miércoles, 18 de agosto de 2010

El borracho inconsolable I



EL BORRACHO INCONSOLABLE
I
Estas sentado en la taza del váter, lo que sale de tu agujero negro es innombrable. El suelo se mueve y el cielo iluminado del otro lado de la ventana te indica que has estado demasiadas horas fuera de casa, bebiendo. Intentas mantenerte despierto pero tus ojos pesan, te estas durmiendo sentado en la taza del váter, con los pantalones bajados y el culo lleno de mierda de una masa semejante a la nocilla en verano. Cuando te dejas vencer y caen tus parpados, tu cerebro te traiciona desactivándose por un momento, lanzándote precipitadamente contra el suelo. Pero, bendita tu suerte, que el brusco movimiento ha sacudido tu castigada y deshidratada masa gris, y esto ha provocado una reacción simultanea en tu estómago, que se ha revuelto mas que unos huevos en un desayuno inglés. Te apresuras, pues notas la abundancia de líquidos que empieza a segregar tu boca por la necesidad de vomitar. Bajas el culo de la taza del váter, y pones la cara. El terrible olor de la diarrea te penetra las fosas nasales ayudándote a vomitar con más fuerza, y entonces, el olor se mezcla con la peste a bilis. Todo junto crea un ambiente en el que te da la impresión de que no podría vivir ni un cerdo, ni si quiera una cucaracha. Pero ahí estás, con la cara apoyada donde antes tenías el culo, agradeciendo haber apuntado bien al cagar. Sobreviviendo a una de tus mayores borracheras, una de tus tantas mayores borracheras, y preguntándote una vez más, de qué sirve beber. Abrazas el váter como si fuera tu novia, vuelves a vomitar, y acto seguido pierdes la conciencia en el retrete de tu casa, que, ahora mismo, por tu propia culpa, es el retrete más asqueroso que has visto en tu vida. Aún así te quedas allí, apoyado a pocos centímetros de una obra de arte formada por heces, licor semidigerido y bilis. Al menos por un par de horas, hasta que tengas fuerzas de ir a la cama.
Al despertar tardo unos segundos en recordar donde estoy. No recuerdo haberme separado de la taza del váter, pero ahí estoy, tumbado en el suelo. Con medio cuerpo dentro del aseo y el otro medio en el salón. Por suerte ha desaparecido esa voz que me sermonea a menudo. Son las ocho de la mañana, y mis clases empiezan a las ocho y cuarto. Llego tarde. Me duele la cabeza y me apetece tanto ir como pegarme martillazos en las pelotas. Pero me apetece aun menos verle el rostro al imbécil de mi padre recién levantado. Así que, tal como me despierto, me levanto y me voy en dirección al instituto. Ni tan siquiera me ducho, aunque se que me iría bien. No me queda tiempo, urge abrirse si no quiero encontrarme con él.
El trayecto en el autobús se hace especialmente duro. En mis auriculares suena "Megadeth", y suena "El reno renardo". Tengo un duelo con una señora al salir del autobús. Ella espera a que me disponga a bajar, para hacer lo mismo, entonces me empuja pretendiendo que la he empujado yo, y prosigue su coreografía con una sarta de insultos. Aunque no se que dice, su voz queda totalmente enmudecida por los brutales acordes oscuros de "Lamb of God" que ahora suenan en mi mp3.
Cuando consigo bajar del autobús y miro la hora, me doy cuenta de que llego más de una hora tarde. La resaca aun no ha cesado, y ni siquiera he desayunado. Mi próxima parada es el bar de la esquina. Allí le pido un bocadillo de sobrasada y una doble malta al camarero. El primer trago me sabe a gloria.
Piensas volver borracho, arrastrándote a casa, no te importa lo que piense la gente. Sabes que el mundo esta jodido y pretendes no verlo a base de tragos. Pero sabes que por mas que bebas el mundo seguirá así. No es el mundo el problema...
La voz de mi mente desaparece en el momento en el que llegan al bar un grupo de compañeros de clase. Esto me indica que ya son las once, la hora del descanso. Es un momento agradable del día. No es fácil encontrar compañeros de barra dispuestos a compartir hazañas y peripecias durante las horas matinales. La resaca ya va desapareciendo, o mas bien se esta reconvirtiendo en una nueva borrachera, pues ya llevo cuatro cervezas. A la llegada del camarero para coger comanda a mis compañeros aprovecho y pido otra.
Con quien me llevo mejor, y tengo mas confianza de ellos se llama David, compartimos aficiones, por la música, por los videojuegos, por el cine porno... Aunque a veces me da la impresión de que me desprecia por como soy. Él es lo opuesto a mi. Es puntual, responsable, respetuoso, saca buenas notas, tiene coche y una novia estable. A pesar de escuchar heavy metal, es lo que se llamaría un hombre de provecho, una persona políticamente correcta, un buen partido. Calificativos que jamás nadie diría de mí. Aún así me muero de ganas por contarle lo que hice el pasado viernes. - No sería así si no fueras borracho, pero siempre sobreexplotas el efecto desinhibidor del alcohol - Vale, pero voy borracho, así, sin mas preámbulos, le digo:
- El viernes participé en un bukkake.
- Muy bien, Hector - Se ríe un poco. Parece que ya nada de lo que le digo le sorprende.
Ya debe estar pensando que no tienes remedio. Que eres un hombre acabado sin provecho alguno, y que así no vas a llegar a ningún sitio, pero tu sigues bebiendo y bebiendo sin parar, aunque no tengas nada que celebrar. Beber y beber sin parar no te lleva a ningún lado, mientras, mírale a él, responsable, anteponiendo sus obligaciones a la fiesta. Sin duda su padre estará orgulloso de él. ¿Y que hay de su novia? Seguramente le recompensa por su dedicación y esfuerzo con la mejor de las ofrendas. En cambio tú, lejos de tener a alguien que se enorgullezca de ti, ni si quiera puedes estar orgulloso de ti mismo. Sin embargo aquí sigues, en pie, luchando por llegar al día siguiente. ¿Por qué lo haces?
Se hacen las once y media, se ha acabado el tiempo de descanso. Decido seguir la corriente de mis compañeros y abandonar el bar para hacer lo que se supone que debo hacer; asistir a clase. Aunque no es que consiga aprender mucho ni prestar mucha atención debido a mi particular estado ebrio. Aun así intento hacer los ejercicios prácticos con el ordenador y currar un poco, intentando disminuir el retraso que llevo.
A las dos y cuarto del mediodía el autobús está a reventar. Como todos los días. Debido a mi envergadura se me hace más difícil que a otros abrirme paso a través del cúmulo de estudiantes jóvenes de la periferia. Pero el conductor grita que nos movamos hacia el fondo, que no cabemos todos, así que avanzo, y avanzo. En frente de la puerta de salida he visto un pequeño hueco en el que a lo mejor puedo ponerme de pié sin sentir que me tocan un montón de desconocidos. Así me voy abriendo paso a través de los chavales, esquivando sus gorras planas, hasta que uno de ellos cree que lo empujo a conciencia:
- ¡De qué vas chavo! - Me grita
- ¡ Joder, déjame espacio para pasar! - Le contesto con el mismo tono.
El muy subnormal no entiende que el autobús está abarrotado, y, si apenas ha dejado espacio tras de si para que pase una persona normal, mucho menos para que pase yo con mi mochila, o sin ella, realmente tampoco viene de ahí.
- ¡Simplemente no me toques, gordo!
No tengo nada en contra de la gente de otros países, que quede claro, pero si me tocan los huevos de manera descerebrada yo respondo a la altura:
- ¡Vete a tu puto país, panchito de mierda!
- ¡¿Cómo?! Repite eso si tienes huevos, venga repítelo huevón, repítelo - me dice hablando a una velocidad de vértigo, mientras saca pecho. - Eres un puto racista, ¿no?, ¿Te crees muy fuerte? Repite eso que dijiste si los tienes bien puestos venga...
