Estoy en pie, firme, aguantando el tipo, sin mover un solo
músculo, sin siquiera parpadear. Estoy tan quieto que parezco el centro de
gravedad del entorno a mí alrededor. Algunos niños que corretean esquivando
mesas, dando vueltas a la circunferencia que forma el bar en el que estoy
metido. Nadie consume, ya he limpiado lo limpio y tengo prohibición expresa de
sentarme, de mirar el móvil, de apoyarme, de beber cerveza… por lo que lo tengo
el deber y la obligación de aguantar el tipo, dar buena presencia, incluso
cuando nadie me ve. Así que allí estoy, de pie, inamovible, como un guardia
real del palacio de Buckingham. No muevo ni un músculo, mientras las horas
pasan lentas, tan lentas que parece que no pasan. Mientras un niño camboyano pierde
una pierna al pisar una mina “made in USA”. Un finlandés muere ahorcado por la
soga que el mismo ha atado a las vigas de su linda casa de madera al no
encontrar sentido a la vida después de la jubilación. Un empresario español
muere al estrellar su nuevo deportivo en Zurich. Un espermatozoide penetra un
óvulo generando una nueva vida en el interior de Somya, la bella muchacha hindú
de quince años. Mientras, un terremoto quiebra un bloque de viviendas en Tokyo
y dos perros sin dueño están jodiendo en el parque. Pero yo permanezco inmóvil,
una hora, dos horas, tres horas… Al principio pensando en mis cosas, recordando
historias pasadas. Me acuerdo de mi primer amor en la ciudad condal, y de amor
platónico en Elche. Me acuerdo de la pasión turca, y de mi amor oriental. Y una
erección empieza a materializarse, por lo que cambio la pista del disco que
gira en el interior de mi cráneo. Y cuando me canso de pensar, dejo de hacerlo,
sé que puede parecer difícil, pero me da la impresión de conseguirlo, por un
pequeño instante no pienso en absolutamente nada… Tal vez alcance el nirvana…miércoles, 19 de junio de 2013
INMÓVIL
Estoy en pie, firme, aguantando el tipo, sin mover un solo
músculo, sin siquiera parpadear. Estoy tan quieto que parezco el centro de
gravedad del entorno a mí alrededor. Algunos niños que corretean esquivando
mesas, dando vueltas a la circunferencia que forma el bar en el que estoy
metido. Nadie consume, ya he limpiado lo limpio y tengo prohibición expresa de
sentarme, de mirar el móvil, de apoyarme, de beber cerveza… por lo que lo tengo
el deber y la obligación de aguantar el tipo, dar buena presencia, incluso
cuando nadie me ve. Así que allí estoy, de pie, inamovible, como un guardia
real del palacio de Buckingham. No muevo ni un músculo, mientras las horas
pasan lentas, tan lentas que parece que no pasan. Mientras un niño camboyano pierde
una pierna al pisar una mina “made in USA”. Un finlandés muere ahorcado por la
soga que el mismo ha atado a las vigas de su linda casa de madera al no
encontrar sentido a la vida después de la jubilación. Un empresario español
muere al estrellar su nuevo deportivo en Zurich. Un espermatozoide penetra un
óvulo generando una nueva vida en el interior de Somya, la bella muchacha hindú
de quince años. Mientras, un terremoto quiebra un bloque de viviendas en Tokyo
y dos perros sin dueño están jodiendo en el parque. Pero yo permanezco inmóvil,
una hora, dos horas, tres horas… Al principio pensando en mis cosas, recordando
historias pasadas. Me acuerdo de mi primer amor en la ciudad condal, y de amor
platónico en Elche. Me acuerdo de la pasión turca, y de mi amor oriental. Y una
erección empieza a materializarse, por lo que cambio la pista del disco que
gira en el interior de mi cráneo. Y cuando me canso de pensar, dejo de hacerlo,
sé que puede parecer difícil, pero me da la impresión de conseguirlo, por un
pequeño instante no pienso en absolutamente nada… Tal vez alcance el nirvana…
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viernes, 14 de junio de 2013
RETIRADOS
(La historia que se
relata a continuación es una ficción. Cualquier similitud con la realidad es
pura coincidencia. O no…)
- - Que buenos tiempos hemos vivido. Es una pena que
estén llegando a su fin. – Me dice Rodrigo mientras disfrutamos de un buen
bourbon en el jardín de su mansión.
