domingo, 7 de julio de 2013

SOY

Soy la irritación del subyugado esclavo de su jornada laboral. Soy la explosión del atentado de Hipercor. Soy la piedra lanzada por un niño palestino que choca contra el casco del militar equipado con la última tecnología para matar. Soy el tsunami que abrió la brecha en la central nuclear de Fukushima y soy el huracán Katrina. Soy la justicia ciega de la naturaleza. Soy el arma asesina de una mujer maltratada. No un arma de filo ni de fuego, sino un arma de sentimiento, el sentimiento de no poder aguantarlo más. Soy la bota de un estudiante manchada con la sangre de un mosso d’esquadra por a los que les queda ya un solo ojo para llorar. Soy pueblo, soy destrucción. Soy injusto porque soy ciego. Porque me han cegado adrede. Soy energía. Soy el genkidama que nace de un corazón de pura bondad, sin embargo arrasa todo a su paso porque no ha encontrado otra opción. Soy el eje del mal a los ojos de muchos, pero si a lo largo de la historia los imperios siempre han sido los malos de la película, no iba a ser diferente ahora. Soy la daga del oprimido, que derrama sangre roja, la sangre de cualquiera. Y no soy todo lo que soy porque lo quiera ser. No quiero derramar m
ás sangre, si no va acompañada de una nueva vida. No quiero ser más dolor, ni ira, ni sufrimiento. Yo quiero ser paz, amor, quiero ser placer, abundancia, orgasmo simultáneo. Pero no lo soy, porque no me dejan serlo. Soy el aborto de la felicidad, porque no me dejaron nacer. Porque la avaricia de unos pocos no lo podía permitir. La falta de conciencia y la negación de vivir sin sus fútiles privilegios me han convertido en todo lo que soy. Soy el dolor del mundo para la raza inmunda que destruye su propio hogar. Soy lo que quiero y lo que no quiero ser. Y todavía soy un retoño por crecer.    

miércoles, 19 de junio de 2013

INMÓVIL

Estoy en pie, firme, aguantando el tipo, sin mover un solo músculo, sin siquiera parpadear. Estoy tan quieto que parezco el centro de gravedad del entorno a mí alrededor. Algunos niños que corretean esquivando mesas, dando vueltas a la circunferencia que forma el bar en el que estoy metido. Nadie consume, ya he limpiado lo limpio y tengo prohibición expresa de sentarme, de mirar el móvil, de apoyarme, de beber cerveza… por lo que lo tengo el deber y la obligación de aguantar el tipo, dar buena presencia, incluso cuando nadie me ve. Así que allí estoy, de pie, inamovible, como un guardia real del palacio de Buckingham. No muevo ni un músculo, mientras las horas pasan lentas, tan lentas que parece que no pasan. Mientras un niño camboyano pierde una pierna al pisar una mina “made in USA”. Un finlandés muere ahorcado por la soga que el mismo ha atado a las vigas de su linda casa de madera al no encontrar sentido a la vida después de la jubilación. Un empresario español muere al estrellar su nuevo deportivo en Zurich. Un espermatozoide penetra un óvulo generando una nueva vida en el interior de Somya, la bella muchacha hindú de quince años. Mientras, un terremoto quiebra un bloque de viviendas en Tokyo y dos perros sin dueño están jodiendo en el parque. Pero yo permanezco inmóvil, una hora, dos horas, tres horas… Al principio pensando en mis cosas, recordando historias pasadas. Me acuerdo de mi primer amor en la ciudad condal, y de amor platónico en Elche. Me acuerdo de la pasión turca, y de mi amor oriental. Y una erección empieza a materializarse, por lo que cambio la pista del disco que gira en el interior de mi cráneo. Y cuando me canso de pensar, dejo de hacerlo, sé que puede parecer difícil, pero me da la impresión de conseguirlo, por un pequeño instante no pienso en absolutamente nada… Tal vez alcance el nirvana…

viernes, 14 de junio de 2013

RETIRADOS

(La historia que se relata a continuación es una ficción. Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. O no…)