Me vuelve a doler la cabeza debido a una nueva resaca, y no estoy para aguantar a idiotas de tal magnitud. Así que le interrumpo su charla de gallito sin gallinero asestándole un izquierdazo en toda la cara con todas mis fuerzas. Lo hecho para atrás. Sin duda he aprovechado el factor sorpresa y he conseguido tumbar al chulo de un golpe. Por un solo instante me siento victorioso, parece que he hecho un "knock out". Un "perfect". Pero solo lo parece. Los dos amigos que le respaldan lo sujetan evitando que caiga al suelo, y lo empujan hacia mí. Como si estuviéramos en una pelea clandestina y hubieran apostado por él. Aprovecha el impulso recibido y añade la potencia de su brazo, que no es poca. Me hunde su puño en mi cara. Me caigo al suelo con el golpe que me quita el "perfect", pero... pero voy a... pero voy a recibir una tunda de hostias en pocos segundos que me va a quitar hasta la resaca. Mientras recibo palos, escucho al conductor gritando desde su asiento, grita que nos bajemos, que no quiere historias en su autobús. Ha parado y abierto la puerta expresamente para que nos bajemos. La gente que nos rodea simplemente mira, con los ojos muy abiertos, pero solo miran. Ninguno piensa ayudarme, ni intentar detener esto. La masa atónita ha formado un circulo alrededor nuestro que recuerda a una pelea de boxeo callejero, solo que sin dinero en las manos ni gestos de ánimo. Y yo me pregunto dónde coño estaba todo este espacio hace unos minutos. Entonces nadie se apartó para dejarme paso, y ahora estoy recibiendo una paliza de parte de un macarra al que no había visto antes, a pesar de que debe estudiar en el mismo centro que yo. Me cubro la cabeza con los brazos, y noto su puño hundirse en varias partes de mi cuerpo. En la franja de aire que queda entre mis dos antebrazos veo la puerta trasera del autobús, abierta. Estoy salvado. Me arrastro hasta el exterior, y allí, la lluvia de golpes cesa. El autobús arranca a mis espaldas mientras me levanto del suelo. No es la primera vez que pierdo una pelea. Estoy bastante acostumbrado al fracaso, en muchos aspectos, también al dolor.
La parada de metro que tengo que coger no me queda lejos, así que decido acercarme caminando en lugar de esperar a que pase el próximo autobús. A cada paso que doy noto como el temblor de mis carnes hace resurgir el dolor de los golpes recibidos. Dentro del metro otra vez lo mismo. Hora punta, cúmulos de gente que se apelotonan una tras otra para pasar por las puertas, por las escaleras mecánicas, por los pasillos... Me recuerdan a un hormiguero, donde cada miembro sigue su función de manera eficaz y automática. Como si su genética les obligara a hacer eso y no pudieran hacer ninguna otra cosa a parte de la que hacen. Se que suena típico, pero es así como lo veo, y me parece deprimente. Patético. Sobretodo porque formo parte de ello.
A pesar de lo lleno que está el metro toda la gente me mira con cara de desconfianza, y se apartan a mi paso. Ahora nadie me toca, ni tengo que tocar a nadie, sigo mi paso firme, recto hacía adelante, y no tengo que esquivar a nadie, la gente se preocupa de esquivarme a mí. Aprovecho el borde metálico del reloj del metro para observar mi reflejo, y me da hasta gracia ver que mis labios y encías están sangrando. La sangre ha llegado a mi barba donde se esta empezando a secar, formando así pequeñas rastas. Goterones se extienden a lo largo y ancho de mi jersey, tengo un ojo un poco morado e hinchado, que se me entrecierra debido a la hinchazón. Ahora entiendo porque todo el mundo se aparta de mi.
Irónico ¿no? Un gordo con una sudadera metalera, greñas y barbas inspira ser objeto de burla y engrandecimiento de un chulo reggetonero en el autobús. Sin embargo, ese mismo gordo con señales evidentes de haber perdido una pelea, impone respeto, e incluso miedo, ahora en el metro. Y eso, en el fondo, te gusta. Estas disfrutando viendo como las señoras te miran y se horrorizan. Te parece divertido ver como se aferran al bolso cuando pasas a su lado. Te sientes protegido por tu actual aspecto decrépito, y lo estas disfrutando. En caso contrario no habrías insultado a ese tipo. Es uno de esos días en los que te sientes tan mal contigo mismo que has tenido que liarla, y no te sirve de excusa pensar que empezó él. Porque sabes bien sabido que lo podrías haber evitado, que en el momento que te tocaba hablar dijiste lo que pensaste que mas le podía joder. Pero el hecho de que te otorguen una paliza te crea cierta sensación de alivio. Crees que es el castigo que mereces por llevar el tipo de vida que llevas. Por eso no desaprovechas nunca la oportunidad de provocar una pelea, aunque casi siempre pierdas. Porque eso te libera. Tu dolor real provocado por los golpes aminora la intensidad de tu dolor psicológico. Sigues teniendo los mismos problemas, y cuando se te haya pasado el subidón de adrenalina volverán a estar frente a ti. Mientras tanto disfrutas. Aprovechas el poco tiempo que te queda de disfrutar de ello, y del respeto que te tienen ahora mismo los pasajeros del metro.
Al llegar a casa no hay nadie. Estoy tan cansado que me tumbo directamente en la cama y, sin comer, ni desvestirme, me duermo al instante.
Me despierto sobresaltado por los gritos que está soltando el imbécil de mi padre mientras aporrea mi puerta:
- ¡Tú, eres un gordo inútil! ¡ Siempre emborrachándote! ¿¡ Es qué no piensas hacer nada de provecho con tu vida?
Joder, me sé de memoria todo lo que va a decir. Y la verdad es que no quiero escucharlo. Me viene a la mente mi obra de arte de heces y bilis. Recuerdo que no estiré de la cadena, y ver eso le habrá hecho rabiar un poco.
- ¡ A ver cuando te buscas un trabajo serio y te largas de esta casa de una puta vez!
Continúa su monserga, mientras continúa aporreando mi puerta, asegurándose de que me da por culo durante un buen rato. Intenta abrir, pero siempre echo el pestillo al entrar a mi habitación. Un instinto adquirido con los años.
- ¡Y deja de dormir, que no son horas!
Me envuelvo la cabeza con la almohada para escucharle un poco menos. Ya se cansará de gritar. Me quedo pensando en las palabras "trabajo" y "horas", Es lunes por la tarde y ya me debe haber llegado el material de la revista que tengo que maquetar y entregar cada jueves. Me cuesta trabajo, pero me levanto y enciendo el ordenador para empezar a currar. Tengo hambre, pero no quiero salir y toparme con mi padre. Por suerte encuentro un paquete de galletas de chocolate y, aunque está abierto y empiezan a estar un poco rancias, mas rancia es su cara recién levantado. Me las como mientras empiezo a trabajar en la maquetación de esos artículos del tarot tan interesantes como una película porno sin sexo.
Se hace de noche. Los padres duermen, los niños duermen, pero los hijos descarriados como yo, cansado de maquetar, se preparan para una larga noche llena de emociones. Mi madre siempre piensa en mi cuando hace la cena, aunque no cene con ellos por no aguantar al otro idiota. Así que, tras escuchar que el silencio absoluto reina en casa, ceso mi actividad y salgo a la cocina a comerme el potaje que me ha guardado mi madre. Lo acompaño con una cerveza bien fría, como debe hacerse una buena cena. Me ducho y salgo de casa. Soy consciente de que por la mañana tengo clase, y soy consciente también, de que no llegaré puntual. Podría no salir, irme a dormir, y hacer lo que se supone que se debe hacer, pero estaría desaprovechando mi juventud.
La noche es fresca y las calles están llenas de vida. No importa que sea un lunes por la noche, el casco antiguo de la ciudad condal esta rebosante de vida las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Recorro las estrechas calles del Raval. Cuando encuentro un tugurio sucio, descuidado y con decoración de mal gusto, allí me meto en busca de la jarra mas barata. Entre tugurio y tugurio los pakistaníes me abastecen de cerveza barata para hacer mas agradable las caminatas. Gracias al alcohol me convierto en una persona casi sociable y hablo con todo el mundo. Los vendedores de cerveza, a quienes tanto debe nuestra sociedad borracha, necesitada de evasión, se hacen amigos míos. Me cuentan su vida, sus historias con mujeres, la dificultad de su situación, lo mal que va todo... en fin, lo típico.
- ¿Ahora vendéis más no? - Pregunto entrometido - Con la crisis, y vuestros precios seguro que todo el mundo prefiere compraros a vosotros que al bar. - Bueno, al menos yo lo prefiero, ya que venden la cerveza a un euro, a cualquier hora, en cualquier esquina.
