No una tienda de bicis que se decora de manera molona para atrapar a clientela subnormal que quiere ir de moderna por la vida por llevar una bici estilo retro, cuanto más cara mejor, aunque no esté equipada. Aunque no me lo explica con esas palabras por supuesto, y, aunque pueda parecer lo contrario, agradezco mucho la amabilidad del hippie molón.
Salgo con la bici en una mano, la rueda destrozada en otra, y la cubierta colgada cual collar, aumentando el porcentaje de mugre que hay en mi ropa. Suelto la rueda en el primer contenedor y llego a la siguiente tienda con mi bici colgada del hombro, y mi bonito collar de caucho. Eso si que es una tienda de bicis normal, me atiende un Manolo con mono de mecánico y una gorra amarilla con un logo publicitario de whisky. Le digo si me puede vender una rueda, accede. Me dispongo a colocarla en la bici, pero me doy cuenta de que el mecanismo es diferente a la que tenía antes. No se quita con la mano, sino que necesitas dos llaves inglesas, o alicates, o cualquier cosa que pueda sujetar los pequeños pernos y permitirme hacer fuerza sobre ellos. Cualquier cosa que por supuesto no llevo encima. Me giro, veo un cartel que pone “mano de obra: 50 Euros/hora” y le pido prestadas las herramientas. Me tiro un buen rato, no es que sea muy mañoso, pero cambio la rueda. Y es en ese momento en el que caigo que la rueda de una bici no se puede hinchar a pulmón. Miro al dependiente. Le he estado ocupando gran parte del vestíbulo de la tienda para cambiar la rueda, le he pedido prestadas herramientas para ahorrarme la mano de obra, y ni he hecho el gesto de pagar todavía por la rueda que me ha entregado. Pero vuelvo a mirar el cartel que pone “50 Euros hora” y le pido si me deja entrar a su taller a hinchar la bici para no irme arrastrándola hasta la próxima gasolinera. Supongo que le he dado pena, porque le dice al mecánico del interior que me la hinche. ¡Perfecto, ya tengo bici! Le pago veinticinco Euros y salgo de la tienda ansioso por poder volver a pedalear y desplazarme a una velocidad decente. A pesar del cansancio causado por todo el ajetreo, me siento feliz, y como una pluma. Ahora si que me he quitado un gran peso de encima. Me queda casi una hora de pedal para llegar a casa, pero al menos ya pedaleo. Pero, por supuesto, no todo va a ir bien antes de llegar a casa. Es primavera, y los ataques de tos y estornudos causados por el polen solo cesan cuando cae una lluvia torrencial digna del clima tropical. Paradójicamente, ahora que estoy empapado, ya no estornudo ni toso. Pero estoy empapado, como si me hubiera caído a una piscina con ropa y todo. Y estoy justo en el punto intermedio entre dos paradas de tren. Las dos están no muy cerca. Y la lluvia es tan abundante que en ese tramo consigue que me sienta mojado hasta los huesos. Pretendo ir veloz para llegar pronto a la siguiente estación, pero no es buena idea. La bici ignora los frenos, que dejan resbalar las ruedas debido al agua. La calle esta inundada y la gente camina sin mirar a su alrededor, prestando gran atención a sus pasos para no caer. Una señora. Se me tira delante, voy rápido, los frenos me ignoran, mis pies se deslizan a toda velocidad arrastrándose por la acera aguada. Curvo y paro justo a tiempo para no golpearla. La señora ni se ha enterado de que por unos pocos centímetros no ha sido arrollada por mis casi cien quilos de peso, y sigue su paso, concentrada en no caer. Sigo, casi me caigo, casi me choco, casi me atropellan, y todo ello numerosas veces. Pero cuando llego hasta la estación, la lluvia no ha cesado, pero casi. Y ya estoy tan empapado que un par de gotas mas que me caigan encima no me van a afectar para nada. Decido llegar a casa en la bici. Por supuesto, cuando llego, para de llover. Entro en casa, y cuando veo a mi compañera de piso le saludo, “¡Ya es primavera!” Y si yo creyera en Dios pensaría que me ha mandado una advertencia para que no vuelva a coger la bici, pero como creo que más en mí que en él, y como el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y seis veces con la misma piedra, mañana volveré a coger la bici.
Mayo 2010