- - Si, y nada habría sido posible sin ti, -le digo-
tu esfuerzo dio un resultado excelente.
- - Pero tú fuiste la cabeza pensante del plan. Todo
es mérito tuyo, yo solo ejecuté el trabajo que me pediste.
- - Y con mucha eficacia. – Suele pasar que nos
emocionamos con elogios mutuos, y nos cuesta parar. Cada elogio debe ser
respondido por uno mayor. Es la cortesía de los hombres correctos.
- - Si te soy sincero – me explica – realmente tuve
miedo de excederme y hundir el país hasta un punto de no retorno. Y que la maniobra acabara hasta con nuestras
riquezas.
- - Bueno… ciertamente la estrategia tenía sus
riesgos, sí, pero, mi querido Rodrigo Rato, ahora soy recordado como un héroe
español. El mejor político de la historia de la democracia. Nadie cuestiona el
hecho de que merezco todas las riquezas que disfruto. Y tú, tu tomaste una
posición muy importante en mi encumbramiento. Y por ello, te he traído un
regalo.
Doy dos palmadas para que entre el camión con el regalo. Es
un cofre del tesoro gigante que le he preparado a Rodri. Veo como se le
iluminan los ojos al apreciar tamaño regalo.
- - ¿Es para mí?
- - Pero Rodrigo, ¿tu ves a alguien más por aquí
alrededor? - aprecio como el operador de
la grúa me mira mientras baja el cofre de la carga de su camión. Supongo que se
cree alguien. Pero es solo servidumbre. Ellos no cuentan.
Emocionado, Rodrigo Rato entra en el cofre del tesoro por la
puerta que tiene en la parte frontal. Con esfuerzo levanta la cabeza para
apreciar las miniaturas de oro de las torres Kyo. Tres metros de alto con un
cielo azul siempre brillante pintado por encima de ellas. Todo el cofre está
dotado de un sistema de iluminación que provoca un resplandor majestuoso en las
pequeñas torres. Por supuesto, no falta el icono de “caja Madrid” en una de las
torres. Sé que a Rodrigo Rato se le despiertan endorfinas al recordar como
ganaba montañas de dinero allá por primeros de siglo. Desde que se retiró no ha
vuelto a ser el mismo. Está apagado. Eso de que le ingresen millones de euros
anuales en la cuenta por que sí no es tan divertido como ganarlos. Es como si
ya no pudiera practicar su razón de ser. Ganar dinero a través de cualquier
medio. Entiendo perfectamente ese
sentimiento. Una lagrimilla asoma por los ojos de mi amigo.
- - Muchas gracias José María. Me encanta.
- - De nada hombre. Para eso están los amigos.
- - ¿sabes? Pensando en ello, hay alguien que me da
un poco de pena. Mariano también desempeñó una gran tarea, de hecho fue el que
tuvo que manchar más su imagen pública. Su papel también fue muy difícil en
esta trama.
- - Bah, no te preocupes, él ya tiene sus 40.000
Euros anuales. Que se abra una mercería en Galicia. - No puedo evitar mofarme.
- - Pero eso es calderilla…
- - Suficiente para él, siempre fue motivo de burla,
ya desde el colegio. No era un hombre destinado a triunfar. Estaba destinado a
ser un perdedor, y sin embargo, gracias a mí, tuvo su momento y llegó a ser
presidente de España, ni más ni menos.
- - Pero es que con las medidas que tuvo que tomar
no quedó ni un solo español que le tenga estima… me pregunto si era
estrictamente necesario que aboliera las pensiones y los subsidios de
desempleo.
- - Pues claro que sí. Así mi relevo fue triunfal. Y
solo tuve que restituir la jubilación a los 102 años, y restablecí un subsidio
de desempleo de dos mensualidades por año trabajado. Salvé el partido, salvé el
país, salvé nuestra hegemonía política y lo más importante, perpetué la clase
alta. La nuestra. La de los buenos hombres y las buenas familias. Y todo el
plan llevado a cabo con la sutileza de un verso de Torquato Tasso.
- - Si, sin duda eres un héroe de la gente de bien
del país. Solo que me da un poco de pena el pobre Mariano.
- - Podría haberse afiliado a Izquierda Unida. – Y
estallamos los dos en profundas carcajadas.
- - Vayas payasos ellos – me dice.