- ¿Crisis? ¿Qué crisis? - Me responde con un pronunciado acento paquistaní, o nepalí, o... bueno, acento moro.
- Ya sabes, el paro, el crack del sector inmobiliario, la crisis que afecta a la bolsa en todo el mundo.
- Ven a mi país, allí si que verás crisis. - Ante mi silencio tras estas palabras, el joven aprovecha para pronunciar las palabras que más veces pronuncia a lo largo del día - ¿"Servesa" fría amigo?
Le compro una cerveza, y de repente, todos mis problemas me parecen más insignificantes. Aunque no por ello pierdo las ganas de beber.
Y sigues bebiendo y bebiendo, hasta que el alcohol distorsiona por completo tu percepción, hasta el punto en el que te crees una persona interesante. Te crees que molas. Hablas con la gente, y hasta crees que te escuchan. Que les interesa lo que les tienes que contar, cuando realmente solo ven al típico borracho pesado. ¿A quién te crees que le interesa, a estas horas de la madrugada, la necesidad de una actividad política diferente, o la falta de democracia en el país? La gente está pasándoselo bien, y tus discursos solo les aburren, más que nada, porque en tu estado, es imposible tomarte en serio. Eres aquel al que al que sonríen durante unos momentos para evitarse problemas, porque no confían en la agresividad de un borracho, pero al que dan esquinazo tan pronto como se les presenta la oportunidad. Aprovechan cualquier excusa para perderte de vista. Por eso acabas hablando siempre con los vendedores de cerveza ambulantes. Te da la impresión de que te escuchan, pero en el fondo, sabes que no es así. Para ellos eres un euro con patas. Y si mientras hacen como que te escuchan te acabas la lata que sostienes en la mano, saben bien sabido que les pedirás otra, pues tienen mas calle que tu. Por eso y solo por eso te toleran. Pero nada, tu sigue bebiendo hasta callar tu conciencia.
Voy borracho, muy borracho. Los bares han cerrado, y a mí solo me queda la posibilidad de seguir bebiendo cervezas callejeras. Arrastro mi alma por las calles del
Raval hasta llegar a la calle de las putas. No se ni como me lo hago, la verdad es que ni me lo planteo, pero a menudo acabo la noche allí. De entre todas las mujeres veo a una que me parece muy especial. Entre la suciedad, la basura esparcida. los contenedores rebosantes todavía sin recoger, los vómitos y orines de borrachuzos, y los yonquis comatosos, veo a una preciosidad de Europa oriental. No se si será el alcohol, pero me parece la chica mas bella y maravillosa que he visto en mi vida. Su mirada rasgada me esta pidiendo a gritos que me acerque a ella. Sufro una infinita atracción hacia esa mujer que no puedo negar. Conforme me voy acercando, un suave aroma a fresas va ganando terreno al terrible hedor de bilis y orines. Su dedo índice hace un sinuoso gesto que me indica que vaya. Un gesto al que todo mi cuerpo y espíritu responden, yendo. Es una reacción automática, preprogramada, innegable, y, sobretodo, inevitable. Cada átomo de mi cuerpo, cada neurona de mi cerebro, cada gota de mi sangre quieren satisfacer a ese sensual dedo que me pide que vaya. Quieren oler de cerca ese aroma encantador, y acariciar esa larga y sedosa melena negra. Su rostro, ausente de maquillaje, me hace pensar por un momento que no es una prostituta, sino una borracha de la noche como yo, que ha acabado aquí por casualidad y quiere conocerme. Desde luego no por mi ausente atractivo físico, pero tal vez, solo tal vez, le haya parecido interesante.
Pobre iluso que has crecido encerrado en tus fantasías propias de series animadas japonesas. Mientras el resto de los chavales de tu edad descubrían como funciona el complejo mecanismo que forman las relaciones sociales y amorosas, tu malgastabas tu tiempo viendo ficciones en las que un chico y una chica se enamoraban a primera vista en un tren. Aquellas series en las que el protagonista era el típico pringao de clase y se enamoraba de la tía buena de turno que, finalmente, tras muchas penurias, le correspondía. Iluso de ti, todavía piensas que eso puede suceder. Ya que en tu adolescencia tu relación con el sexo femenino brilló por su ausencia. Te vas acercando a esa belleza, pensando en que decirle, haciendo un terrible esfuerzo para que los engranajes que forman tu compleja maquinara social funcionen por una vez. Y cuando por fin estás junto a ella, rompe el hielo.
- ¿Quieres pasar un buen rato? Completo cien.
Mi gozo en un poco. Por un momento pensé que esta vez sería diferente. Que me acostaría con una chica porque nos correspondiéramos, y no porque le pago. Pero mi siguiente polvo será, de nuevo, con una prostituta. Y no de las mas baratas. Pero, a pesar del precio, no me niego. Es una prostituta, pero también es una de las mujeres mas bonitas que he visto en mi vida.
- Vale, pero me tendrás que acompañar hasta un banco, que no llevo suficiente encima. - Respondo.
Accede, y nos dirigimos hacia el cajero mas cercano. La miro y su belleza me impone. No se me ocurre que podría decirle. Ni entiendo porque tengo esta necesidad de decirle algo. Siento que tengo a mi lado a una de las personas mas maravillosas de este planeta. A pesar de lo que es, transmite una energía pura, una luz. Se huele la bondad que desprende por cada uno de sus poros. Y su mirada... su simple mirada, aquellas dos perlas de color negro azabache que se postran en mi, hacen que me sienta alguien insignificante en este mundo. Mas de lo que me siento normalmente. Una expresión de inocencia y humildad es transmitida por su sonrisa, que entre sus gruesos labios deja ver una preciosa y perfecta dentadura, sin imperfecciones, cual colmillo de marfil.
- ¿Cómo te llamas? - Rompe ella el hielo, supongo que se habrá dado cuenta del estado que provoca en mi ser.
- Héctor, aunque muchos me llaman por mi apellido, Espada.
- Encantada de conocerte - Me dice con una encantadora sonrisa.
Una sonrisa que, a pesar de mi estado, consigue que se me ponga dura. Nunca me había imaginado que me ocurriría algo así, y menos en estas condiciones. Al principio me siento un poco avergonzado por ello, pero rápidamente pienso en lo que voy a disfrutar con ella. Me pongo muy contento, mi erección aumenta. Llegando al cajero, ya un poco mas tranquilo, le pregunto su nombre.
- Estrella - Me dice
- Pero ese es tu nombre... - Dudo unos segundos - ...artístico, yo quiero saber tu nombre de verdad. - Digo mientras saco ciento cincuenta Euros. Cien para ella, y cincuenta para pagar alguna pensión de mala muerte.
- ¿Cómo sabes que no es mi nombre de verdad? - Dice entre risas. Nunca había visto a una prostituta tan alegre. Parece alguien que me acompaña por placer, y no por interés.
- Vamos, ¿Qué nombre es estrella? Solo los hippies usan nombres así. - Le digo, también riéndome.
- Y me lo dice el señor Espada - Responde a la vez que me da un amable golpecito en el hombro con la palma de su mano.
- Pero es mi apellido, te he dicho mi nombre y apellido, dime al menos tu nombre a cambio ¿no?
- ¿Por qué quieres saberlo? - Me replica sin cambiar su expresión alegre.
- Por saber con quién voy a pasar la noche, claro. No me gusta pasar la noche con desconocidas. - Ironizo.
- Pues conmigo - Responde.
No insisto mas. Supongo que es algún tipo de protección. Con la de peligros a los que deben estar expuestas estas chicas. Entre policía, clientes obsesionados y demás degenerados que callejean en la nocturnidad barcelonesa. Además me da la impresión de que un tío nos esta vigilando todo el trayecto. Aunque tal vez solo sea paranoia mía. Tal vez simplemente no quiera crear ningún lazo entre sus clientes y su persona real. Sean cuales sean, tiene motivos para no decirme su nombre, y no quiero insistir.