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martes, 27 de abril de 2010

El ciclo del poder. (Promo)

EL CICLO DEL PODER

- Todo el Estado vive amenazado. Un ser indefinido es su líder. Desde su palacio nos dicta las leyes, nos obliga a trabajar catorce horas diarias en pro de su enriquecimiento personal. Después obliga a todos los miembros de nuestra sociedad a tomarse la dosis diaria, para así, conseguir que no pensemos y controlarnos. – Pregonaba yo mi discurso desde lo alto de un improvisado escenario formado por un par de mesas de comedor.- Se que todos los que estáis aquí – eran cinco personas y yo. – os habéis dado cuenta de que la píldora que nos daban después de cada jornada era lo que os mantenía sumisos. Supongo que, como yo, habéis estado vomitando al llegar a casa para expulsar todos los ácidos que la componen antes de que vuestro estómago los filtrara hacia vuestra sangre. Por ello os felicito. Os felicito, a vosotros y a vuestros padres que os lo enseñaron desde pequeños. Os felicito porque, al contrario que el resto de ciudadanos del país, os habéis dado cuenta de que no vivimos en un Estado de auténtica felicidad. La gente lo cree porque las píldoras nos lo hacen creer. Pero no es así. El jefe supremo del Estado nos obliga comprar. Nos esclaviza y después nos da una paga que nos obliga a gastar en cosas que no necesitamos. Ésta es su manera de mantener la economía del país activa, generando una gran cantidad de beneficios que se lleva al bolsillo mientras nosotros trabajamos jornadas inhumanas y sufrimos. Ha destruido toda la cultura ajena al propio Estado, la única música permitida es el himno del Estado, todos los canales de televisión son su propaganda. El Estado, el Estado, el Estado. ¿Hasta cuando vamos a permitir que sus abusos continúen?

Los gritos y vítores de los asistentes a esa reunión me animaban a continuar con el discurso, realmente me hacían sentir un líder.

- ¿Dónde está la libertad? Esto no ha podido ser siempre así. Seguro que antes de la llegada del actual gobernador existía un mundo en el que la gente hacía lo que quería. Compraba si quería y se drogaba si quería. Existen pruebas de que antes la gente podía salir de las fronteras del Estado, ahí donde todo está envuelto por el misterio. Porque, a pesar de que ahora nos parece imposible, mas allá del Estado hay vida. Seguramente una vida salvaje y libre donde no llega la influencia de nuestro gobernador. Se que os parece ciencia ficción porque el Estado destruyó cualquier prueba o documento que lo demuestre. Libros quemados, formatos de vídeo destruidos, fotografías desaparecidas... Pero yo creo, y lo digo con mi mano izquierda en el corazón, que es factible. Hoy os quiero proponer que intentemos volver al pasado, que volvamos a la libertad de nuestro país durante tantas generaciones oprimido. ¡Y os propongo que lo hagamos hoy mismo!
Después de este discurso la sala estalló en una euforia incontrolada. Los gritos de seis personas parecían la fiesta de un centenar. Los seis habíamos decidido cambiar las cosas de una vez por todas.

Salimos de allí decididos. El gobernador era una persona, y nosotros éramos seis. Todos los guardias y policías, así como toda la gente de la ciudad, eran simples marionetas en sus manos. Sin titiritero los títeres no se moverían. Las personas que eran mas cercanas al gobernador eran las que estaban mas anuladas mentalmente. Estaban dispuestas a dar sus vidas por el gobernador, pero sí, y solo sí, el gobernador se lo ordenaba. Sino era así ya podía estar muriéndose delante de sus propios ojos que no harían nada para salvarle. No tenían autoconsciencia, o bien la tenían totalmente dominada por las píldoras del Estado, por ello era conocida como la droga gobernante. Tenía serias sospechas, que con el tiempo se me habían confirmado, de que las dosis de las personas que trabajaban en contacto directo con el gobernador eran dobles para asegurarse de que no actuaran sin permiso ni para ir al lavabo.