- - Ya te digo -
empiezo a llorar de la risa – un mundo sin pobres, vaya ocurrencias.
- - ¿Qué sentido tendría entonces ser rico? – me
dice sin cesar su risa.
- - La vida entera perdería el sentido.
Tras un buen rato riéndonos a carcajadas, nos quedamos un
buen rato más observando la estupenda iluminación de la sala del interior del
cofre. Después, como ya no tengo nada que decir, me despido.
- - Bueno pues, nos vamos viendo mientras nuestras
piernas nos respondan, ¿de acuerdo?
- - Claro que sí José María, claro que sí. Muchas
gracias por el regalo.
- - Gracias a ti por ser de confianza – le contesto.
Me subo a un carrito de minigolf y me lleva hasta la
entrada del terreno donde me espera mi limusina blindada. Le digo al conductor
que me lleve a casa. Sé que no me quedan muchos años de vida. Pero estoy
orgulloso y satisfecho de mi trabajo realizado. Mi carrera política me ha
recompensado con unos privilegios dignos de mí. He sido un político perfecto. domingo, 5 de mayo de 2013
Un día de suerte
Me levanto
fresco, bajo las escaleras de la cabaña de bambú dónde me hospedo, me acerco al
bar y pido una apetitosa ensalada de fruta con yogurt y cereales muesli. Mi
desayuno favorito cuando no lo preparo yo, y además me sale barato. Acto seguido
vuelvo a la cabaña, y me encierro en el retrete. Me siento y, sin molestia
ninguna, suelto un mojón grande y duro. Uno de esos que ni siquiera te ensucia
el ojete. Lo que yo llamo un “perfect”. Sé que tal vez parezca una información
irrelevante, pero cuando llevas tres o cuatro días con molestias estomacales y
giñando en plan aspersor con grumos, el hecho de echar una cagada dura y sana,
creedme, se vuelve relevante. Tanto que me hace pensar que hoy va a ser mi día
de suerte.
Al rato llegan tres camboyanos con pinta de
campesinos, desdentados y con las ropas sucias. Traen las dos motos de alquiler
que hemos solicitado en recepción para viajar los tres, yo y mis dos amigos con
quienes me he encontrado hace unos días aquí, en Kampot. La parte de mi cerebro
dedicada a las frustraciones y sensación de impotencia al leer noticias sobre
España es pequeña. A penas un eco al fondo de mi córtex cerebral.
¿Había dicho mi día de suerte? Sería la
suerte de otro. Nada más subirme a la moto, con mi amigo Estefan montado atrás,
engancho una piedra con la rueda, pierdo el control, y caigo al suelo. Estefan,
víctima de mi torpe movimiento, cae encima de mí intensificando el golpe que me
he dado en el pecho al chocar contra una dura roca. Pero bueno, todo está bien.
Tras comprobar que no tenemos más que algún rasguño, nos limpiamos las heridas
y decidimos ejecutar nuestro plan de subir la montaña con las motos. Aunque
claro, Estefan decide ir montado atrás en la moto que conduce Tomas, el tercer
elemento. En este momento entiendo que inspira mucha más confianza que yo.
Nos vamos los tres montaña arriba, notamos
como la agobiante temperatura propia del clima tropical va descendiendo
conforme vamos ascendiendo en altitud. Pasamos de un caluroso verano a una
agradable y fresca primavera en cuestión de aproximadamente una hora. Paramos
en un mirador desde dónde podemos apreciar cómo se extienden vastos bosques
tropicales a nuestros pies. A nuestras espaldas vemos a un equipo de trabajo
pintando una escultura de Buda gigante. Tras tomar un par de fotos, continuamos
con nuestro trayecto montaña arriba. La carretera está en especialmente buen
estado considerando que nos encontramos en Camboya. Cuando llegamos a la cima
entendemos el por qué. A kilómetros de cualquier población, en medio de algo
parecido a nada, nos encontramos un gran hotel de lujo, claramente proyectado
por inversiones chinas para el disfrute de las clases más apoderadas. Y decidimos
entrar nosotros. Con nuestras pintas de hippies, sucios, y con nuestras heridas
todavía frescas no pasamos desapercibidos al entrar. Y, teniendo en cuenta que
somos de los pocos blancos que se dejan ver por el lugar, pasaríamos más
desapercibidos en una escena de “The walking dead” que en el interior de ese
hotel. Vemos que hay un casino y decidimos entrar. Cambiamos diez dólares cada
uno para jugarlos en la ruleta. Decido ir a por una apuesta relativamente
bastante probable, que aunque vaya a ganar poco, intento incrementar al máximo
la posibilidad de no perder con mis fichas. Por eso de jugar más rato. Apuesto
todo entre los dos primeros tercios y los números pares. La ruleta nos tiene en
tensión unos segundos hasta que la pelotita se detiene en el número treinta y
uno. Pierdo todas mis fichas. Como había dicho, hoy no es mi día de suerte.