Cuando entramos a la pensión me doy cuenta de que efectivamente aquél tío rubio y alto, con cara de poder partirme la cara, nos ha estado siguiendo. En cuanto me dispongo a entrar y giro la cabeza hacia él, se apoya contra la pared, enciende un cigarrillo y mira al cielo. Calculo que debe ser el chulo de Estrella, y de ser así, es muy malo disimulando. En la pensión me recibe la señora Pepita con sus rulos y su bata puestos. Llego un poco tarde, debía estar durmiendo, pero, ya que vive en la planta baja de su pensión, es la recepcionista veinticuatro horas al día. Si alguien llama no le queda mas remedio que levantarse. Me mira mal, vengo a menudo con chicas aquí. Se que a ella no le gustan los hombres con mi estilo de vida. Pero los puteros suponen un ochenta por ciento aproximado de sus ingresos, así que, se limita a coger mis cincuenta euros y darme una llave. Apenas me dice nada. Sabe de sobra a lo que vengo, para cuantas noches y todo lo demás que se suele preguntar en estos casos.
La humedad de las paredes empieza a crear moho y los escalones desgastados están llenos de socavones causados por el uso a lo largo de años. Es un edificio de los años cuarenta del siglo veinte. Seguramente en aquella época se hizo su última remodelación. La limpieza roza lo aceptable, pero por cincuenta euros en cama doble es lo mejor que puedo encontrar. Abro la puerta de la habitación, entramos y Estrella cierra la puerta a mis espaldas. Por fin llega el momento. La abrazo con todas mis fuerzas y me dispongo a darle un beso. Soy el primer sorprendido de tales muestras de cariño y amor hacia una mujer de profesión. Me detiene. Me dice que antes de empezar quiere que nos higienicemos. Me parece correcto, aunque me joda posponer el acto sexual con tal mujer. Estoy impaciente, mi corazón late a mil por hora. Me siento como debe sentirse un adolescente en su primera vez, cuando ésta es sin pagar, aun cuando sé que no será el caso. Es como me siento. Emocionado y nervioso. Y borracho también. Muy borracho. Todo me da vueltas sin parar y a una intensidad terrible. Dejo a Estrella sentada en la cama mientras salgo de la habitación. En las pensiones como estas hay un servicio en el pasillo por cada cuatro o cinco habitaciones. Cuando llego al final del pasillo, donde se halla, resulta que está ocupado. Espero mientras escucho sospechosos y constantes sonidos jugosos. Poco después sale del baño un hombre cuarentón, con barriga y poco pelo. Me saluda con la mano. Entro. El baño consta de un váter salpicado de pis y a saber que otras sustancias de otros puteros. Una ducha de plato oxidada y un lavabo con el espejo roto. Con la emoción y la erección casi ni me estaba dando cuenta de que me estaba meando. Cosa lógica teniendo en cuenta lo bebido. Así que colaboro a las salpicaduras de orín que rodean el váter. No es que lo haga a propósito, es que cuando el inodoro se mueve de un lado a otro es muy difícil echar el cien por cien del líquido en su interior. Y en ese retrete en concreto, sentarse para hacer mas fácil la operación, no es una opción. Demasiado asqueroso. Mientras me ducho recuerdo que llevo varios días sin eyacular, y sería una pena acabar demasiado pronto con una chica como Estrella. Así que procedo al acto de producirme gozo sexual solitariamente. Al acabar vuelvo a la habitación, y es ella la que va a ducharse. La espero tumbado y me la imagino en esos servicios pestilentes. Pienso que se merece algo mejor. Trato de ser bueno con las mujeres con las que me acuesto, pero creo que una chica como estrella merece algo mejor de lo que yo le puedo ofrecer. Me imagino algo digno, como el jacuzzi en el que Julia Roberts se da un baño en un hotel de lujo. Todo subvencionado por un empresario multimillonario caracterizado por Richard Gere. Pero ni soy multimillonario, ni esto es una ficción de Hollywood. El plato ducha oxidado es lo que hay. El dolor de cabeza me aprieta, la borrachera empieza a convertirse en resaca, mis energías están bajo mínimos. Tal vez pajearme no fue una buena idea, pues ya se sabe que incita a un profundo sueño. Me pesan los párpados. Me cuesta mantenerme despierto. Parpadeo lentamente, muy lentamente... cada vez más lentamente...
Estas acabado. Acabado del todo. Eres un ser de lo mas decadente. Bebes hasta que el movimiento de caminar se convierte en un cómico tambaleo direccional. Pagas a una prostituta porque no conoces otra manera de conseguir sexo, o tal vez, incluso afecto. Y piensas que con esto te vas a sentir mejor, mas lleno. Y cuán falto de cariño estás para pensar tal cosa. Y tras exponer la decadencia y el patetismo de un hombre a su máximo exponente, te quedas dormido antes de que la chica haga aquello por lo que le has pagado. En lugar de ello, cuando se instala en la mitad de su cama, intentando no tocarte, o tocarte lo menos posible, la abrazas como abrazabas a tus peluches cuando eras un bebé. Cosa que tu conciencia solo conoce a medias, o, incluso, intuye ligeramente. Siempre habías pensado que el sexo opuesto solo te podía aportar placer sexual. Pobre ignorante. Ahora te ves, simplemente, abrazando a una mujer que te transmite algo especial. Y eso te gusta. Cierto es que no consumas el acto sexual con ella porque estas demasiado acabado, y cierto es que te gustaría. Pero aquí estás, compartiendo un simple abrazo. Y en tus segundos de conciencia te preguntas qué pensará ella. Te preguntas si, al menos, se sentirá a gusto. Si le gustará tu abrazo o, por el contrario, no está rechazándolo porque le tienes que pagar cien pavos, y así al menos no tiene que aguantarte jadeando mientras la penetras. Le has pagado para que te de placer, y, sin embargo, te preocupa más su bienestar que el tuyo propio. ¿Te sientes un escalón más arriba en la escala moral?
Me despierta un pitido estridente que castiga mi cabeza dolorida. Amanece una nueva resaca. El pitido es de un teléfono móvil, y no es el mío. Estrella, que sigue entre mis brazos, se mueve para ir a cogerlo, pero yo la aprieto contra mi, cuidadosa pero fuertemente, en un intento de que se convierta en parte de mi ser y tenerla siempre conmigo.
- Déjalo, quédate conmigo un poco más. - Le pido.
- No puedo - Me dice tras un suspiro acompañado de una sonrisa.
- Vamos, Estrella, me gusta mucho estar contigo.
- Me están llamando - Me dice mientras se tambalea para librarse de mi abrazo del oso. - Vamos, déjame cogerlo.
Finalmente le doy un beso en la mejilla, y la suelto. Coge el teléfono y tiene una conversación fugaz en un idioma que no conozco, pero suena a europeo lejano. Ruso tal vez, o búlgaro, o rumano. No sé. Lo que sé es que tras esa conversación, la chica, sufre un cambio radical. Deja de ser la amable y sonriente Estrella para convertirse en una Súper Nova. Su expresión es ahora ruda y seca. De su amable sonrisa no queda ni un ápice. Me mira fijamente con cara agria, extiende su mano hacia mí y dice:
- Son cien Euros.
- ¿Cómo? - Me cuesta asimilar las palabras debido al martillo que golpea incesante mi cabeza.
- Que son cien Euros. Es lo que acordamos. ¿Recuerdas? - Choca verla tan seria y seca repentinamente.
- Pero, si no hemos hecho nada - Replico.
- Me has tenido ocupada durante cinco horas de la noche, estoy siendo generosa, normalmente cien Euros los cobro por un par de horas. Así que ya me estás pagando.
Accedo sin decir ni una palabra más, pero supongo que mi mirada al darle el dinero dice mucho de como me siento. No es enfadado, no me importan demasiado los cien Euros en este momento. Lo que siento es tristeza, decepción. Pensaba que esto estaba siendo especial, pero esa manera de pedirme el dinero me duele en lo profundo del pecho. Y supongo que ella lo nota, porque cuando coge el dinero me mira fijamente a los ojos y me dice:
- Yo también tengo que responder ante alguien, ¿Sabes?
Acto seguido desaparece tras la puerta de la habitación y, a pesar de ser un solitario, nunca me había sentido tan solo.
Bien. La vida sigue. Ya es miércoles y son casi las nueve de la mañana. Le doy los buenos días a la resaca, mi única y fiel compañera, y me largo. Tengo trabajo que hacer. Mañana ya es jueves, y todavía me queda mucho trabajo que hacer para la entrega de esta semana. Por ese motivo hoy es otro día en el que no voy a aparecer por el instituto, aunque esto ya sea una costumbre.



Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado, 3 de julio de 2010

NUEVA WEB IDEARIA


Una nueva web abierta, en la que todos podéis participar. Un lugar más donde poner nuestra voz.
http://www.luzame.com/ A ver quien se anima.


domingo, 27 de junio de 2010

SIN SOLUCIÓN

SIN SOLUCIÓN
Andando el camino oscuro,
de vivir la vida sin un duro.
Dinero es la frontera,
su ausencia una condena.
Y el amor no me sonríe,
sino que de mi se ríe.
Problemas con solución difícil,
refugio en vaso de tubo,
líquido invadido por hormigas,
ingerido de todos modos,
se que no solucionará mis problemas,
pero al menos no estoy sobrio.

domingo, 23 de mayo de 2010

Ensayo: GRITA


GRITA

Grita. Tienes motivos para hacerlo. Son las ocho de la mañana de un día cualquiera, de un mes cualquiera, y sabes, con absoluta certeza, que tienes que salir a ganarte el pan. Grita. Las cifras que indican tu poder adquisitivo son rojas. Gritas. Ya no recuerdas cuando fue la última vez que comiste por gusto y no por precio. Te han cortado la luz, el teléfono, y sabes que pronto te echarán a la calle. Pero en el periódico gratuito de hoy la portada viene ocupada por una cifra muy larga de Euros que ha cobrado alguien por hacer algo que le gusta hacer, y todos los que hacen cosas que detestan por llegar a final de mes parecen estar conformes.
Grita porque tu felicidad depende de algo que no te hace feliz. Grita porque te la quita, esté o no esté. Porque no te da la felicidad, pero te da cierta libertad. Pues sí, hoy en día tiene un precio, sino puedes pagarlo es posible que acabes exiliado de esta sociedad, o incluso, entre rejas. Pues duro es el castigo del que no sacrifica su libertad para poder pagársela.
Por eso grita, grita como si quisieras expulsar esa preocupación que te oprime el pecho. Sal y grita con todas tus fuerzas. Y en tu desespero sales y gritas. Tienes la esperanza de que sirva de algo. Porque sabes que mucha gente se encuentra en tu misma situación. Que hay crisis, y cada día son mas los parados y los sin techo. Piensas que una voluntad férrea es contagiosa, sobretodo si es una buena voluntad. Lo piensas porque lo has visto en Braveheart, lo has visto en Saint Seya, lo has leído en Fight Club... Así, mientras tus gritos resuenan en las paredes de los edificios de dieciséis plantas, donde sesenta y cuatro familias están tan desesperadas como tú, esperas ver como se asomarán gritos por las ventanas y balcones. Esperas ver que tu grito sea coralizado por otros tantos que piensan como tú. Formando un único grito de una potencia suprema que romperá todo tipo de muros y fronteras. Un grito que nadie será capaz de ignorar. Y la unidad hará la fuerza y, juntos, provocaréis un cambio que nos lleve a un mundo mejor.
Pero en lugar de eso, te devuelve a la realidad un golpe por la espalda que te tira al suelo. Algún vecino del bloque de edificios te ha tomado por loco y ha llamado a la policía que te esta “neutralizando”. Como si neutralizar implicara únicamente la detención física. Te llevan a un centro mental donde, gente con un poder inexplicablemente legitimado, te examinará y decidirá que harán con tu libertad.



Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado, 22 de mayo de 2010

Las bicicletas son para el invierno

Una agradable brisa primaveral cruza las calles de la bonita ciudad mediterránea. La lubricación natural de los canalillos al descubierto alegran las vistas con su presencia, tras tantos largos meses ocultos. Se respira paz, tranquilidad y polen. Maldito polen. Son las tres de la tarde y tengo que hacer unos recados. Como hace mucho que no cojo la bici decido que me ira bien retomarla. Hacer un poco de ejercicio, ahorrar dinero, y, sobre todo, ahorrar tiempo. Es primavera, y en principio, debería ser un paseo agradable mientras cumplo con los recados. Pero tres factores impiden que así sea.
El primero es la falta de constancia. Hace seis meses que no cojo la bici, y eso se nota. El segundo factor es el calor. El sol aprieta, me empuja contra el asfalto y, a pesar de la brisa primaveral. El tercero es el polen, maldito polen que penetra en mis entrañas sin que lo perciba, pero me corroe el interior del sistema respiratorio. Con todo junto, las subidas son más empinadas y largas de lo que solían ser. Y lo que en invierno podría ser un agradable paseo, se esta convirtiendo en un sofocante ejercicio. Mi cara esta roja y mi corazón bombea a mil por pulsaciones por segundo. O esa es la impresión que me da a mí.
Como ya he dicho, hace seis largos meses que no cojo la bici, y claro, cuando me monto me doy cuenta de que las ruedas están mas deshinchadas que el pene de un adicto a la masturbación después de ver una película porno entera. Por tanto, no me queda otra que ir a la gasolinera y darle aire. Las hincho mucho. Cuando las ruedas de la bici están muy hinchadas da la impresión de que vas más rápido y cuesta menos esfuerzo darle al pedal. Además es divertido saltar y notar el rebote. Así que ignoro el consejo, o más bien la orden, que me daba mi padre cuando era niño “no las hinches tanto que te van a reventar y te vas a meter un hostia”. Y las hincho hasta que alcanzan una dureza similar a la de una piedra.
El camino empieza agradable. La brisa, los canalillos, las ciclistas en mayas que me adelantan. Todo resulta perfecto hasta la primera subida larga y de dura pendiente. Me pongo en pie para pedalear con más fuerza, empiezo a sudar. Los goterones me bajan desde la frente hasta la barbilla, y la piel que recubre mi tríceps es ahora la superficie de un valle que transporta ríos de sudor hasta el codo. Pienso en la impresión que se van a llevar en las agencias de publicidad cuando un tipo sudoroso, con greñas y perilla de heviata, pantalones de rapero destrozados y un metro con noventa y cinco centímetros de altura llame a su puerta, les entregue el paquete y se marche. Me pregunto si no pensarán que puede ser un paquete de Ántrax.
Tras la entrega del primer paquete, atravieso un agradable paseo lleno de árboles a ambos lados. Agradable para quien no sufre de alergia. Cuando llevo unos cien metros en él entra en juego el tercer factor estropea odiseas. Noto como el polen me inunda las entrañas. Me entran ataques de tos, la garganta me raspa, se me acumula flema hasta el punto de no poder evitar soltar el esputo en el primer seto que encuentro. Y los ojos, llorosos todo el camino como si me acabara de abandonar el amor de mi vida. Y es entonces cuando pienso “¡Qué guay! ¡Ya es primavera!”.
A pesar de los mocos consigo esquivar el ataque del polen, más bien resistirlo, y he cruzado el paseo. Ahora voy poco a poco por la acera por donde la sombra me protege ligeramente del calor. Estoy cruzando por debajo de una estructura de andamios de obras de rehabilitación de fachadas, cuando de repente noto una bocanada de fuerte aire caliente que me golpea en la cara acompañada de un estruendo ensordecedor. La siguiente imagen que tengo soy yo en el suelo, la rueda de la bici desencajada, los radios deshilachados y la rueda reventada por la presión del aire. Una barra del andamio está a escasos centímetros de mi cabeza, otra al lado de mis costillas, otra entre mis piernas a punto de tocar aquel instrumento más sensible de los hombres. Pero milagrosamente ninguna me ha tocado. Estoy completamente ileso, aunque parece ser que no lo parece, pues un señor me pregunta preocupado “¿Estás bien chico?” y yo es en ese momento, y no antes, que me doy cuenta de lo que ha pasado. Había un canto de baldosa en la acera, porque otra estaba totalmente hundida, y mi rueda sobreaireada ha reventado por la presión en cuanto lo he pisado. Ha dejado de rodar repentinamente, y mis noventa y cinco quilos se han ido repentinamente y de golpe al suelo. Ha sido de esas caídas en las que te sueles romper algo, al menos hacerte un esguince en la muñeca, o partirte la nariz. Pero yo, tras comprobar que mi dolor de rodilla solo es un pequeño rasguño, me levanto y contesto al señor. “Estoy bien, gracias”. Veo a una señora que se acerca alterada, “¿Qué ha pasado?” me pregunta. Y le digo que nada, que ha reventado la rueda y que estoy bien, que no se preocupe y que siga con su vida, le doy las gracias. Ella me contesta “Pues menos mal que te a pasado aquí, llega a pasarte por allí...” señalando la calzada por donde circulan los coches. Pensad de ella lo que queráis, yo aún no se que pensar.
Asimilo lo que me ha pasado muy alegre, satisfecho. Es casi un milagro que haya tenido esta caída entre una docena de barras de hierro y no me haya hecho nada. La única putada es que la bici no puede continuar, y aún tengo que entregar tres DVD’s. Además me he quedado un poco sucio, aunque eso todavía no me importa.
Me dispongo a buscar una tienda de reparación de bicicletas, entro en una tienda de motos. Como si tuviera algo que ver, y le pregunto al tipo que hay ahí si es posible que me arregle la bici, obviamente no, entonces le pregunto si sabe dónde puedo arreglarla. Parece saberlo a la perfección, pero solo lo parece. Me indica dos direcciones a los que ir, pero ambas están muy lejos, así que encadeno la bici y me dispongo a acabar con los recados a pata. De la bici me preocuparé después.
Caminar a este ritmo resulta ser un esfuerzo físico superior al de ir en bici, bajo el sol primaveral cada vez siento las axilas mas húmedas, y no tengo posibilidad de solucionarlo. Mi sentido de la orientación que normalmente es vago, se ha vuelto nulo. La caída ha liberado en mi mente algún tipo de sustancia que me hace sentir en un estado similar a la embriaguez. Tal vez haya sido un subidón de adrenalina. Tal vez no. El caso es que no encuentro la maldita calle y me siento desorientado en un barrio en el que he estado mil veces. Pregunto a la gente de la zona, pero parece que se les haya contagiado mi estado embriagado. Es como si la calle no existiera. Finalmente la encuentro, gracias principalmente, a mi propia lógica. Si tengo que encontrar una calle llamada iglesia, supongo que estará cerca de la iglesia. Y de repente todo junto me parece muy ridículo y obvio. Me he ganado un gallifante. Subo por el ascensor y mientras me pongo la sudadera que llevo atada a la cintura para disimular el sudor de las axilas, me doy cuenta de lo sucio que voy. Los pantalones manchados, las manos mugrientas, las chaqueta llena de roña. Pero claro, ¿Qué podría esperar tras haberme revolcado por el suelo de la acera? Por bonita que la ciudad sea, el suelo está mugriento. La mugre es una constante que aprendemos a esquivar, pero que siempre esta ahí. Acecha en cada esquina deseando enguarrarte de su esencia. Me abre la puerta una chica simpática, tal vez la secretaria de la agencia, o tal vez una creativa de una agencia pequeña. No lo se. Ni me voy a quedar a averiguarlo. Me limito a decirle que llevo un paquete para ellos y me doy la vuelta mientras me da las gracias, para que no le de tiempo, ni si quiera, a sospechar de mi lamentable presencia.
Las otras dos entregas transcurren de una manera más o menos similar. Y a pesar de todos los contratiempos cumplo con las entregas dentro del plazo previsto.
Ahora voy a preocuparme por mi bici. La primera dificultad que tengo que superar es encontrarla. Hubiera sido bastante más fácil si hubiera apuntado la calle en la que la he dejado, pero no lo he hecho. Solo se con certeza la zona. Pero, con la malditamente regular cuadrícula que forman las cales del ensanche de la ciudad, necesito rodear unas cuantas manzanas antes de encontrarla. Pues todo me parece igual, y me da la impresión que la he dejado en cualquiera de las calles que piso. Pero la encuentro justo cuando estoy empezando a emparanoiarme acerca de la posibilidad de que me la hayan robado. Recuerdo una vez en la que, para recuperarla, tuve que perseguir a un moro que se la llevaba al hombro. Y eso alimenta mi paranoia. Pero esta vez la bici sigue ahí. Quien se va a molestar en robar una bici decathlon, la mas barata de ellas, y con la rueda totalmente destrozada. La pieza que normalmente ajusta la cámara esta reventada y los hierros se separan dirigidos a todos lados. Nunca sospeché que el aire pudiera ser tan poderoso.
Mantengo la rueda que no rueda elevada. Empujo a la de atrás dirigiéndola. Los peatones temen acercarse demasiado a mí, temen la posibilidad de que les eche la bicicleta encima, o eso me parece que comunican sus miradas. Tras una larga y dura caminata llego a la calle donde el tipo de la tienda de motos me había dicho que había un taller de bicicletas. No veo nada, como era de esperar vista mi suerte. Al final decido entrar en cualquier tienda y preguntar. Si hay una tienda de bicis cerca, alguien que trabaje en la misma calle, que se la recorre a diario, debería saber donde se encuentra. Y mis suposiciones son acertadas. Una señora, que esta sentada detrás de una mesa de oficina, no recuerdo de que, me dice con toda seguridad: “la tienda que buscas estaba en esta esquina, pero quebró hace unos meses”.
Salgo, respiro profundamente para mantener la calma, y me cuesta. Por un momento mi mayor deseo es patear la bicicleta y las caras de todos los que están a mí alrededor hasta quedar exhausto. Pero en lugar de eso respiro hondo. Hace que el cerebro funcione mejor.
Llamo por teléfono a mi compañero de piso, tengo suerte, esta en casa. Le digo que mire en google dónde está la tienda de bicis mas cercana a mí y me indica una dirección que me pone de mal humor, más. No por su lejanía, sino porque está un poco más allá de donde vengo. Y yo, odio deshacer lo que hago. Odio el esfuerzo en vano. Y odio las pérdidas de tiempo. Y lo he hecho todo a la vez. Me dirijo hacia allí, temeroso de que esté cerrada, o ya no exista. Dada la suerte que llevo sería lo más normal. Pero cuando llego y veo la tienda de bicis doy gracias a mi compañero de piso, a mi móvil, a Internet, y a la tecnología que han estado allí cuando los he necesitado.
Dentro me atiende un hippie molón, aunque simpático. Es una tienda de bicis para gafapastosos modernillos del borne. Y me imagino que me sablearán. Pero es un momento en el que pagaría cualquier cosa por una rueda. Y no se burlen, no en vano es el invento más importante de la historia. Me dice amablemente “Un momento, voy a buscar tu rueda”. Repentinamente me siento más ligero. Voy quitando la rueda de mi bici, la separo de la cubierta que me ha dicho que es lo único que se puede aprovechar. El hippie vuelve con las manos vacías. “Se me han acabado las ruedas”. Esto es el colmo. Pero me ofrece una solución que evita que mi esperanza se desvanezca completamente. A dos calles hay una tienda de bicis. Y es una tienda normal. No una tienda de bicis que se decora de manera molona para atrapar a clientela subnormal que quiere ir de moderna por la vida por llevar una bici estilo retro, cuanto más cara mejor, aunque no esté equipada. Aunque no me lo explica con esas palabras por supuesto, y, aunque pueda parecer lo contrario, agradezco mucho la amabilidad del hippie molón.
Salgo con la bici en una mano, la rueda destrozada en otra, y la cubierta colgada cual collar, aumentando el porcentaje de mugre que hay en mi ropa. Suelto la rueda en el primer contenedor y llego a la siguiente tienda con mi bici colgada del hombro, y mi bonito collar de caucho. Eso si que es una tienda de bicis normal, me atiende un Manolo con mono de mecánico y una gorra amarilla con un logo publicitario de whisky. Le digo si me puede vender una rueda, accede. Me dispongo a colocarla en la bici, pero me doy cuenta de que el mecanismo es diferente a la que tenía antes. No se quita con la mano, sino que necesitas dos llaves inglesas, o alicates, o cualquier cosa que pueda sujetar los pequeños pernos y permitirme hacer fuerza sobre ellos. Cualquier cosa que por supuesto no llevo encima. Me giro, veo un cartel que pone “mano de obra: 50 Euros/hora” y le pido prestadas las herramientas. Me tiro un buen rato, no es que sea muy mañoso, pero cambio la rueda. Y es en ese momento en el que caigo que la rueda de una bici no se puede hinchar a pulmón. Miro al dependiente. Le he estado ocupando gran parte del vestíbulo de la tienda para cambiar la rueda, le he pedido prestadas herramientas para ahorrarme la mano de obra, y ni he hecho el gesto de pagar todavía por la rueda que me ha entregado. Pero vuelvo a mirar el cartel que pone “50 Euros hora” y le pido si me deja entrar a su taller a hinchar la bici para no irme arrastrándola hasta la próxima gasolinera. Supongo que le he dado pena, porque le dice al mecánico del interior que me la hinche. ¡Perfecto, ya tengo bici! Le pago veinticinco Euros y salgo de la tienda ansioso por poder volver a pedalear y desplazarme a una velocidad decente. A pesar del cansancio causado por todo el ajetreo, me siento feliz, y como una pluma. Ahora si que me he quitado un gran peso de encima. Me queda casi una hora de pedal para llegar a casa, pero al menos ya pedaleo. Pero, por supuesto, no todo va a ir bien antes de llegar a casa. Es primavera, y los ataques de tos y estornudos causados por el polen solo cesan cuando cae una lluvia torrencial digna del clima tropical. Paradójicamente, ahora que estoy empapado, ya no estornudo ni toso. Pero estoy empapado, como si me hubiera caído a una piscina con ropa y todo. Y estoy justo en el punto intermedio entre dos paradas de tren. Las dos están no muy cerca. Y la lluvia es tan abundante que en ese tramo consigue que me sienta mojado hasta los huesos. Pretendo ir veloz para llegar pronto a la siguiente estación, pero no es buena idea. La bici ignora los frenos, que dejan resbalar las ruedas debido al agua. La calle esta inundada y la gente camina sin mirar a su alrededor, prestando gran atención a sus pasos para no caer. Una señora. Se me tira delante, voy rápido, los frenos me ignoran, mis pies se deslizan a toda velocidad arrastrándose por la acera aguada. Curvo y paro justo a tiempo para no golpearla. La señora ni se ha enterado de que por unos pocos centímetros no ha sido arrollada por mis casi cien quilos de peso, y sigue su paso, concentrada en no caer. Sigo, casi me caigo, casi me choco, casi me atropellan, y todo ello numerosas veces. Pero cuando llego hasta la estación, la lluvia no ha cesado, pero casi. Y ya estoy tan empapado que un par de gotas mas que me caigan encima no me van a afectar para nada. Decido llegar a casa en la bici. Por supuesto, cuando llego, para de llover. Entro en casa, y cuando veo a mi compañera de piso le saludo, “¡Ya es primavera!” Y si yo creyera en Dios pensaría que me ha mandado una advertencia para que no vuelva a coger la bici, pero como creo que más en mí que en él, y como el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y seis veces con la misma piedra, mañana volveré a coger la bici.
Mayo 2010