Nuestras armas eran bates de baseball, cuchillos, y, incluso, una guitarra eléctrica. La llevaba el Gerard. Cuando estaba contento nos abordaban acordes salvajes que nos llenaban de energía y nos preparaban para la lucha. Sin embargo cuando estaba triste, Gerard nos dedicaba unas melancólicas notas que sonaban como lágrimas chocando contra el suelo. Siempre la llevaba consigo. Siempre recordaré el día en que descubrí porque. No era para poder hacer música en cualquier momento. Gerard había sido de los primeros en actuar en contra del gobernador. Una vez lo vi asaltando el tren que lleva los alimentos a la ciudad. Después repartió el botín entre la gente que el gobernador deja morir a las afueras de la ciudad debido a su inutilidad en su sistema productivo. Si, es así, si alguien tiene un accidente que le deja incapacitado para realizar su tarea productiva se le abandona a las afueras de las ciudades por órdenes directas del gobernador. Una vez allí se le suministra la dosis diaria de droga gobernante para que se muera sin cuestionarse una manera de vivir. Esta maldita píldora elimina incluso los instintos mas básicos de las personas. Bueno, como os contaba, Gerard había estado asaltando los trenes de los alimentos para repartir la comida entre los exiliados, y la vez que lo vi, fue cuando comprendí porque siempre llevaba la guitarra con él. Su guitarra era una contundente herramienta rompecabezas. Literalmente. Cada vez que asestaba un golpe a los guardias que vigilaban el tren dejaba escapar un dulce acorde que, mezclado con los gritos de dolor de los derribados con cráneos fracturados, creaban una música angelical. Para los vigilantes del vehículo sin embargo, debía sonar como el tambor infernal que anunciaba su muerte. Era digno de ver la rabia con la que se desahogaba Gerard con sus oponentes, los convertía en residuos humanos inidentificables, todo, a golpes de guitarra. Es una pena que ya no esté entre nosotros...

Si os interesa saber como continúa el relato os paso un enlace del libro al que pertenece. Un libro de relatos cortos en el que he participado. Yo puedo conseguir ejemplares en papel por 7 Euros, que en la tienda se supone que valdrá 12.

El enlace:

http://www.todoebook.com/10-RELATOS-10-AUTORES-VVAA-KIT-BOOK-ebook-9788492808281.html


jueves, 15 de abril de 2010

ANHELOS

ANHELOS
Soy el buitre que vuela haciendo ochos,
sobrevolando tu chocho,
esperando que abandones al tocacojones de tu chorvo,
y no puedo con el morbo
que me provocan tus morros,
y tal vez pierda el tiempo,
pero te anhelo,
pero te deseo,
pero te quiero,
pero te quiero... en mi cama,
que nos revolquemos entre las sábanas,
que mordamos la manzana,
y ver tu preciosa cara al despertar por la mañana.
Y que me importe una mierda
la hora que sea, o lo que pase afuera,
pues al salir de tu agujero,
el soleado cielo lo veo negro.
Y regreso al reto de volver a no ser.
Si es que no somos nada,
sin un hada amada que nos de alas para volar.
Y se que me las vas a cortar,
pero correré el riesgo... por pecar de nuevo.
Y no me digas luego, que solo es un juego,
pues querré regresar a mi niñez,
aunque parezca una estupidez,
y pedirte que juegues conmigo,
mientras saboreo tu ombligo,
y lo digo porque lo siento,
aunque presiento el rechazo,
hachazo en mi alma,
que no encuentra calma,
ni siquiera tras los cubatas,
tal vez pruebe con matarratas,
a ver si mata la hemorragia,
causada por anhelo y nostalgia,
al recordar tu fragancia.

