sábado, 16 de agosto de 2014

PRESA DEL CAPITAL

Ya he caído en otra de sus redes, ya me ha enlazado con otra de sus cadenas. El capitalismo me ha lanzado un Smartphone al cuello, y ya no sé cómo desenredarme de él. Empecé con el rollo ese de “este es barato” adquiriendo un Smartphone de procedencia dudosa, de los antiguos, bastante precario, pero eran veinte Euros y funcionaba lo suficiente para escribir por whatsapp a mis amigos que parecían haberme dado esquinazo desde que ellos se habían instalado la aplicación y yo no. Además ahorraría dinero en llamadas y SMS, me decía. “Es de segunda mano y no alimento la demanda en el mercado al adquirirlo” me decía. Me decía tantas cosas que le sonaban coherentes a mi yo anticapitalista que parecía una tontería no coger aquel primer Smartphone a veinte Euros. Y más cuando había perdido mi anterior teléfono, en algún lugar de la India de cuyo nombre no quiero acordarme, un teléfono básico que me había durado unos cuatro años. Así que lo compré, y al señor Capitalismo se le dibujó una sonrisa en la cara.
 Otra víctima del huracán Smartphone. Creía que podía vencerle, jugando a su juego, pero no se puede vencer al diablo. Una persona reacia al consumo, al comprar por comprar, adquiría su primer Smartphone, y quedaría atrapado en la espiral de consumo despiadado que ello implica. El señor Capitalismo lo sabe. Había caído en su trampa, una de ellas, pues ni sería la primera ni la última. Con mi nuevo-viejo Smartphone me di cuenta de que también podía ver el Facebook. “¡Qué bien para los ratos muertos, no vaya a acostumbrarme a llevar un libro encima y leer!”. Y me conformo con ese teléfono por un tiempo. Pero empiezan las molestias. Se tiene que actualizar demasiado a menudo, el software es obsoleto, no consigo hacer que el google maps funcione, y tampoco puedo instalar aplicaciones como line, Instagram, así como ningún juego. Y para más INRI el tetris que viene de serie en ese teléfono no me guarda los récords. Que tragedias. Estoy organizando un viaje a una ciudad desconocida y siento la absurda necesidad de conseguir un Smartphone totalmente funcional. Como si no hubiera estado antes en un lugar desconocido. Decido acudir al mercado de segunda mano, que en Internet es amplio, y así no contribuyo a la fabricación de más teléfonos. “No colaboro a la explotación de mineros que mueren extrayendo coltan en África para fabricar las baterías del teléfono ni colaboro en la explotación de obreros en las fábricas chinas que trabajan bajo condiciones esclavistas” Me digo. Estoy hecho todo un anticapitalista. Seguro que el señor Capitalismo tiembla al verme. Pero el teléfono ya tiene unos años, y unos meses después de adquirirlo cae víctima de la obsolescencia programada. Pero yo ya estoy enganchado al Instagram, utilizo Line para relacionarme con un par o tres de personas, y los niveles del Candy Crush no se van a pasar solos. El señor Capitalismo se ríe en mi cara, y señalándome con el dedo índice, mientras me compro mi tercer teléfono en cuestión de un año. Me gasto un poco más de dinero, y me lo compro nuevo. No quiero volver a ser víctima de la obsolescencia programada. Y este parece ser el teléfono definitivo. “Me va a durar unos años”. Me digo. Aunque no es la hostia, es un Smartphone cien por cien funcional, le funciona todo, la cámara hace fotos más o menos aceptables. Suficiente para el uso que le doy. Pero poco tiempo después ya tengo crujida la pantalla en pedazos y la cámara está tan rayada que enguarra todas las fotos que hago de manera que casi no se entiende nada en las imágenes. Me voy a comprar otro puto teléfono. Será el cuarto teléfono que tengo en mis manos en cuestión de un año, o poco más. Que le den al africano que extrae coltán, o al que vive al lado de un vertedero rodeado de montañas de móviles rotos procedentes de Europa y América que casi tocan el cielo. Que le den al chino explotado en las fábricas que no tiene tiempo para ver a la familia por la que trabaja quince horas al día. No puedo defraudar a mis seguidores de Instagram. Necesito otro móvil.