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

martes, 27 de abril de 2010

El ciclo del poder. (Promo)

EL CICLO DEL PODER

- Todo el Estado vive amenazado. Un ser indefinido es su líder. Desde su palacio nos dicta las leyes, nos obliga a trabajar catorce horas diarias en pro de su enriquecimiento personal. Después obliga a todos los miembros de nuestra sociedad a tomarse la dosis diaria, para así, conseguir que no pensemos y controlarnos. – Pregonaba yo mi discurso desde lo alto de un improvisado escenario formado por un par de mesas de comedor.- Se que todos los que estáis aquí – eran cinco personas y yo. – os habéis dado cuenta de que la píldora que nos daban después de cada jornada era lo que os mantenía sumisos. Supongo que, como yo, habéis estado vomitando al llegar a casa para expulsar todos los ácidos que la componen antes de que vuestro estómago los filtrara hacia vuestra sangre. Por ello os felicito. Os felicito, a vosotros y a vuestros padres que os lo enseñaron desde pequeños. Os felicito porque, al contrario que el resto de ciudadanos del país, os habéis dado cuenta de que no vivimos en un Estado de auténtica felicidad. La gente lo cree porque las píldoras nos lo hacen creer. Pero no es así. El jefe supremo del Estado nos obliga comprar. Nos esclaviza y después nos da una paga que nos obliga a gastar en cosas que no necesitamos. Ésta es su manera de mantener la economía del país activa, generando una gran cantidad de beneficios que se lleva al bolsillo mientras nosotros trabajamos jornadas inhumanas y sufrimos. Ha destruido toda la cultura ajena al propio Estado, la única música permitida es el himno del Estado, todos los canales de televisión son su propaganda. El Estado, el Estado, el Estado. ¿Hasta cuando vamos a permitir que sus abusos continúen?