Y al darme cuenta de que otro te penetra,
los sesos me revientan,
por supuesto, es cierto, aun siento celos,
me han robado tus besos,
y claro que intento ponerle remedio,
mira cuanto alcohol ingerto,
he conseguido que ahora me detesto como al resto.
A pesar de ser honesto,
quiero robarte un beso,
o mejor cientos de ellos,
coleccionarlos, almacenarlos, en algún rincón de mi mente,
que los mantenga por siempre presentes,
uniendo nuestros corazones latentes,
viviendo noches calientes,
y no me resulten hirientes tus miradas,
como pasa con las miradas cruzadas de las últimas semanas,
deseos de sexo de mi emanan,
no me sirven ideas cristianas,
yo creo en las mujeres y no en Dios,
ellas si son dignas de adoración,
te pasean por el paraíso,
y después puedes seguir vivo.

2009


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miércoles, 14 de abril de 2010

ALCOHOL

Dolor en lo profundo del alma,
imposible hallar la calma,
acudir a la doble malta,
alcohol, refugio trampa,
en tu sistema a sus anchas campa,
haciéndote perder el sentido,
arrastrándote al olvido,
por tu corazón conmovido.
Te arrastras sin dignidad,
mientras pensabas en felicidad,
y mantiene tu cabeza gacha,
tú que siempre la llevas alta,
retuerces tus cervicales,
por tus dolores intestinales.

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REBOZADO EN MIERDA

Me despojo de mi dignidad, me arrastro por el fango, me inclino a tus pies y, una vez mas, mendigo un poquito de tu amor. Pues tal es mi admiración por ti, tal es. Tal es que en mi mente no entra la realidad biológica de que tú también cagas. Después de un atracón de polvorones te entra dolor de estómago, vas corriendo al wc y de tus entrañas dejas caer algo asqueroso, maloliente y pringoso, pero de eso no soy consciente, como no lo soy de que también generas bilis, mocos, orín. Pues cuando te veo te divinizo, te traslado a un nivel superior, un nivel en el que yo no puedo ni imaginar existir, pues yo me estoy revolcando en la mierda que has dejado por el camino a tu ascensión. Me revuelco, me arrastro, pero en dirección hacia ti, y no pienso que merezco esto. No pienso que merezco comerme toda la mierda que dejas detrás de ti, pero lo acepto, pues nunca he aspirado a una gran vida.
Rebozarme en la mierda se me da bien, al menos, es la tuya. Porque entendí que luchar por algo mejor era inútil, porque entendí que creer en algo mas era ser iluso, porque aprendí. Aprendí a ser un perdedor y me convertí en un gran perdedor, un perdedor tan perdedor que no intenta dejar de serlo, y abracé la perdición y deja la lucha a otros. Otros que aspiran a ganar y se desquician al perder, otros que viven mirando un porvenir que nunca es el que espectan, otros que acabaran en el mismo sitio que yo pero con más heridas de guerra. Una guerra que perdimos casi un par de milenios atrás, justo en el momento en el que empezamos a creernos las enseñanzas de Dios. Unas enseñanzas que acabarían con todo lo bueno que las precedía y construirían todo lo malo que hoy nos oprime, convirtiendo en pecado el placer, convirtiendo en pecado la libertad de expresión, convirtiendo en pecado el autoestima, convirtiendo en pecado vivir y morir, convirtiendo en pecado todo.
Esta es toda la mierda en la que me rebozo, este es el presente que me causa arcadas. Porque somos libres de escoger entre miserias, porque somos libres de dejar de vivir en ellas, porque salir de nuestra prisión de papeles impresos en verde no es posible en este mundo manipulado en el que vivimos. Por todo esto y mucho mas te elijo, elijo seguirte a través de este pastizal grumoso deseando que vuelvas a rechazar mi corazón mi corazón, pues, en un mundo que me ha educado como perdedor tal logro desquiciaría mi lógica, pues si la necesidad de mendigar tu amor desaparece de mi vida, tal vez mi vida se pierda en la inmundicia de nuestro sistema.