domingo, 26 de enero de 2014

PREVIEW: Crónica de una acción desesperada //Inicio provisional//

Me despierto de nuevo en el sofá. La tele está encendida. No sé qué hora es, pero tampoco me importa demasiado, desde que desistí de buscar empleo después de casi un año intentándolo con todo mi empeño. Me levanto del sofá, tropiezo con la botella de cerveza vacía que me bebí anoche. O tal vez es de la noche anterior. Por suerte no se rompe. Voy al baño y, tras una larga e intensa micción, observo mi rostro en el espejo. Debe hacer cuatro o cinco días que no me ducho, más que no me peino, y por lo menos un mes que no me afeito. He dejado mis amistades de lado. Me dedico a dejar pasar los días como si por arte de magia todo fuera a cambiar de repente. Tal vez la revolución estalle de verdad y de un día para otro se redistribuya la riqueza del país, de manera que la falta de trabajo no sea un impedimento para una vida digna. Aunque ya hace meses que no se habla de la supuesta “spanish revolution”. Eso ya se acabó. De vez en cuando reviso mi correo. Esperando encontrar algo allí que cambie mi vida. Una oferta de trabajo en algún periódico o revista, una proposición de publicación de mi novela… pero nada. Obviamente, si no lo conseguí mientras lo intentaba con ímpetu, no va a sucederme ahora de manera milagrosa.
  Me dispongo a prepararme el desayuno. La nevera está bastante vacía. Solo hay unos pocos huevos, una cebolla y un par de cervezas. Cojo un par de huevos y los pongo a freír. Mientras caliento agua para hacerme un té. De esos de sesenta céntimos la caja de veinte bolsitas. Me gusta empezar el día hidratándome, que llegada cierta hora, solo me deshidrato. Alguien golpea la puerta. Sé quiénes son. A parte de ser los únicos que se acercan a mi casa últimamente, son los únicos que jamás utilizan el timbre para llamar. No sé si no lo han visto, o se lo impide alguna de sus creencias raras. Acerco el ojo a la mirilla y, efectivamente, ahí están los dos hombres de edad avanzada que ya han intentado venir varias veces. Van bastante elegantemente vestidos, y sujetan entre sus brazos varios libros y panfletos religiosos. Veo como uno de ellos, el que parece ser más viejo de los dos, levanta el brazo para volver a golpear la puerta, pero abro antes de que pueda hacerlo.
-        ¿Tiene unos minutos para hablar de Dios? Me preguntan al unísono, a coro, como si lo hubieran ensayado.
-        Claro, adelante. – Es la primera vez que hablo con ellos, normalmente, como todo el mundo, fingía no estar en casa hasta que se cansaban de aporrear la puerta.
-        Nos complace encontrarte en casa, – me dice el más viejo – a menudo habíamos pasado por aquí y nunca nadie había respondido a nuestra llamada.
-        Antes trabajaba… - aunque ya hace tiempo que llevo controlando sus movimientos alrededor de mi puerta. Una o dos veces por semana vienen, golpean la robusta madera de mi puerta. Tres golpes cada dos minutos, y a los diez minutos sin respuesta, se van – justo iba a desayunar, siéntense. ¿Quieren un poco de té? – Los dos niegan la oferta.
-        Así que… ¿Ha perdido su trabajo? – me pregunta otra vez el más viejo, que es claramente el líder de los dos.
Asiento con la cabeza mientras mastico un trozo de pan con un poco de huevo, con la yema todavía chorreante.
-        Porque yo quería comentarte una cosa – sigue hablando el viejo – con todo esto que está pasando, la crisis, los desahucios, todo este asunto de Corea, las guerras de oriente medio que empeoran, los tsunamis y terremotos que han ocurrido últimamente en Asia… - hace una pausa, reflexivo - ¿no te da la sensación de que algo grande tiene que pasar?
-        Tal vez – Le digo mientras sigo comiendo.
-        Pues hay una manera de no preocuparse, -  me contesta como si le hubiera dicho un rotundo y desesperado si – te explico cual es. Nosotros hemos encontrado un gran alivio. Hemos hallado todas las respuestas en un libro. Un libro maravilloso que es éste de aquí -  me dice acariciando una pequeña biblia que tiene entre las manos – pues nosotros, los testigos de Jehovah nos dedicamos a estudiar la palabra de Dios directamente tal y como él la ordeno escribir a sus discípulos. Sin intermediarios ni falsos líderes espirituales que predican la palabra de Dios desde un trono. Nosotros vamos directamente a la fuente del saber, la Biblia, - se le llena la boca al pronunciar la palabra biblia – que escribieron los apóstoles, a dictado de Cristo. Y como ésta fuente de sabiduría infinita dice: - Le hace un gesto a su compañero.
-        Como dice el libro de Mateo… – y empieza a leer el de las barbas, que parece un poco más joven – “Ustedes van a oír de guerras e informes de guerras; vean que no se aterroricen. Porque estas cosas tienen que suceder, más todavía no es el fin. Porque se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá escaseces de alimento y terremotos en un lugar tras otro. Todas estas cosas son principio de dolores de angustia.” – Y me mira sonriente, orgulloso de su lectura.
-        ¿No te parece – vuelve a hablar el viejo con su voz pausada – que todo eso que dice la biblia que va a suceder, pueda ser una metáfora de lo que está sucediendo ahora?
-        ¿Tú crees? – Le pregunto yo mientras me limpio con una servilleta un poco de jugo de huevo que se derrama de mis labios.
-        Yo estoy convencido – me contesta. – El apocalipsis es inminente. Pero no hay que tenerle miedo, al contrario, va a ser una bendición para los hombres de Dios. Nosotros ya somos un poco viejos y tal vez no lo veamos, pero estoy seguro que tú sí. En treinta o cuarenta años sucederá, no creo que la tierra aguante mucho más este ritmo. Y entonces, como dice la Biblia, Jesús bajará de los cielos y acabará con los pecadores y devolverá a la vida a los buenos hombres que yacen bajo tierra. Nosotros nos reunimos todos los domingos, no lejos de aquí está nuestra iglesia, y nos alegramos de tener a invitados interesados en la salvación. ¿Qué te parece, te gustaría acompañarnos este domingo?
-        Verán – le respondo mientras sigo comiendo – yo quiero ser un hombre de Dios y ser salvado cuando llegue el momento, pero hay algo que me perturba de todo este asunto. Según la biblia hay que tener fe, y los que tengan fe serán salvados y los que no destruidos. ¿Cierto?
-        Cierto. – Me contesta, como siempre, el más viejo.
-        Entonces, me pregunto yo, ¿Qué pasa con esos pueblos de esquimales que viven ajenos a todo esto de la palabra de Dios, la biblia, o cualquier otra creencia, sin embargo nunca han hecho daño a nadie. No son malas personas, ¿verdad?
-        No, claro que no.
-        Sin embargo no tienen fe, entonces, ¿irán ellos al infierno?
-        Bueno, en esos casos, el profeta, cuando descienda de los cielos, sabrá juzgar correctamente. – Me dice tras unos segundos de reflexión.
-        Entonces, ustedes hacen lo que dice la biblia, ¿literalmente?
-        Si, esa es nuestra salvación. – Me responde convencido.
-        Verán – les digo yo – es que hay unos versos de la biblia que me tienen a mí un poco preocupado, es lo que dice levítico, en el versículo 18:22, creo. ¿Lo puede mirar?
-        Si, lo busco – dice ahora el más joven de los dos mientras pasa páginas y más páginas de su libro. – “No te echarás con varón como con mujer; es abominación.” – Pone cara un poco como sorprendido, diría que es la primera vez que lo lee.
-        Entonces, ¿es malo ser homosexual? – Pregunto casi fingiendo preocupación.
-        Pues sí – me dice sonriente el viejo – lo dice claramente, es una abominación a los ojos de Dios.
-        ¿Y qué solución me dan? ¿Voy a ir al infierno, a pesar de ser una persona que no hace daño a nadie, y ayuda a los demás en lo que puede, solo porque practico sexo con otros hombres?
-        Verás joven… - mide las palabras que va a decir el viejo del pelo blanco y la coronilla al viento – …te voy a decir una cosa, - se quita las gafas y me mira como si fuera a ofrecerme una solución milagrosa – yo antes fumaba, pero ahora ya no.
Se forma un silencio de unos segundos, solo interrumpido por el sonido del tren que pasa a escasos metros de mi casa. Ambos esperan mi respuesta con sus ojos clavados en mí, sin borrar su sonrisa en ningún momento. Supongo que creen que recibirán unas gracias por tal iluminación. Como si una condición sexual fuera como un mal vicio que hay que dejar. En lugar de eso, les pregunto:
-        ¿Ustedes comen marisco?  - ambos asienten con la cabeza – Pues yo no. – Les digo – entonces estamos igual de expuestos al castigo de Dios, porque como levítico también dice en el 11:9 y 11:10  “Esto comeréis de todos los animales que viven en las aguas: todos los que tienen aletas y escamas en las aguas del mar, y en los ríos, estos comeréis. Pero todos los que no tienen aletas ni escamas en el mar y en los ríos, así de todo lo que se mueve como de toda cosa viviente que está en las aguas, los tendréis en abominación.” Por lo tanto, yo no como marisco, pero practico sexo con otros hombres, sin embargo ustedes comen marisco pero no practican sexo con otros hombres. Nos hace igual de pecadores y dignos de ser castigados por Dios. ¿Estoy en lo cierto?
  Se forma otro largo silencio. No saben que responderme. Los circuitos neuronales de los dos testigos de Jehová parecen haberse frito. Yo les miro satisfecho de mi actuación, y espero con intriga su respuesta. La verdad es que llevo tiempo preparando esto.
-        Verás… - rompe el silencio el viejo de la nuca blanca – Hay normas cuya aplicación ha cambiado con el tiempo.
-        Entonces – respondo - ¿comer marisco está bien, pero practicar sexo con otros hombres está mal, aun cuando lo dice Levítico con unos pocos versículos de diferencia?
-        Exactamente. – Me dice el viejo señalándome con la patilla de sus gafas como si por fin yo hubiera entrado en razón.
  Su mirada está clavada en mí con una sonrisa de gran satisfacción. Se siente victorioso. Su fe ha derrotado mis creencias pecaminosas, el bien ha derrotado al mal, Dios ha derrotado al pecado. Aunque mi punto de vista es totalmente diferente. Me siento impotente ante una credulidad ciega en un libro que ni siquiera conocen al cien por cien. Por un momento se me pasa por la cabeza atacarle aplicando la lógica, debatir el tema. Pero si algo he aprendido de esta conversación es que la lógica no sirve de nada ante la fe, pues la fe está para que las cosas de las que se desconoce la lógica tengan sentido, así la ignorancia de cosas tan relevantes como el sentido de la vida dejan de ser una preocupación, pues está en manos de Dios. La mente de los hombres de fe funciona de otra manera. Y a la vez siento que llevo demasiado rato con esta falsa. Ya he acabado el desayuno. Me levanto a por una cerveza y mientras empiezo a bebérmela les invito a irse de mi casa.
-        Estoy ocupado – les digo – Por favor, déjenme con mis asuntos.
-        De acuerdo, entonces, ¿se pasará el domingo por la iglesia? – me pregunta el viejo – nos encantaría verle por allí, y tal vez podamos ayudarle también con eso. – Me dice señalando mi cerveza.
-        Miren, yo busco el refugio de la realidad en unas cosas, y ustedes en otras. – En el fondo tal vez no seamos tan diferentes.
-        Hijo – me dice ya en la puerta – tienes salvación. Esperamos verte el domingo.
-        Venga, hasta el domingo – les digo en un tono desganado y cerrando la puerta en su cara.
-        Entonces, ¿Vendrá, no? – escucho como hablan al otro lado de la puerta.
-        No lo sé, puede que sí, creo que le hemos sembrado la semilla de la fe.
-        Si, seguro que sí – escucho su voz un poco más débil debido a que ya se están alejando.
  Me vuelvo a acostar en el sofá, el lugar donde paso la mayor parte del día. En una mano sostengo mi cerveza, y en la otra la caña que me hace de mando a distancia desde que éste se quedó sin pilas. Doy una vuelta a todos los canales mientras siento como la cerveza aturde poco a poco mis sentidos. Veo los canales de noticias. El resumen sería paro, corrupción y desahucios. Veo unos instantes de muchas cosas, hienas apareándose, Belén Esteban y su best seller, el inmortal Jordi Hurtado, programas de salud, series… No me detengo en ningún canal por más de quince segundos hasta que veo algo que me llama la atención. Unos dibujos de mi infancia en los que aparecían cinco hippies con unos anillos mágicos que, al juntar sus poderes, invocaban al capitán planeta. Una especie de Superman ecológico con peinado de quinqui que se dedica a patear traseros de los incívicos empresarios y mafiosos que contaminan de manera exagerada la ciudad. Es curioso lo que me gustaban de pequeño, y sin embargo la escasa calidad en la animación que aprecio ahora. La madurez nos hace exigentes, tal vez demasiado. Sigo haciendo zapping por un rato, hasta que caigo dormido otra vez, escasas tres horas desde que me he levantado.
-        Hola chicos – dice el capitán Planeta – como hemos visto en el capítulo de hoy, este país no tiene futuro. Se hunde a una velocidad considerable, pero puedes no hundirte con él, formando la república independiente de tu casa – cuánta televisión en mi cabeza. – El pueblo de Villa Almudena está desierto y rodeado por un fortín. Okupa el fortín y tendrás todo un pueblo entero para ti, al margen del país. Así pues empieza a estudiar las leyes de la okupación de tu país. Y hasta aquí nuestro eco consejo de hoy. ¡Hasta la próxima, amigos del planeta!