-          -  Que buenos tiempos hemos vivido. Es una pena que estén llegando a su fin. – Me dice Rodrigo mientras disfrutamos de un buen bourbon en el jardín de su mansión.
-          -  Si, y nada habría sido posible sin ti, -le digo- tu esfuerzo dio un resultado excelente.
-          -  Pero tú fuiste la cabeza pensante del plan. Todo es mérito tuyo, yo solo ejecuté el trabajo que me pediste.
-          -  Y con mucha eficacia. – Suele pasar que nos emocionamos con elogios mutuos, y nos cuesta parar. Cada elogio debe ser respondido por uno mayor. Es la cortesía de los hombres correctos.
-          -  Si te soy sincero – me explica – realmente tuve miedo de excederme y hundir el país hasta un punto de no retorno.  Y que la maniobra acabara hasta con nuestras riquezas.
-          -  Bueno… ciertamente la estrategia tenía sus riesgos, sí, pero, mi querido Rodrigo Rato, ahora soy recordado como un héroe español. El mejor político de la historia de la democracia. Nadie cuestiona el hecho de que merezco todas las riquezas que disfruto. Y tú, tu tomaste una posición muy importante en mi encumbramiento. Y por ello, te he traído un regalo.
Doy dos palmadas para que entre el camión con el regalo. Es un cofre del tesoro gigante que le he preparado a Rodri. Veo como se le iluminan los ojos al apreciar tamaño regalo.
-          -  ¿Es para mí?
-          -  Pero Rodrigo, ¿tu ves a alguien más por aquí alrededor?  - aprecio como el operador de la grúa me mira mientras baja el cofre de la carga de su camión. Supongo que se cree alguien. Pero es solo servidumbre. Ellos no cuentan.
Emocionado, Rodrigo Rato entra en el cofre del tesoro por la puerta que tiene en la parte frontal. Con esfuerzo levanta la cabeza para apreciar las miniaturas de oro de las torres Kyo. Tres metros de alto con un cielo azul siempre brillante pintado por encima de ellas. Todo el cofre está dotado de un sistema de iluminación que provoca un resplandor majestuoso en las pequeñas torres. Por supuesto, no falta el icono de “caja Madrid” en una de las torres. Sé que a Rodrigo Rato se le despiertan endorfinas al recordar como ganaba montañas de dinero allá por primeros de siglo. Desde que se retiró no ha vuelto a ser el mismo. Está apagado. Eso de que le ingresen millones de euros anuales en la cuenta por que sí no es tan divertido como ganarlos. Es como si ya no pudiera practicar su razón de ser. Ganar dinero a través de cualquier medio.  Entiendo perfectamente ese sentimiento. Una lagrimilla asoma por los ojos de mi amigo.
-          -  Muchas gracias José María. Me encanta.
-          -  De nada hombre. Para eso están los amigos.
-          -  ¿sabes? Pensando en ello, hay alguien que me da un poco de pena. Mariano también desempeñó una gran tarea, de hecho fue el que tuvo que manchar más su imagen pública. Su papel también fue muy difícil en esta trama.
-          -  Bah, no te preocupes, él ya tiene sus 40.000 Euros anuales. Que se abra una mercería en Galicia. -  No puedo evitar mofarme.
-          -  Pero eso es calderilla…
-          -  Suficiente para él, siempre fue motivo de burla, ya desde el colegio. No era un hombre destinado a triunfar. Estaba destinado a ser un perdedor, y sin embargo, gracias a mí, tuvo su momento y llegó a ser presidente de España, ni más ni menos.  
-          -  Pero es que con las medidas que tuvo que tomar no quedó ni un solo español que le tenga estima… me pregunto si era estrictamente necesario que aboliera las pensiones y los subsidios de desempleo.
-          -  Pues claro que sí. Así mi relevo fue triunfal. Y solo tuve que restituir la jubilación a los 102 años, y restablecí un subsidio de desempleo de dos mensualidades por año trabajado. Salvé el partido, salvé el país, salvé nuestra hegemonía política y lo más importante, perpetué la clase alta. La nuestra. La de los buenos hombres y las buenas familias. Y todo el plan llevado a cabo con la sutileza de un verso de Torquato Tasso.
-          -  Si, sin duda eres un héroe de la gente de bien del país. Solo que me da un poco de pena el pobre Mariano.
-          -  Podría haberse afiliado a Izquierda Unida. – Y estallamos los dos en profundas carcajadas.
-          -  Vayas payasos ellos – me dice.
-          -  Ya te digo -  empiezo a llorar de la risa – un mundo sin pobres, vaya ocurrencias.
-          -  ¿Qué sentido tendría entonces ser rico? – me dice sin cesar su risa.
-          -  La vida entera perdería el sentido. 
Tras un buen rato riéndonos a carcajadas, nos quedamos un buen rato más observando la estupenda iluminación de la sala del interior del cofre. Después, como ya no tengo nada que decir, me despido.
-          -  Bueno pues, nos vamos viendo mientras nuestras piernas nos respondan, ¿de acuerdo?
-          -  Claro que sí José María, claro que sí. Muchas gracias por el regalo.
-          -  Gracias a ti por ser de confianza – le contesto.
Me subo a un carrito de minigolf y me lleva hasta la entrada del terreno donde me espera mi limusina blindada. Le digo al conductor que me lleve a casa. Sé que no me quedan muchos años de vida. Pero estoy orgulloso y satisfecho de mi trabajo realizado. Mi carrera política me ha recompensado con unos privilegios dignos de mí. He sido un político perfecto. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Un día de suerte


