lunes, 31 de enero de 2011

La sensacion de acabar algo.

Por vueltas que de sobre mi silla giratoria en frente del escritorio no consigo concentrarme en lo que debo. Hace una semana que lo único que quiero hacer es acabar de rematar aquellas páginas a las que casi podría llamar novela, pero me cuesta adquirir la actitud. Mi mente se distrae, y eso de que la determinación lo es todo, no me parece una realidad pues, en mi interior, siento que mi determinación es absoluta. Que voy a acabar el relato este mes y lo voy a presentar a concurso en marzo. Pero la concentración es otra cosa totalmente distinta, adquirirla es algo más difícil. Así que, tras marearme de tanto rodar, decido coger el borrador de los dos últimos capítulos, un boli e ir a dar una vuelta por el barrio, a encontrar un lugar donde merendar un poco y sentirme lo suficientemente a gusto como para leer detenidamente los dos últimos episodios, para corregir su infinidad de fallos y añadir detalles que, a mi parecer, son interesantes.

  Al final entro en un bar, pido un bocata y una cervecita que lo acompañe. Es raro como obtengo una concentración inmediata. No es que sea precisamente un lugar silencioso, es mas bien todo lo contrario, es un estruendo constante y absoluto. Entre la infinidad de voces, los ruidos de la cafetera, los golpes de los cristales al chocar, movimientos de sillas y un sin fin de sonidos diversos, el ruido es tal que no puedes pararte a prestar atención a nada, por lo que busco refugio en mis hojas, y lo encuentro. Hallo la tan ansiada concentración. Se ve que es verdad eso que dicen que los extremos opuestos al final se tocan por el otro lado. El exceso de ruido ha conseguido en mí el mismo efecto que el silencio total.

Así, entre bocado y trago, le doy la última leída a mis dos últimos capítulos de "El borracho inconsolable". Y cuando necesito descansar mis neuronas, simplemente, observo mi entorno, y veo escenas divertidas como el padre de familia que se ha traído a sus dos hijos al salir del colegio. Él no va a irse a casa sin tomar sus cervecitas y a sus hijos les da unos cacahuetes para que se entretengan y no le molesten durante sus preciados minutos frente a su rubia preferida. Una escena muy típica en los bares obreros de la periferia barcelonesa. Cuando acabo de leer el último capítulo, cojo mis cosas, pago, y me voy. Ahora queda maquetar todo lo escrito, subirlo a la web, comprobar que el diseño de la portada encaje a la perfección... en fin, aun queda mucho trabajo, pero la verdad es que yo salgo del bar con la sensación de haber acabado algo, al fin y al cabo, empecé a escribir la historia hace mas de seis meses, espero pronto poder sacarla a la luz.
 
  

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