  Al despedirse, en mi mente, se reproduce la musiquita de los créditos del final de los dibujos. Poco después despierto. En la tele, que nunca se apaga, están dando un reportaje sobre pueblos abandonados en lugares remotos de la España profunda. En ese momento están hablando precisamente de Villa Almudena. Un pueblo abandonado que está rodeado de un fortín medieval, con inusualmente grandes habitaciones en su base. De manera que realmente es un edificio, abandonado, y por lo tanto okupable. No hay tiempo que perder, le hago caso al capitán Planeta, y me pongo a investigar por internet como están las leyes actuales en lo que a okupación de edificios se refiere. Es una idea que suena descabellada, pero, tal y como se me presentan los próximos meses, con el subsidio de desempleo a punto de finalizar, dos meses de retraso en el pago del alquiler y la luz pendiente de un inminente corte por impago, no siento que tenga nada que perder. Pasa por mi cabeza la imagen de un pueblo cuyos habitantes viven en paz y armonía. Al margen del contexto político del momento. Jamás volver a hablar de recortes, de derecha o izquierda, ni de monarquía, de desahucios ni de patriotismos sin sentido. Un pueblo, más que eso, un pequeño país, cuya única restricción sea el respeto por los demás habitantes. Solo de pensarlo se dibuja una sonrisa en mi cara. La primera en muchos meses. 

miércoles, 1 de enero de 2014

UN DÍA DE ROL


A veces, la vida, es como un videojuego de rol, o una aventura gráfica. Te sitúas en un escenario desconocido en el que tienes que realizar unos movimientos determinados que sabes que te llevarán a la siguiente fase. Que también puede ser un nuevo escenario desconocido. O también puedes volver atrás, a lo que ya conoces, y adquirir experiencia muy lentamente.  La fase en la que me sitúo ahora es el aeropuerto de Praga. Debería ser una de esas fases cortas y fáciles. Transitorias. Mi objetivo es la siguiente fase principal: Tokio. Pero hoy hay una dificultad añadida. La espesa niebla ha impedido que aterrice el avión que tenía que llevarme a Moscú, donde estaba prevista la escala. Una cosa que me parece extraña de este aeropuerto es que hay un control de seguridad antes de cada una de las puertas de embarque. Después del control de seguridad no hay nada. Solo los bancos donde esperar. No hay tiendas, ni bares ni lugar donde darse un paseo. Pasamos el control de seguridad, pero parece que algo falla. Ya es casi la hora de embarcar y todavía nadie nos abre la puerta ni parece dispuesto a atendernos. Me fijo en una chica joven muy guapa que escucha música en sus auriculares.  No tengo nada mejor que hacer en aquella sala de mala muerte. Tras esperar un buen rato nos dicen que salgamos por donde hemos entrado que se retrasa el vuelo. A través del arco de seguridad. Nunca antes había cruzado un arco de seguridad de un aeropuerto en dos direcciones. ¡Quién me hubiera dicho en ese momento que iban a ser cuatro! Le explico al empleado del aeropuerto que tengo que pillar un vuelo a Tokio en Moscú, y que solo hay un par de horas entre los dos vuelos, por lo que lo voy a perder, que si tengo que hacer algo. Me dice que esté tranquilo, que lo primero es llegar a Moscú, y allí me dirija a los “transfer desks” que me lo solucionarán. No me da más información. Resignado, salgo de la diminuta sala de espera, y a fuera no me queda otra que esperar. Acudo a la ventanilla de información, me dice que no se sabe nada del vuelo a Moscú todavía. Al lado hay unas ventanillas que pone “transfer”, pero  el empleado del aeropuerto me había dicho claramente que tengo que acudir a las “transfer” una vez en Moscú. Aquellas que veo al lado de la de información deben de ser para la gente que tuviera escala en Praga y pierda el vuelo. Es lo que pienso en ese momento. La mujer de Información no me ayuda en absoluto. Le pregunto una y otra vez, cada diez o quince minutos aproximadamente. Le explico toda la historia, que tengo que coger un vuelo a Tokio en Moscú, que lo voy a perder, que cuando habrá noticias, pero solo dice una y otra vez “todavía no hay noticias  acerca del vuelo a Moscú”.  Como uno de esos personajes de relleno de las ciudades de los juegos de rol, a los que te acercas a hablarles y no hacen más que repetirte una y otra vez la misma frase, normalmente una frase totalmente inútil o con información reiterada.  Es un ser humano, pero en su lugar podrían haber puesto una figura de acción de He-man de esas con un botoncito que al apretarlo dice “por el poder de Grayskull”. El resultado hubiera sido el mismo, y mucho más barato.
  De repente me siento totalmente atascado. Es uno de esos tediosos niveles en los que tienes un espacio de movilidad muy reducido y no sabes dónde tienes que apretar el botón o hacer click.
  Al cabo de unas horas veo algo cambiar en la pantalla, y un rayo de esperanza me ilumina. El vuelo a Moscú, que tenía el campo de partida vacío, ahora marca las 18:30. Son las 12:15, “solo” tengo que esperar seis horas y cuarto. Luego, una vez en Moscú, ya me aclararán como llegar a Tokio. Me lo ha dicho claramente el empleado del aeropuerto. Me lo tomo lo mejor que sé. Me siento al lado de un enchufe, en el suelo, porque no hay asientos al lado delos enchufes, y me pongo a jugar con el móvil. Así consigo que se me pase más o menos rápida una hora, pero los juegos ya me aburren y todavía faltan más de cinco para el vuelo. Compro algo para picar, pero tampoco me excedo, la comida en el aeropuerto es cara y no me quedan muchas coronas checas. Camino de un extremo a otro de la sala. Una vez, otra vez, y otra, y otras cuantas también. La mochila, mi equipaje de mano, pesa bastante y mi espalda se resiente. Decido sentarme en los sillones que hay para masajes que funcionan con una moneda. Aunque lo que recibo dista mucho de un buen masaje, me levanto descansado y camino hasta el extremo opuesto a mi puerta de embarque. Allí veo una tienda cuya entrada te invita a comprar cerveza a un precio aceptable, para ser un aeropuerto. Vuelvo al lado de mi puerta de embarque y me siento de nuevo en el suelo, junto a un enchufe. Me quito los zapatos y bebo la cerveza mientras se carga el móvil. Me lo tomo lo mejor que sé. Podría ser confundido perfectamente con un mendigo.
  Pasan horas, posiblemente las más aburridas que he pasado en mucho tiempo. No recuerdo haber pasado tanto aburrimiento desde niño, tal vez. Pero bueno, finalmente llega la hora, vuelven a abrir el control de seguridad para entrar en la diminuta sala de espera donde se encuentra la puerta de embarque. Pasado el control, en la sala de espera, decido quedarme el último de la fila para entrar en el avión. Estoy emocionado contándoles a mis amigos por el móvil que por fin voy a coger el avión. Que por fin acaba mi suplicio y voy a pasar a la siguiente fase. Nada más alejado de la realidad. Cuando llega mi turno, el empleado, que ya no es el mismo de la vez anterior, supongo que ése debe haber acabado ya su turno, me dice que no puedo coger el avión. Que tendría que haber ido a “transfer desk” desde un primer momento para coger no sé qué otro vuelo, para enganchar en otro lugar con otro vuelo a Tokio. Llaman a la compañía para ver si me lo pueden solucionar, mientras yo, por un momento, pierdo la calma. Tras el largo día perdido en el aeropuerto siento como si me arrebatasen una parte de mí cuando me impiden pillar el vuelo. Deseo saltar sobre el mostrador y arrancarles las cabezas a los empleados, irracionalmente, solo quiero subir a ese avión por el que he estado esperando todo el puto día, aun cuando me dicen que no puedo pillar ningún vuelo a Tokio en Moscú hasta el día siguiente, pues solo hay uno al día. Es uno de esos momentos en los que desearía que la vida fuera un poco más parecida el GTA, y no a los juegos de rol, en los que deseo sacar una recortada de mi bolsillo izquierdo y liarme a tiros hasta llegar a la cabina del avión que, por supuesto, sé pilotar, y conducir yo mismo hasta Tokio el vehículo sin pensar en las consecuencias. Las lágrimas de la desesperación por un momento parece que van a brotar de mis ojos. Pero finalmente me calmo y les escucho. Tampoco me pueden dar mucha información, me dicen que vaya al mostrador de Aeroflot, la compañía con la que compré el vuelo, y que allí me indicarán que hacer.