Los gritos y vítores de los asistentes a esa reunión me animaban a continuar con el discurso, realmente me hacían sentir un líder.

- ¿Dónde está la libertad? Esto no ha podido ser siempre así. Seguro que antes de la llegada del actual gobernador existía un mundo en el que la gente hacía lo que quería. Compraba si quería y se drogaba si quería. Existen pruebas de que antes la gente podía salir de las fronteras del Estado, ahí donde todo está envuelto por el misterio. Porque, a pesar de que ahora nos parece imposible, mas allá del Estado hay vida. Seguramente una vida salvaje y libre donde no llega la influencia de nuestro gobernador. Se que os parece ciencia ficción porque el Estado destruyó cualquier prueba o documento que lo demuestre. Libros quemados, formatos de vídeo destruidos, fotografías desaparecidas... Pero yo creo, y lo digo con mi mano izquierda en el corazón, que es factible. Hoy os quiero proponer que intentemos volver al pasado, que volvamos a la libertad de nuestro país durante tantas generaciones oprimido. ¡Y os propongo que lo hagamos hoy mismo!
Después de este discurso la sala estalló en una euforia incontrolada. Los gritos de seis personas parecían la fiesta de un centenar. Los seis habíamos decidido cambiar las cosas de una vez por todas.

Salimos de allí decididos. El gobernador era una persona, y nosotros éramos seis. Todos los guardias y policías, así como toda la gente de la ciudad, eran simples marionetas en sus manos. Sin titiritero los títeres no se moverían. Las personas que eran mas cercanas al gobernador eran las que estaban mas anuladas mentalmente. Estaban dispuestas a dar sus vidas por el gobernador, pero sí, y solo sí, el gobernador se lo ordenaba. Sino era así ya podía estar muriéndose delante de sus propios ojos que no harían nada para salvarle. No tenían autoconsciencia, o bien la tenían totalmente dominada por las píldoras del Estado, por ello era conocida como la droga gobernante. Tenía serias sospechas, que con el tiempo se me habían confirmado, de que las dosis de las personas que trabajaban en contacto directo con el gobernador eran dobles para asegurarse de que no actuaran sin permiso ni para ir al lavabo.

Nuestras armas eran bates de baseball, cuchillos, y, incluso, una guitarra eléctrica. La llevaba el Gerard. Cuando estaba contento nos abordaban acordes salvajes que nos llenaban de energía y nos preparaban para la lucha. Sin embargo cuando estaba triste, Gerard nos dedicaba unas melancólicas notas que sonaban como lágrimas chocando contra el suelo. Siempre la llevaba consigo. Siempre recordaré el día en que descubrí porque. No era para poder hacer música en cualquier momento. Gerard había sido de los primeros en actuar en contra del gobernador. Una vez lo vi asaltando el tren que lleva los alimentos a la ciudad. Después repartió el botín entre la gente que el gobernador deja morir a las afueras de la ciudad debido a su inutilidad en su sistema productivo. Si, es así, si alguien tiene un accidente que le deja incapacitado para realizar su tarea productiva se le abandona a las afueras de las ciudades por órdenes directas del gobernador. Una vez allí se le suministra la dosis diaria de droga gobernante para que se muera sin cuestionarse una manera de vivir. Esta maldita píldora elimina incluso los instintos mas básicos de las personas. Bueno, como os contaba, Gerard había estado asaltando los trenes de los alimentos para repartir la comida entre los exiliados, y la vez que lo vi, fue cuando comprendí porque siempre llevaba la guitarra con él. Su guitarra era una contundente herramienta rompecabezas. Literalmente. Cada vez que asestaba un golpe a los guardias que vigilaban el tren dejaba escapar un dulce acorde que, mezclado con los gritos de dolor de los derribados con cráneos fracturados, creaban una música angelical. Para los vigilantes del vehículo sin embargo, debía sonar como el tambor infernal que anunciaba su muerte. Era digno de ver la rabia con la que se desahogaba Gerard con sus oponentes, los convertía en residuos humanos inidentificables, todo, a golpes de guitarra. Es una pena que ya no esté entre nosotros...

Si os interesa saber como continúa el relato os paso un enlace del libro al que pertenece. Un libro de relatos cortos en el que he participado. Yo puedo conseguir ejemplares en papel por 7 Euros, que en la tienda se supone que valdrá 12.

El enlace:

http://www.todoebook.com/10-RELATOS-10-AUTORES-VVAA-KIT-BOOK-ebook-9788492808281.html


jueves, 15 de abril de 2010

ANHELOS

ANHELOS
Soy el buitre que vuela haciendo ochos,
sobrevolando tu chocho,
esperando que abandones al tocacojones de tu chorvo,
y no puedo con el morbo
que me provocan tus morros,
y tal vez pierda el tiempo,
pero te anhelo,
pero te deseo,
pero te quiero,
pero te quiero... en mi cama,
que nos revolquemos entre las sábanas,
que mordamos la manzana,
y ver tu preciosa cara al despertar por la mañana.
Y que me importe una mierda
la hora que sea, o lo que pase afuera,
pues al salir de tu agujero,
el soleado cielo lo veo negro.
Y regreso al reto de volver a no ser.
Si es que no somos nada,
sin un hada amada que nos de alas para volar.
Y se que me las vas a cortar,
pero correré el riesgo... por pecar de nuevo.
Y no me digas luego, que solo es un juego,
pues querré regresar a mi niñez,
aunque parezca una estupidez,
y pedirte que juegues conmigo,
mientras saboreo tu ombligo,
y lo digo porque lo siento,
aunque presiento el rechazo,
hachazo en mi alma,
que no encuentra calma,
ni siquiera tras los cubatas,
tal vez pruebe con matarratas,
a ver si mata la hemorragia,
causada por anhelo y nostalgia,
al recordar tu fragancia.

Y al darme cuenta de que otro te penetra,
los sesos me revientan,
por supuesto, es cierto, aun siento celos,
me han robado tus besos,
y claro que intento ponerle remedio,
mira cuanto alcohol ingerto,
he conseguido que ahora me detesto como al resto.
A pesar de ser honesto,
quiero robarte un beso,
o mejor cientos de ellos,
coleccionarlos, almacenarlos, en algún rincón de mi mente,
que los mantenga por siempre presentes,
uniendo nuestros corazones latentes,
viviendo noches calientes,
y no me resulten hirientes tus miradas,
como pasa con las miradas cruzadas de las últimas semanas,
deseos de sexo de mi emanan,
no me sirven ideas cristianas,
yo creo en las mujeres y no en Dios,
ellas si son dignas de adoración,
te pasean por el paraíso,
y después puedes seguir vivo.

2009


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.