Me levanto fresco, bajo las escaleras de la cabaña de bambú dónde me hospedo, me acerco al bar y pido una apetitosa ensalada de fruta con yogurt y cereales muesli. Mi desayuno favorito cuando no lo preparo yo, y además me sale barato. Acto seguido vuelvo a la cabaña, y me encierro en el retrete. Me siento y, sin molestia ninguna, suelto un mojón grande y duro. Uno de esos que ni siquiera te ensucia el ojete. Lo que yo llamo un “perfect”. Sé que tal vez parezca una información irrelevante, pero cuando llevas tres o cuatro días con molestias estomacales y giñando en plan aspersor con grumos, el hecho de echar una cagada dura y sana, creedme, se vuelve relevante. Tanto que me hace pensar que hoy va a ser mi día de suerte.
  Al rato llegan tres camboyanos con pinta de campesinos, desdentados y con las ropas sucias. Traen las dos motos de alquiler que hemos solicitado en recepción para viajar los tres, yo y mis dos amigos con quienes me he encontrado hace unos días aquí, en Kampot. La parte de mi cerebro dedicada a las frustraciones y sensación de impotencia al leer noticias sobre España es pequeña. A penas un eco al fondo de mi córtex cerebral.  
  ¿Había dicho mi día de suerte? Sería la suerte de otro. Nada más subirme a la moto, con mi amigo Estefan montado atrás, engancho una piedra con la rueda, pierdo el control, y caigo al suelo. Estefan, víctima de mi torpe movimiento, cae encima de mí intensificando el golpe que me he dado en el pecho al chocar contra una dura roca. Pero bueno, todo está bien. Tras comprobar que no tenemos más que algún rasguño, nos limpiamos las heridas y decidimos ejecutar nuestro plan de subir la montaña con las motos. Aunque claro, Estefan decide ir montado atrás en la moto que conduce Tomas, el tercer elemento. En este momento entiendo que inspira mucha más confianza que yo.
  Nos vamos los tres montaña arriba, notamos como la agobiante temperatura propia del clima tropical va descendiendo conforme vamos ascendiendo en altitud. Pasamos de un caluroso verano a una agradable y fresca primavera en cuestión de aproximadamente una hora. Paramos en un mirador desde dónde podemos apreciar cómo se extienden vastos bosques tropicales a nuestros pies. A nuestras espaldas vemos a un equipo de trabajo pintando una escultura de Buda gigante. Tras tomar un par de fotos, continuamos con nuestro trayecto montaña arriba. La carretera está en especialmente buen estado considerando que nos encontramos en Camboya. Cuando llegamos a la cima entendemos el por qué. A kilómetros de cualquier población, en medio de algo parecido a nada, nos encontramos un gran hotel de lujo, claramente proyectado por inversiones chinas para el disfrute de las clases más apoderadas. Y decidimos entrar nosotros. Con nuestras pintas de hippies, sucios, y con nuestras heridas todavía frescas no pasamos desapercibidos al entrar. Y, teniendo en cuenta que somos de los pocos blancos que se