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domingo, 11 de abril de 2010

10 MINUTOS

Te has dejado el MP3. Putada. El metro se acaba de ir y te toca esperar diez minutos. A estas horas de la madrugada no pasan muy a menudo. Entonces te sientas, esperas. Inmediatamente llega el metro del andén de enfrente. Mientras estas esperando te das cuenta de que no te has quitado la canción de System of a down que escuchabas al mediodía de la cabeza. La escuchas como si llevaras el MP3 muy bajo de volumen, pero no es que la recuerdes, es que la escuchas. Entonces llegas a la absurda conclusión de que tu cerebro ha desarrollado la capacidad de filtrar todos los tonos y notas que te llegan que sean distintos a los de la canción. Como si la canción estuviera intrínseca en el infernal ruido de la maquinaria del metro y hubieras aprendido a seleccionar lo que quieres oír. Al irse el metro se acaba la música, y te das cuenta de que todavía faltan seis minutos para que llegue el tuyo. Te levantas, empiezas a caminar. Si eres ese tío nervioso e impaciente que intranquiliza a todos los que están esperando en el andén sin parar de caminar de un lado a otro. Bueno uno de esos, te das cuenta de que hoy hay otro como tu, con la suerte que tiene de que él hoy no ha olvidado su MP3 y no tienen que intentar filtrar la música de los ruidos de su alrededor. Te cruzas con él, se cruzan vuestras miradas, os comprendéis y seguís vuestro camino. Camino a ningún sitio durante el que piensas un montón de cosas irrelevantes. Miras a la gente, la gente te mira, piensas que pensarán, pensarán en que piensas. Sigues caminando y al pasar por debajo de uno de los dos relojes de la estación te das cuenta de que no ha pasado ni un minuto desde la última vez que lo miraste. Llegas al extremo, te das la vuelta y sigues caminando tranquilamente en la dirección opuesta. A lo lejos ves que acaba de bajar una segurata y espera apoyada junto al espejo retrovisor para el metro, en la otra punta del andén. El morbo hace que decidas llegar hasta ella para poder apreciarla, pasas por debajo del reloj, del otro reloj, la ves de cerca y te das cuenta de que no tiene nada de especial ni de atractivo. Te giras y te das cuenta de que la chica que esta sentada al lado si que despierta tus fantasías, y de que el tipo duro de turno te está mirando intimidatoriamente. Y lo piensas a la vez, a dos voces, como si fueran dos clips de audio montados en el mismo fragmento de una línea de tiempo. Y es cuando piensas que vas a hacer un cortometraje llamado 10 minutos, que durará 10 minutos. Y en los planos que usarás, y en los recursos que necesitas y piensas que lo puedes hacer hasta solo. Y piensas todo esto antes de que ni siquiera lo hayas escrito, antes de saber que no lo vas a olvidar que es lo más normal en estos casos. Mientras tanto has ignorado al tipo de la mirada para no darle la satisfacción de haber provocado respeto en un tío como yo, sabiendo que él no puede saber que en realidad si lo ha hecho. Vas a la zona central que es por donde te conviene mas pillar el metro. te apoyas en la pared junto a un hombre de raza negra, le miras y te separas, debido a tu impaciencia, para seguir caminando. Entonces piensas que no quieres hacerle sentir discriminado y piensas que no quieres que se crea que te da miedo, así te cuestionas si eres un ser bondadoso que no quiere ofender a nadie o un orgulloso engreído que intenta parecer valiente, sea cual sea el caso vuelves a apoyarte a su lado. Ni te ha mirado en todo el rato y te sientes un poco egocéntrico pensando que piensan en ti cuando nada lo indica. Te cuestionas si tu comportamiento es racismo, discriminación, positiva, negativa… y legas a la conclusión de que son palabras que no deberían ni existir. Miras el reloj, das un paso adelante y, a una distancia prudente para que nadie te empuje a las vías, esperas los cuarenta y cinco segundos que faltan para que entre el tren, pensando en que, si no te hubieras dejado el MP3 nunca habrías escrito esto.

OCT 2009

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