  Así lo hago, vuelvo a la entrada del aeropuerto, y me dirijo al empleado de Aeroflot, al que le hago todas las preguntas disponibles en el archivo de mi memoria. Me soluciona lo del billete, y me lo cambia para el día siguiente Aunque no me pone menú vegetariano
porque hay que solicitarlo con treinta y seis horas de antelación y no me avisa. Menos mal que siempre viajo con un paquete de cacahuetes en mi inventario. Tengo que recuperar mi equipaje. Me dice que acuda a reclamación de equipajes y voy. Llego a la puerta, nuevo acertijo. Hay un telefonillo con una lista con números y no sé muy bien cual apretar. La lista no es muy clara, y tampoco estoy seguro de si estoy en la terminal uno o dos del aeropuerto. Finalmente me decido por llamar a un número, pero no obtengo respuesta. Como mi paciencia no está al cien por cien ahora mismo, no dudo ni un momento en marcar cualquier otro número. Me lo pillan de la otra terminal y me dice que tengo que llamar al primer número que llamé. Sigo insistiendo hasta que alguien contesta. Me dicen que espere. Al rato me abren la puerta y me dejan pasar tras pedirme que les muestre mi tarjeta de embarque no utilizada. Estoy en las cintas correderas por las que sale el equipaje cuando llegas. Nunca había estado en una sala de estas sin haber pillado previamente un avión. Todo nuevas y “emocionantes” experiencias hoy. Una vez dentro me vuelven a dejar solo sin darme indicaciones de hacia dónde tengo que ir. Acudo al único mostrador en el que veo a alguien, y me dicen que allí no es, que es el mostrador de al lado, donde no hay nadie. Me dicen que espere. No tengo más remedio. Espero. A cualquier persona que pasa por allí con pintas de trabajar en el aeropuerto le pregunto si saben algo sobre quien debería estar en ese mostrador. Pero no obtengo pistas. Más personajes de relleno, de bulto, en el escenario. Tras un rato aparece alguien en el mostrador. Le explico mi situación y llama por teléfono. Me dice que mi equipaje saldrá por la cinta número 12. Que espere. Espero. Espero. La mujer del mostrador desaparece y vuelvo a sentirme abandonado, sin nadie a quien preguntar, esperando a que salga mi equipaje. Pero pasa casi una hora y no sale nada de la cinta doce, ni de ninguna otra. La mujer vuelve a aparecer, le digo que no ha aparecido mi equipaje por la cinta, y vuelve a llamar, me vuelve a decir que espere en la cinta doce, que ya lo subirán. Finalmente aparece. Mi equipaje y otros cuantos más de los que tendrían que haber ido a Moscú,  que me demuestran, por suerte, que no he sido el único tonto en perder el vuelo. Ya saben lo que dicen que es consuelo de tontos. Por fin, con mi equipaje vuelvo a casa de mi amiga Klara, que me acoge con amabilidad, y se sorprende de mi historia. Me voy a dormir, melodía de buenas noches, sonidito de restauración de PH y PM y al día siguiente a intentar la misma fase con la energía a tope. Aunque con la experiencia adquirida seguro que la supero con facilidad y menos frustrantemente, pues hago amistad con la chica checa de los auriculares, a quién le sucedió lo mismo que a mí.