dejan ver por el lugar, pasaríamos más desapercibidos en una escena de “The walking dead” que en el interior de ese hotel. Vemos que hay un casino y decidimos entrar. Cambiamos diez dólares cada uno para jugarlos en la ruleta. Decido ir a por una apuesta relativamente bastante probable, que aunque vaya a ganar poco, intento incrementar al máximo la posibilidad de no perder con mis fichas. Por eso de jugar más rato. Apuesto todo entre los dos primeros tercios y los números pares. La ruleta nos tiene en tensión unos segundos hasta que la pelotita se detiene en el número treinta y uno. Pierdo todas mis fichas. Como había dicho, hoy no es mi día de suerte. Pero observo el número treinta y uno en la mesa y veo que tiene una ficha, Estefan es el afortunado que convierte sus diez dólares en setenta. Salimos al bar restaurante del hotel y nuestro amigo ganador nos invita a los otros dos a comer Sushi.
  Cae la tarde y decidimos volver a nuestros bungalós. Bajar la montaña de vuelta. De repente me siento especialmente cómodo en la moto, ya he perdido totalmente el miedo que había adquirido al caer, he recuperado la confianza en mi conducción. Justo en ese momento en el que parece que todo va a ir sobre ruedas, noto el reventar de la trasera de mi moto. ¿He dicho ya que no era mi día de suerte? Tras debatir durante unos minutos que hacemos al respecto, y descartar, por suerte, la opción de que Tomás baje con la moto y vuelva con un mecánico puesto que ya está anocheciendo, decidimos parar a alguien a ver si nos puede ayudar. Aunque no es que la carretera esté muy transitada. Pero por suerte parece la hora de finalizar la jornada para los obreros de la zona, y se para un camión con de carga enorme en la que viajan unos diez trabajadores camboyanos, pero vacío de material. Por señas, pues ninguno allí tiene ni idea de inglés, les explicamos nuestro problema. Comprensivos, agarran la moto y la suben a la carga amablemente. Estefan, víctima de mis infortunios, decide subirse al camión y acompañarme en la odisea. Tomás nos sigue con su moto durante un buen rato, hasta que le perdemos de vista. No sabemos si nos ha adelantado o se ha quedado atrás. Más tarde nos cuenta que se quedó sin gasolina y tuvo que empujar la moto durante largo rato hasta encontrar a alguien que le vendiese un poco. Tampoco fue su día de suerte.
  Tras más de una hora subido a la moto subida a la carga del camión, llegamos al pueblo. Nos dejan al lado del mecánico y nos ayudan a bajar la moto. Da gusto encontrase a gente así. Les damos un par de dólares a cada uno, una cantidad que a nosotros nos suena a miseria, pero que a ellos les cuestan unas cuantas horas de trabajo ganar, y se separan de nosotros con una sonrisa. Arreglamos la moto y nos reunimos de con Tomás de vuelta a los bungalós dónde nos hospedamos. Cenamos, cerveceamos, comentamos la jugada y nos vamos a dormir al final de un día de suerte… de otro.