Pero observo el número treinta y uno en la mesa y veo que tiene una ficha,
Estefan es el afortunado que convierte sus diez dólares en setenta. Salimos al
bar restaurante del hotel y nuestro amigo ganador nos invita a los otros dos a
comer Sushi.
Cae la tarde y decidimos volver a nuestros
bungalós. Bajar la montaña de vuelta. De repente me siento especialmente cómodo
en la moto, ya he perdido totalmente el miedo que había adquirido al caer, he
recuperado la confianza en mi conducción. Justo en ese momento en el que parece
que todo va a ir sobre ruedas, noto el reventar de la trasera de mi moto. ¿He
dicho ya que no era mi día de suerte? Tras debatir durante unos minutos que
hacemos al respecto, y descartar, por suerte, la opción de que Tomás baje con
la moto y vuelva con un mecánico puesto que ya está anocheciendo, decidimos
parar a alguien a ver si nos puede ayudar. Aunque no es que la carretera esté
muy transitada. Pero por suerte parece la hora de finalizar la jornada para los
obreros de la zona, y se para un camión con de carga enorme en la que viajan
unos diez trabajadores camboyanos, pero vacío de material. Por señas, pues
ninguno allí tiene ni idea de inglés, les explicamos nuestro problema.
Comprensivos, agarran la moto y la suben a la carga amablemente. Estefan,
víctima de mis infortunios, decide subirse al camión y acompañarme en la
odisea. Tomás nos sigue con su moto durante un buen rato, hasta que le perdemos
de vista. No sabemos si nos ha adelantado o se ha quedado atrás. Más tarde nos
cuenta que se quedó sin gasolina y tuvo que empujar la moto durante largo rato
hasta encontrar a alguien que le vendiese un poco. Tampoco fue su día de
suerte.
Tras más de una hora subido a la moto subida
a la carga del camión, llegamos al pueblo. Nos dejan al lado del mecánico y nos
ayudan a bajar la moto. Da gusto encontrase a gente así. Les damos un par de
dólares a cada uno, una cantidad que a nosotros nos suena a miseria, pero que a
ellos les cuestan unas cuantas horas de trabajo ganar, y se separan de nosotros
con una sonrisa. Arreglamos la moto y nos reunimos de con Tomás de vuelta a los
bungalós dónde nos hospedamos. Cenamos, cerveceamos, comentamos la jugada y nos
vamos a dormir al final de un día de suerte… de otro.
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miércoles, 24 de abril de 2013
IBIZA
Después de tres meses de descubriendo la discutible magia del lejano oriente, vuelvo a mi ciudad natal en una pequeña isla del Mediterráneo. Ibiza, conocida mundialmente por la loca fiesta nocturna y el blanco, debatiendo la masa ignorante que acude a los clubs nocturnos si es el blanco de las casas o de la cocaína, ofrece un paisaje muy diferente en esta época del año en la que aún no ha empezado el ajetreo del verano. Las calles están poco transitadas y abundan los mendigos en las esquinas pidiendo unas monedas para llevarse el pan a la boca. Si, en la tierra prometida según un programa de televisión, de cuyo nombre no quiero acordarme, hay mucha gente sin techo a la que le cuesta, no llegar a fin de mes, si no al final del día. Y hay muchos mas que hace tres meses. Bienvenido de vuelta a España.
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lunes, 25 de marzo de 2013
THE PLATFORM
That’s me;
I’m the kind of person who travels with three pairs of scissors. But I don’t do
that because I’m previewing the need of them, or to have a supply of scissors
in case I lose the first pair. I’m travelling with three pairs of scissors
because when I was packing I forgot that I’ve already had one pair, so I took
another. And I forgot again, so I took another, again. That’s me, brushing my
teeth with a weird masala flavor toothpaste, a little bit disgusting flavor for
a toothpaste, but is the only one I found in the only shop I saw at the train
station, when I found out that I forgot my traditional mint toothpaste in the
last guest house.