lunes, 25 de noviembre de 2013

UNA NIT DE JACK & DANIELS

  El següent és, potser, el episodi de la meva vida del que més m’hauria d’avergonyir. Potser a la majoria de gent els sembli una bogeria. Potser, a moments, a mi també m’ho sembla. Però, en el moment dels fets, tot semblava molt lògic. Potser la causa de tot va ser el conjunt de perfils psicològics, bastant peculiars, que ens vam reunir. Potser un fanatisme comú per Fight club. Potser els Jack & Daniels. Potser tot plegat. No ho sé. També vull advertir de que no puc garantir l’exactitud del transcórrer dels fets. A la meva ment habiten seqüencies inconnexes sobre tot el que va passar aquella nit.
  Crec recordar que tot va començar a Ca’n Eusebio, al paral·lel de la ciutat de Barcelona. Allí havia quedat amb els meus amics, els hi direm en Mikailov i en Llorenç ja que volen mantindre l’anonimat. Haviem quedat  per sopar i, per suposat, fer unes quantes cerveses per un Euro. Una estratègia de màrqueting que des d’allí es va estendre per tota la ciutat comtal. El trobar cerveses per un Euro als bars és, possiblement, l’única cosa bona que ens ha portat el malèfic pla dels que escriuen les regles del capitalisme que anomenen crisi. Recordo també, que mentre érem allà, a la terrassa del bar, va aparèixer la Rebeca. La meva ex professora de comunicació audiovisual a qui li vaig mostrar orgullós la meva càmera comprada un de dies abans a Madrid. Una càmera que em va costar uns mil dos-cents Euros. Normalment no m’agrada portar coses de valor quan surto, de fet mai he gastat diners en un telèfon mòbil per la propensió que tinc a perdre`ls o trencar-los de manera estúpida. Però aquell dia venia de casa d’un grup de gent amb qui vaig col.laborar en el rodatge d’una websèrie.
  Després de sopar, els tres ens vam endinsar en les profunditats del Raval, fins a un bar de la Rambla que fa cantonada. Allí vam començar a beure Jack & Daniels “on the rocks” mentre xerràvem de les nostres coses. Òbviament no recordo la conversa. Ja han passat uns quants anys des de llavors. Suposo que parlaríem d’algun dels desamors de les nostres col·leccions, o potser de lo fotut que estava ja per llavors aquest putu, amb perdó, país. Potser de les nostres frustracions, que no eren poques. Curiosament, tots tres, teníem o havíem tingut inquietuds literàries, si es que es pot dir així. Allà, en aquell bar del final de la Rambla del Raval, vam estar fent Jack & Daniels amb gel fins que van tancar i vam haver de sortir. Després vam començar a ravaletjar, com diuen. A caminar sense destí pel barri bevent cerveses que ens venien els “pakis” pel carrer. Aquelles persones procedents del Nepal, o l’India, si, el Pakistan també, però que son anomenats genèricament i amb carinyo, els pakis. Els autèntics superherois nocturns. Quan ja t’han xapat els bars i no pots, o no vols, permetre’t les consumicions de les discoteques de preus desorbitats, allà estan els “pakis” amb les seves cerveses amb olor a clavegueram per un Euro.
  Mentre passejàvem i bevíem, no sé perquè, en Llorenç va començar a repetir un cop i un altre que ens podria pegar una pallissa. “Vos podria guanyar a tots dos”, “vos pegaria una pallissa”... En principi l’ignoràvem. Vacil·lades d’un borratxo, vaig pensar jo. Però el fet de que no parés de repetir-ho, en un moment donat, va acabar amb la meva paciència.  “Aguanta això” li vaig dir al Mikailov donant-li la càmera, però amb la meva atenció concentrada amb el Llorenç. I quan vaig tenir les mans buides el vaig atacar.   
  Vam forcejar un poc, ens vaig tirar a tots dos a terra i el vaig neutralitzar, no amb facilitat, però si sense massa violència. No es pot dir el mateix de la seva actitud, doncs, de la mossegada que em va pegar al polze de la mà en la que li aguantava el cap contra el terra, vaig veure les estrelles. Va ser realment dolorós. Em vaig aixecar pensant que allò acabaria amb les ganes de brega del meu amic, però mes aviat al contrari, es va aixecar i em va atacar per l’esquena. En Mikailov, que fins a aquell moment s’havia mantingut al marge, va intervenir. Com em va contar després, li va fer molta ràbia que el Llorenç m’ataqués a traïció i va haver d’actuar. En pocs segons ens vam trobar tots tres engrescats en una baralla amistosa, però immediatament me’n vaig separar en veure una cosa. La meva càmera de 1200 euros, dins la seva bossa, tirada pel terra abandonada a la seva sort. Com si fos una llosca depreciada. Un moment de sobrietat em va inundar de cop i vaig anar corrent a recuperar el meu apreciat objecte i me la vaig enganxar al cinturó per assegurar-me de que allò no tornava a passar. Vaig tornar a dirigir la meva atenció als meus amics que encara forcejaven pel terra, i un individu se`ls va apropar.
-          ¿Pero què hacéis, chacho? -  va dir amb un marcat accent gitano mentre es disposava a separar-los.
-          Tranquilo, no pasa nada, somos amigos – va dir en Mikailov mentre s’aixecava
-          Si, no passa nada – Afegí en Llorenç
-          Pues dejad de hacer eso, que viene la poli y os lleva presos – advertí el gitano amb tota la seva bona intenció.
  Després d’això tinc una llacuna mental, que no sé com emplenar, ni tant sols usant la imaginació. Calculo que en Llorenç va continuar amb la seva cançoneta que deia que ens pegaria una pallissa, fins i tot a tots dos alhora, o alguna cosa per l’estil. Va ser la banda sonora provinent de la seva boca durant tota la nit. El cas es què, en la següent imatge que em ve al cap, estem tots tres engrescats en una nova baralla. En Mikailov i en Llorenç pel terra, donant-se cops de puny, o alguna cosa així, i jo posant-li un peu a la cara a en Llorenç, apretant-li contra el terra un poc, però no massa. Pot semblar una situació injusta per al nostre amic, que a més es el més menut, però vos asseguro que al menys en Mikailov i jo teníem compte a fer poc mal. Ens barallàvem però amb compte de provocar-nos repercussions. En Llorenç no. En Llorenç tenia una actitud exageradament violenta. Semblava que realment creies que estava barallant-se amb els seus enemics. En aquell moment, com havia profetitzat el gitano, va aparèixer un cotxe de la guàrdia urbana i va parar al nostre costat.
-          Què passa aquí?! – ens digueren des del cotxe, no sigui que es cansessin al baixar
-          No passa res, som amics – diguérem nosaltres.
-          Si, som amics -  afegí en Llorenç mentre s’aixecava del terra.
  Quan se’l miraren a ell, que semblava clarament el mes perjudicat en la baralla, i dic semblava perquè al dia següent es va demostrar que no va esser així, es van tranquil·litzar.
-          Pues deixeu de fer això – digueren, i van marxar.
  En aquell moment, en Llorenç es va adonar de que li faltava la cartera. I els tres vam recordar, molt convençuts, com un paio se’ns havia apropat molt feia un moment, mentre barallàvem, i l’havíem vist girar la cantonada. Fins a aquell moment no li havíem donat importància però, com per art d’una revelació de Sant Jack Daniels, vam estar segurs de que era ell el que ens havia agafat la cartera. Vam anar a la seva recerca. Ens vam ficar per un carrer on mai havíem anat i vam trobar al paio. Allà assegut a una plaça, rodejat del seu gueto. Tots tres, decidits, vam anar a reclamar-li la cartera d’en Llorenç. Semblàvem una parodia dels Dalton, però sense el tercer membre, col·locats amb ordre de estatura, amb cares serioses i reclamant el que ens havien robat. Si haguéssim anat sobris, mai hauríem fet allò, possiblement ni tant sols hauríem entrat en la plaça. Hauríem perdut la cartera, i punt. Tenia la pinta de ser un lloc mes aviat perillós. I si em pregunteu ara, no vos sabria dir on es troba la plaça. Al que li reclamarem la cartera i els seus amics es miraren entre ells i després ens contestà.
-          ¿Cartera? ¿Qué cartera?
-          Tu, te hemos visto, nos has robado la cartera – digué un de nosaltres
-          Yo no, vosotros peleando, habéis perdido – ens contestà
-          No, perdido no, alguien la ha pillado – afegirem – de lo contrario la habríamos encontrado, y tu eres el único que se ha acercado a nosotros en toda la noche así que devuélvenos la cartera.
Sense el poder de Jack & Daniels mai hauríem estat tant valents, o inconscients, el cas es que, potser perquè després de veure com ens barallàvem entre nosaltres sent amics, va pensar que estàvem perillosament penjats o potser perquè, simplement, es volia estalviar problemes, al que li reclamàvem la cartera, finalment, va cedir.
-          Seguro que habéis perdido, - digué – esperaros aquí y yo voy a buscar.
  Va marxar, i va girar la cantonada oposada de la que veníem. De seguida va tornar amb la cartera d’en Llorenç a la ma.
-          Ves, aquí està tu cartera. Tu me has llamado ladrón, y yo te he ayudado. Ahora dame dinero.
-          No tengo – digué en Llorenç, qui ja s’havia quedat amb la cartera buida abans de perdre-la.
-          Allí hay un cajero, me has llamado ladrón, dame dinero.
  En Llorenç, que sembla ser que no se’n havia donat compte de la jugada del carterista, va accedir, tirant pel terra tota la nostra valenta actuació de pel·lícula barata. Es va apropar al caixer i li va donar diners al que prèviament li havia robat. 5 Euros ens digué, però els caixers no tenen bitllets de cinc. Potser n’hi va donar vint i el seu orgull li impedia admetre-ho. Potser realment encara li quedaven cinc Euros per allí, i se’n adonà en aquell moment. No ho sabem, ni ho sabrem mai. Ell per suposat, no ho recorda.
  No sé en quin moment va passar, però tinc guardat un vídeo d’aquell dia, gravat amb la meva càmera, en el que surt en Llorenç admetent que tant jo com en Mikailov el vam guanyar, i tot seguit fa uns crits un poc bojos. Tot i així, recordo que aquell dia vam marxar cap a casa quan ja es feia de dia, deixant en Llorenç sol. En Mikailov i jo, que començàvem a agafar consciència de tot que havia passat aquella nit, ens vam cansar de escoltar la seva cançoneta, que encara després de tot, no parava. Seguia reptant-nos a un combat, i dient que ens guanyaria. Com si desitgéssim que  s’acabés d’una vegada aquella nit, vam agafar el metro i vam suggerir a es nostre amic que fes el mateix. Però semblava que no volia. Ens va quedar un punt de preocupació per ell, però estàvem molt cansats i cap de nosaltres estava tampoc en condicions de tenir cura de ningú altre. Vam anar cadascú a ca seva i jo vaig caure rodó a sobre del llit.