miércoles, 24 de abril de 2013

IBIZA



  Después de tres meses de descubriendo la discutible magia del lejano oriente, vuelvo a mi ciudad natal en una pequeña isla del Mediterráneo. Ibiza, conocida mundialmente por la loca fiesta nocturna y el blanco, debatiendo la masa ignorante que acude a los clubs nocturnos si es el blanco de las casas o de la cocaína, ofrece un paisaje muy diferente en esta época del año en la que aún no ha empezado el ajetreo del verano. Las calles están poco transitadas y abundan los mendigos en las esquinas pidiendo unas monedas para llevarse el pan a la boca. Si, en la tierra prometida según un programa de televisión, de cuyo nombre no quiero acordarme, hay mucha gente sin techo a la que le cuesta, no llegar a fin de mes, si no al final del día. Y hay muchos mas que hace tres meses. Bienvenido de vuelta a España.


lunes, 25 de marzo de 2013

THE PLATFORM


That’s me; I’m the kind of person who travels with three pairs of scissors. But I don’t do that because I’m previewing the need of them, or to have a supply of scissors in case I lose the first pair. I’m travelling with three pairs of scissors because when I was packing I forgot that I’ve already had one pair, so I took another. And I forgot again, so I took another, again. That’s me, brushing my teeth with a weird masala flavor toothpaste, a little bit disgusting flavor for a toothpaste, but is the only one I found in the only shop I saw at the train station, when I found out that I forgot my traditional mint toothpaste in the last guest house.
  Those who are staring at me, those are Indian folks. From deep rural India side, I can tell for the way they act. They speak each other in Hindi and, after arrive to a consensus, one of them who looks like he is the leader, the funny chubby one, asks me any stupid question. Looks like he is the only one who is able to speak a little bit of English, so the others ask him what to ask me. Even when they don’t know what else they can ask me, they keep staring at me, smiling. About twenty eyes stoke on me, not because the fact that I’m brushing my teeth at the platform, sitting on my lug and splitting at the floor. That’s a normal behavior for Indian standard. They keep staring at me for the fact that I’m the only white foreigner waiting at the platform.
---          So, you guy, look like you are a big show for them.
  I raise my head, surprised to hear a good English speaker, and it’s when I see her for first time. A beautiful Asian woman with American accent, with that kind of interesting looking of someone who is self-confident, and sure about what she is doing. The fact that she looks a bit older than me, and she is travelling around India by her own, makes me feel that she probably have many interesting stories to tell, and awakes me a wish to know more about her.
---          Looks like, I wonder why – I answer.
---          Don’t worry; they do that all the time.
---          So, have you been here for long time?
---          Yes, I work here; I’ve been in India for last six months.
---          In Varanasi?
---          No, I’m here because I’m taking a break, but I’m coming back to work now. What about you?
---          Travelling around the country, I started a couple of days ago. And I’ll be here for three months.
---          Cool.
  Then, suddenly, the amount of Indian who were listening our conversation very interested, stop paying attention to us and start a rushing walk to different directions. That’s the sign that our train has arrived, delayed, as expected.
---          My car is over there, see you around, have a nice trip – She says to me while she walks to the opposite direction where my car is. Going to an upper class of the train.
---          Likewise - I tell her.
  And she disappears into the crowd. I go to my economic lowest class car of the train, wishing that her words become true, and I see her around later.
  That’s the beginning of a longer story that, maybe, I will tell someday. 

martes, 12 de marzo de 2013

ADORABLES


El pequeño Alfonsito se divertía corriendo detrás de las palomas a lo largo de la plaza. Se le iluminó la cara con una sonrisa al ver un gran cúmulo de pájaros en el extremo opuesto del que se encontraba y echó a correr con todas sus fuerzas. Espantar grandes bandadas de palomas era una gran diversión para él. El aletear simultáneo de decenas de pájaros a su alrededor le hacía sentir alguien especial. De repente, se dio cuenta de que en el banco de al lado había un viejete que estaba alimentando las palomas que él había espantado. Alfonsito le miró inquieto, pensando que le había fastidiado la diversión al abuelo y que tal vez se enfadaría por ello. El abuelo levantó la mano, sonrió y le acarició la cabeza. “Qué adorable infante” pensó el abuelo totalmente inconsciente, claro está, de que el niño sería el motor principal de un gran número de atentados contra la población civil que se cobrarían muchas víctimas mortales en el futuro. El niño se apasionaría por Maquiavelo durante su adolescencia y seguiría a rajatabla el principio de “El fin justifica los medios”. El niño le devolvió la sonrisa y, tras recibir un caramelo que el viejo le ofreció, corrió junto a su madre:
-          ¡Mamá, mamá! ¿Puedo comerme el caramelo?
-          ¿Quién te lo ha dado? – Preguntó preocupada su madre, que siempre le había dicho al niño que no acepte regalos de desconocidos.
-          Ese señor – dijo el pequeño señalando con su dedo al Abuelo que volvía a alimentar apaciblemente a las palomas.
  La mujer miró al hombre que sonreía al apreciar el vuelo de los pájaros. “Qué adorable ancianete” pensó la mujer, inconsciente de que la pasión por los pájaros que sentía el abuelo la había recibido al envidiar su libertad mientras cumplía condena en prisión por múltiples violaciones con posterior asesinato. Una de las chicas asesinadas era menor de edad.
-          Cómete el caramelo – dijo la madre confiada – ese señor es buena persona.
 Es curioso como cerca del principio y del final de la vida, los acontecimientos venidos o por venir de la etapa intermedia no importan. Ya sea por inconsciencia de la naturaleza de los infantes o por compasión a una muerte cercana de los ancianos, todos parecemos adorables cerca del principio o del fin.