Those who are staring at me, those are Indian
folks. From deep rural India side, I can tell for the way they act. They speak
each other in Hindi and, after arrive to a consensus, one of them who looks
like he is the leader, the funny chubby one, asks me any stupid question. Looks
like he is the only one who is able to speak a little bit of English, so the
others ask him what to ask me. Even when they don’t know what else they can ask
me, they keep staring at me, smiling. About twenty eyes stoke on me, not
because the fact that I’m brushing my teeth at the platform, sitting on my lug
and splitting at the floor. That’s a normal behavior for Indian standard. They
keep staring at me for the fact that I’m the only white foreigner waiting at
the platform.
---
So,
you guy, look like you are a big show for them.
I raise my head, surprised to hear a good
English speaker, and it’s when I see her for first time. A beautiful Asian
woman with American accent, with that kind of interesting looking of someone
who is self-confident, and sure about what she is doing. The fact that she
looks a bit older than me, and she is travelling around India by her own, makes
me feel that she probably have many interesting stories to tell, and awakes me
a wish to know more about her.
---
Looks
like, I wonder why – I answer.
---
Don’t
worry; they do that all the time.
---
So,
have you been here for long time?
---
Yes,
I work here; I’ve been in India for last six months.
--- In
Varanasi?
---
No,
I’m here because I’m taking a break, but I’m coming back to work now. What
about you?
---
Travelling
around the country, I started a couple of days ago. And I’ll be here for three
months.
---
Cool.
Then, suddenly, the amount of Indian who were
listening our conversation very interested, stop paying attention to us and
start a rushing walk to different directions. That’s the sign that our train
has arrived, delayed, as expected.
---
My
car is over there, see you around, have a nice trip – She says to me while she
walks to the opposite direction where my car is. Going to an upper class of the
train.
---
Likewise
- I tell her.
And she disappears into the crowd. I go to my
economic lowest class car of the train, wishing that her words become true, and
I see her around later.
That’s the beginning of a longer story that,
maybe, I will tell someday.
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martes, 12 de marzo de 2013
ADORABLES
El pequeño Alfonsito se divertía corriendo detrás de las
palomas a lo largo de la plaza. Se le iluminó la cara con una sonrisa al ver un
gran cúmulo de pájaros en el extremo opuesto del que se encontraba y echó a
correr con todas sus fuerzas. Espantar grandes bandadas de palomas era una gran
diversión para él. El aletear simultáneo de decenas de pájaros a su alrededor
le hacía sentir alguien especial. De repente, se dio cuenta de que en el banco
de al lado había un viejete que estaba alimentando las palomas que él había
espantado. Alfonsito le miró inquieto, pensando que le había fastidiado la
diversión al abuelo y que tal vez se enfadaría por ello. El abuelo levantó la
mano, sonrió y le acarició la cabeza. “Qué
adorable infante” pensó el abuelo totalmente inconsciente, claro está, de
que el niño sería el motor principal de un gran número de atentados contra la
población civil que se cobrarían muchas víctimas mortales en el futuro. El niño
se apasionaría por Maquiavelo durante su adolescencia y seguiría a rajatabla el
principio de “El fin justifica los
medios”. El niño le devolvió la sonrisa y, tras recibir un caramelo que el
viejo le ofreció, corrió junto a su madre:
-
¡Mamá, mamá! ¿Puedo comerme el caramelo?
-
¿Quién te lo ha dado? – Preguntó preocupada su
madre, que siempre le había dicho al niño que no acepte regalos de
desconocidos.
-
Ese señor – dijo el pequeño señalando con su
dedo al Abuelo que volvía a alimentar apaciblemente a las palomas.
La mujer miró al
hombre que sonreía al apreciar el vuelo de los pájaros. “Qué adorable ancianete” pensó la mujer, inconsciente de que la
pasión por los pájaros que sentía el abuelo la había recibido al envidiar su
libertad mientras cumplía condena en prisión por múltiples violaciones con
posterior asesinato. Una de las chicas asesinadas era menor de edad.
-
Cómete el caramelo – dijo la madre confiada –
ese señor es buena persona.