  Al dia següent, despertant passada l’hora de dinar, vaig trucar tant a en Llorenç com a en Mikailov. Al agafar el telèfon vaig veure la meva ungla negre, que posteriorment vaig perdre. En Mikailov es va apropar al hospital i li van posar venes al braç perquè de poc no se’l fractura, o no li fracturen. Jo, a més de l’ungla, sentia dolor per tot el cos. En Llorenç, en canvi, va dir que no recordava res, però que es sentia millor que mai. 

sábado, 12 de octubre de 2013

VALOR

Ya son las cinco de la mañana y Sonia sigue despierta. En la tele se ve un programa de esos en los que te prometen una gran suma de dinero a cambio de responder una pregunta estúpida por teléfono. En la pantalla, el presentador no cesa de rogar a sus telespectadores que llamen. Sonia sabe bien sabido que luego, cuando llamas, nadie te atiende, te tienen en espera largo y tendido, por no hablar de la factura del teléfono que te llega después. El caso es que ella no tiene la tele encendida porque le interese mirar nada. Sonia pasa la noche en vela a menudo, y la tele la pone para sentirse menos sola cuando su novio se ausenta sin dar explicaciones. De hecho, aunque ella esté sentada con la mirada dirigida al televisor, ni siquiera ve lo que están retransmitiendo. Si le preguntaras lo último que han dicho no sabría contestar. Ella está viendo otras cosas que reproduce su mente. Por ejemplo, ve como Joaquín, su novio, está ahora mismo en el coche que ella le presta desde que él accidentó el suyo, con otra chica, compartiendo un gramo de cocaína. Ve también lo que pasa después. La infidelidad ya no es algo nuevo en su relación.
  Recuerda cuando ella sintió felicidad a su lado. Cuando empezaba el apasionado amorío. Cuando él perdió el trabajo y Sonia le propuso con ilusión que se fuera a vivir a su casa, así podía ahorrarse el alquiler. Acaricia su barriga hinchada mientras piensa en el momento en el que tomó, posiblemente, la peor decisión de su vida. Se suponía que Joaquín iba a encontrar trabajo e iban a construir una vida, juntos. Sin embargo, ahora Sonia va a trabajar después de noches en vela, y le paga la comida, la gasolina, las borracheras, la farlopa y, posiblemente, los condones que gasta con otras. Hay momentos en los que hasta se preocupa por él. Piensa que tal vez le haya pasado algo, otro accidente en coche… Una preocupación que, en una profunda y oscura parte de su alma, desea que se cumpla. No porque le desee ningún mal a su novio, sino porque ello significaría que no está con otras, ni malgastando su dinero en vicios. Aunque llega el momento en el que escucha el ruido de las llaves, que parecen no encajar en la cerradura, y Sonia se siente una completa imbécil por haber sentido preocupación. Él entra sin decir nada, y Sonia le sigue con la mirada.
-          ¿Por qué me haces esto? – Pregunta ella finalmente – vas a ser padre, ¿Ni aun así piensas cambiar tu actitud?
-          Déjame, pelmazo – responde él en voz baja
-          ¿Acaso te he hecho yo algo para que me tengas que tratar así? – dice a la vez que empiezan a asomar las lágrimas de los ojos de la chica.
-          Deja de decir chorradas, estoy cansado, me voy a dormir.
A su paso por el salón, Joaquín deja una peste de alcohol y humo que impregna toda la casa. Se mete en el dormitorio, y se deja caer como un peso muerto sobre la cama de matrimonio. Sonia se queda en el sofá. Lo último que le apetece es compartir la cama con esa persona ahora mismo. Mientras derrama lágrimas recuerda lo feliz que se sintió la primera vez que se besaron. Se preguntaba ella siempre, cómo era posible que un tipo popular, alto, fuerte, guapo y simpático como Joaquín, eligiera salir con ella. Bajita, con nariz redonda, un poco rolliza y con pocas tetas, para colmo de gorda. Entonces pensaba que estar con un tipo como él era lo máximo a lo que podía aspirar. Finalmente consigue conciliar el sueño un par de horas antes de que suene su alarma para ir al trabajo.  El trabajo, irónicamente, se ha convertido en lo mejor de su vida desde hace ya un par de años. Y no es que sea un trabajo apasionante. Pero el tener que atender a los clientes del supermercado mantiene sus pensamientos alejados de Joaquín. Embarazada de 4 meses, Sonia teme el momento en el que se vea incapaz de seguir trabajando y forzada a darse de baja. La simple idea de pasarse todo el día metida en casa aguantando los ires y venires de Joaquín le provoca náuseas.
  Al volver a casa, Sonia, se encuentra a Joaquín sentado en el sofá, viendo la tele. Son las diez de la noche y en la mesita auxiliar hay restos de pan de molde. Sonia ya se lo sabe, ni van a cenar juntos, ni le ha preparado nada a ella. Ni un mísero sándwich tras pasarse todo el día trabajando mientras él ha estado holgazaneando y curándose la resaca.
-          Es la despedida de mi amigo Juan, voy a salir un rato esta noche – Sonia ni le contesta, es lo de todos los días. A menudo, cuando ella llega a casa él ya no está. Cuando está suele significar una cosa - ¿Me prestas cincuenta Euros? – Bingo.
-          No podemos seguir así, Joaquín, vamos a tener un hijo y apenas llegamos a fin de mes. Cuando nazca vamos a tener muchos gastos extra.
-          Venga Sonia, no me vengas con esas ahora, ya veremos que hacemos cuando nazca la criatura.
-          Pero es que tenemos que empezar a ahorrar
-          ¿Justamente hoy, Sonia? Ya sabes lo amigos que somos Juan y yo, y es su última noche en la ciudad. Dame algo de pasta hoy, y luego ya paro.
  Sonia finalmente accede, aunque sabe de sobra que no va a parar. Se lo ha dicho miles de veces. Le da cincuenta Euros y empieza a cenar, mientras él se prepara para salir. Cuando está a punto de cruzar por la puerta, Sonia le pregunta:
-          ¿Vas a venir muy tarde?
-          No, tranquila – una mentira demasiado descarada.
  Sonia se duerme en el sofá, como acostumbra a hacer cuando se queda sola en casa. El hecho de que su novio le mienta con tanta facilidad le demuestra que él ya no siente ningún tipo de respeto hacia ella, si es que lo ha tenido nunca.
  Al despertar, un tipo con melenas y vestimentas raras da consejos baratos a la gente que le llama. Pretende hacer creer que sus suposiciones generales de cosas que le pueden pasar a cualquiera, son una adivinación de los hechos. Un engaño que, a ojos de Sonia, cualquier tonto podría detectar, sin embargo no cesa de llamarle gente. La joven se asoma al dormitorio para comprobar, como ya imaginaba, que Joaquín todavía no ha vuelto. Son las cinco de la mañana. La muchacha, resignada, se sienta en el sofá y rompe a llorar. No sabe si llora de rabia, tristeza, o impotencia. Tal vez por costumbre. Hasta que, de pronto, un dolor tan intenso que no cabe en la imaginación de ningún hombre o mujer la invade. Siente una humedad pringosa entre sus piernas. Los síntomas la aterrorizan, teme que vaya a perder a su bebé. Se siente extrañamente incapaz de moverse para buscar ayuda, y la angustia inunda todo su ser. Siente algo saliendo de su interior, y el dolor se expande por todo su cuerpo. Empuja con fuerzas y ve como empieza a asomar una cabeza de entre sus piernas. Su vagina se dilata, el bebé saca la cabeza, todavía a medio formar y sin que esté muy definida la separación de ésta con su cuello. Con las manos se agarra fuertemente a los labios vaginales, y empuja con fuerza hacia afuera para sacar todo su cuerpo. Así, de un salto, la hija de Sonia nace y se planta en pie frente a su madre. La muchacha, sentada en el suelo, sobre un charco de pringoso líquido amniótico, no da crédito a lo que ve. La criatura, que se encuentra unida a ella por el cordón umbilical, tiene el aspecto de un feto de cuatro meses, una cabeza deformada, pegada a un grueso cuello que es desproporcionadamente grande en comparación con el pequeño cuerpo. Sus dedos son cortos y de articulaciones torpes. Sus brazos y piernas también son cortos proporcionalmente al resto del cuerpo. Si intentara tocarse la cabeza con sus pequeños brazos, no llegaría más arriba de la pequeña formación que en un futuro serán sus orejas. Lo sorprendente para su aspecto, es su tamaño. Crece hasta medir alrededor de un metro, y todavía más sorprendente el hecho de que se mueve casi como una persona adulta. Y Sonia, que no da crédito a lo que ve, casi se aterroriza al oír hablar a esa criatura:
