lunes, 29 de septiembre de 2014

La cotidiana tragedia

Está a punto de anochecer, y Guria echa de menos a su pequeña de once años en casa. “Se habrá entretenido jugando por el camino” piensa inocente mientras prepara la cena para toda la familia.
 La pobre niña, sin embargo, se encuentra arrastrada por los mugrientos suelos de alguna de las polvorientas calles de Forbesganj, Bihar. El estado más pobre y conflictivo de toda India. La pequeña, que no es consciente todavía de lo que es el placer sexual, no entiende nada. No comprende porque le pasa esto a ella y llora sin tener ni idea del motivo por el cual la retienen. A rastras, se la llevan hasta un lugar donde no pasa nadie, bastante apartado de las bulliciosas calles del pueblo. El hombre, o tal vez los hombres, una vez alejado de la mirada de los viandantes, se abalanza sobre ella. Si esto fuera una película americana, ahora aparecería el héroe de turno y la salvaría sin que la niña sufriera más daño que algún rasguño. Si fuera cine francés, tal vez la violaran y apareciera entonces el salvador y le reventara la cabeza al agresor con un extintor. Pero esto no es ficción, es la cruda realidad sucedida entre el 13 y el 15 de septiembre de 2014. El hombre, y lo llamaré hombre porque llamarlo bestia deshonra a todo lo que consideramos bestias en el mundo animal, desahoga todos sus impulsos sexuales con la pequeña. Eyacula en su interior desgarrando sus entrañas y le golpea hasta la muerte para acallar sus llantos. No se sabe con exactitud el orden en el que hizo dichas acciones. Cuando se siente aliviado, se sube los pantalones y vuelve al centro del pueblo a seguir con su vida. Algo que jamás comprenderé. No entiendo que sea de mi misma especie alguien capaz de cometer tal atrocidad. Puedo entender un asesinato por venganza, puedo entender al sádico torero que se cree superior a la víctima que tortura, puedo entender al empresario que empuja a trabajar hasta la muerte a sus empleados en fábricas, pues limpiara su conciencia delegando las responsabilidades en otros. Lo que no me entra en la cabeza es que alguien pueda torturar hasta la muerte a una pequeña inocente al azar, con el único propósito de satisfacer su necesidad sexual, y seguir tranquilamente con su vida al día siguiente, saludando a sus vecinos con una sonrisa. Lo peor de todo es que no es un caso aislado. Casos parecidos se suceden continuamente a lo largo y ancho del globo. Es la tragedia cotidiana de la que se ven víctimas miles de mujeres y niñas.  

  Dos días después aparece el cadáver con claras evidencias de maltrato y violación. Guria llora desconsolada su pérdida. La niña no se merecía esto. Nadie se merece esto. Si esto fuera un thriller sueco, la policía desplegaría todos sus medios para investigar el hecho y atrapar al culpable para hacerle pagar. Pero esto es la cruda realidad del Estado más miserable de India. El jefe de proyecto de la ONG en la que trabaja Guria está discutiendo con la policía. Los agentes le piden dinero para proceder a realizar la autopsia a la muchacha para poder seguir la investigación. Indignado, el hombre les pide que respeten la ley y procedan a investigar el asesinato. La corrupción en este país es una práctica habitual. Especialmente entre los agentes de seguridad del estado. La lucha continuará, y los miembros de la ONG en la que trabaja la desafortunada mujer presionarán para que se lleve a cabo la investigación mientras se preguntan en que parte del plan de Dios estaba el sufrimiento y muerte de la pobre niña. Pero no forma parte de ningún plan. Si hubiera un Dios ahí fuera que velara por las personas, jamás permitiría esto. Tampoco podemos hablar de Karma, pues ¿Qué daño podría haberle hecho al mundo una niña de once años? Esto solo tiene una explicación: La miseria moral a la que puede llegar el ser humano.

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