Es curioso como cerca del principio y del
final de la vida, los acontecimientos venidos o por venir de la etapa
intermedia no importan. Ya sea por inconsciencia de la naturaleza de los
infantes o por compasión a una muerte cercana de los ancianos, todos parecemos
adorables cerca del principio o del fin.
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jueves, 28 de febrero de 2013
COSAS Y CASOS
Tengo que correr, no
puedo parar ni un segundo. Voy por la calle a toda velocidad, empujando a quien
quiera que se me ponga en el camino. Jóvenes, abuelas, niños, no hago
distinción ninguna. Cualquier cosa por llegar cuanto antes a la guest house
donde me alojo y cagar. Así es. Tengo una necesidad tan grande de soltar el
lastre que no puedo detenerme ni un segundo. Ni siquiera para pedir perdón a la
abuela que llevaba la bolsa de la compra y se ha caído al suelo a causa de mi
empujón. Mi mierda aprieta con una fuerza desproporcionada, causándome un
intenso dolor de barriga similar al de diez puñaladas en mi interior. Me
pregunto si así se sentiría la madre de nuestro presidente antes de parir.
Por fin llego. Echo
el pestillo de la puerta del retrete y sale a presión el montón de mierda que
llevo dentro. Sale mierda y más mierda, no puedo parar y una desagradable
sensación recorre todo mi cuerpo al notar que el montón de mierda toca mi culo.
Mierda. Pero no puedo hacer otra cosa que continuar cagando, no puedo
contenerme. Cuando todo el espacio del interior del retrete ya está ocupado por
mi gran cagada noto como mi cuerpo empieza a elevarse, mis pies se despegan del
suelo y asciendo poco a poco hasta tocar el techo, apoyado en la torre que está
formando mi mierda. Pero la fuerza no para, y me empuja más y más. Mi espalda
doblada hace tal presión en el tejado que quiebra la madera y sigo subiendo. Me
siento como si estuviera en mi particular torre de Babel, que me lleva a la
supremacía. Veo como las personas que pasean por la calle se alejan, pero sin
perder nitidez. Ahí abajo siguen con sus vidas como si nada hubiera pasado, mi
particular torre de mierda debe ser imperceptible a sus ojos. Cuando paro de
ascender, estoy encima de tan alta torre que se tambalea a los lados. A esta
altura, sin duda, mi caída sería mortal. Cuando consigo mantener el equilibrio,
y que la torre esté estabilizada, observo las vistas que me ofrece. Una
perspectiva súper amplia y nítida, algo casi surreal.
A un par de calles
veo a un gordo alemán que lleva a una niña tailandesa de unos doce años de la
mano. Y no parece ser su hija adoptiva. Veo este país y los que están más allá.
Y en todos veo niños esclavos en talleres y niñas sin salida empujadas a
trabajar las calles. Y veo a la dulce resistente que engordó expresamente al
llegar a la pubertad para evitar ese destino. En el país vecino, veo a un
turista norte americano, sentado en la terraza de un café, hablando orgulloso
de su patria, mientras, pasa por la calle un chico pidiendo limosna, con una
pierna desaparecida al pisar una mina de las colocadas durante la guerra de
Vietnam. Veo degradación de la persona allá donde mire. Veo grandes líderes
espirituales manipulando masas mientras se enriquecen. Veo empresas causar la
destrucción total del medio ambiente, que es lo que nos da vida, a cambio de
maximizar beneficios. Veo mafias, y veo corrupción. Y hablando de corrupción,
desde aquí también veo “mi país”. Entrecomillo, pues no siento en absoluto que
yo le pertenezca. Y veo en él a los patriotas orgullosos de su bandera. Un gran
país cuyos ciudadanos se muestran orgullosos de pertenecer. Con un glorioso
pasado, dicen. Protagonistas de uno de los más grandes, sino el que más,
genocidios de la historia. Con grandes deportistas, dicen. Deportistas motivados
por un gobierno que permite e incentiva sus lujosas vidas mientras deja a su
pueblo sin recursos, sin casa, sin educación, sin salud. Con un buen clima
dicen. La única cualidad indiscutible que es fruto única y exclusivamente de la
casualidad. O de alguna divinidad que vive más allá de Plutón, que cogió la
península ibérica y la colocó allí en el origen de los tiempos.
Y a aquellos que
dicen que ser español es un honor y un orgullo que no tiene precio, siento
decirles que, ahora si lo tiene. Exactamente 160.000€.
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