-          ¿Qué demonios haces con tu vida?    
-          ¿Qué? – pregunta Sonia anonadada a la vez que levanta la cara de entre sus rodillas para ver a la criatura que ha salido de su interior
-          ¿Qué? ¿Cómo que qué? Tú sabes bien a lo que me refiero. Mírate, todas las noches llorando en el sofá, frente una tele que no emite más que porquerías. Maquillándote por las mañanas para disimular la hinchazón de tus ojos para que no piensen en el trabajo que tu vida es una puta mierda. Ya va siendo hora de que cambies algo, ¿no?
-          ¿Cómo? ¿A qué te refieres? – pregunta Sonia evitando admitir la certeza de las palabras de su hija
-          ¿Cómo que a qué me refiero? ¿No es evidente? No puedes seguir viviendo así, y la fuente de tu desgracia es muy fácil de adivinar cuál es.
-          Te refieres a Joaquín… - dice Sonia con la boca pequeña.
-          Si, exacto, te has ganado un gallifante – responde el feto gigante con una expresión de enfado.
-          Si… es cierto que estamos pasando por una mala racha…
-          ¿Mala racha? – interrumpe la criatura – pero si llevas cinco años en los que tu situación ha ido de mal en peor, tu vida huele peor por momentos y eso que ya hace años que apesta. Y tus problemas tienen nombre y apellidos, y esos son los más fáciles de solucionar.
-          Pero… vamos a tener un hijo, o sea, te vamos a tener, ¿cómo voy a separarme de Joaquín y a dejarte a ti sin padre?
  Una expresión de ira se forma en el arrugado rostro del desproporcionado bebé, que pega un salto, y con la mano abierta le da un golpe a Sonia en toda la cara. Salpicaduras de líquido amniótico ensangrentado pringan el sofá y la alfombra.
-          No vuelvas a escudarte en mi – le dijo – que tu no seas capaz de enfrentarte a tus problemas no es culpa mía, si no tuya. Además, yo no quiero crecer en un ambiente como este, lleno de rencores y desconfianzas, totalmente carente de afecto, así que no vuelvas a ponerme como excusa para no dar el paso que tienes que dar.
-          Pero… ¿Cómo voy a criar a una hija sola?
-          Con bastante más facilidad que con ese gilipollas al que llamas novio a tu lado.
-          Pero, yo sé que en el fondo me quiere, es solo que se ha metido en el camino de las drogas, y, bueno… tal vez necesite ayuda…
-          No digas chorradas. Ese tío es un imbécil aunque esté sobrio. El montón de mentiras que te dice día a día es lo que duele, las drogas no tienen nada que ver. Date cuenta ya de que, simplemente, cometiste un error al juntarte con él. No es culpa de las drogas, ni mía, ni pienses más excusas. Ahora mismo es tu responsabilidad mejorar tu vida y buscarte a alguien que además de quererte en el fondo, te quiera en la superficie y, lo que es más importante, te respete, o vive tu vida independiente, que tampoco es ninguna tragedia.
-          Pero, va a ser muy difícil encontrar a alguien para mi… no soy bonita, no tengo una vida interesante y, no te ofendas, pero con una hija va a ser más difícil rehacer mi vida…
-          Veo que te tiene exactamente donde quiere. Este hombre te respeta tan poco que ha conseguido que ni tu misma te respetes, pero debes cambiar eso. Ha conseguido que sientas que tienes que permanecer a su lado si no quieres envejecer sola, amargada y rodeada de gatos. Pero no es así. La vida fuera tiene muchas cosas buenas que brindarte, pero debes ir a por ellas. Si sigues con este individuo te las vas a perder por completo, mientras te respetas a ti misma cada día un poco menos, entonces, posiblemente llegará el día en el que nadie te respete. Es posible que hasta yo aprenda a faltarte el respeto, y entonces sí que experimentarás la más angustiosa de las soledades.  Sin embargo, si empiezas a quererte a ti misma, me enseñarás a quererte y tal vez sigamos muy unidas cuando yo sea adulta. Dicho esto, en tus manos queda, el arreglar tu vida de una vez, o seguir dejando que se caiga a pedazos lentamente. Ahora tengo que volver a entrar para acabar de desarrollarme y borrar mi conciencia.
  El feto se encoge hasta poder meterse de nuevo en el interior de Sonia a través de su vagina. Aunque aun así, pasa tan ajustado que Sonia vuelve a experimentar intenso dolor, aunque no tan fuerte como cuando salió. Una vez desaparecido el niño, ve como desaparece el cordón umbilical, como si alguien desde su interior lo estuviera estirando y enrollando. La muchacha, agotada, se desmaya sobre el sofá.
  Tras dormir un par de horas, Sonia, se despierta con una energía fuera de lo normal. Parece haber tomado conciencia de las palabras pronunciadas por su hija. Se levanta, friega el suelo pringoso de su líquido amniótico y se pega una buena ducha. Al salir, decidida, empieza a hacer las maletas. Abre los armarios y, una por una, va cogiendo sus prendas preferidas y metiéndolas en su maleta. - ¿Pero, qué estoy haciendo? – se pregunta a si misma – ésta es mi casa.- Entonces decide sacar sus cosas de la maleta, y meter las de Joaquín, que no son muchas. Llama a un cerrajero de urgencia, y le hace cambiar la cerradura. Junto a la puerta deja la maleta y una nota pidiéndole a Joaquín que no vuelva más. Que desaparezca de su vida.
  Se sienta a esperar a que Joaquín vuelva. Hoy ella tiene libre y puede quedarse todo el día en casa. No quiere perder la posición. Siente una mezcla extraña de sentimientos, una especie de excitación mezclada con miedo y un pequeño asomo de felicidad. Cuando finalmente llega Joaquín, Sonia se queda en el sofá, sentada, esperando a ver su reacción.
-          ¿Es esto una broma, Sonia? – pregunta desde el otro lado de la puerta – ¡No tiene gracia! – dice mientras intenta abrir con sus llaves, que esta vez realmente no encajan - ¡Vamos, abre! – grita imperativo, mientras Sonia se limita a escuchar - ¡Ábreme de una puta vez maldita zorra! – Con su paciencia agotada, en este momento Joaquín empieza a aporrear con violencia la puerta.  ¡¿Cómo puedes hacerme esto sin avisar?! ¡Si yo te quiero Sonia!
  Al escuchar esto, el corazón de Sonia se ablanda, y se levanta para abrirle la puerta, pero justo en ese momento siente una fuerte patada en el interior de su barriga. Su hija le está advirtiendo: “mejor no lo hagas” parece decirle. Entonces cambia de actitud, y responde entre lágrimas que intenta disimular:
-          ¡Eso es mentira! ¡Si me quisieras, me respetarías, ahora vete o llamo a la policía!
-          ¿Eso es lo que quieres? Pude elegir a las chicas más guapas de clase, y te elegí a ti, ¿y así es como me lo pagas?
-          ¡Pues vete con alguna de ellas, aquí ya no eres bienvenido! – le grita Sonia
-          ¡Está bien, me voy, tú verás! ¡Te convertirás en una vieja amargada y solitaria! - pero Sonia y su hija sabían que eso no era verdad, bueno, al menos su hija lo sabía a ciencia cierta, Sonia tenía sus dudas, pero sería mejor que ser una amargada a su lado.

  Una vez que Sonia comprueba que Joaquín se ha marchado, se tumba en su cama y duerme mejor que nunca. Por primera vez en mucho tiempo su sueño es profundo, y su siguiente despertar va acompañado de una sensación de alivio y libertad que nunca antes había sentido, y, lo que es más importante, una sonrisa.

sábado, 21 de septiembre de 2013

El día del Juicio

  Arthur despierta sobresaltado. Intenta salir desesperadamente golpeando las ovaladas paredes que lo encierran. No entiende nada de lo que le está pasando. A pesar de encontrarse sumergido en líquido puede respirar, cosa que le demuestra estar siendo presa de alguna fuerza antinatural.
-          Buen despertar  - escucha.
-          - ¿Quién es? ¿Qué queréis de mí? – alza Arthur la voz
-         -  Acérquese al traductor instantáneo para hablar, por favor, de lo contrario no podemos comprender.
  Arthur mira a su alrededor. A través de las transparentes paredes de la cápsula que le aprisiona, puede ver una especie de cuerpos etéreos que desprenden luminosidades de distintos colores. Las deslizantes paredes que le envuelven solo tienen una pequeña irregularidad. Una esfera negra resalta en pleno centro de la transparencia. Decide acercarse a ella para hablar.
-         -  ¡Sáquenme de aquí! – grita
-         -  Tranquilícese, entendemos el shock en el que se encuentra ahora mismo. La teleportación afecta muy negativamente a los seres inferiores que no han sido capaces de renunciar a su forma física.
-         -  Pero, ¿De qué demonios hablas? – Arthur entiende que la pequeña irregularidad de su celda es lo que ellos han llamado “el traductor”.
-         -  Le explicamos su situación, Arthur, tal vez sea un poco complicado de comprender, por eso es importante que escuche atentamente. El analizador de metadatos universal ha decidido, tras analizar los perfiles de todos los seres humanos durante diez años, que usted es el más indicado para defender a la raza humana en el juicio por su exterminación.
-         -  ¡¿Cómo?! – Arthur no da crédito a lo que escucha
-         -  Entendemos que no se encuentra en plenas facultades. La dependencia de un cuerpo físico siempre ha sido un inconveniente. La abducción altera sus capacidades. Pero le informo de que ahora mismo usted se encuentra en la corte intergaláctica y todo está preparado para el juicio. No se preocupe, descanse, esperaremos hasta que usted se haya recuperado por completo para llevar a cabo el juicio. El líquido en el que se encuentra sumergido, le aporta todos los nutrientes necesarios para recuperarse, y ninguna toxina. De hecho podría decirse que para la salud de su cuerpo físico, es mejor que eso que llamáis comer. Ahora le pondremos a dormir y volveremos a despertarle en unas horas. Estamos seguros de que tu subconsciente, durante la fase rem, será capaz de asimilar toda la información que le acabamos de proporcionar.
           Repentinamente, una absoluta felicidad, una especie de orgasmo prolongado, invade el sistema de Arthur, un placer tan grande que le hace perder la conciencia. Duerme durante horas. Efectivamente, al despertar, entendía y comprendía la gravedad de su situación. Era el abogado de la raza humana en el juicio final, y no tenía la opción de negarse.
-        -   ¿Y bien? ¿Se encuentra en condiciones de defender a su raza? – Dijo la voz robótica que debía pasar por un traductor como el que usaba Arthur- Nos encontramos en la corte R257 para celebrar el juicio del comité de galaxias unidas contra la raza humana. La causa de la denuncia es la peligrosidad que supone la permanencia de dicha raza para la subsistencia de otras especies consideradas superiores. La emisión de gases tóxicos que genera ya es tal, que su propia atmósfera no puede contener. Especies de otras galaxias se han visto afectadas por respirar los residuos gases tóxicos que provienen de la tierra, llegándose a cobrar varias víctimas mortales por la conocida como “infección de la tierra”. El comité de las galaxias unidas ha convocado a uno representante de cada galaxia miembro para cumplir la función de jurado. ¿Entiende el acusado su situación?
-        -   Si, la entiendo – dijo Arthur sabiendo que no iba a mejorar nada con una negación.
-        -   Entonces, éste es su momento. Usted tiene que aportar algún motivo por el que piense que su raza no debe ser eliminada del universo.
-        -   Simplemente, no podéis exterminar a otra especie. Es totalmente inmoral. Nada os da derecho a ello.
-        -   Nos da derecho el hecho de que, extinguiendo vuestra raza, garantizamos la permanencia de muchas otras especies inteligentes. De cualquier modo, no puedes exigir un derecho para una especie que ha vulnerado dicho derecho reiteradamente a lo largo de la historia. Pues en vuestro propio planeta muchas especies con potencial de desarrollo han sido exterminadas por vuestra avaricia, vanidad y desconsideración.
-        -   Entonces- buscó Arthur en su memoria – tenemos una ley escrita que lo prohíbe. Es una ley universal. Se llama la declaración universal de los derechos humanos, y no debe ser violada por ningún ser del universo.
           La voz tarda en contestar, tal vez unos minutos, tal vez horas. Arthur no está seguro de cuánto tardó, pero percibe que tarda más de lo normal. Ese rato más de lo normal le parece una eternidad. Durante ese indefinido periodo de tiempo, llega a pensar que el hecho de tener una ley escrita que protege los derechos humanos va a servir de ayuda a la salvación de su raza.
-          -  Entendemos – habla finalmente la voz- pero sin embargo, tras analizar los metadatos, hemos comprobado que dicha ley ha sido violada por vosotros mismos una y otra vez. Además fue escrita en plena ignorancia de la existencia de vida inteligente fuera del pequeño planeta al que pertenecéis, por lo que es difícil utilizar dicho argumento como defensa, a pesar de la buena intención de la ley.
-        -   Pero entonces caéis en el error de la generalización. Si extermináis a la raza – dice Arthur en un desesperado intento de salvar a la humanidad – pagarán justos por pecadores. Lo que debéis hacer es un proceso de selección y aniquilar solo a aquellos seres humanos que perjudican, dejando vivos a los buenos. Son muchas las personas maravillosas que ayudan a sus semejantes. Aman y respetan toda forma de vida. ¿Realmente creéis justo exterminar la raza entera?
-         -   Tal vez – contesta la voz tras el periodo de análisis de metadatos – sea injusto para algunos seres individuales, pero es justo para el equilibrio del universo. Los metadatos nos dicen que, debido a insaciables sentimientos tales como la avaricia, mientras existáis como civilización seguiréis llevando a cabo la destrucción que cada vez afecta más lejos.  En adhesión, en contra del acusado, informamos de que han sido muchas las veces que vuestra raza ha llevado a cabo tal injusticia, pues no eran culpables de la guerra muchas de las familias muertas en un lugar del planeta tierra al que vosotros llamáis Hiroshima, o Nagasaki. Tampoco eran culpables del conflicto entre esa localidad que llamáis EUA y esa otra que llamáis Vietnam, los habitantes de las localidades colindantes a esta última que todavía hoy en la actualidad siguen pisando minas que les hacen saltar por los aires. Una vez más no se puede defender  a la raza humana por falta de ejemplo.
-        -    ¿Pero qué hay de los niños sumidos todavía en la inocencia? ¿Y de las familias que luchan honradamente por su futuro? No tenéis derecho a causar tanto sufrimiento – dice Arthur a la vez que rompe a llorar desconsoladamente.
-        -    No te preocupes por eso, – dice la voz – la confederación de galaxias unidas prohibió el sufrimiento hace mucho tiempo. Tal como te dormiste la otra vez, disfrutando del mayor placer que tu cuerpo físico es capaz de otorgarte, la humanidad perderá la conciencia en un orgasmo prolongado y morirán todos y cada uno de los seres humanos con una sonrisa en la cara. De hecho será mucho mejor que la autoextinción a la que os precipitáis si se os sigue permitiendo actuar con libre albedrío. Realmente sería sensato que desearais vuestra ejecución pues os evitará, como raza, el mayor de los sufrimientos que supone la auto extinción. Ahora es posible que no lo comprendas, vuestro egoísmo os hace poner vuestra supervivencia individual por encima de todas las cosas. Pero vuestra ejecución será lo mejor para el equilibrio universal y para vuestro propio bienestar. La sentencia ha sido decidida.

 Dicho esto empieza el placer. Todos los seres humanos pierden para siempre la conciencia, pero perecen con una sonrisa de absoluta felicidad provocada por un orgasmo mortal.